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MI PAÍS INVENTADO – ISABEL ALLENDE
El primer recuerdo que Isabel Allende tiene de Chile es el de una casa
que nunca conoció: la “casa grande y vieja” de la calle Cueto, donde
nació su madre. Esta casa, evocada por su abuelo con tanta frecuencia
que Isabel cree haber vivido allí, se convierte en la protagonista de su
primera novela La Casa de los Espíritus. Dicha obra vuelve a aparecer
al comienzo de las fascinantes y seductoras memo rias, Mi País I n-
ventado, que ahora nos ofrece esta talentosa escritora.
Los asiduos lectores de Allende reconocerán inmediatamente a los
miembros de esta familia chilena -abuelos, bisabuelos, tías, tíos y
amigos-, personajes de carácter mítico que pueblan este magnífi-
co libro. A su vez, es un retrato inolvida ble de la idiosincrasia del
pueblo chileno, su historia violenta y su espíritu indomable. Au n-
que Isabel afir ma haber sido una extranj era en su pro pio país -
“Nunca encajé en ningún sitio, ni en mi familia, ni en mi clase social
ni en la religión que se me confirió”-lleva consigo hasta hoy la marca
de la política, y la magia de su tierra natal. En Mi País Inventado ex-
plora el papel de la memoria y la nostalgia que le ayudaron a dar forma
a su vida y a sus libros. Dos acontecimientos vitales alteran la peripa-
tética narrativa de este libro: el golpe militar y la violenta muer te de
su tío, Salvador Allende Gos sens el 11 de septiembre de 1973 que la
condujeron a exiliarse y a conv ertirse en escritora, y el ataque terro-
rista del 11 de septiembre del 2001, en los Es tados Unidos, que suscita
en ella un sentimiento de lealtad a su segunda patria. Mi País In-
ventado , cuya estructura sigue el funcionamiento de la memoria, re-
corre de acá para allá la distancia temporal en la que se ac umulan
las vidas pasadas y presentes de la autora. Esta obra se dirige al
inmigrante, ya que refleja su experiencia y su lucha por mantener una
vida interior coh erente en un mundo lleno de contradicciones.
Nacida en el Perú, Isabel Allende se crió en Chile. Sus libros, La Casa
de los Espíritus, De Amor y de Sombra, Eva Luna, Cuentos de Eva
Luna, El Plan Infinito, Paula, Afrodita y, más recientemente Hija
de la Fortuna, Retrato en Sepia y La Ciudad de las bestias, e n-
cabezan la lista de bestsellers en varios países del mundo ent e-
ro.
…Por una razón u otra, yo soy un triste
desterrado. De alguna manera o de otra, yo
viajo con nuestro territorio y siguen viviendo
conmigo, allá lejos, las esencias longitudinales
de mi patria.
PABLO NERUDA, 1972
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UNAS PALABRAS PARA COMENZAR
Nací en medio de la humareda y mortandad de la Segun da Guerra
Mundial y la mayor parte de mi juventud transcurrió esperando que
el planeta vol ara en pedazos cuando alguien apretara dis -
traídamente un botón y se disp araran las bombas atómicas. Nadie
esperaba vivir muy largo; andábamos apurados tragándonos cada
momento antes de que nos sorprendiera el apocalipsis, de modo
que no había tiempo para examinar el propio ombligo y tomar n o-
tas, como se usa ahora. Además crecí en Santiago de Chile, donde
cualquier tendencia natural hacia la autocontemplación es cerc ena-
da en capullo. El refrán que define el estilo de vida de esa ciudad
es: «Camarón que se duerme se lo lleva la corriente». En otras cul-
turas más sofisticadas, como la de Buenos Aires o Nueva York, la
visita al psicólogo era una actividad normal; abstenerse se conside-
raba evidencia de incultura o simpleza mental. En Chile, sin embar-
go, sólo los locos peligrosos lo hacían, y sólo en una camisa de
fuerza; pero eso cambió en los años setenta, jun to con la llegada
de la revolución sexual. Tal vez exista una conexión… En mi familia
nadie recurrió jamás a terapia, a pesar de que varios de nosotros
éramos clásicos casos de estudio, porque la idea de confiar asuntos
íntimos a un desconocido, a quien ade más se le pagaba para que
escuchara, era absurda; para eso estaban los curas y las tías. Ten-
go poco entrenamiento para la reflexión, pero en las últimas sema-
nas me he sorprendido pensando en mi pasado con una frecuencia
que sólo puede explicarse como signo de senilidad prematura.
Dos sucesos recientes han desen cadenado esta epidemia de r e-
cuerdos. El primero fue una observación casual de mi nieto Aleja n-
dro, quien me sorprendió escrutando el mapa de mis arrugas frente
al espejo y dijo compasivo: «No te preocupes, vieja, vas a vivir por
lo menos tres años más». Decidí entonces que había llegado la hora
de echar otra mirada a mi vida, para averi guar cómo deseo condu-
cir esos tres años que tan generosamente me han sido adjudicados.
El otro acontecimiento fue una pregunta de un desconocido durante
una conferencia de escritores de viajes, que me tocó i naugurar.
Debo aclarar que no pertenezco a ese extraño grupo de personas
que viaja a lugares remotos, sobrevive a la bacteria y luego publica
libros para convencer a los incautos de que sigan sus pasos. Viajar
es un esf uerzo desproporcionado, y más aún a lugares donde no
hay servicio de habitaciones. Mis vacaciones ideales son en una silla
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bajo un quitasol en mi patio, leyendo libros sobre aventureros vi a-
jes que jamás haría a menos que fuera escapando de algo. Vengo
del llamado Tercer Mundo (¿cuál es el segundo?) y tuve que atrapar
un marido para vivir legalmente en el primero; no tengo intención
de regresar al subdesarrollo sin una buena razón. Sin embargo, y
muy a pesar mío, he deambulado por cinco continentes y ade más
me ha tocado ser autoexiliada e inmigrante. Algo sé de viajes y por
eso me pidieron que hablara en aquella conferencia. Al terminar mi
breve discurso, se levantó una mano entre el público y un joven me
preguntó qué papel jug aba la nostalgia en mis no velas. Por un
momento quedé muda. Nostalgia… según el diccionario es «la pena
de verse ausente de la patria, la melancolía provocada por el r e-
cuerdo de una dicha perdida». La pregunta me cortó el aire, porque
hasta ese instante no me había dado cuenta d e que escribo como
un ejercicio constante de añoranza. He sido forastera durante casi
toda mi vida, condición que acepto porque no me queda alternat i-
va. Varias veces me he visto forzada a partir, rompiendo ataduras y
dejando todo atrás, para comenzar de nuevo en otra parte; he sido
peregrina por más caminos de los que puedo recordar. De tanto
despedirme se me secaron las raíces y debí generar otras que, a
falta de un lugar geográfico donde afin carse, lo han hecho en la
memoria; pero, ¡cuidado!, la memoria es un lab erinto donde ace-
chan minotauros.
Si me hubieran preguntado hace poco de dónde soy, habría replica-
do, sin pensarlo mucho, que de ninguna parte, o latinoamericana, o
tal vez chilena de corazón. Hoy, sin embargo, digo que soy amer i-
cana, no sólo por que así lo atestigua mi pasapor te, o porque esa
palabra incluye a América de norte a sur, o por que mi marido, mi
hijo, mis nietos, la mayoría de mis amigos, mis libros y mi casa es-
tán en el norte de California, sino también porque no hace mucho
un atentado terrorista destruyó las torres gemelas del World Trade
Center y desde ese instante algunas cosas han cambiado. No se
puede permanecer neutral en una crisis. Esta tragedia me ha co n-
frontado con mi sentido de iden tidad; me doy cuenta que hoy soy
una más dentro de la variopinta población norteamericana, tanto
como antes fui chilena. Ya no me siento alienada en Estados Un i-
dos. Al ver el colapso de las torres tuve la sensación de haber vivi-
do esa pesadilla en forma casi idéntica. Por una e scalofriante coin-
cidencia -karma histórico- los aviones secuestrados en Estados Uni-
dos se estrellaron contra sus objetivos un martes 11 de septiembre,
exactamente el mismo día de la semana y del mes -y casi a la
misma hora de la mañana- en que ocurrió el golpe militar de Chile,
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en 1973. Aquél fue un acto terrorista orquestado por la CIA contra
una democracia. Las imágenes de los edificios ardiendo, del humo,
las llamas y el pánico, son similares en ambos escenarios. Ese leja-
no martes de 1973 mi vida se partió, nada volvió a ser como antes,
perdí a mi país. El martes fatídico de 2001 fue también un momen-
to decisivo, nada volverá a ser como antes y yo gané un país.
Esas dos preguntas, la de mi nieto y la del desconocido en la confe-
rencia, dieron origen a este libro, que no sé todavía hacia dónde
va; por el mome nto divago, como siempre divagan los recuerdos,
pero le ruego que me acompañe un poco más.
Escribo estas páginas en un altillo enclavado en un cerro empinado,
vigilada por un centenar de robles t orcidos, mirando la bahía de
San Francisco, pero yo vengo de otra parte. La nostal gia es mi vi-
cio. Nostalgia es un sentimiento melancólico y un poco cursi, como
la ternura; resulta casi imposible atacar el tema sin caer en el sen-
timentalismo, pero voy a intentarlo. Si resbalo y caigo en la cursile-
ría, tenga usted la certeza de que me pondré de pie unas líneas
más adelante. A mi edad -soy tan antigua como la penicilina sinté-
tica- una empieza a recordar cosas que se habían borrado por m e-
dio siglo. No pensé e n mi infancia ni en mi adolescencia durante
décadas; en realidad tan poco me importaban aquellos períodos del
remoto pasado en que al ver los ál bumes de fotografías de mi ma-
dre no reconocía a nadie, excepto una perra bulldog con el nombre
improbable de Pelvina López-Pun, y la única razón por la cual se me
quedó grabada es porque nos parecíamos de manera notable. Exis-
te una fotografía de ambas, cuando yo tenía pocos meses de edad,
en la cual mi madre debió indicar con una flecha quién era quién.
Seguramente mi mala memoria se debe a que esos tiempos no fue-
ron particularmente dichosos, pero supongo que así le sucede a la
mayor parte de los mortales. La infancia feliz es un mito; para
comprenderlo basta echar una mirada a los cuentos infantiles, en
los cuales el lobo se come a la abuelita, luego viene un leñador y
abre al pobre animal de arriba abajo con su cuchillo, extrae a la
vieja viva y entera, rellena la barriga con piedras y enseguida cose
la piel con hilo y aguja, induciendo tal sed en el lobo, que éste sale
corriendo a tomar agua al río, donde se ahoga con el peso de las
piedras. ¿Por qué no lo eliminó de manera más simple y huma na?,
pienso yo. Seguramente porque nada es simple ni humano en la ni-
ñez. En esos tiempos no existía el término «abuso in fantil», se su-
ponía que la mejor forma de criar chiquillos era con la correa en
una mano y la cruz en la otra, tal como se daba por sen tado el de-
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recho del hombre a sacudir a su mujer si la sopa llega ba fría a su
mesa. Antes de que los psicólogos y las a utoridades intervinieran
en el asunto, nadie dudaba de los efectos benéficos de una buena
paliza. No me pegaban como a mis hermanos, pero igual vivía con
miedo, como todos los demás niños a mi alrededor.
En mi caso la infelicidad natural de la infancia s e agravaba por un
montón de complejos tan enmarañados, que ya no puedo ni siquie-
ra enumerarlos, pero por suerte no me dejaron heridas que el
tiempo no haya curado. Una vez oí decir a una famosa escritora
afroamericana que desde niña se había sentido extraña en su fami-
lia y en su pueblo; agregó que eso experimentan casi todos los e s-
critores, aunque no se muevan nunca de su ciudad natal. Es cond i-
ción inherente a este trabajo, aseguró; sin el de sasosiego de sen-
tirse diferente no habría necesidad de escribir. La escritura, al fin y
al cabo, es un intento de comprender las cir cunstancias propias y
aclarar la confusión de la existencia, inquie tudes que no atormen-
tan a la gente normal, s ólo a los inconfor mistas crónicos, muchos
de los cuales terminan convertidos en escritores después de haber
fracasado en otros oficios. Esta teoría me quitó un peso de encima:
no soy un monstruo, hay otros como yo.
Nunca calcé en parte alguna, ni en la familia, la clase social o la re-
ligión que me tocaron en suerte; no pertenecí a las pandi llas que
andaban en bicicleta por la calle; los primos no me in cluían en sus
juegos; era la chiquilla menos popular del colegio y después fui por
mucho tiempo la que menos bailaba en las fies tas, más por tímida
que por fea, prefiero suponer. Me encerraba en el orgullo, fingiendo
que no me importaba, pero habría vendido el alma al diablo por ser
del grupo, en caso que Satanás se hubiera presentado con tan
atractiva propuesta. La raíz de mi problema siempre ha sido la
misma: incapacidad para aceptar lo que a otros les parece natural y
una tendencia irresistible a emitir opiniones que nadie desea oír, lo
cual ha espantado a más de algún potencial pretendiente. (No d e-
seo presumir, nunca fueron muchos.) Más tarde, durante mis años
de periodista, la curiosidad y el atrevimiento tuvieron algunas ven-
tajas. Por primera vez entonces fui parte de una comunidad, tenía
patente de corso para hacer preguntas indiscretas y divulgar mis
ideas, pero eso terminó bruscamente con el golpe militar de 1973,
que desencadenó fuerzas incontrolables. De la noche a la mañana
me convertí en extranjera en mi propia tierra, hasta que finalmente
debí partir, porque no podía vivir y criar a mis hijos en un país don-
de imperaba el temor y donde no había lugar para disidentes como
yo. En ese tiempo la c uriosidad y el atrevimiento estaban prohib i-
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dos por decreto. Fuera de Chile aguardé durante años que se reins-
taurara la democracia para retomar, pero cuando eso sucedió no lo
hice, porque estaba casada con un norteameric ano, viviendo cerca
de San Francisco. No he vuelto a residir en Chile, donde en realidad
he pasado menos de la mitad de mi vida, aunque lo visito con fr e-
cuencia; pero para responder a la pregunta de aquel des conocido
sobre la nostalgia, debo referirme casi excl usivamente a mis años
allí. Y para hacerlo debo mencionar a mi familia, porque patria y
tribu se confunden en mi mente.
PAÍS DE ESENCIAS LONGITUDINALES
Empecemos por el principio, por Chile, esa tierra remota que pocos
pueden ubicar en el mapa porque es lo más lejos que se puede ir
sin caerse del planeta. «¿Por qué no vendemos Chile y compramos
algo más cerca de P arís…?», preguntaba uno de nuestros escr ito-
res. Nadie pasa casualmente por esos lados, por muy perdido que
ande, aunque muchos visitantes dec iden quedarse para siempre,
enamorados de la tierra y la gente. Es el fin de todos los caminos,
una lanza al sur del sur de América, cuatro mil trescie ntos kilóme-
tros de cerros, valles, lagos y mar. Así la describe Neruda en su ar-
diente poesía:
Noche, nieve y arena hacen la forma
de mi delgada patria,
todo el silencio está en su larga línea,
toda la espuma sale de su barba marina,
todo el carbón la llena
de misteriosos besos.
Este esbelto territorio es como una isla, separada del resto del con-
tinente al norte por el desierto de Atacama, el más seco del mundo,
según les gusta decir a sus habitantes, aunque debe ser falso, po r-
que en primavera una parte d e ese cascote lunar suele arroparse
con un manto de flores, como una prodigiosa pintura de Monet; al
este por la cordillera de los Andes, fo rmidable macizo de roca y
nieves eternas; al oeste por las abruptas costas del océano Pacíf i-
co; abajo por la solitaria Antártida. Este país de topografía dramáti-
ca y climas diversos, salpicado de caprichosos obstáculos y sacud i-
do por los suspiros de centenares de volcanes, que existe como un
milagro geológico entre las alturas de la cordillera y las profundida-
des del mar, está unido de punta a rabo por el empecinado sent i-
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miento de nación de sus habitantes.
Los chilenos seguimos conectados a la tierra, como los cam pesinos
que antes fuimos. La mayoría de nosotros sueña con te ner un pe-
dazo de tierra, aunque sea para plantar cuatro apolilladas lechugas.
El diario más impo rtante, El Mercurio, publica un suplemento s e-
manal de agricultura que informa a la población en general sobre el
último bicho insignificante que ha aparecido en las papas, o la pr o-
ducción de leche que se obtiene con determinado forraje. Los lecto-
res, que viven en el asfalto y el cemento, lo leen apasionadamente,
aunque jamás hayan visto a una vaca viva.
A grandes rasgos se puede decir que cuatro climas muy dis tintos
existen a lo largo de este mi espigado Chile. El país está dividido en
provincias de nombres hermosos, a los cuales los militares, que po-
siblemente tenían cierta dificultad en memorizar los, agregaron un
número. Me niego a usarlos, porque no es po sible que una nación
de poetas tenga el mapa salpicado de núme ros, como un delirio
aritmético. Hablemos de las cuatro grandes r egiones, empezando
por el norte grande, inhóspito y rudo, vi gilado por altas montañas,
que ocupa una cuarta parte del territorio y esconde en sus entrañas
un tesoro inagotable de minerales.
Fui al norte en la infancia y no lo he olvidado, a pesar de que ha
transcurrido medio siglo desde entonces. Más tarde en mi vida me
tocó atravesar un par de veces el desierto de Atacama y, aun que
siempre la experiencia es extraordinaria, los recuerdos más persis-
tentes son los de esa primera vez. En mi memoria , Antofagasta,
que en lengua quechua quiere decir «pueblo del salar gran de», no
es la ciudad moderna de hoy, sino un puerto anticuado y pobretón,
con olor a yodo, salpicado de botes pesqueros, gaviotas y pelíca-
nos. Antofagasta surgió en el siglo XIX como un espe jismo en el
desierto, gracias a la industria del salitre, que fue uno de los princi-
pales productos de exportación del país durante va rias décadas.
Más tarde, cuando se inventó el nitrato sintético, el puerto no pe r-
dió su importancia, porque ahora exporta cobre, pero las compañ í-
as salitreras fueron cerrándose una a una y la pampa quedó se m-
brada de pueblos fantasmas. Aquellas dos pa labras, «pueblo fan-
tasma», echaron a volar mi imaginación en aquel primer viaje.
Recuerdo que mi familia y yo subimos, cargados de bultos, a un
tren que iba a paso de tortuga por el inclemente desierto de At a-
cama hacia Bolivia. Sol, piedras calcinadas, kilómetros y kilómetros
de espectral soledad, de vez en cuando un cementerio abandonado,
unos edificios en ruinas de adobe o de madera. Hacía un calor seco
al que ni las moscas sobrevivían. La sed era inextinguible; tom á-
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bamos agua por galones, chupábamos naranjas y nos defendíamos
a duras penas del p olvo, que se introdu cía por cada re squicio. Se
nos partían los labios hasta sangrar, nos dolían los oídos, est ába-
mos deshidratados. Por la noche caía un frío duro como cristal,
mientras la luna alumbraba el paisaje con un resplandor azul. M u-
chos años más tarde visité Chuquicamata, la mayor mina de cobre
a tajo abierto del mundo, un inmen so anfiteatro donde millares de
hombres del color de la tierra, como hormigas, arrancan el mineral
de las piedras. El tren ascendió a más de cuatro mil metros de altu-
ra y la temperatura descendió hasta el punto que el agua se helaba
en los vasos. Pasamos por el salar de Uyuni, un blanco mar donde
reina un silencio puro y no vuelan pájaros, y otros salares donde
vimos elegantes flamencos. Parecían brochazos de pintura entre los
cristales formados, como piedras preciosas, en la sal.
El llamado norte chico, que algunos no consideran propiamente una
región, divide el norte seco de la fértil zona central. Aquí está el va-
lle de Elqui, uno de los centros espirituales de la Ti erra que, según
dicen, es mágico. Las fuerzas misteriosas de Elqui atraen peregr i-
nos que acuden a conectarse con la energía cósmica del universo y
muchos se quedan a vivir en comunida des esotéricas. Meditación,
religiones orientales, gurús de diversos pelajes, de todo hay en E l-
qui; es como un rincón de Califor nia. Allí también se hace nuestro
pisco, un licor de uva de moscatel, translúcido, virtuoso y sereno
como la fuerza angélica que emana de esa tierra. Es la materia
prima del pisco sour, nues tra dulce y traicionera bebida nacional,
que se toma con confianza, pero al segundo vaso suelta una patada
capaz de voltear al más valiente. El nombre de este licor se lo
usurpamos sin contemplaciones a la ciudad de Pisco, en Perú. Si
cualquier vino con burbuja s suele llamarse champaña, aunque el
auténtico sólo sea de Champagne, en Francia, supo ngo que tam-
bién nuestro pisco puede apropiarse de un nombre ajeno. En el
norte chico se cons truyó La Silla, uno de los observatorios astr o-
nómicos más importantes del mundo, porque el aire es tan límpido,
que ninguna estrella -ni muerta ni por nacer- escapa al ojo del g i-
gantesco telescopio. A propósito de esto, me contó alguien que ha
trabajado allí por tres décadas que los más célebres astrónomos del
mundo esperan durante años su turno para escudriñar el univer so.
Le comenté que debía ser estupendo trabajar con científicos que
tienen los ojos siempre puestos en el infinito y viven despegados de
las miserias terrenales; pero me informó que es todo lo co ntrario:
los astrónomos son tan mezquinos como los poetas. Dice que p e-
lean por la mermelada del desayuno. La condición humana es so r-
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prendente.
El valle central es la zona más próspera del país, tierra de uva y
manzanas, donde se aglomeran las industrias y un tercio de la p o-
blación, que vive en la capital. Santiago fue fundado en este lugar
por Pedro de Valdivia en 1541, porque después de caminar durante
meses por las sequedades del norte, le pareció que había alcanzado
el jardín del Edén. En Chile todo está centralizado en la capital, a
pesar de los esfuerzos de diversos gobiernos, que durante medio
siglo han tratado de dar poder a las provincias. Parece que lo que
no sucede en Santiago no tenga importancia, aunque la vida en el
resto del país es mil veces más agradable y tranquila.
La zona sur empieza en Puerto Montt, a cuarenta grados de latitud
sur, una región encantada de bosques, lagos, ríos y volca nes. Llu-
via y más lluvia alimenta la enmarañada vegetación de la selva fría,
donde crecen nuestros árboles nativos, de mil años de antigüedad y
hoy amenazados por la indu stria maderera. Hacia el sur el viajero
recorre pampas azotadas por vientos incle mentes; luego el país se
desgrana en un rosario de islas despobladas y brumas lechosas, un
laberinto de fiordos, islotes, canales, agua por todas partes. La ú l-
tima ciudad continental es Punta Arenas, mordida por todos los
vientos, áspera y orgullosa, de cara a los páramos y los ventisqu e-
ros.
Chile posee un trozo del ignoto continente antártico, un mundo de
hielo y soledad, de infinita blancura, donde nacen las fábulas y p e-
recen los hombres; en el polo sur hemos plantado nuestra bandera.
Por mucho tiempo nadie le atribuyó valor a la Antártida, pero ahora
sabemos cuántas riquezas minerales esconde, ade más de ser un
paraíso de fa una marina, así es que no hay país que no le haya
puesto el ojo encima. Un crucero permite vis itarla con relativa co-
modidad en verano, pero cuesta caro y por el momento sólo hacen
el viaje los turistas ricos y los ecólogos pobres, pero determinados.
En 1888 nos adjudicamos la misteriosa Isla de Pascua, «el ombligo
del mundo», o Rapanui, como se llama en el idioma pascuence. Es-
tá perdida en la inmensidad del océano Pacífico, a dos mil quinie n-
tas millas de distancia del Chile continental, más o menos a seis
horas en avión desde Valparaíso o Tahití. No es toy segura de por
qué nos pertenece. En esos tiempos bastaba que un capitán de
barco plantara una bandera para apoderarse legalmente de una ta-
jada del planeta, aunque sus habitantes, en este caso de apacible
raza polinésica, no estuvieran de acuerdo. Así lo hacían las naci o-
nes europeas; Chile no podía quedarse atrás.
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Para los pascuences el contacto con Sudamérica fue fatal. A media-
dos del siglo XIX la mayor parte de la población mascu lina fue lle-
vada al Perú a trabajar como esclavos en las guaneras, mientras
Chile se encogía de hombros ante la suerte de aquellos olvidados
ciudadanos. Fue tal el maltrato que recibió esa pobre gente, que en
Europa se levantó una protesta internacional y, después de una lar-
ga lucha diplomática, los últimos quince sobre vivientes fueron de-
vueltos a sus familias. Iban infectados de vi ruela y en poco tiempo
la enfermedad exterminó al ochenta por ciento de los pascue nces
que quedaban en la isla.
El destino de los demás no fue mucho mejor. Las ovejas se comie-
ron la vegetación, convirtiendo el terreno en un pelado cascote de
lava, y la desidia de las autoridades -en este caso, la marina chile-
na- sumió a los habitantes en la miseria. En las últimas dos déc a-
das el turismo y el interés del mundo científico han rescatado a Ra-
panui.
Diseminados por la isla, hay monumentales estatuas de piedra vol-
cánica, algunas de más de veinte toneladas de peso. Estos moais
han intrigado a los expertos por siglos. Tallarlos en las laderas de
los volcanes y luego arrastrarlos por un terreno irre gular, erguirlos
en una plataforma a menudo inaccesible y colo carles encima un
sombrero de piedra roja, fue tarea de t itanes. ¿Cómo lo hicieron?
No hay rastros de una civilización avanza da que expliquen sem e-
jante proeza.
Dos razas diferentes pobla ron la isla y, según la leyenda, una de
ellas, los arikis, poseía poderes mentales superiores, mediante los
cuales hacía levitar a los moais y los trasladaba flotando sin esfuer-
zo físico hasta sus empinados altares. Es una lástima que esa técni-
ca se haya perdido. En 1940, el antropólogo noruego Thor Heye r-
dahl fabricó una balsa, llamada Kon Tiki, con la que navegó desde
Sudamérica hasta Isla de Pascua, para probar que existió contacto
entre los incas y los pascuences.
Fui a Isla de Pascua en el verano de 1974, cuando sólo ha bía un
vuelo semanal y el turismo casi no existía. Enamorada del lugar,
me quedé tres semanas más de lo planeado y así coincidí con el es-
treno de la televisión y una visita del general Pinochet, quien enca-
bezaba la junta militar que había reemplazado a la democracia unos
meses antes. La televisión fue recibida con más entusiasmo que el
flamante dictador. La estadía del general fue de lo más pintoresca,
pero no es ésta la oportunidad de entrar en detalles. Baste decir
que una nube traviesa se colocaba estratégi camente encima de su
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cabeza cada vez que quiso hablar en pú blico, empapándolo como
un estropajo. Llevaba el propósito de entregar títulos de propiedad
a los pascuences, pero nadie se in teresó demasiado por recibirlos,
ya que desde tiempos muy antiguos cada uno sabía qué pertenecía
a quién y temían, con razón, que ese papelito del gobierno sólo sir-
viera para complicarles la existencia.
Chile también posee la isla de Juan Fernández, donde en 1704 fue
abandonado el marinero escocés Alexander Selkirk, quien inspiró la
novela de D aniel Defoe Robinson Crusoe. Sel kirk vivió en la isla
más de cuatro años, sin un loro amaestrado y sin la compañía de
un nativo llamado Viernes, como en el li bro, hasta que lo rescató
otro capitán y lo llevó de vuelta a Ingla terra, donde su destino no
fue mucho mejor que digamos. El turista emp ecinado, después de
un agitado vuelo en avioneta o una interminable trav esía en bote,
puede visitar la cueva donde el escocés sobrevivió comiendo hie r-
bas y pescado.
La lejanía nos da a los chilenos una mentalidad insular y la por -
tentosa belleza de la tierra nos hace engreí dos. Nos creemos el
centro del mundo -consideramos que Greenwich debiera estar en
Santiago- y damos la espalda a América Latina, siempre comparán-
donos con Europa. Somos autorreferentes, el resto del universo só-
lo existe para consumir nuestros vinos y producir equipos de fútbol
a los cuales podamos ganar.
Al visitante le aconsejo no poner en duda las maravillas que oiga
sobre el país, su vino y sus mujeres, porque al extranjero no se le
permite criticar, para eso hay más de quince millones de nativos
que lo hacen todo el tiempo. Si Marco Polo hubiera des embarcado
en nuestras costas después de treinta años de aventu ras por Asia,
lo primero que le habrían dicho es que nuestras empanadas son
mucho más sabrosas que toda la cocina del Ce leste Imperio. (¡Ah!
Ésta es otra característica nuestra: opinamos sin fundamento, pero
en un tono de tal certeza, que nadie lo pone en duda.) Confieso que
también padezco de ese escalofriante chovinismo. La primera vez
que visité San Francisco y tuve ante mis ojos los suaves cer ros do-
rados, la majestad de los bosques y el espejo verde de la bahía, mi
único comentario fue que se pa recía a la costa chilena. Después
comprobé que la fruta más dulce, los vinos más delicados y el pes-
cado más fino son importados de Chile, naturalmente.
Para ver a mi país con el corazón hay que leer a Pablo Neru da, el
poeta nacional que inmortalizó en sus versos los soberbios paisajes,
los aromas y amaneceres, la lluvia tenaz y la pobreza digna, el e s-
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toicismo y la hospitalidad. Ése es el país de mis nostalgias, el que
invoco en mis soledades, el que aparece como telón de fondo en
tantas de mis historias, el que se me aparece en sueños. Hay otras
caras de Chile, por supuesto: una materialista y arrogante, cara de
tigre, que vive contándose las rayas y peinándose los bigotes; otra
deprimida, cruzada por las brutales cicatri ces del pasado; una que
se le presenta sonriente a turistas y banqueros; aquella que espera
resignada el próximo cataclismo geológico o político. Chile da para
todo.
DULCE DE LECHE, ORGANILLOS Y GITANAS
Mi familia es de Santiago, pero eso no explica todos mis traumas,
hay lugares peores bajo el sol. Allí me crié, pero ahora apenas lo
reconozco y me pierdo en las calles. La capital fue fundada por so l-
dados a golpes de espada y pala, con el trazado clásico de las ci u-
dades españolas de antaño: una plaza de armas al centro, de don-
de salían calles paralelas y perpendiculares. De eso queda apenas
el recuerdo. Santiago se ha desparramado como un pulpo demente,
extendiendo sus tentáculos a nsiosos en todas direc ciones; hoy al-
berga cinco millones y medio de personas que so breviven como
mejor pueden. Sería una ciudad bonita, porque es limpia y no le
faltan parques, si no tuviera encima un sombrero pardo de pol u-
ción, que en invierno mata i nfantes en las cunas, ancianos en los
asilos y pájaros en el aire. Los santiaguinos se han acostumbrado a
seguir el índice diario del smog tal como llevan la cuenta de la bolsa
de valores y el resultado del fútbol. En los días en que el índice se
encumbra demasiado, la circulación de vehículos se restringe según
el número de la licencia, los niños no hacen deportes en la escuela
y el resto de los ciudadanos pro cura respirar lo menos posible. La
primera lluvia del año lava la mugre de la atmósfera y cae como
ácido sobre la ciudad; si usted anda sin paraguas sentirá como si le
echaran jugo de limón
en los ojos; pero no se preocupe, nadie se ha quedado ciego por
eso todavía. No todos los días son así, a veces amanece despe jado
y se puede apreciar el espectáculo magnífico de las monta ñas ne-
vadas.
Hay ciudades, como Caracas o el D.F. en México, donde pobres y
ricos se mezclan, pero en Santiago los límites son claros. La distan-
cia entre las mansiones de los ricos en los faldeos cordilleranos, con
guardias en la puerta y cuatro garajes, y las casuchas de las pobla-
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ciones proletarias, donde v iven quince personas hacinadas en dos
habitaciones sin baño, es astronómica. Siempre que voy a Santiago
me llama la atención que una parte de la ciudad sea en blanco y
negro y la otra en tecnicolor. En el centro y en las poblaciones de
obreros todo parece gris, los po cos árboles que existen e stán ex-
haustos, los muros deslavados, la gente cansada; hasta los perros
que vagan entre los tarros de basura son unos quiltros pulguient os
de color indefinido. En los sectores de la clase media hay árboles
frondosos y las casas son modestas, pero bien tenidas. En los b a-
rrios de los ricos sólo se aprecia la vegetación: las mansiones se
ocultan tras infranqueables paredes, nadie anda por las calles y los
perros son mastines que sólo sueltan de noche para cuidar las pr o-
piedades.
Largo, seco y caliente es el verano en la capital. Un polvillo amar i-
llento cubre la ciudad en esos meses; el sol derrite el asfalto y afec-
ta al humor de los santiaguinos, por eso quien puede procura esca-
par. Cuando yo era niña, mi familia partía por dos meses a la playa,
un verdadero safari en el automóvil de mi abuelo, cargado con una
tonelada de bultos sobre la parrilla y tres chiquillos completamente
mareados dentro. Entonces los caminos eran pésimos y debíamos
culebrear cerro arriba y cerro aba jo con un esfuerzo descomunal
para el vehículo. Siempre había que cambiar por lo menos uno o
dos neumáticos, faena que re quería descargar todos los bultos. Mi
abuelo llevaba sobre las rodillas un pistolón de aquellos que se usa-
ban antaño para los duelos, porque creía que en la cuesta de Cura-
caví, llamada apro piadamente de La Sepultura, solían apostarse
unos bandidos. Si los había, no creo que fueran sino unos atorra n-
tes que habrían escapado al primer tiro al aire, pero, por si acaso,
pasábamos la cuesta rezando, método infalible contra los asaltos,
puesto que nunca vimos a los siniestros bandoleros.
Nada de eso existe hoy. A los balnearios se llega en menos de dos
horas por rutas espléndidas. Hasta hace poco los únicos caminos
malos eran los que conducían a los sitios donde veranean los ricos,
que luchaban por preservar sus playas exclusivas. Les horrorizaba
ver llegar a la chusma en b uses los fines de semana, con sus hij os
morenos, sandías, pollos asados y radios con música popular; por
eso mantenían el camino de tierra en el peor estado posible. Tal
como dijo un senador de derecha: «Cuando la d emocracia se pone
democrática, no sirve». Eso ha cambiado. El país está c onectado
por una larga arteria, la carretera Panamericana, que se une con la
Austral, y por una extensa red de caminos pavimentados y muy se-
guros. Nada de guerrilleros buscando a quien secuestrar, o ban das
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de traficantes de drogas defendiendo su territorio, o policías corrup-
tos a la pesca de s oborno, como en otros países latinoame ricanos
algo más interesantes que el nuestro. Es mucho más pro bable que
te asalten en pleno centro de la ci udad que en un sen dero despo-
blado en el campo.
Apenas uno sale de Santiago, el paisaje se toma bucólico: potreros
bordeados de álamos, cerros y viñedos. Al visitante le reco miendo
detenerse a comprar fruta y verduras en los puestos a lo largo de la
carretera, o desviarse un poco y entrar en los villorrios en busca de
la casa donde flamea un trapo blanco, allí se ofrecen pan amasado,
miel y huevos color de oro.
Por la ruta de la costa hay playas, pueblos pintorescos y caletas con
redes y botes, donde se encuentran los fabulosos te soros de nues-
tra cocina: primero el congrio, rey del mar, con su chaleco de e s-
camas enjoyadas; luego la corvina, de suculenta carne blanca,
acompañada de un cortejo de cien otros peces más modestos, pero
igualmente sabrosos; enseguida el coro de nuestros mariscos: cen-
tollas, ostras, choros, ostiones, abalones, langostinos, erizos y mu-
chos otros, incluso algunos de aspecto tan sospechoso que ningún
extranjero se atreve a probarlos, como el erizo o el pi coroco, yodo
y sal, pura esencia marina. Son tan buenos nuestros pescados, que
no es necesario saber de cocina para prepararlos. Coloque un lecho
de cebolla picada en una fuente de barro o Pyrex, ponga encima su
flamante pez bañado en jugo de limón, con unas cuantas cuchar a-
das de mantequilla, salp icado de sal y pimienta; métalo al horno
caliente hasta que la carne se cocine, pero no demasiado, para que
no se le seque; sírvalo con uno de nuestros vinos blancos bien fríos,
en compañía de sus mejores amigos.
Cada año en diciembre partíamos con mi abuelo a comprar los p a-
vos de Navidad, que los campesinos criaban para esas fechas. Pue-
do ver a ese viejo arrastrando su pierna coja, a las ca rreras en un
potrero tratando de dar caza al pájaro en cuestión. Debía calcular el
salto para caerle encima, apla starlo contra el suelo y sujetarlo,
mientras uno de nosotros procuraba atarle las patas con un cordel.
Luego debía darle una propina al campesino para que matara al pa-
vo lejos de la vista de los niños, que de otro modo se habrían n e-
gado a probarlo una vez guisado. Resulta muy difícil retorcer el co-
gote a una criatura con la cual se ha establecido una relación pe r-
sonal, como pudimos comprobar aquella vez que mi abuelo llevó
una cabra para engordarla en el patio de la casa y asarla el día de
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su cumpleaños. La cabra murió de vieja. Además resultó que no era
hembra, sino macho, y apenas le salieron cuernos nos atacaba a
traición.
El Santiago de mi infancia tenía pretensiones de gran ciudad, pero
alma de aldea. Todo se sabía. ¿Faltó alguien a misa el domingo? La
noticia circulaba de prisa y antes del miércoles el p árroco tocaba la
puerta del pecador para averiguar sus razones. Los hombres and a-
ban tiesos de gomina, almidón y vanidad; las mujeres, con alfileres
en el sombrero y guantes de cabritilla; la elegancia era requisito in-
dispensable para ir al centro o al cine, que todavía se llamaba «bió-
grafo». Pocas casas tenían refrigerador -en eso la de mi abuelo era
muy moderna- y a diario pa saba un jorobado repartiendo bl oques
de hielo y sal gruesa para las neveras. Nuestro refrigerador, que
duró cuarenta años sin ser reparado jamás, poseía un ruidoso mo-
tor de submarino que de vez en cuando estremecía la casa con ata-
ques de tos. La cocinera sacaba con una escoba los cadáveres elec-
trocutados de los gatitos, que se metían debajo buscando calor. En
el fondo ése era un buen método profiláctico, porque en el tejado
nacían docenas de gatos y sin los corrie ntazos del refrigerador nos
habrían invadido por completo.
En nuestra casa, como en todo hogar chileno, había anima les. Los
perros se adquirían de diferentes maneras: se her edaban, se reci-
bían de regalo, se encontraban por allí atropellados, pero aún vivos,
o seguían al niño a la s alida de la escuela y luego no había forma
de echarlos. Siempre ha sido así y espero que no cambie. No c o-
nozco a ningún chileno normal que haya com prado uno; los únicos
que lo hacen son unos fanáticos del Ken nel Club, pero en realidad
nadie los toma en serio. La mayoría de nuestros perros nacion ales
se llaman Negro, aunque sean de otro color, y los gatos se llaman
genéricamente Micifú o Cucho; sin embargo, las mascotas de mi
familia recibían tradicionalmente nombres bíblicos: Barrabás, Sal o-
mé, Caín, excepto un p erro de dudoso linaje que se llamó Sara m-
pión, porque apareció durante una epidemia de esa enfermedad. En
las ciudades y pueblos de mi país corretean levas de canes sin due-
ño, que no constituyen jaurías hambrientas y desoladas, como las
que se ven en otras partes del mundo, sino comunid ades organiza-
das. Son animales mansos, satisfechos de su posición social, un po-
co somnolientos. Una vez leí un estudio cuyo autor sostenía que, si
todas las razas existentes de perros se mezclaran libremente, en
pocas generaciones habría un solo un tipo: un animal fuerte y astu-
to, de tamaño mediano, pelo corto y duro, hocico en punta y cola
voluntariosa, es decir, el típico quiltro chileno. Supongo que lleg a-
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remos a eso.
Cuando también se fundan en una sola todas las razas humanas, el
resultado será una gente más bien baja, de color indefinido, ada p-
table, resistente y resignada a los avatares de la existencia, como
nosotros, los chilenos.
En esos tiempos el pan se iba a buscar dos veces al día a la pan a-
dería de la esquina y se traía a la casa envuelto en un paño blanco.
El olor de ese pan recién salido del horno y aún tibio es uno de los
recuerdos más pertinaces de la niñez. La leche era una crema e s-
pumosa que se vendía a granel. Una campanita colgada al cuello
del caballo y el aroma de establo que invadía la calle anunciaban la
llegada del carretón de la leche. Las empleadas se pon ían en fila
con sus tiestos y compr aban por tazas, que el le chero medía me-
tiendo su brazo peludo hasta la axila en los grandes tarros, siempre
cubiertos de moscas. Algunas veces se com praban varios litros de
más, para hacer manjar blanco -o dulce de leche-, que duraba va-
rios meses almacenado en la penumbra fría del sótano, donde tam-
bién se guardaba el vino, embote llado en casa. Comenzaban por
hacer una fogata en el patio con l eña y carbón. Encima se colgaba
de un trípode una olla de hierro negra por el uso, donde se echaban
los ingredientes, en proporción de cuatro tazas de leche por una de
azúcar, se aromatizaba con dos palitos de vainilla y la cá scara de
un limón, se hervía pacientemente durante horas, revolviendo de
vez en cuando con una larguísima cuchara de madera. Los niños
mirábamos de lejos, esperando que terminara el proceso y se e n-
friara el dulce, para raspar la olla. No nos permitían acercarnos y
cada vez nos repetían la triste historia de aquel niño goloso que se
cayó dentro de la olla y, tal como nos explicaban, «se deshizo en el
dulce hirviendo y no pudieron encontrar ni los huesos». Cuando se
inventó la leche pasteurizada en botellas, las amas de casa se at a-
viaban con sus galas de domingo para fotografiarse, como en las
películas de Hollywood, junto al camión pintado de blanco que re-
emplazó al inmundo carretón. Hoy no sólo hay leche en tera, des-
cremada y con sabores, también se compra el manjar blanco enva-
sado; ya nadie lo hace en casa.
En verano pasaban por el barrio humildes chiquillos con ca nastos
de moras y sacos de membrillos para hacer dulce; también apar e-
cía el musculoso Gervasio Lonquimay, quien estiraba los resortes
metálicos de los catres y lavaba la lana de los colchones, una faena
que podía durar tres o cuatro días, porque la lana se secaba al sol y
luego había que escarmenarla a mano antes de volver a colocarla
en los forros. De Gervasio Lonquimay se murmuraba que había es-
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tado preso por degollar a un rival, rumor que le oto rgaba un aura
de indudable prestigio. Las empleadas le ofrecían horchata para la
sed y toallas para el sudor.
Un organillero, siempre el mismo, recorría las calles, hasta que uno
de mis tíos le compró el organillo y salió tocando la musiquita y r e-
partiendo papelillos de la buena suerte con un loro patético, ante el
horror de mi abuelo y del resto de la familia. Entiendo que mi tío
pretendía seducir así a una pr ima, pero el plan no dio el resultado
esperado: la muchacha se casó a las carreras y escapó lo más lejos
posible. Finalmente mi tío regaló el instr umento musical y el loro
quedó en la casa. Tenía mal genio, y al primer de scuido podía
arrancar un dedo de un picotazo a quien se aproximara, pero a mi
abuelo le hacía gracia porque maldecía como un corsario. Aquel pa-
jarraco vivió veinte años con él y quién sabe cuántos más había vi-
vido antes; era un Matusalén emplumado. También pasaban las gi-
tanas por el barrio, embaucando a los incautos con su castellano
enrevesado y esos ojos irresistibles que habían visto tanto mundo,
siempre de a dos o tres, con media docena de criaturas moquille n-
tas colgadas de sus faldas. Les teníamos terror, porque decían que
robaban niños pequeños, los encerraban en jaulas para que creci e-
ran deformes y luego los vendían como fenómenos a los ci rcos.
Echaban mal de ojo si se les negaba una limosna. Se les atribuían
mágicos poderes: podían hacer desaparecer joyas sin tocarlas y
desatar epidemias de piojos, verrugas, calvicie y dientes podridos.
Así y todo, no resistíamos la tentación de que nos leyeran el dest i-
no en la palma de las manos. A mí siempre me decían lo mismo: un
hombre moreno de bigotes me llev aría muy lejos. Como no re -
cuerdo a ningún enamorado con esas característ icas, supongo que
se referían a mi padrastro, quien tenía bigote de foca y me llevó
por muchos países en sus peregrinajes de diplomático.
UNA ANTIGUA CASA ENCANTADA
Mi primer recuerdo de Chile es una casa que no conocí. Ella fue la
protagonista de mi primera novela, La casa de los espíritus, donde
aparece como la mansión que alberga a la estirpe de los Trueba.
Esa familia ficticia se parece en forma alarmante a la de mi madre;
yo no podría haber inventado pe rsonajes como aquéllos. Además
no era necesario, con una familia como la mía no se requiere im a-
ginación. La idea de la «gran casa de la esquina», que figura en el
libro, surgió de la antigua residencia de la calle Cueto, donde nació
mi madre, tantas veces evocada por mi abue lo, que me parece
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haber vivido en ella. Ya no quedan casas así en Santiago, han sido
devoradas por el progreso y el crecimiento demográfico, pero toda-
vía existen en las provincias. Puedo verla: vasta y somnolienta, de-
crépita por el uso y el abuso, de techos altos y ventanas angostas,
con tres patios, el primero de naranjos y jazmines, donde cantaba
una fuente; el segundo con un huerto enmalezado y el tercero, un
desorden de artesas de lavado, perre ras, gallineros e insalubres
cuartos de empleadas, como celdas de una mazmorra. Para ir al
baño por la noche había que salir de excursión con una lámpara,
desafiando las corrientes de aire y las arañas, haciendo oídos so r-
dos al crujir de las maderas y las carreras de los ratones. La cas o-
na, con entrada por dos calles, era de un piso con mansarda y a l-
bergaba una tribu de bisabu elos, tías solteronas, primos, criadas,
parientes pobres y huéspedes que se instalaban para siempre s in
que nadie se atreviera a echarlos, porque en Chile los «allegados»
están protegidos por un sagra do código de hospital idad. Había
también uno que otro fantasma de dudosa autenticidad, de los que
no faltan en mi familia. Hay quienes aseguran que las ánim as pe-
naban entre esas paredes, pero uno de mis viejos parientes me
confesó que de niño se disfrazaba con un vetusto uniforme militar
para asustar a la tía Cupertina. La pobre solterona nunca dudó que
aquel visitante noctámbulo fuera el espíritu de don José Miguel Ca-
rrera, uno de los padres de la patria, quien acudía a pedirle plata
para decir misas por la salvación de su aguerrida alma.
Mis tíos maternos, los Barros, fueron doce hermanos bastan te ex-
céntricos, pero ninguno loco de atar. Al casarse algunos se qued a-
ban con sus cónyuges y sus hijos en la casa de la calle Cueto. Así lo
hizo mi abuela Isabel, casada con mi abuelo Agustín. La pareja no
sólo vivió en aquel gallinero de estrafalarios parientes, sino que a la
muerte de los bisabuelos compró la casa y allí criaron a sus cuatro
hijos durante varios años. Mi abuelo la m odernizó, pero su mujer
sufría de asma por la humedad de los cuartos; ad emás el vecinda-
rio se llenó de pobres y la «gente bien» empezó a emigrar en masa
hacia el este de la ciudad. Doblegado por la presión social, constru-
yó una casa moderna en el barrio de Providencia, que entonces
quedaba extramuros, pero se suponía que iba a prosperar. El hom-
bre tenía buen ojo, porque a los pocos años Providencia se convirtió
en la zona residencial más elegante de la capital, aunque dejó de
serlo hace mucho, cuando la clase media empezó a trepar por las
laderas de los cerros y los ricos de verdad se fueron cordillera arr i-
ba, donde anidan los cón dores. En la actualidad Prov idencia es un
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caos de tráfico, comercio, oficinas y restaurantes, donde sólo viven
los más ancianos en antiguos edificios de apartamentos, pero e n-
tonces lindaba con los campos donde las familias pudientes tenían
chacras de veraneo, donde el aire era límpido y la existencia, bucó-
lica. De esta casa hablaré un poco más adelante; por el momento
volvamos a mi familia.
Chile es un país moderno de quince millones de habitantes, pero
con resabios de mentalidad tribal. Esto no ha cambiado mucho, a
pesar de la expl osión demográfica, sobre todo en las provincias,
donde cada familia sigue encerrada en su círculo, grande o pequ e-
ño. Estamos divididos en clanes, que comparten un interés o una
ideología. Sus miembros se parecen, se visten de mane ra similar,
piensan y actúan como clones y, por supuesto, se protegen unos a
otros, excluyendo a los demás. Por ejemplo, el clan de los agricu l-
tores (me refiero a los dueños de tierra, no a los humildes camp e-
sinos), los médicos, los políticos (no impor ta cuál sea su partido),
los empresarios, los militares, los camio neros y, en fin, todos los
demás. Por encima de los clanes está la familia, inviolable y sagr a-
da, nadie escapa a sus deberes con ella. Por ejemplo, el tío Ramón
suele llamarme por teléfono a California, donde vivo, para comuni-
carme que murió un tío en tercer grado, a quien no conocí, y dejó a
una hija en mala situación. La joven quiere estudiar enfermería, pe-
ro no tiene medios para hacerlo. Al tío Ramón, como el miembro de
más edad del clan, le corresponde ponerse en contacto con cua l-
quiera que tenga lazos de sangre con el difunto, desde los parientes
cercanos hasta los más remotos, para financiar los estudios de la
futura enfermera. Negarse sería un acto vil, que sería recordado
por varias ge neraciones. Dada la importancia que para nosotros
tiene la familia, he escogido a la mía como hilo conductor para este
libro, de modo que si me explayo en algunos de sus miembros es
seguramente porque hay una razón, aunque a veces ésta sea sólo
mi deseo de no perder esos lazos de sangre que me unen también
a mi tierra. Mis parientes servirán para ilustrar ciertos vicios y vi r-
tudes del carácter de los chilenos. Como método científico puede
ser objetable, pero desde el punto de vista literario tiene algunas
ventajas.
Mi abuelo, quien provenía de una familia pequeña y arruinada por
la muerte prematura del padre, se enamoró de una muchacha con
fama de bella, ll amada Rosa Barros, pero la chica murió misteri o-
samente antes de la boda. Quedan de ella sólo un par de fotografí-
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as color sepia, desteñidas por la bruma del tiempo, en las cuales
apenas se distinguen sus rasgos. Años después mi abuelo se casó
con Isabel, hermana menor de Rosa. En esos tiempos todo el mun-
do dentro de una clase social se conocía en Santiago , de manera
que los matrimonios, aunque no eran arreglados como en la I ndia,
siempre eran asuntos de familia. A mi abuelo le pareció lógico que
si había sido aceptado entre los Barros como novio de una de las
hijas, no había razón para que no lo fuera de otra.
En su juventud mi abuelo Agustín era delgado, de nariz agui leña,
vestido de negro con un traje arreglado de su difunto padre, s o-
lemne y orgulloso. Pertenecía a una antigua familia de origen caste-
llano-vasco, pero a diferencia de sus parientes, era po bre. Sus pa-
rientes no daban que hablar, excepto el tío Jorge, buen mozo y ele-
gante como un príncipe, con un futuro brillante a sus pies, codici a-
do por varias de las señoritas en edad de casarse, quien tuvo la de-
bilidad de enamorarse de una mujer «de medio pelo», como llaman
en Chile a la esforzada clase media baja. En otro país tal vez habrí-
an podido amarse sin tragedia, pero en el ambiente en que les tocó
vivir estaban condenados al ostracismo. Ella adoró al tío Jorge d u-
rante cincuenta años, pero usaba una estola de zorros apolillados,
se pintaba el cabello color zanaho ria, fumaba con desenfado y t o-
maba cerveza directo de la bote lla, razones sobradas para que mi
bisabuela Ester le declarara la guerra y prohibiera a su hijo me n-
cionarla en su presencia. Él obedeció calladamente, pero al día s i-
guiente de la muerte de su madre, se casó con su amada, quien
para entonces era una mujer madura y enferma de los pulmones,
aunque siempre encantadora. Se amaron en la miseria sin que n a-
da pudiera separarlos: dos días después de que él se despachara de
un ataque al corazón, a ella la encontraron muerta en la cama, en-
vuelta en la vieja bata de su marido.
Debo decir unas palabras sobre la bisabuela Ester, porque creo que
su poderosa influencia es la explicación de algunos aspectos del ca-
rácter de su descendencia y, de alguna manera, representa a la
matriarca intransigente, tan común entonces y ahora. La figura ma-
terna tiene proporciones mitológicas en nuestro país, así es que no
me extraña la actitud sumisa del tío J orge. La madre judía y la
mamma italiana son diletantes comparadas con las chilenas. Acabo
de descubrir por casualidad que el marido de doña Ester tenía mala
cabeza para los negocios y perdió las tierras y la fortuna que había
heredado; parece que los acreedores eran sus propios hermanos. Al
verse arruinado, se fue a la casa del campo y se destrozó el pecho
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de un escopetazo. Digo que acabo de saber este hecho, porque la
familia lo ocultó por cien años y todavía se menciona sólo en sus u-
rros; el suicidio era considerado un pecado particularmente dele z-
nable, porque el cuerpo no podía enterrarse en la tierra consagrada
de un cementerio católico. Para evitar la vergüenza, sus parientes
vistieron el cadáver con chaqueta de levita y so mbrero de copa, lo
sentaron en un coche con caballos y se lo llevaron a Santiago, don-
de pudieron darle cristiana sepultura gracias a que todo el mu ndo,
incluso el cura, hizo la vista gorda.
Este hecho dividió a la familia entre los descendientes directos, que
aseguran que lo del suicidio es calumnia, y los descendientes de los
hermanos del muerto, quienes finalmente se quedaron con sus bie-
nes. En cualquier caso, la viuda se sumió en la depresión y la p o-
breza. Había sido una mujer alegre y bonita, virtuosa del piano, pe-
ro a la muerte de su marido se vistió de luto riguroso, le puso llave
al piano y desde ese día en adelante sólo salía de su casa para asis-
tir a misa diaria. Con el tiempo la artritis y la gordura la co nvirtie-
ron en una monstruosa estatua atrapada entre cuatro paredes. Una
vez por semana el párroco le llevaba la comunión a la casa. Esa
viuda sombría inculcó a sus hijos la idea de que el mundo es un va-
lle de lágrimas y aquí estamos sólo para sufrir. Presa en su sillón de
inválida, juzgaba las v idas ajenas; nada escapab a a sus ojitos de
halcón y su lengua de profeta. Para la filmación de la película de La
casa de los espíritus debieron trasl adar, desde Inglaterra hasta el
estudio en Copenhague, a una actriz del tamaño de una ballena pa-
ra ese papel, después de quitar varios asientos del avión para con-
tener su inverosímil corpulencia. Aparece apenas un instante en la
pantalla, pero produce una impresión memorable.
Al contrario de doña Ester y su descendencia, gente solemne y se-
ria, mis tíos matern os eran alegres, exuberan tes, derrochadores,
enamoradizos, buenos para apostar a los caballos, tocar música y
bailar la polca. (Esto de bailar es poco usual entre los chilenos, que
en general carecen de sentido del ritmo. Uno de los grandes descu-
brimientos que hice en Venezuela, d onde fui a vivir en 1975, es el
poder terapéutico del baile. Apenas se juntan tres venezolanos, uno
tamborea o toca la guitarra y los otros dos bailan; no hay pena que
resista ese tratamiento. Nuestras fiestas, en cambio, se par ecen a
los funerales: los hombres se arrinconan para hablar de negocios y
las mujeres se aburren. Sólo bailan los jóvenes, seducidos por la
música norteamericana, pero apenas se casan se ponen solemnes,
como sus padres.) La mayor parte de las anéc dotas y personajes
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de mis libros se basan en la original familia Barros. Las mujeres
eran delicadas, espirituales y d ivertidas. Los varones eran altos,
guapos y siempre dispuestos para una p elea a puñetes; también
eran «chineros», como llamaban a los aficionados a los burdeles, y
más de uno acabó con alguna enfermedad misteriosa. Imagino que
la cultura del prostíbulo es importante en Chile, porque aparece una
y otra vez en la literatura, como si nuestros autores vivieran obs e-
sionados con ello. A pesar de que no me considero una experta en
el tema, no me libré de crear a una prostituta con corazón de oro,
Tránsito Soto, en mi primera novela.
Tengo una centenaria tía abuela que aspira a la santidad y cuyo
único deseo es entrar al convento, pero ninguna congrega ción, ni
siquiera las Hermanitas de la Caridad, la tolera más de un par s e-
manas, así es que la fam ilia ha tenido que hacerse car go de ella.
Créame, no hay nada tan insoportable como un santo, no se lo de-
seo ni a mi peor enemigo. En los almuerzos dominicales en casa de
mi abuelo, mis tíos hacían planes para asesinarla, pero siempre l o-
graba escapar ilesa y aún está viva. En su juventud esta dama usa-
ba un hábito de su invención, cantaba a todas horas himnos religio-
sos con voz angélica y al menor des cuido se escapaba para ir a la
calle Maipú a catequizar a gritos a las niñas de vida alegre, que la
recibían con una lluvia de verdu ras podridas. En la misma calle el
tío Jaime, primo de mi madre, se ganaba el dinero para sus est u-
dios de medicina aporreando un acordeón en las «casas de mala
vida». Amanecía cantando a todo pulmón una canción llamada «Yo
quiero una mujer desnuda», lo cual causaba tal escándalo que salí-
an las beatas a protestar.
En esos tiempos la lista negra de la Iglesia católica incluía libros
como El conde de Montecristo; imagine el espanto que puede haber
causado el d eseo por una mujer desnuda vociferado por mi tío.
Jaime llegó a ser el pediatra más célebre y querido del país, el polí-
tico más pintoresco -capaz de recitar sus discursos en verso rimado
en el Senado- y sin duda el más radical de mis parientes, comunis-
ta a la izquierda de Mao, cuando Mao todavía e staba en pañales.
Hoy es un anciano hermoso y lúcido, que usa calcetines color rojo
encendido como símbolo de sus ideas políticas. Otro de mis parien-
tes se quitaba los pantalones en la calle para dárselos a los pobres
y su fotografía en calzoncillos, pero con sombrero, chaqueta y co r-
bata, solía aparecer en los periódi cos. Tenía tan alta idea de sí
mismo, que en su testamento dejó instrucciones para ser enterrado
de pie, así podría mirar a Dios directo a los ojos cuando tocara la
puerta del cielo.
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Nací en Lima, donde mi padre era uno de los secretarios de la e m-
bajada. La razón por la cual me crié en casa de mi abuelo en Sa n-
tiago es que el matrimonio de mis padres fue un desastre desde el
principio. Un día, cuando yo tenía alrededor de cuatro años, mi p a-
dre salió a comprar cigarrillos y no regresó más. La verdad es que
no fue a comprar cigarrillos, como siempre se dijo, sino que partió
de parranda disfrazado de india peruan a, con polleras multicolores
y una peluca de trenzas largas. Dejó a mi madre en Lima, con un
montón de cuentas impagas y tres niños, el menor recién nacido.
Supongo que ese primer abandono hizo alguna muesca en mi ps i-
que, porque en mis libros hay tantas cr iaturas abandonadas, que
podría fundar un orfelinato; los padres de mis personajes están
muertos, desaparecidos o son tan auto ritarios y distantes, que es
como si existieran en otro planeta. Al encontrarse sin marido y a la
deriva en un país extranjero, mi madre debió vencer el monumen-
tal orgullo en que había sido criada y regresar al hogar de mi abue-
lo. Mis primeros años en Lima están borrados por la niebla del olv i-
do; todos los recuerdos de mi infancia están ligados a Chile.
Crecí en una familia patriarcal en la cual mi abuelo era como Dios:
infalible, omnipresente y todopoderoso. Su casa en el barrio de
Providencia no era ni sombra de la mansión de mis bisabuelos en la
calle Cueto, pero durante mis primeros años fue mi universo. No
hace mucho fue a Santi ago un periodista japonés con la intención
de fotografiar la supuesta «gran casa de la esqu ina» que aparece
en mi primera novela. Fue inútil explicar le que era ficción. Al cabo
de tan largo viaje, el pobre hombre se llevó un tremendo chasco,
porque Santiago ha sido demolido y vuelto a construir varias veces
desde entonces. Nada dura en esta ciudad. La casa que construyó
mi abuelo ahora es una discoteca de mala muerte, un deprimente
engendro de plástico negro y luces psicodélicas. La residencia de la
calle Cueto, que fuera de mis bisabuelos, desapareció hace muchos
años y en su sitio se alzan unas torres modernas para inquilinos de
bajos ingresos, irreconocibles entre tantas docenas de edificios s i-
milares.
Permítame un comentario sobre aquella demolición, como capricho
sentimental. Un día las máquinas del progreso llegaron con la m i-
sión de pulverizar la casona de mis antepasados y durante semanas
los implacables dinosaurios de hierro aplanaron el suelo con sus pa-
tas dentadas. Cuando por fin se asentó la polvareda de beduinos,
los pasantes pudieron comprobar asombrados que en ese desca m-
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pado todavía se erguían intactas varias palme ras. Solitarias, des-
nudas, con sus melenas mustias y un aire de humildes cenicientas,
esperaban su fin; pero, en vez del temi do verdugo, aparecieron
unos trabajadores sudorosos y, como dili gentes hormigas, cavaron
trincheras alrededor de cada árbol, hasta desprenderlo del suelo.
Los esbeltos árboles aferraban puñados de tierra seca con sus de l-
gadas raíces. Las grúas se llevaron las palmeras heridas hasta unos
hoyos, que los jardineros habían preparado en otro lugar, y allí las
plantaron. Los troncos g imieron sordamente, las hojas se cayeron
en hilachas amarillas y por un tiempo parecía que nada podría sa l-
varlas de tanta agonía, pero son criaturas tenaces. Una lenta rebe-
lión subterránea fue extendiendo la vida, los tentáculos vegetales
se abrieron paso, mezclando los restos de tierra de la calle Cueto
con el nuevo suelo. En una primavera inevitable amanecieron las
palmeras agitando sus pelucas y contorneando la cintura, vivas y
renovadas, a pesar de todo. La imagen de esos árboles de la casa
de mis ant epasados me viene con frecuencia a la mente cuando
pienso en mi destino de desterrada. Mi suerte es andar de un sitio
para otro y adaptarme a nu evos suelos. Creo que lo logro porque
tengo puñados de mi tierra en las raíces y siempre los llevo conmi-
go. En todo caso, el periodista japonés que fue al fin del mundo a
fotografiar una mansión de novela regresó a su patria con las m a-
nos vacías.
La casa de mi abuelo era igual a las de mis tíos y a la de cual quier
otra familia de un medio similar. Los chilenos no se caracterizan por
la originalidad: por dentro sus casas son todas más o menos igu a-
les. Me dicen que ahora los ricos contratan decoradores y compran
hasta las llaves de los b años en el extranjero, pero en aquellos
tiempos nadie había oído hablar de decoración interior. En el salón,
barrido por inexplicables corrientes de aire, había cortinajes de fe l-
pa color sangre de toro, lámparas de lágrimas, un desafinado piano
de cola y un gran reloj de bulto, negro como un ataúd, que marc a-
ba las horas con campanazos fúnebres. También había dos horren-
das figuras de porcelana francesa de unas damiselas con pelucas
empolvadas y unos caballeros de tacones altos. Mis tíos las usaban
para afinar los reflejos: se las lanzaban por la cabeza unos a otros,
con la vana esperanza de que cayeran al suelo y se hicieran ped a-
zos. La casa estaba habitada por humanos excéntricos, mascotas
medio salvajes y algunos fantasmas amigos de mi abuela, quienes
la habían seguido desde la mansión de la calle Cueto y que, incluso
después de su muerte, siguieron rondándonos.
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Mi abuelo Agustín era un hombre sólido y fuerte como un guerrero,
a pesar de que nació con una pi erna más corta que la otra. Nunca
se le pasó por la mente consultar a un médico por ese asunto, pr e-
fería a un «componedor». Se trataba de un ciego que arreglaba las
patas de los caballos accidentados en el Club Hípico y sabía más de
huesos que cualquier traumatólogo. Con el tiempo la cojera de mi
abuelo empeoró, le dio artritis y se le deformó la c olumna verte-
bral, de modo que cada movimiento era un suplicio, pero nunca lo
oí quejarse de sus dolores o sus problemas, aunque como cualquier
chileno que se respete, se quejaba de todo lo demás. Aguantaba el
tormento de su pobre esqueleto con puñados de aspirinas y largos
tragos de agua. Después supe que no era agua inocente, sino gine-
bra, que bebía como un pirata, sin que le afectara la conducta o la
salud. Vivió casi un siglo sin perder ni un solo tornillo de su cerebro.
El dolor no lo disculpaba de sus deb eres de caballerosidad y hasta
el fin de sus días, cuando era sólo un atado de huesos y pellejo, se
levantaba trabajosamente de su silla para saludar y despedi r a las
señoras.
Sobre mi mesa de trabajo tengo su fotografía. Parece un campesino
vasco. Está de perfil, con una boina negra en la ca beza, que acen-
túa su nariz de águila y la expresión firme de su rostro marcado de
caminos. Envejeció a rmado por la inteli gencia y reforzado por la
experiencia. Murió con una mata de pelo blanco y su mirada azul
tan perspicaz como en la juventud. ¡Qué difícil es morirse!, me dijo
un día, cuando ya estaba muy cansado del dolor de huesos. Habla-
ba en proverbios, sabía cientos de cuentos populares y recitaba de
memoria largos poemas. Este hombre formidable me dio el don de
la disciplina y el amor por el lenguaje, sin los cuales hoy no podría
dedicarme a la escritura. También me enseñó a observar la natura-
leza y amar el paisaje d e Chile. Decía que, tal como los romanos
viven entre estatuas y fuentes sin percatarse de ellas, los chilenos
vivimos en el país más deslumbrante del planeta sin apreciarlo. No
percibimos la quieta presencia de las montañas nevadas, los volc a-
nes dormidos y los cerros inacabables que nos cobijan en mon u-
mental abrazo; no nos sorprende la espumante furia del Pacífico es-
trellándose en las costas, ni los quietos lagos del sur y sus son oras
cascadas; no veneramos como peregrinos la milenaria naturale za
de nuestro bosque nativo, los paisajes lunares del norte, los fecu n-
dos ríos araucanos, o los glaciares azules donde el tiempo se ha tri-
zado.
Estamos hablando de los años cuarenta y cincuenta… ¡cuánto he
vivido, Dios mío! Envejecer es un proceso paulatino y sola pado. A
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veces se me olvida el paso del tiempo, porque por dentro aún no he
cumplido los treinta; pero inevitablemente mis nie tos me confron-
tan con la dura verdad cuando me preguntan si en «mi época»
había electricidad. Estos mismos nietos so stienen que hay un pue-
blo dentro de mi cabeza donde los personajes de mis libros viven
sus historias. Cuando les cuento anécdotas de Chile creen que me
refiero a ese pueblo inventado.
UN PASTEL DE MILHOJAS
¿Quiénes somos los chilenos? Me resulta difícil definirnos por escri-
to, pero de una sola mirada puedo distinguir a un compatrio ta a
cincuenta metros de distancia. Además me los encuentro en todas
partes. En un templo sagrado de Nepal, en la selva del Amazonas,
en un carnaval de Nueva O rleans, sobre los hielos radiantes de Is-
landia, donde usted quiera, allí hay algún chileno con su inconfu n-
dible manera de caminar y su acento cantad ito. Aunque a lo largo
de nuestro delgado país estamos separados por miles de kilóm e-
tros, somos tenazmente parecidos; compartimos el mismo idioma y
costumbres similares. Las únicas excepciones son la clase alta, que
desciende sin muchas distracciones de eu ropeos, y los indígenas,
aymaras y algunos quechuas en el nor te, y mapuches en el sur,
que luchan por mantener sus identidades en un mundo donde hay
cada vez menos espacio para ellos.
Crecí con el cuento de que en Chile no hay problemas racia les. No
me explico cómo nos atrevemos a repetir semejante fal sedad. No
hablamos de racismo, sino de «sistema de clases» (nos gustan los
eufemismos), pero son prácticamente la misma cosa. No sólo hay
racismo y/o clasismo, sino que están enraizados como muelas.
Quien sostenga que es cosa del pasado se equivoca de medio a
medio, como acabo de comprobar en mi última visita, cu ando me
enteré que uno de los alumnos más brillantes de la Escuela de Le-
yes de la Universidad de Chile fue rechazado en un destacado bufe-
te de abogados, porque «no calzaba con el perfil corporativo». En
otra palabras, era mestizo y tenía un apellido mapuche. A los clien-
tes de la firma no les daría confianza ser representados por él;
tampoco aceptarían que saliera con al guna de sus hijas. Tal como
ocurre en el resto de América Lati na, nuestra clase alta es relat i-
vamente blanca y mientras más se desciende en la empinada esca-
la social, más acentuados son los rasgos indígenas. Sin embargo, a
falta de otras referencias, la mayoría de los chilenos nos cons ide-
ramos blancos; fue una sorpresa para mí descubrir que en Estados
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Unidos soy «persona de color». (En una ocasión, en la cual debí lle-
nar un formulario de inmigración, me abrí la blusa para mostrarle
mi color a un funcionario afroamericano, quien pretendía colocarme
en la última categoría racial de su lista: «Otra». Al hombre no le
pareció divertido.)
Aunque no quedan muchos indios puros -más o menos un diez por
ciento de la población - su sangre corre por las venas de nuestro
pueblo mestizo. Los mapuches son por lo general de baja estatura,
piernas cortas, tronco largo, piel morena, pelo y ojos os curos, pó-
mulos marcados. Sienten una desconfianza atá vica -y justificada-
contra los no indios, a quienes llaman «huincas», que no significa
«blancos», sino «ladrones de tierra». Estos i ndios, divididos en va-
rias tribus, contribuyeron fuertemente a forjar el carácter nacional,
aunque antes nadie que se respetara admitía ni la menor asociación
con ellos; tenían fama de borrachos, perezosos y ladrones. No es
ésa la opinión de don Alonso de Ercilla y Zúñiga, notable soldado y
escritor español, quien estuvo en Chile a mediados del siglo XVI y
escribió La Araucana, un largo poema épico sobre la conquista e s-
pañola y la feroz resistencia de los indígenas. En el prólogo se dir i-
ge al rey, su señor, diciendo de los araucanos que: «… con puro
valor y porfiada dete rminación hayan redimido y sustentado su l i-
bertad, derramando en sacrificio de ella tanta sangre, así suya c o-
mo de españoles, que con verdad se puede decir, haber pocos luga-
res que no estén de ella teñidos, y poblados de huesos … Y es ta n-
ta la falta de gente, por la mucha que ha muerto en esta demanda,
que para hacer más cuerpo y henchir los escuadrones vienen tam -
bién las mujeres a la guerra, y peleando algunas veces como varo-
nes, se entregan con grande ánimo a la muerte».
En los últimos años algunas tribus mapuches se han sublevado y el
país no puede ignorarlos por más tiempo. En realidad los indios e s-
tán de moda. No faltan intelectuales y ecologistas que andan bu s-
cando algún antepasado con lanza para engalanar su árbol gene a-
lógico; un heroico indígena en el árbol familiar viste mucho más
que un enclenque marqués de amarillentos enc ajes, debilitado por
la vida cortesana. Confieso que he intentado adqui rir un apellido
mapuche para ufanarme de un bisabuelo cacique, tal como antes se
compraban títulos de nobleza europea, pero hasta ahora no me ha
resultado. Sospecho que así obtuvo mi padre su escudo de armas:
tres perros famélicos en un campo azul, según recuerdo. El escudo
en cuestión permaneció escondido en el sótano y jamás se mencio-
naba, porque los títulos de nobleza fueron abolidos al declararse la
independencia de España y no hay nada tan ridículo en Chile como
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tratar de pasar por noble. Cuando trabajaba en las Naciones Unidas
tuve por jefe a un conde italiano de verdad, quien debió cambiar
sus tarjetas de visita ante las carcajadas que provocaban sus bl a-
sones.
Los jefes indígenas se ganaban el puesto con proezas sobre hum a-
nas de fuerza y valor. Se echaban un tronco de aquellos bosques
inmaculados a la espalda y quien aguantara su peso por más horas
se convertía en toqui. Como si eso no fuera suficiente, recitaban sin
pausa ni respiro un discurso improvisado, porque además de probar
su capacidad física, debían convencer con la coherencia y belleza de
sus palabras. Tal vez de allí nos viene el vicio a ntiguo de la po e-
sía… La autoridad del triunfador no volvía a cuesti onarse hasta el
próximo torneo. Ninguna tortura inventada por los ingeniosos co n-
quistadores españoles, por espantosa que fuera, lograba desmorali-
zar a aquellos héroes oscu ros, que morían sin un quejido empal a-
dos en una lanza, descuartizados por cuatro caballos, o quemados
lentamente sobre un brasero. Nuestros indios no pertenecían a una
cultura espléndida, como los aztecas, mayas o incas; eran hoscos,
primitivos, irascibles y poco num erosos, pero tan corajudos, que
estuvieron en pie de guerra durante trescie ntos años, primero co-
ntra los colonizadores españoles y luego contra la república. Fueron
pacificados en 1880 y no se oyó hablar mucho de ellos por más de
un siglo, pero ahora los mapuches -«gente de la tierra»- han vuelto
a la lucha para defender las pocas tierras que les quedan, ame -
nazadas por la construcción de una represa en el río Bío Bío.
Las manifestaciones artísticas y culturales de nuestros indios son
tan sobrias como todo lo demás producido en el país. Tiñen sus t e-
jidos en tonos vegetales: marrón, negro, gris, blanco; sus instru-
mentos musicales son lúgubres como canto de ballenas; sus danzas
son pesadas, monótonas y tan tenaces, que a la larga hacen llover;
su artesanía es hermosa, pero no p osee la exuberancia y variedad
de las de México, Perú o Guatemala.
Los aymaras, «hijos del sol», muy diferentes a los mapuches, son
los mismos de Bolivia, que van y vienen ignorando las fron teras,
porque esa región ha sido suya desd e siempre. Son de ca rácter
afable y, aunque mantienen sus costumbres, su lengua y sus
creencias, se han integrado a la cultura de los blancos, sobre todo
en lo que se refiere al comercio. En eso difieren de algunos gru pos
de indígenas quechuas en las zon as más aisladas de la si erra pe-
ruana, para los cuales el gobierno es el enemigo, igual que en tiem-
pos de la colonia; la guerra de independencia y la creación de la
República del Perú no han modificado su existencia.
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Los desafortunados indios de Tierra del Fuego, en el extremo sur de
Chile, perecieron a bala y de epidemias hace mucho; de aquellas
tribus sólo queda un puñado de alacalufes. A los ca zadores les pa-
gaban una recompensa por cada par de orejas que traían como
prueba de haber matado un indio; así los colonos desalojaron la re-
gión. Eran unos gigantes que vivían casi desnu dos en un territorio
de hielos inclementes, donde sólo las focas pu eden sentirse cómo-
das.
A Chile no trajeron sangre africana, que nos hubiera dado ritmo y
color; tampoco llegó, como a Argentina, una fuerte inmigración ita-
liana, que p odría habernos hecho extrovertidos, vanido sos y al e-
gres; ni siquiera llegaron suficientes asiáticos, como al Perú, que
habrían compensado nuestra s olemnidad y condimentado nuestra
cocina; pero estoy segura de que si de los cuatro puntos cardinales
hubieran convergido entusiastas aventureros a poblar nuestro país,
las orgullosas familias castellano -vascas se las habrían arreglado
para mezclarse lo menos posible, salvo que fueran europeos del
norte. Hay que decirlo: nuestra política de inmigración ha sido
abiertamente racista. Por mucho tiempo no se aceptaban asiáticos,
negros ni muy tostados. A un presidente del siglo XIX se le ocurrió
traer alemanes de la Selva Negra y asignarles tierras en el sur, que
por supuesto no eran suyas, pertenecían a los mapuches, pero na-
die se fijó en aquel detalle, salvo los legítimos propietarios. La idea
era que la sangre teutónica mejoraría a nuestro pueblo mestizo, in-
culcándole espíritu de trabajo, disciplina, puntual idad y organiz a-
ción. La piel cetrina y el pelo tieso de los indios eran mal vistos;
unos cuantos genes germanos no nos vendrían mal, pensaban las
autoridades de entonces. Se esperaba que los inmigrantes se casa-
ran con chilenos y de la mezcla saliéramos ga nando los humildes
nativos, lo cual ocurrió en Valdivia y Osorno, provincias que hoy
pueden hacer alarde de hombres altos, mujeres pechugonas, niños
de ojos azules y el más auténtico strudel de manzana. El prejuicio
del color todavía es tan fuerte, que b asta que una mujer tenga el
pelo amarillo, aunque vaya acompañado por una cara de iguana,
para que se vuelvan a mirarla en la calle. A mí me descoloraron el
cabello desde la más tierna infancia con un líquido de fragancia dul-
zona llamado Bayrum; no hay ot ra explicación para el mila gro de
que las mechas negras con que nací se transformaran antes de seis
meses en angelicales rizos de oro. Con mis hermanos no fue nec e-
sario recurrir a tales extremos porque uno era crespo y el otro r u-
bio. En todo caso, los emi grantes de la Selva Negra han sido muy
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influyentes en Chile y, según la opinión de m uchos, rescataron el
sur de la barbarie y lo convirtieron en el paraíso espléndido que hoy
es.
Después de la Segunda Guerra Mundial llegó una oleada di ferente
de alemanes a refugiarse en Chile, donde existía tanta simpatía por
ellos, que nuestro gobierno no se unió a los Aliados hasta última
hora, cuando fue imposible permanecer neutral. Durante la guerra
el partido nazi chileno desf ilaba con uniformes pardos, banderas
con esvásticas y el brazo en alto. Mi abuela corría al lado lanzándo-
les tomates. Esta dama era una excepción, porque en Chile la gente
era tan antisemita, que la palabra «ju dío» era una grosería; tengo
amigos a los cuales les lavaban la boca con agua y jabón si se atre-
vían a pronunciarla. Para referirse a ellos se decía «israelitas» o
«hebreos», y casi siempre en un susurro. Todavía existe la mist e-
riosa colonia Dignidad, un campamento nazi completamente cerra-
do, como si fuera una nación independiente, que ni ngún gobierno
ha logrado desmantelar porque se supone que cuenta con la sol a-
pada protección de las Fuerzas Armadas. En tiempos de la dictadu-
ra (3 -1989) fue un centro de tortura usado por los servicios de
inteligencia. En la actualidad su jefe se encuentra prófugo de la jus-
ticia, acusado de violación de menores y otros delitos. Los camp e-
sinos de los alrededores, sin embargo, les tienen simpatía a estos
supuestos nazis, porque mantienen un excelente hospital, que p o-
nen al servicio de la población. A la entrada de la colonia hay un
restaurante alemán, donde se ofrece la mejor pastelería de la zona,
servido por unos e xtraños hombres rubios llenos de tics faciales,
que responden con monosílabos y tienen ojos de lagarto. Esto no lo
he comprobado, me lo contaron.
Durante el siglo XIX llegaron ingleses en buen número y con -
trolaron el transporte marítimo y de ferrocarriles, así como el c o-
mercio de importación y exportación. Algunos de sus descendientes
de tercera o cuarta generación, que jamás pisaron Inglaterra, pero
la llamaban home, tenían a mucha honra hablar cas tellano con
acento y enterarse de las noticias por periód icos atrasados que ve-
nían de allá. Mi abuelo, quien tuvo muchos negocios con compañías
que criaban ovejas en la Patagonia para la industria textil británica,
contaba que nunca firmó un contrato; la palabra dicha y un apretón
de manos eran más que suficientes. Los ingleses -«gringos», como
llamamos genéricamente a cualquiera de pelo rubio o cuya lengua
materna sea el inglés- crearon colegios, clubes y nos enseñaron va-
rios juegos de lo más aburridos, incluyendo el bridge.
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A los chilenos nos gustan los alemanes por las salchichas, la cer -
veza y el casco prusiano, además del paso de ganso que nuestros
militares adoptaron para desfilar; pero en realidad procuramos imi-
tar a los ingleses. Los admiramos tanto, que nos creemos los ingle-
ses de América Latina, tal como consideramos que los in gleses son
los chilenos de Europa. En la ridícula guerra de las Malvinas (2)
en vez de apoyar a los argent inos, que son nuestros vecinos, apo-
yamos a los británicos, a partir de lo cual la primera ministra, Ma r-
garet Thatcher, se convirtió en amiga del alma del siniestro general
Pinochet. América Latina nunca nos perdonará semejante mal paso.
Sin duda tenemos algunas cosas en común con los hijos de la rubia
Albión: individualismo, buenos modales, sentido del fair play, cl a-
sismo, austeridad y mala dentadura. (La austeridad británica no in-
cluye, claro está, a la rea leza, que es al espíritu inglés lo que Las
Vegas es al desierto de Mojave.) Nos fascina la excentricidad de la
cual los británicos suelen hacer alarde, pero no somos capaces de
imitarla, porque tenemos demasiado temor al ridículo; en cambio
intentamos copiarles su aparente autocontrol. Digo ap arente, por-
que en ciertas circunstancias, como por ejemplo un partido de fú t-
bol, los ingleses y los chilenos por igual pierden la cabeza y son ca-
paces de descuartizar a sus contrincantes. Del mismo modo, a p e-
sar de su fama de ecuánimes, ambos pueden ser de una cr ueldad
feroz. Las atrocidades cometidas por los ingleses a lo largo de su
historia equivalen a las que c ometen los chilenos apenas cuentan
con un buen pretexto e impunidad. Nuestra historia está salpicada
de muestras de barbarie. No en vano el lema de la patria es «por la
razón o la fuerza», una frase que siempre me ha parecido parti -
cularmente estúpida. Durante los nueve meses de la revol ución de
1891 murieron más chilenos que durante los cuatro años de la gue-
rra contra Perú y Bolivia (‡9 -1883), muchos d e ellos balea dos
por la espalda o torturados, otros lanzados al mar con piedras at a-
das a los tobillos. El método de hacer desaparecer a los ene migos
ideológicos, que tanto aplicaron las diversas dictaduras latinoameri-
canas durante los años setenta y ochenta del siglo XX, ya se practi-
caba en Chile casi un siglo antes. Esto no quita que nuestra dem o-
cracia fuera la más sólida y antigua del continente.
Nos sentíamos orgullosos de la eficacia de nuestras instituciones,
de nuestros incorruptibles «carabineros», de la seriedad de los jue-
ces y de que ni ngún presidente se enriqueció en el poder; al co n-
trario, a menudo salía del Palacio de la Moneda más pobre de lo
que entraba. A partir de 1973 no vo lvimos a jactamos de esas c o-
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sas.
Además de ingleses, alemanes, ára bes, judíos, españoles e itali a-
nos, arribaron a nuestras orillas inmigrantes de Europa Cen tral,
científicos, inventores, académicos, algunos verdaderos ge nios, a
quienes llamamos sin distinción de clases «yugoslavos».
Después de la guerra civil en Españ a, llegaron refugiados esca -
pando de la derrota. En 1939 el poeta Pablo Neruda, por encar go
del gobierno chileno, fletó un barco, el Winnipeg, que zarpó de Mar-
sella con un cargamento de intelectuales, escritores, artistas, médi-
cos, ingenieros, finos artesanos. Las familias pudientes de Santiago
acudieron a Valparaíso a recibir el barco para ofrecer hospitalidad a
los viajeros. Mi abuelo fue uno de ellos; en su m esa siempre hubo
un puesto para los amigos españoles que llegaran de improviso. Yo
aún no había nacido, pero me crié oyendo los cuentos de la guerra
civil y las canciones salpicadas de palabrotas de aquellos apasion a-
dos anarquistas y republicanos. Esa gente sacudió la modorra colo-
nial del país con sus ideas, sus artes y oficios, sus sufrimientos y
pasiones, sus extravagancias. Uno de aquellos refugiados, un cata-
lán amigo de mi familia, me llevó un día a ver una linotipia. Era un
joven enjuto, nervioso, con perfil de ave furibunda, que no comía
verduras porque las consideraba alimento de burros y v ivía obse-
sionado con la idea de regresar a España cuando m uriera Franco,
sin sospechar que el hombre viviría cuarenta años más. Era tip ó-
grafo de oficio y olía a una mezcla de ajo y tinta. Desde el último
rincón de la mesa, yo lo veía comer sin apetito y despotricar contra
Franco, las monarquías y los curas, sin que jamás sus ojos se vo l-
vieran en mi dirección, porque detestaba por igual a los niños y a
los perros. Sorpresivamente, un día de invierno el catalán anunció
que me llevaría de paseo, se e nvolvió en su larga bufanda y part i-
mos en silencio. Llegamos a un edificio gris, cruzamos una puerta
metálica y avanzamos por pasillos donde se ap ilaban enormes ro-
llos de papel. Un ruido ensordecedor estremecía las par edes. En-
tonces lo vi transformarse, su paso se hizo liviano, le brillaban los
ojos, sonreía. Por primera vez me tocó. Tomándome de la mano me
condujo ante una máquina prodigiosa, una especie de loco motora
negra, con todos sus mecanismos a la vista, destripada y rabiosa.
Tocó sus clavijas y con un est ruendo de guerra cayeron las matr i-
ces formando las líneas de un texto.
-Un maldito relojero alemán, emigrado a Estados Unidos, patentó
esta maravilla en 1884 -me gritó al oído-. Se llama linotipia, line of
types. Antes había que componer el texto colo cando los tipos a
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mano, letra por letra.
-¿Por qué maldito? -pregunté también a gritos.
-Porque doce años antes mi padre inventó la misma máqui na y la
puso a funcionar en su patio, pero a nadie le importó un bledo -
replicó.
El tipógrafo nunca regresó a España , se quedó manejando la m á-
quina de palabras, se casó, le cayeron hijos del cielo, aprendió a
comer verduras y adoptó varias generaciones de perros callejeros.
Me dejó para siempre el recuerdo de la linotipia y el gusto por el
olor de tinta y papel.
En la sociedad donde nací, allá por los años cuarenta, existían fron-
teras infranqueables entre las clases sociales. Esas fronteras hoy
son más sutiles, pero allí están, eternas como la gran mura lla de
China. Ascender en la e scala social antes era imposible, baj ar era
más frecuente, a veces bastaba cambiarse de barrio o casarse mal,
como se decía no de quien lo hacía con un villano o una desalmada,
sino por debajo de su clase. El dinero pesaba poco. Tal como no se
descendía de clase por empobrecerse, tampo co se subía por ama-
sar una fortuna, como pudieron comprobar árabes y judíos que, por
mucho que se enriquecieran, no eran aceptados en los círculos e x-
clusivos de la «gente bien». Con este término se designaban a sí
mismos quienes se encontraban en la parte superior de la pirámide
social (dando por sentado, supon go, que los demás eran «gente
mala»).
Los extranjeros rara vez se dan cuenta de cómo funciona este ch o-
cante sistema de clases, porque en todos los medios el trato es
amable y familiar. El peor epíteto contra los militares que se toma-
ron el gobierno en los años s etenta era «rotos alzados». Opinaban
mis tías que no había nada más kitsch que ser pinoche tista; no lo
decían como crítica a la dictadura, con la cual esta ban plenamente
de acuerdo, sino por clasismo. Ahora pocos se atreven a emplear la
palabra «roto» en público, porque cae pési mo, pero la mayoría la
tiene en la punta de la lengua. Nuestra sociedad es como un pastel
milhojas, cada ser humano en su lu gar y su clase, marcado por su
nacimiento. La gente se presentaba -y todavía es así en la clase al-
ta- con sus dos apellidos, para establecer su identidad y proceden-
cia.
Los chilenos tenemos el ojo bien entrenado para determinar la clase
a la cual pertenece una persona por el aspecto físico, el color de la
piel, los manerismos y, especialmente, por la forma de hablar. En
otros países el acento varía de un lugar a otro, en Chile cambia se-
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gún el estrato social. No rmalmente también podemos adivinar de
inmediato la subclase; subclases hay como treinta, según los distin-
tos niveles de chabacanería, arribismo, cursilería, plata recién a d-
quirida, etc. Se sabe, por ejemplo, dónde perten ece una persona
según el balneario donde veranea.
El proceso de clasificación automática que ponemos en práctica los
chilenos al conocernos tiene un nombre: «ubicarse» y equivale a lo
que hacen los perros cuando se huelen el trasero mutuamente.
Desde 1973, año del golpe militar que cambió muchas cosas en el
país, el «ubicarse» se complicó un poco, porque también hay que
adivinar en los primeros tres minutos de conversación si el interl o-
cutor estuvo a favor o en contra de la dictadura. En la actualidad
muy pocos se confie san a favor, pero de todos modos convi ene
averiguar cuál es la posición política de cada quien antes de emi tir
alguna opinión contundente. Lo mismo ocurre entre los chilenos
que viven en el extranjero, donde la pregunta de rigor es cuándo
salió del país; si fue antes de 1973 quiere decir que es de derecha y
escapó del socialismo de Salvador Allende; si salió e ntre 1973 y
1978 seguro es refugiado político; pero después de esa fecha puede
ser «exiliado económico», como se califican a los que emigraron en
busca de oportunidades de trabajo. Sin embargo, es más difícil de-
terminarlo entre los que se quedaron en Chi le, en parte porque se
acostumbraron a callar sus opiniones.
SIRENAS MIRANDO AL MAR
Al compatriota que regresa nadie le pregunta dónde estuvo ni qué
vio; al extranjero que llega de visita le informamos de inmedia to
que nuestras mujeres son las más bellas del mundo, nuestra ba n-
dera ganó un misterioso concurso internacional y nuestro cli ma es
idílico. Juzgue usted: la bandera es casi igual a la de Texas y lo más
notable de nuestro clima es que mie ntras hay sequía en el norte,
seguro que hay inundac iones en el sur. Y cua ndo digo inundacio-
nes, me refiero a diluvios bíblicos que dejan un saldo de centenares
de muertos, millares de damnificados y la econo mía en ruina, pero
sirven para reactivar el mecanismo de la so lidaridad, que suele
atascarse en tiempos normales.
A los chilenos nos encanta el estado de emergencia. En Santiago la
temperatura es peor que en Madrid, en verano nos morimos de c a-
lor y en invierno de frío, pero nadie tiene aire acondicionado o una
calefacción decente, po rque no pueden pagarlos y además seria
admitir que el clima no es tan bueno como dicen. Cuando el aire se
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pone demasiado agradable, es signo s eguro de que va a temblar.
Contamos más de seiscientos volcanes, algunos donde todavía se
mantiene tibia la lava de antiguas erupciones; otros de poéticos
nombres mapuches: Pirepillán, el demonio de las nieves; Petrohué,
lugar de brumas. De vez en cuando estos gigantes dormidos se s a-
cuden en sueños con un largo bramido, en tonces el mundo parece
como si se fuera a acab ar. Dicen los ex pertos en terremotos que
tarde o temprano Chile desaparecerá sepultado en lava o arrastra-
do al fondo del mar por una ola de esas que suelen levantarse f u-
riosas en el Pacífico, pero espero que esto no desaliente a los turis-
tas potenciales, porque la posibilidad de que ocurra justamente du-
rante su visita es bastante remota.
Lo de la hermosura femenina requiere comentario aparte. Es un
conmovedor piropo a nivel nacional. La verdad es que nunca he o í-
do en el extranjero que las chilenas sean ta n espectaculares como
mis amables compatriotas aseguran. No son mejores que las ven e-
zolanas, que ganan todos los co ncursos internacionales de belleza,
o las brasileras, que pavonean sus curvas de mulata en las playas,
por mencionar sólo un par de nuestras rivales; pero según la mito-
logía popular, desde tiempos inmemoriales los marineros desertan
de los buques, atrapados por las sirenas de cabello largo que espe-
ran oteando el mar en nuestras playas. Esta monumental lisonja de
nuestros hombres es tan halagado ra, que por ella las mujeres e s-
tamos dispuestas a perdonarles muchas cosas. ¿Cómo negarles a l-
go si nos hallan li ndas? Si algo de ver dad hay en esto, tal vez la
atracción consiste en una mezcla de fortaleza y coquetería que p o-
cos hombres pueden resistir, s egún dicen, aunque no ha sido en
absoluto mi caso. Me cuentan los amigos que el juego amoroso de
miradas, de subentendidos, de dar rienda y luego aplicar los frenos,
es lo que los enamora, pero supongo que eso no se inventó en Chi-
le, lo importamos de Andalucía.
Trabajé por varios años en una revista femenina por donde pasaron
las modelos más solicitadas y las candidatas al concur so de Miss
Chile. Las modelos eran por lo general tan anoréxi cas, que perma-
necían la mayor parte del tiempo inmóviles y con la vista fija, como
tortugas, lo cual resultaba muy atrayente, porque cualquier hombre
que se les pusiera por delante podía ima ginar que estaban emb o-
badas mirándolo a él. Estas bellezas parecían turistas; por sus v e-
nas corría sin excepción sangre eu ropea: eran altas, delgadas, de
piel y cabello claros. Así no es la chilena típica, la que se ve por la
calle, mujer mestiza, morena y más bien baja, aunque debo admitir
que las nuevas generacio nes han crecido. Los jóvenes de hoy me
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parecen altísimos (claro que yo mido un metro cincuenta…).
Casi todos los personajes femeninos de mis novelas están inspir a-
dos en las chilenas, que conozco bien, porque trabajé con ellas y
para ellas durante varios años. Más que las señoritas de la clase al-
ta, con sus piernas largas y sus melenas rubias, me impresionan las
mujeres del pueblo, maduras, fuertes, trabajadoras, terrenales. En
la juventud son amantes apasionadas y después son el pilar de su
familia, buenas madres y buenas compañeras de hombres que a
menudo no las merecen. Bajo sus alas albergan a los hijos propios
y ajenos, amigos, parientes, allegados. Viven cansadas y al servicio
de los demás, siempre postergándose, las últimas entre los últimos,
trabajan sin tregua y envejecen prematuramente, pero no pierden
la capacidad de reírse de sí mismas, el romanticismo para desear
que su compañero sea otro y una llamita de rebeldía en el corazón.
La mayoría tiene vocación de mártir: son las primeras en levantarse
a servir a la familia y las últimas en acostarse; les enorgullece sufrir
y sacrificarse. ¡Con qué gusto suspiran y lloran contándose mutua-
mente los abusos del marido y los hijos!
Las chilenas se visten con sencillez, casi siempre de panta lones,
llevan el cabello suelto y usan muy poco maquillaje. En la playa o
en una fiesta andan todas iguales, parecen clones. Me he puesto a
hojear revistas antiguas, desde finales de los sesenta hasta hoy, y
veo que en este sentido han cambiado muy poco en cuarenta años;
creo que la única diferencia es el volumen del peinado. A ninguna le
falta un «vestidito negro», sinónimo de el egancia, que con pocas
variaciones las acompaña desde la pubertad hasta el ataúd.
Una de las razones por las cuales no vivo en Chile es porque no
tendría qué ponerme. Mi ropero contiene suficientes velos , plumas
y brillos como para ataviar al elenco completo de El lago de los ci s-
nes; además me he pintado el pelo de cada color al alcance de la
química y jamás he salido del baño sin maquillaje en los ojos. Hacer
dieta permanentemente es un símbolo de estatus entre nosotras, a
pesar de que en varias en cuestas los hombres e ntrevistados usan
términos como «blandita, curvilínea, que tenga donde ag arrarse»,
para describir cómo prefieren a las mujeres. No les creemos: lo d i-
cen para consolar nos… Por eso nos cu brimos las protuberancias
con chalecos largos o blusones almidonados, al contrario de las c a-
ribeñas, que lucen con orgullo su abundancia pectoral con escotes y
la posterior forrada en spandex fluorescente. Mientras más plata
tiene una mujer, menos come: la clase alta se distingue por la fl a-
cura. En todo caso, la belleza es una cue stión de actitud. Recuerdo
una señora que tenía la nariz de Cyrano de Bergerac. En vista de su
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poco éxito en Santiago, se fue a París y al poco tiempo salió fot o-
grafiada en ocho páginas a color en la más sofisticada revista de
moda, con un turbante en la cabeza y… ¡de perfil! Desde entonces
aquella dama a una nariz pegada pasó a la posteridad como símbo-
lo de la tan cacareada belleza de la mujer chilena.
Algunos frívolos opinan que Chile es un matriarcado, engañados tal
vez por la tremenda personalidad de las mujeres, que parecen ll e-
var la voz cantante en la sociedad. Son libres y organizadas, ma n-
tienen su nombre de soltera al casarse, compiten mano a mano en
el campo del trabajo y no sólo manejan sus familias, sino que con
frecuencia también las mantienen. Son más intere santes que la
mayoría de los hombres, pero eso no quita que vivan en un patriar-
cado sin atenuantes. En principio el trabajo o el intelecto de una
mujer no se respeta; nosotras debemos hacer el doble de esfuerzo
que cualquier hombre para obtener la mitad de reconocimiento. ¡Ni
qué decir en el campo de la literatura! Pero no vamos a hablar de
eso, porque me sube la presión. Los hombres tienen el poder ec o-
nómico y político, que se pasan de uno a otro, como una carrera de
postas, mientras las mujeres, salvo excepciones, quedan margin a-
das. Chile es un país machista: es tanta la testosterona flotando en
el aire, que es un milagro que a las mujeres no les salgan pelos en
la cara.
En México el machismo se vocifera hasta en las rancheras, pero en-
tre nosotros es más disimulado, aunque no por eso menos perjud i-
cial. Los sociólogos han trazado las causas hasta la conquista, pero
como éste es un pr oblema mundial, las raíces deb en ser mucho
más antiguas. No es justo culpar de todo a los españoles. De todos
modos repetiré lo que he leído por ahí. Los in dios araucanos eran
polígamos y trataban a las mujeres con bas tante rudeza; solían
abandonarlas con los niños y partir en gru po en busca de otros te-
rrenos de caza, donde formaban nuevas parejas y tenían más hijos,
que luego también dejaban atrás. Las madres se hacían cargo de
las crías como podían, costumbre que en cierta forma perdura en la
psique de nuestro pueblo; las chi lenas tienden a aceptar -aunque
no a perdonar- el abandono del hombre, porque les parece un mal
endémico, propio de la n aturaleza masculina. Por su parte, la m a-
yoría de los conquista dores españoles no trajeron a sus mujeres,
sino que se aparearon con las india s, a quienes valoraban mucho
menos que a un caba llo. De esas uniones desiguales nacían hijas
humilladas que a su vez serían violadas, e hijos que temían y admi-
raban al padre soldado, irascible, veleidoso, poseedor de todos los
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derechos, incluso el de la vida y la muerte. Al crecer se identific a-
ban con él, jamás con la raza vencida de la madre.
Algunos conquistadores llegaron a tener treinta concubinas, sin
contar las mujeres que violaban y abandonaban en pocos minutos.
La Inquisición se encarnizaba contra los mapuches por sus costum-
bres polígamas, pero hacía la vista gorda ante los serrallos de ind i-
as cautivas que acompañaban a los españoles, porque la multiplica-
ción de mestizos significaba súbditos para la corona española y a l-
mas para la religión cristiana. De aquellos abrazos violentos provie-
ne nuestro pueblo y hasta el día de hoy los hombres actúan como si
estuvieran sobre su caballo mirando al mundo desde arriba, man -
dando, conquistando. Como teoría no está mal, ¿verdad?
Las chilenas son cómplices del machismo: educan a sus hijas para
servir y a sus hijos para ser servidos. Mientras por una parte luchan
por sus derechos y trabajan sin descanso, por otra atienden al m a-
rido y a los hijos varones, secundadas por sus hi jas, a quienes les
inculcan desde pequeñas sus obligaciones. Las chicas modernas se
rebelan, por supuesto, pero apenas se enamo ran repiten el esque-
ma aprendido, confundiendo amor con servicio. Me entristece ver a
esas muchachas espléndidas sirviendo a los novios c omo si éstos
fueran inválidos. No sólo les ponen la comida en el plato, ta mbién
se ofrecen para cortarles la carne. Me dan lástima porque yo era
igual. Hace poco hubo un personaje cómico de la televisión que tu-
vo un gran éxito: un hombre vestido de mujer que imitaba a la e s-
posa modelo. La pobre El vira -así se llamaba- planchaba camisas,
cocinaba platos complicadísimos, hacía las tareas de los niños, e n-
ceraba el piso a mano y, además, volaba a arreglarse antes de que
llegara su hombre, para que no la hallara fea. No descansaba jamás
y era culpable de todo. Incluso corría una maratón por la calle pe r-
siguiendo el autobús donde iba el marido, para entregarle el mal e-
tín que él había dejado atrás. El programa hacía reír a gritos a los
hombres, pero las mujeres se molestaban tanto , que al final lo su-
primieron: no les gustaba verse retratadas con tal fidelidad por la
inefable Elvira.
Mi marido americano, que corre con la mitad de las labores domés-
ticas en nuestra casa, se escandaliza con el machismo chi leno.
Cuando un hombre lava el plato que ha usado para comer, conside-
ra que «está ayudando» a su mujer o su madre, y espera ser cel e-
brado por ello. Entre nuestras amist ades chilenas siempre hay una
mujer que lleva el desayuno en bandeja a la cama a los muchachos
adolescentes, les lava la ropa y les tiende la cama. Si no hay una
«nana», lo hace la madre o la hermana, cosa que ja más ocurriría
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en Estados Unidos. A Willie también le espanta la institución de la
empleada doméstica. Prefiero no contarle que en décadas anteri o-
res los deberes de estas mujeres solían ser bastante íntimos, au n-
que de eso jamás se hablaba: las madres hacían la vista ciega,
mientras los padres se ufanaban de las proezas del joven en la pie-
za de servicio. Es «hijo de tigre», decían, recordan do sus propias
experiencias. La idea general era que, al desahogarse con la criada,
el muchacho no se propasaba con alguna niña de su medio social y,
en todo caso, estaba más seguro con ella que con una pro stituta.
En los campos existía una versión criolla del «derecho de pernada»,
que en tiempos feudales permitía al señor violar a las novias antes
de su primera noche de casadas. Entre nosotros la cosa no era tan
organizada: el patrón se acos taba con quien y cuando le daba la
gana. Así sembraron sus tie rras de bastardos; exis ten regiones
donde prácticamente todo el mundo lleva el mismo apellido. (Uno
de mis antepasados reza ba de rodillas de spués de cada violación:
«Señor, no fornico por gusto o por vicio, sino por dar hijos a tu ser-
vicio…».) Hoy las «nanas» se han emancipad o tanto, que las p a-
tronas prefieren contratar inmigrantes ilegales del Perú, a quienes
todavía pueden maltratar como antes hacían con las chilenas.
En materia de educación y salud, las mujeres están a la par o por
encima de los hombres, pero no así en lo que se refiere a oportuni-
dades y poder político. Lo normal en el campo laboral es que ellas
hagan el trabajo pesado y ellos manden. Pocas ocupan los puestos
más altos del Gobierno, la industria, la empresa privada o la públi-
ca: topan con una lápida que les impide alcanzar la cima. Cuando
alguna alcanza un nivel alto, digamos ministra en el Gobierno o ge-
rente de un banco, es motivo de asombro y admiración. En los ú l-
timos diez años, sin embargo, la opinión pública tiene una perce p-
ción positiva de las mujeres como líderes políticos, las ve como una
alternativa viable, porque han de mostrado ser más honestas, ef i-
cientes y trabajadores que los hombres. ¡Vaya descubrimiento!
Cuando ellas se organizan logran ejercer gran influencia, pero pare-
cen no tener conciencia de su propia fuerza. Se dio el caso, durante
el gobierno de Salvador Allende, que las mujeres de la derecha s a-
lieron a golpear cacerolas protestando por el desabastecimiento y a
lanzar plumas de gallina en la Escuela Militar, llamando a los solda-
dos a la subversión. Así contribuyeron a provocar el golpe militar.
Años después, otras mujeres fueron las primeras en salir a la calle
para denunciar la represión de los militares, enfrentando chorros de
agua, palos y balas. Formaron un grupo poderoso llamado Mujeres
por la Vida, que desempeñó un papel fundamental en el derroc a-
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miento de la dictadura, pero después de la elección deci dieron di-
solver el movimiento. Una vez más cedieron su poder a los var o-
nes.
Debo aclarar que las chilenas, tan poco agresivas para pelear por el
poder político, son verdaderas guerreras en lo que se refiere al
amor. Enamoradas son muy peligrosas. Y, hay que decirlo, se en a-
moran muchísimo. Según las estadísticas, el cincuenta y ocho por
ciento de las casadas son infieles. Se me ocur re que a menudo las
parejas se cruzan: mientras el hombre seduce a la esposa de su
mejor amigo, su propia mujer retoza en el mismo motel con el
buen amigo. En tiempos de la colonia, cuando Chile dependía del
virreinato de Lima, llegó un cura dominico del P erú, enviado por la
Inquisición, para acusar a unas señoras de la sociedad de practicar
sexo oral con sus maridos (¿cómo lo averiguó?). El juicio no llegó a
ninguna parte, porque las damas en cuestión no se dejaron apab u-
llar. Esa noche mandaron a los maridos, quienes mal que mal tam-
bién habían participado en el pecado, aunque a ellos nadie los ju z-
gaba, a disuadir al inquisidor. Éstos lo sorprendieron en un callejón
oscuro y sin más trámite lo caparon, como a un nov illo. El pobre
dominico volvió a Lima sin testículos y el asunto no volvió a me n-
cionarse.
Sin llegar a tales extremos, tengo un amigo que no podía li brarse
de una amante apasionada y finalmente un día la dejó durmiendo
siesta y salió escapando. Había empacado unas cuan tas pertenen-
cias en una mochila y corría por la calle detrás de un taxi, cuando
sintió que un oso le caía encima por las espaldas, lanzándolo de
bruces al suelo, donde quedó aplastado como una cucaracha: era la
amante, quien había salido en su persecución completamente de s-
nuda y dando alaridos. De las casas del barrio asomaron curiosos a
gozar del espectáculo. Los hombres obser vaban divertidos, pero
apenas otras mujeres comprendieron de qué se trataba ayudaron
en la tarea de sujetar a mi escurridizo amigo. Por último lo llevaron
en vilo entre varias de vuelta a la cama que había abandonado d u-
rante la siesta.
Puedo dar como trescientos ejemplos más, pero supongo que con
éste basta.
A DIOS ROGANDO
Lo que acabo de contar sobre aquellas damas de la época colo nial,
que desafiaron a la Inquisición, es uno de esos momentos exce p-
cionales en nuestra historia, porque en realidad el poder de la Igle-
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sia católica es incuestionable y ahora, con el auge de los movimien-
tos fundamentalistas católicos, como el Opus Dei y los Legionarios
de Cristo, es mucho peor.
Los chilenos son religiosos, aunque su práctica tiene mucho más de
fetichismo y superstición que de inquietud mística o conocimien to
teológico. Nadie se dice ateo, ni los comunistas de pura cepa, po r-
que ese término se considera un insulto, se prefiere la palabra ag-
nóstico. Por lo general, hasta los más incrédulos se convierten en el
lecho de muerte, ya que arriesgan mucho si no lo hacen y una con-
fesión a última hora no le hace mal a nadie. Esta compulsión espiri-
tual proviene de la tierra misma: un pueblo que vive entre mont a-
ñas, lógicamente vuelve los ojos al cielo. Las manifestaciones de fe
son impresionantes. Convocados por la Iglesia salen millares y m i-
llares de jóvenes en largas procesiones, con velas y flores, alaba n-
do a la Vi rgen María o pidiendo por la paz a voz en cuello, con el
mismo entusiasmo con que en otros países chillan en los conciertos
de rock. El rosario en familia y el mes de María solían tener un éxito
rotundo, pero ahora las telenovelas han ganado más adeptos.
Por supuesto, nunca faltaron esotéricos en mi familia. Uno de mis
tíos ha pasado setenta años de su vida predicando el encuentro con
la nada; tiene muchos seguidores. Si en mi juventud yo le hubiera
hecho caso, hoy no e staría estudiando budismo y tra tando infruc-
tuosamente de pararme de cab eza en la clase de yoga. Aquella
centenaria tía demente, disfrazada de monja, quien intentaba rege-
nerar a las prostitutas de la calle Maipú, no le lleg aba a los talones
en materia de santidad a una hermana de mi abuela a la que le sa-
lieron alas. No eran alas con plumas áureas, como las de los áng e-
les renacentistas, que hubieran llamado la atención, sino discretos
muñoncitos en los hombros, erróneamente diagnos ticados por los
médicos como deformación en los huesos. A veces, según por dón-
de le diera la luz, p odíamos verle la aureola como un plato de luz
flotando encima de su cabeza. He contado su historia en los Cue n-
tos de Eva Luna y no es el caso repetirla; baste decir que, en co n-
traste con la tendencia generalizada a quejarse por todo, caracte-
rística de los chilenos, ella andaba siem pre contenta, aunque tuvo
un trágico destino. En otra persona esa actitud de injustificada fel i-
cidad habría sido imperdonable, pero en aquella mujer transparente
se toleraba de lo más bien. Siem pre he tenido su fotografía sobre
mi mesa de trabajo, para reconocerla cuando entra disimuladamen-
te en las páginas de un libro o se me aparece en algún rincón de la
casa.
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En Chile abundan santos de variados pelajes, lo cual no es raro,
porque es el país más católico del mundo, más que Irlanda y cie r-
tamente mucho más que el Vaticano. Hace algunos años tuvimos
una doncella, muy parecida de facha a la estatua de San Sebastián
el Mártir, quien realizaba notables curaciones. Le cayeron encima la
prensa, la televisión y multitudes de peregrinos, que no la dejaban
en paz a ninguna hora. Al ser examinada de cerca resultó ser un
travesti, pero eso no le restó prestigio ni puso fin a los prod igios,
por el contrario. Cada tanto despertamos con el anuncio de que
otro santo o un nuevo Mesías ha hecho su aparición, lo cual sie m-
pre atrae esperanzadas multitudes. Me tocó hacer un reportaje en
los años setenta, cuando trabajaba de periodista, sobre el caso de
una muchacha a la cual se le atribuían profecías y el don de sanar
animales y arreglar motores descom puestos sin tocarlos. La choza
humilde donde vivía se llenaba de campesinos que acudían a diario,
siempre a la misma hora, a presenciar aquellos discretos milagros.
Aseguraban que una in visible lluvia de piedras se estr ellaba sobre
el techo de la choza con una sonajera de fin de mundo, la tierra
temblaba y la chica caía en trance. Tuve oportunidad de asistir a un
par de estos eventos y comprobé el trance, durante el cual la santa
adquiría la descomunal fuerza física de u n gladiador, pero no r e-
cuerdo que cayeran peñascos del cielo ni que se sacudiera el suelo.
Es posible que, tal como explicó un predicador evangélico del lugar,
eso no sucediera debido a mi presencia: yo era una descreída capaz
de arruinar hasta el más leg ítimo milagro. En todo caso, el asunto
salió en los periódicos y el interés popular por la santa fue subiendo
de tono, hasta que llegó el ejército y le puso fin a su manera. La
historia me sirvió diez años más tarde para incluirla en una de mis
novelas.
Los católicos son mayoría en el país, aunque cada vez hay más
evangélicos y pentecostales, que irritan a todo el mundo porque se
entienden directamente con Dios, mientras que los demás deben
pasar por la burocracia sacerdotal. Los mormones, que también son
muchos y muy poderosos, ayudan a sus adeptos como una verd a-
dera agencia de empleo, tal como antes hacían los miembros del
partido radical. El resto son judíos, unos pocos musulmanes y, e n-
tre los de mi generación, espiritualistas de la Nueva Era, un cóctel
de ecología, cristianismo, prácticas budistas, unos cuantos ritos r e-
cientemente rescatados de las reservas indígenas y el acompañ a-
miento habitual de gurús, astrólogos, psíquicos y otros guías del
alma.
Desde que se privatizó el sistema de salud y los med icamentos son
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un negocio inmoral, la medicina folklórica y oriental, las machis o
meicas, los chamanes indígenas, el herbario autóctono y las cur a-
ciones milagrosas han reemplazado en parte a la medicina tradicio-
nal, con iguales resultados. La mitad de mis amigos está en manos
de algún psíquico que les dirige el destino y los mantiene sanos la-
vándoles el aura, imponiéndoles las manos o conduciéndolos en
viajes astrales. La última vez que estuve en Chile me hipnotizó un
amigo, que está estudiando para curan dero, y me hizo retr oceder
varias encarnaciones. No resultó fácil regresar al presente, por que
mi amigo todavía no había concluido el curso, pero el expe rimento
valió la pena, porque descubrí que en vidas anteriores no fui Gengis
Khan, como cree mi madre.
No he logrado sacudirme por completo la religión y ante cualquier
apuro lo primero que se me ocurre es rezar, por si aca so, como
hacen todos los chilenos, incluso los ateos, perdón, agnósticos. D i-
gamos que necesito un taxi; la experiencia me ha demostra do que
basta un padrenuestro para hacerlo aparecer.
Hubo una época, entre la infancia y los quince años, en la cual ali-
menté la fantasía de ser monja, para disimular el hecho de que s e-
guramente jamás conseguiría un marido, idea que no he descar -
tado; aún me asalta la tentación de terminar mis días en la pobre -
za, el silencio y la soledad en una o rden benedictina o en un m o-
nasterio budista. Las sutilezas teológicas no i mportan, lo que me
gusta es el estilo de vida. A pesar de mi invencible friv olidad, la
existencia monástica me parece atrayente. A los quince años me
alejé para siempre de la Iglesia y adquirí horror por las reli giones
en general y las monoteístas en particular. No estoy sola en este
predicamento, muchas mujeres de mi edad, guerrilleras de la libe-
ración femenina, tampoco se sienten cómodas en las religiones pa-
triarcales -¿hay alguna que no lo sea? - y han debido inventar sus
propios cultos, aunque en Chile siempre tienen un tinte cristiano.
Por animista que alguien se declare, siempre ha brá una cruz en su
casa o la llevará colgada al pecho. Mi religión, por si a alguien le in-
teresa, se reduce a una pregunta simple: «¿Qué es lo más gen ero-
so que se puede hacer en ese caso?». Si la pregunta no se aplica,
tengo otra: «¿Qué pensaría mi abuelo de e sto?». Lo cual no quita
que a la hora de una necesidad, me persigne.
Solía yo decir que Chile es un país fundamentalista, pero después
de comprobar los excesos del Talibán, debo moderar mi juicio. Tal
vez no somos fundamentalistas, pero poco nos falta. H emos tenido
la suerte, eso sí, de que a diferencia de lo que ocurre en otros pa í-
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ses latinoamericanos, la Iglesia católica -con pocas lamentables ex-
cepciones- ha estado casi siempre del lado de los pobres, lo cual le
ha ganado inmenso respeto y simpatía. En tiempos de la dictadura
muchos curas y monjas asumieron la tarea de ayudar a las víctimas
de la represión y lo pagaron caro. Como dijo Pinochet en 1979, «los
únicos que andan llorando por restaurar la democracia en Chile son
los políticos y uno o dos sacerdotes». (Ésa era la época en que, se-
gún los generales, Chile gozaba de una «democracia totalitaria».)
Las iglesias se llenan los domingos y el Papa es venerado, aunque
casi nadie le hace caso en el tema de los anticonceptivos, porque se
parte de la base que un anciano célibe, que no necesi ta ganarse la
vida, no puede ser un experto en ese delicado asunto. La religión es
colorida y ritualista. No tenemos carnavales, pero en cambio ten e-
mos procesiones. Cada santo se distingue por su especialidad, c o-
mo los dioses del Olimpo: para devolver la vista a los ciegos, para
castigar maridos infieles, para encontrar novio, para protección de
conductores de vehículos; pero el más popular es sin duda el Padre
Hurtado, que no es santo todavía, pero todos esperamos que pron-
to lo sea, aunque el Vaticano no se caracteriza por la celeridad en
sus decisiones. Este extraordi nario sacerdote fundó una obra ll a-
mada El Hogar de Cri sto, que hoy es una empresa multimillonaria
dedicada por entero a ayudar a los pobres. El Padre Hurtado es tan
milagroso, que rara vez le he pedido algo que no se haya cumplido,
mediante el pago de una justa suma a sus obras de caridad o de
algún sacrificio importante.
Debo ser una de las pocas personas vivas que han leí do los tres
tomos completos de la eterna epopeya La Araucana, en verso rima-
do y español antiguo. No lo hice por curiosidad ni por presumir de
culta, sino por cumplir una promesa al Padre Hurtado. Sostenía es-
te hombre de claro corazón que la crisis moral se produce cuando
los mismos católicos que viven en la opulencia van a misa mientras
niegan a sus trabajadores un salario digno. Estas palabras debieran
grabarse en los billetes de mil pesos, para no olvidarlas nunca.
Existen también varias representaciones de la Virgen María, que
son rivales entre sí; los fieles de la Virgen del Carmen, pa trona de
las Fuerzas Armadas, consideran inferiores a la Virgen de Lourdes o
a La Tirana, sentimiento que se paga con iguales finezas por los
devotos de éstas. A propósito de e sta última, vale la pena mencio-
nar que en verano se celebra su fiesta en un san tuario cerca de la
ciudad de Iquique, en el norte, donde los gru pos de devotos bailan
en su honor. Se parece un poco a la idea del carnaval brasilero, pe-
ro guardando las proporciones porque, como ya he dicho antes, en
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Chile no somos gente extrovertida. Las escuelas de baile se prep a-
ran todo el año ensayando las co reografías y fabricando el vestua-
rio, y el día señalado danzan ante La Tirana disfrazados, por ejem-
plo, de Batman. Las muchachas se ponen escotes reveladores, mi-
nifaldas que apenas les tapan el tra sero y botas con tacones altos.
No es raro, por lo tanto, que la Iglesia no propicie estas demostr a-
ciones de fe popular.
Por si el numeroso y variopinto santoral no bastara, además co n-
tamos con una sabrosa tradición oral de espíritus malignos, inter-
venciones del demonio, muertos que se levantan de las tumbas. Mi
abuelo juraba que se le apareció el diablo en un autobús y que lo
reconoció porque tenía patas verdes de macho cabrio.
En Chiloé, un c onjunto de islas en el sur del país, frente a Puer to
Montt, se cuentan historias de hechiceras y monstruos malé ficos;
de la Pincoya, una hermosa doncella que sale del agua para atrapar
a los hombres incautos; del Caleuche, un barco encanta do que se
lleva a los difuntos. En las noches de luna llena brillan luces ind i-
cando los sitios donde hay tesoros escondidos. Se dice que en Ch i-
loé existió por mucho tiempo un gobierno de brujos, llamado la Re-
cta Provincia, que se reunía en cuevas por las noches. Los guardia-
nes de esas cuevas eran los «imbunches», pavorosas criaturas que
se alimentan de sangre, a quienes los brujos les han quebrado los
huesos y cosido los párpados y el ano. La imaginación chilena para
la crueldad nunca deja de espantarme…
Chiloé tiene una cultura diferente a la del resto del país y la gente
está tan orgullosa de su aislamiento, que se opone a la cons -
trucción de un puente para unir la isla grande a Puerto Montt. Es un
lugar tan extraordinario, que todos los chilenos y los turistas deb i-
eran visitarlo al menos una vez, aun a riesgo de quedarse para
siempre. Los chilotes viven como hace cien años, dedicados a la
agricultura, la pesca artesanal y la industria del salmón. La cons -
trucción es íntegra de madera, y en el corazón de cada casa h ay
siempre una gran estufa a leña encendida día y noche para coci nar
y dar calor a la familia, los amigos y enemigos reunidos a su alr e-
dedor. El olor de esas viviendas en invierno es un recuerdo imb o-
rrable: leña perfumada y ardie nte, lana mojada, sopa en el calde-
ro… Los chilotes fueron los últimos en plegarse a la república cuan-
do Chile declaró su independencia de España y en 1826 pretendi e-
ron unirse a la corona de Inglaterra. Dicen que la Recta Pr ovincia,
atribuida a los brujos, fue en realidad un gobi erno paralelo, en
tiempos en que los habitantes se negaban a aceptar la autoridad de
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la república chilena.
Mi abuela Isabel no creía en brujas, pero no me extrañaría que a l-
guna vez intentara volar en escoba, porque pasó su existencia
practicando fenómenos paranormales y tratando de comunicarse
con el Más Allá, actividad que en aquella época la Iglesia cató lica
veía con muy malos ojos. De algún m odo la buena señora se las
arregló para atraer misteriosas fuerzas que mov ían la mesa en sus
sesiones de espiritismo. Esa mesa está hoy en mi casa, después de
haber dado la vuelta al mundo varias veces, siguiendo a mi padras-
tro en su carrera diplomática, y de haberse perdido durante los
años del exilio. Mi madre la recuperó mediante un golpe de astucia
y me la envió por avión a California. Habría sido más barato ma n-
dar un elefante, porque se trata de un pesado mueble español de
madera tallada, con una pata formidable al centro, formada por
cuatro leones feroces. Se necesitan tres hom bres para levantarla.
No sé cuál era el truco de mi abuela para hacerla bailar por la pieza
rozándola levemente con su dedo índice. Esta señora convenció a
su descendencia que después de su muerte vendría de visita cua n-
do la llamaran y supongo que ha mantenido su promesa. No pr e-
sumo que su fantasma, o cualquier otro, me acompañe a diario -
supongo que tendrá asuntos más importantes que atender -, pero
me gusta la idea de que esté dispuesto a acudir en caso de neces i-
dad imperiosa.
Esa buena mujer sostenía que todos poseemos poderes psíquicos ,
pero como no los practicamos, se atrofian -como los músculos- y
finalmente desaparecen. Debo aclarar que sus experimentos parap-
sicológicos nunca fueron una actividad macabra, nada de piezas os-
curas, candelabros mortuorios ni música de órgano, como en Tra n-
silvania. La telepatía, la capacidad de mover objetos sin tocarlos, la
clarividencia o la comunicación con las almas del Más Allá sucedían
a cualquier hora del día y del modo más casual. Por ejemplo, mi
abuela no confiaba en los teléfonos, que en Chile fu eron un desas-
tre hasta que se inventó el celular, y en cambio usaba telepatía pa-
ra dictar recetas de tar ta de manzana a las tres hermanas Morla,
sus compinches de la Hermandad Blanca, quienes vivían al otro l a-
do de la ciudad. Nunca pudieron comprobar si el método funcionaba
porque las cuatro eran pés imas cocineras. La Hermandad Blanca
estaba formada por esas excéntricas señoras y mi abuelo, quien no
creía en nada de eso, pero insistía en aco mpañar a su mujer para
protegerla en caso de peligro. El hombre era escéptico por natura-
leza y nunca aceptó la posibilidad de que las almas de los muertos
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movieran la mesa, pero cuando su mujer sugirió que tal vez no
eran ánimas, sino extraterrestres, él abrazó la idea con entusiasmo,
porque le pareció una explicación más científica.
Nada de extraño hay en todo esto. Medio Chile se guía por el
horóscopo, por adivinas o mediante los vagos pronósticos del I
Chin, y la otra mitad se cuelga cristales al cuello o estudia fengshui.
En el consultorio sentimental de la televi sión resuelven los proble-
mas con las cartas del Tarot. La mayor parte de los anti guos revo-
lucionarios de la izquierda militante ahora están dedicados a prácti-
cas espirituales. (Entre la guerrilla y el esoterismo hay un paso dia-
léctico que no logro precisar.) Las sesiones de mi abuela me par e-
cen más razonables que las mandas a los santos, las compras de
indulgencias para ganar el cielo, o las peregrinaciones de las beatas
locales en buses atestados de gente. Muchas veces oí decir que mi
abuela movía el az ucarero sin tocarlo, sólo mediante su fuerza
mental. Dudo si alguna vez vi esta proeza o si, de tanto oírla, he
terminado por convencerme de que es cierta. No recuerdo el azuca-
rero, pero me parece que había una cam panilla de pl ata con un
príncipe afeminado encima, que se usa ba en el comedor para ll a-
mar al servicio entre plato y plato. No sé si he soñado el episodio,
si lo he inventado o si en realidad sucedió: veo la campanilla desl i-
zándose sobre el mantel silenciosamente, como si el príncipe hubie-
ra cobrado vida propia, dar una vuelta olímpica, ante el estupor de
los comensales, y regresar junto a mi abuela, en la cabecera de la
mesa. Esto me ocurre con muchos eventos y anécdotas de mi exis-
tencia, que me parece haber vivido, pero que al ponerlos por esc ri-
to y confrontarlos con la lógica, resultan algo improb ables, pero el
problema no me inquieta. ¿Qué importa si en realidad sucedieron o
si los he imaginado? De todos modos, la vida es sueño.
No heredé los poderes psíquicos de mi abuela, pero ella me abrió la
mente a los misterios del mundo. Acepto que cualquier cosa es p o-
sible. Ella sostenía que existen múltiples dimensiones de la realidad
y no es prudente co nfiar sólo en la razón y en nuestros limitados
sentidos para entender la vida; existen otras herr amientas de per-
cepción, como el instinto, la imaginación, los sueños, las emocio-
nes, la intuición. Me introdujo al realismo mágico mucho antes que
el llamado boom de la literatura latinoamericana lo pusiera de m o-
da. Esto me ha servido en mi trabajo, porqu e enfrento cada libro
con el mismo criterio con que ella conducía sus sesiones: llamando
a los espíritus con delicadeza, para que me cuenten sus vidas. Los
personajes literarios, como los aparecidos de mi abuela, son seres
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frágiles y asustadizos; deben ser tratados con prudencia, para que
se sientan cómodos en las páginas.
Aparecidos, mesas que se mueven solas, santos milagrosos y di a-
blos con las patas verdes en el transporte colectivo, hacen la vida y
la muerte más interesantes. Las almas en pena no recono cen fron-
teras. Tengo un amigo en Chile que se despierta en las noches con
la visita de unos africanos altos y flacos, vestidos con túnicas y a r-
mados de lanzas, que sólo él puede ver. Su mujer, que duerme a
su lado, nunca ha visto a los africanos, sólo a d os señoras inglesas
del siglo XIX que atraviesan las puertas. Y otra amiga mía, en cuya
casa de Santiago se caían misteriosamente las lámparas y se vo l-
caban las sillas, descubrió que la causa eran los huesos de un ge ó-
grafo danés, que desenterraron en el patio, junto a sus mapas y su
libreta de notas. ¿Cómo llegó tan lejos el po bre muerto? Nunca lo
sabremos, pero el hecho es que con rezarle varias novenas y decir-
le unas cuantas misas el infeliz geógrafo se fue. Parece que en vida
era calvinista o luterano y no le gustaron los ritos papistas.
Mi abuela sostenía que el espacio está lleno de presencias, los
muertos y los vivos, todos mezclados. Es una idea estupen da, por
eso mi marido y yo hemos construido en el norte de Ca lifornia una
casa grande, de techos a ltos, vigas y arcos, que invite a los fa n-
tasmas de varias épocas y latitudes, especialmente a los del sur. En
un intento de imitar la casona de mis bisabuelos, la hemos deterio-
rado mediante la esforzada y dispendiosa labor d e atacar las puer-
tas a martillazos, manchar los muros con pintura, oxidar los hierros
con ácido y pisotear las matas del jar dín. El resultado es bastante
convincente; creo que más de un ánima distraída puede instalarse
entre nosotros, engañada por el aspe cto de la propiedad. Durante
el proceso de echarle siglos encima, los vecinos observaban desde
la calle con la boca abierta, sin entender para qué construimos una
casa nueva si queríamos una vieja. La razón es que en California no
se da el estilo colo nial chileno y, en todo caso, nada es realmente
antiguo. No olvidemos que antes de 1849, San Francisco no existía,
en su lugar había una aldea llamada Yerba Buena, poblada por un
puñado de mexicanos y mormones, donde los únicos vis itantes
eran traficantes de pieles. Fue la fiebre del oro la que atrajo mult i-
tudes. Una casa con la apariencia de la nuestra es una imposibil i-
dad histórica por estos lados.
EL PAISAJE DE LA INFANCIA
Es muy difícil determinar cómo es una familia chilena típica, pero
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puedo decir, sin temor a equivocarme, que la mía no lo era. Ta m-
poco yo fui una típica señorita, de acuerdo a los cánones del medio
en que me crié; escapé enjabonada, como quien dice. Describiré un
poco mi juventud, a ver si en el proceso ilumino algunos aspectos
de la sociedad de mi país, que en ese tiempo era bastante más i n-
tolerante que ahora, lo cual es mucho decir. La Segunda Guerra
Mundial fue un cataclismo que sacudió al mun do y cambió todo,
desde la geopolítica y la ciencia, hasta las costumbres, la cultura y
el arte. Nuevas ideas barrieron sin con templaciones aquellas que
sostuvieron la sociedad durante los siglos anteriores, pero las inno-
vaciones demoraban mucho en navegar por dos océanos o cruzar el
muro infranqueable de la cordillera de los Andes. Todo lleg aba a
Chile con varios años de retraso.
Mi abuela clarividente murió súbitamente de leucemia. No luchó por
vivir, se abandonó a la muerte con entusiasmo porque sentía una
gran curiosidad por ver el cielo. Durante su existen cia en este
mundo tuvo la suerte de ser amada y protegida por su marido,
quien aguantó de buen talante sus e xtravagancias, de otro modo
tal vez hubiera terminado recluida en un asilo para orates.
He leído algunas cartas que dejó de su puño y letra, donde aparece
como una mujer melancól ica, con una fascinación morbosa por la
muerte; sin embargo la recuerdo como un ser luminoso, irónico y
pleno de gusto por la vida. Su ausencia se sintió como un viento de
catástrofe, la casa entró en duelo y yo aprendí a tener miedo. T e-
mía al diablo que s e aparecía en los espejos, a los fan tasmas que
deambulaban por los rincones, a los ratones en el sótano, a que se
muriera mi madre y yo fuera a dar a un orfelinato, a que apareciera
mi padre -ese hombre cuyo nombre no se podía pronunciar - y me
llevara lejos, a cometer pecados e irme al infierno, a las gitanas y
los cucos con los cuales me amenazaba la niñera; en fin, la lista era
interminable, existían razones de sobra para vivir aterrada.
Mi abuelo, furioso al verse abandonado por el gran amor de su v i-
da, se vistió de negro de pies a cabeza, pintó los muebles del mi s-
mo color y prohibió fiestas, música, flores y postres. Pasaba el día
en la oficina, almorzaba en el centro, cenaba en el club de la Unión
y los fines de semana jugaba al golf y a la pelota vasca o se iba a
las montañas a esquiar. Era uno de los que iniciaron ese deporte en
los tiempos en que subir a las canchas era una odisea equivalente a
escalar el Everest; nunca imaginó que un día Chile sería la meca de
los deportes de invierno, donde se entrenan los equipos olímpicos
del mundo entero. Sólo lo veíamos un minu to por la mañana muy
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temprano; sin embargo, fue definitivo en mi formación. Antes de
irnos al colegio, mis hermanos y yo pasábamos a saludarlo; nos re-
cibía en su habitación de muebles fú nebres, olorosa a un jabón i n-
glés marca Lifebuoy. Jamás nos hizo un cariño -lo consideraba mal-
sano-, pero una palabra suya de aprobación valía cualquier esfuer-
zo. Más tarde, como a los si ete años, cuando empecé a leer el pe-
riódico y a hacer preguntas, notó mi presencia y entonces se inició
una relación que habría de prolongarse mucho después de su muer-
te, porque hasta hoy llevo las huellas de su mano en mi carácter y
me alimento de las anécdotas que me contó.
Mi infancia no fue alegre, pero sí interesante. No me aburría gracias
a los libros de mi tío Pablo, quien entonces estaba todavía soltero y
vivía con n osotros. Era un lector impenitente; sus volúmenes se
apilaban en el suelo, cubier tos de polvo y telara ñas. Robaba libros
de las librerías y de sus am igos sin cargo de conciencia, porque
consideraba que todo material impreso -menos el suyo- era patri-
monio de la humanidad. Me permi tía leerlos po rque se propuso
traspasarme su vicio de la lectura a cualquier costo: me regaló una
muñeca cuando terminé de leer La guerra y la paz, un libro gordo
con letra minúscula. No había censura en esa casa, pero mi abuelo
no permitía las luces encendidas en mi habitación pasadas las nue-
ve de la noche, por eso mi tío Pablo me regaló una linterna. Los
mejores recuerdos de esos años son los libros que leí bajo las s á-
banas con mi linterna. Los niños chil enos leíamos las novelas de
Emilio Salgari y Julio Verne, el Tesoro de la Juventud y colecciones
de novelitas edificantes, que promovían la obediencia y la pureza
como virtudes máximas; también la revista El Peneca, que se publi-
caba los miércoles de cada semana. Desde el martes yo la esperaba
en la puerta, para impedir que cayera en manos de mis hermanos
antes que en las mías. Eso lo devoraba como aperitivo, luego me
zampaba platos más suculentos, como Ana Karenina y Los Misera-
bles. De postre saboreaba cuentos de hadas. Esos libros es -
tupendos me permitieron escapar de la re alidad más bien sórdi da
de aquella casa en duelo, donde los niños, como los gatos, éramos
un estorbo.
Mi madre, convertida en joven soltera, gracias a que pudo anu lar
su matrimonio, y viviendo a la sombra de su padre, contaba con al-
gunos admiradores, calculo que una o dos docenas. Además de be-
lla, tenía ese aspecto etéreo y vulnerable de algunas muchachas de
antes, completamente perdido en estos tiempos en que las féminas
levantan pesas. Su fragilidad resultaba muy atrayente, porque has-
ta el más enclenque de los hombres se sentía fuert e a su lado. Era
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una de esas mujeres a quienes dan ganas de proteger, exactamen-
te lo contrario de mí, que soy un tanque en plena marcha. En vez
de vestirse de negro y llorar por el aban dono de su frívolo marido,
como se esperaba de ella, procuraba diverti rse en la medida a su
alcance, que era mínima, porque entonces las damas no podían ir a
un salón de té solas, mucho menos al cine. La censura clasificaba
las películas de algún interés como «no recomendables para señori-
tas», lo cual significaba que sólo podían verlas en compañía de un
hombre de la familia, quien se responsabilizaba por el daño moral
que el espectáculo pudiera provocar en la sensible psique femenina.
Se han preservado algunas fotografías de esos años en las que mi
madre aparece como una hermana menor de la actriz Ava Gardner.
Poseía una belleza sin artificios: la piel luminosa, la risa fácil, fac -
ciones clásicas y una gran elegancia natural, razones sobradas para
que las malas lenguas no la dejaran en paz. Si sus platóni cos pre-
tendientes espantaban a la mojigata sociedad santiaguina, imagine
usted el escándalo que se armó cuando se supo de sus amores con
un hombre casado, padre de cuatro hijos y sobrino de un obispo.
Entre muchos candidatos, mi madre escogió al más feo de todos.
Ramón Huidobro parecía un sapo verde, pero con el beso de amor
se transformó en príncipe, como en el cuento, y ahora puedo jurar
que es guapo. Relaciones clandestinas habían exis tido siempre, en
eso los chilenos somos expertos, pero de clan destino ese romance
nada tenía y pronto fue un secreto a voces. Ante la imposibilidad de
disuadir a su hija o de impedir el escándalo, mi abuelo decidió salir-
le al paso y trajo al amante a vivir bajo su techo, des afiando a la
sociedad entera y a la Iglesia. El obispo en persona vino a poner las
cosas en su sitio, pero mi abuelo lo condujo de un ala amablemente
hacia la puerta, con el argumento de que con sus pecados corría él
y con los de su hija también. Con el tiempo ese amante habría de
convertirse en mi padrastro, el incompa rable tío Ramón, amigo,
confidente, mi único y verdadero padre; pero cuando llegó a vivir a
nuestra casa lo consideré mi enemigo y me propuse hacerle la vida
imposible.
Cincuenta años más tarde él asegura que esto no es cierto, que
jamás le declaré la guerra; pero lo dice de puro noble, para aliviar-
me la conciencia, porque recuerdo muy bien mis planes de darle
una muerte lenta y dolorosa.
Chile es posiblemente el único país de la galaxia donde no existe el
divorcio, porque nadie se atreve a desafiar a los c uras, a pesar de
que el setenta y uno por ciento de la población lo reclama desde
hace mucho tiempo. Ningún parlamentario, ni si quiera los que se
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han separado de sus esposas y juntado con una serie de otras mu-
jeres en rápida sucesión, enfrenta a los curas . El resultado es que
la ley de divorcio duerme año tras año en el archivo de asuntos
pendientes y cuando finalmente se apruebe tendrá tantas cortap i-
sas y condiciones, que será más convenien te asesinar al cónyuge
que divorciarse. Mi mejor amiga, cansada de esperar que saliera su
nulidad matrimonial, consultaba a diario los obituarios de la prensa
con la esperanza de ver en ellos el nombre de su marido. Nunca se
atrevió a rezar para que el hombre recibiera la muerte que merecía,
pero si se lo hubiera pedido buenamente al Padre Hurtado, sin duda
éste la hubiera complacido. Los resquicios legales han servido por
más de cien años a millares de parejas para anular sus matrim o-
nios. Así lo hicieron mis padres. Bastaron la volu ntad de mi abuelo
y sus co nexiones, para que mi padre desapareciera por obra de
magia y mi madre fuera declarada soltera con tres hijos ilegítimos,
que nuestra ley llama «putativos». Mi padre firmó los papeles sin
chistar, una vez que le aseguraron que no tendría que mantener a
sus chiquillos. La nulidad consiste en que una serie de testigos fa l-
sos jura en vano frente a un juez, quien finge creer que lo que le
cuentan es cierto. Para obtener una n ulidad se necesita por lo me-
nos un abogado, para quien el tiempo es oro, porque gana por
hora, de modo que no le conviene abreviar los trámites. El úni co
requisito para que el abogado «saque» la nulidad es que la pareja
se ponga de acuerdo, porque si uno de los dos se niega a participar
en el engaño, como hizo la primera mujer de mi padras tro, no hay
caso. El resultado es que hombres y mujeres se juntan y se sep a-
ran sin papeles de ning una clase, como ha hecho la casi totalidad
de la gente que conozco. Mientras escribo estas reflexiones, en el
tercer milenio, la ley de divorcio aún sigue pendiente, a pesar de
que el presidente de la República anuló su primer matrimonio y se
volvió a casar. Al paso que vamos mi madre y el tío Ramón, que ya
están en los ochenta y han vivido juntos bastante más de medio si-
glo, morirán sin poder legalizar su situación. Ya no les importa a
ninguno de los dos y aunque pudieran, no se casarían; prefieren ser
recordados como amantes de leyenda.
El tío Ramón trabajaba en el Ministerio de Relaciones Exteriores,
como mi padre, y al poco tiempo de instalarse bajo el techo pro -
tector de mi abuelo en calidad de yerno ilegítimo, fue enviado en
una misión diplomática a Bol ivia. Eran los comienzos de los años
cincuenta. Mi madre y nosotros, sus hijos, partimos tras él.
Antes de comenzar a viajar, yo estaba convencida de que todas las
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familias eran como la mía, que Chile era el centro del universo y
que el resto de la humanidad tenía nuestro aspecto y hablaba ca s-
tellano como primera lengua; el inglés y el francés eran asignaci o-
nes escolares, como la geometría. Apenas cruzamos la frontera tu-
ve la primera sospecha de la vastedad del mun do y me di cuenta
que nadie, absolutamente nadie, sabía cuán especial era mi familia.
Aprendí rápido lo que se siente al ser rechazada. Desde el momento
en que dejamos Chile y comenza mos a ir de un país a otro, me
convertí en la niña nueva en el barrio, la extranjera en el colegio, la
rara que se vestía diferente y ni siquiera podía hablar como los de-
más. No veía las horas de regresar a mi terreno conocido en Sa n-
tiago, pero cuando finalmente eso ocurrió, v arios años más tarde,
tampoco me avine allí, porque había estado afuera demasiado
tiempo. Ser extranjera, como lo he sido casi siempre, significa que
debo esforzarme mucho más que los nativos, lo cual me ha mante-
nido alerta y me ha obligado a desarrollar f lexibilidad para adap-
tarme a diversos ambientes. Esta condición tiene algunas ventajas
para alguien que se gana la vida observando: nada me parece n a-
tural, casi todo me sorprende. Hago preguntas absurdas, pero a
veces las hago a la gente adecuada y así con sigo temas para mis
novelas.
Francamente, una de las características de Willie que más me
atraen es su actitud desafiante y confiada. No duda de sí mismo o
de sus circunstancias. Siempre ha vivido en el mismo país, sabe
comprar por catálogo, votar por corr eo, abrir un frasco de aspi rina
y dónde llamar cuando se inunda la cocina. Envidio su seguridad; él
se siente totalmente a gusto en su cuerpo, en su lengua, en su pa-
ís, en su vida. Hay cierta frescura e inocencia en la ge nte que ha
permanecido siempre en el mismo lugar y cuenta con testigos de su
paso por el mundo. En cambio aquellos de nosotros que nos hemos
ido muchas veces desarrollamos por necesidad un cuero duro. C o-
mo carecemos de raíces y de testi gos del pasado, debemos confiar
en la memoria para dar continuidad a nuestras vidas; pero la m e-
moria es siempre borrosa, no podemos fiarnos en ella.
Los acontecimientos de mi pasado no tienen contornos precisos, es-
tán esfumados, como si mi vida hubiera sido sólo una sucesión de
ilusiones, de imágenes fug aces, de asuntos que no comprendo o
que comprendo a m edias. No tengo certezas de ninguna clase.
Tampoco logro sentir a Chile c omo un lugar geográfico con ciertas
características precisas, un sitio definible y real. Lo veo como se
ven los caminos del campo al atardecer, cuando las sombras de los
álamos engañan la vista y el paisaje parece sólo un sueño.
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GENTE SOBERBIA Y SERIA
Una amiga mía dice que nosotros, los chilenos, somos pobres, pero
delicados de los pies. Se refiere, por supuesto, a nuestra inj ustifi-
cada susceptibilidad, siempre a flor de piel, a nuestro orgullo s o-
lemne, nuestra tendencia a converti rnos en tontos gra ves apenas
nos dan la oportunidad. ¿De dónde nos vienen esas características?
Supongo que un poco es atribuible a la madre patria, España, que
nos legó una mezcla de pasión y severidad; otro tanto se lo deb e-
mos a la sangre de los sufridos araucanos, y del resto p odemos
culpar a la suerte.
Tengo algo de sangre francesa, por parte de mi padre, y sin duda
algo de indígena, basta verme p ara adivinarlo, pero mis orígenes
son principalmente castellano-vascos. Los fundadores de familias
como la mía intentaron e stablecer dinastías y para eso algunos de
ellos se atribuyeron un pasado aristocrático, aunque en realidad
eran labriegos y aventurer os españoles, llegados hace algunos s i-
glos al rabo de América con una mano por delante y otra por d e-
trás. De sangre azul, lo que se dice, nada. Eran ambiciosos y traba-
jadores, se apoderaron de las tierras más fértiles en las cercanías
de Santiago y se abo caron a la tarea de convertirse en notables.
Como inmigraron antes y se enriquecieron rápido, pudieron darse el
lujo de mirar para abajo a los que llegaron después. Se casaban
entre ellos y, como buenos católicos, producían copiosa descenden-
cia. Los hijos normales se destinaban a la tierra, los ministerios y a
la jerarquía eclesiástica, pero jamás al comercio, que era para otra
clase de gente; los menos favoreci dos intelectualmente iban a pa-
rar a la Marina. A menudo sobraba algún hijo para presidente de la
República. Tenemos estirpes de presidentes, como si el cargo fuera
hereditario, porque los chilenos votan por un nombre conocido. La
familia Errázuriz, por ejemplo, tuvo tres presidentes, treinta y ta n-
tos senadores y no sé cuántos diputados, además de v arios jerar-
cas de la Iglesia. Las hijas virtuosas de familias «conocidas» se c a-
saban con sus primos o se convertían en beatas de dudosos mil a-
gros; de las hijas descarriadas se encargaban las monjas. Era gente
conservadora, devota, honorable, soberbia y avara, pero en general
de bondadosa disposición, no tanto por temper amento, sino por
hacer méritos para ganar el cielo. Se vivía en el temor de Dios.
Me crié convencida de que cada privilegio trae como consecuencia
natural una larga lista de responsabilidades. Esa clase social chilena
mantenía cierta distancia con sus semejantes, porque había sido
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colocada en la Tierra p ara dar ejemplo, pesada carga que asumía
con devoción cristiana. Debo aclarar, sin embargo, que a pesar de
sus orígenes y apellidos, la rama de la familia de mi abuelo no fo r-
maba parte de esa oligarquía, gozaba de un buen pasar, pero care-
cía de fortuna o de tierras.
Una de las características de los chilenos en general y de los de s-
cendientes de castellanos y vascos en particular, es la sobri edad,
que contrasta con el temperamento exuberante, tan común en el
resto de América Latina. Crecí entre tías millonarias, primas de mi
abuelo y mi madre, vestidas con rop ones negros hasta los talones,
quienes hacían alarde de «virar» los ternos de sus ma ridos, engo-
rroso proceso que consistía en descoser el traje, planchar los peda-
zos y volver a unirlos por el revés para darles nue va vida. Era fácil
distinguir a las víctimas, porque llevaban el bolsillo superior de la
chaqueta a la derecha, en vez de a la izquierda. El resultado era
siempre patético, p ero el esfuerzo de mostraba cuán ahorrativa y
hacendosa era la buena s eñora. Eso de ser hacendosa es fund a-
mental en mi país, donde la pereza es privilegio masculino. A los
hombres se les perdona, igual com o se tolera en ellos el alcoholi s-
mo, porque se supone que son in evitables características biológi-
cas: el que nace así, nace así… No es el caso de las mujeres, se
entiende. Las chilenas, incluso las de fortuna, no se pintan las uñas,
porque eso indicaría que no trabajan con las manos y uno de los
peores epítetos es ser tachada de holgazana. Antaño, al subir a un
autobús, se veía a todas las mujeres tejiendo; pero eso ya no es
así, porque ahora llegan toneladas de ropa de segunda mano de Es-
tados Unidos y basura de poliéster de Taiwán, de modo que el tej i-
do pasó a la historia.
Se ha especulado que nuestra tan ponderada sobriedad es herencia
de agotados conquistadores españoles, que llegaban medio mue r-
tos de hambre y sed, impulsados más por desespera ción que por
codicia. Esos valientes capitanes -los últimos en el reparto del botín
de la Conquista- debían cruzar la cordillera de los Andes por pasos
traicioneros, o atravesar el desierto de Atacama bajo un sol de lava
ardiente, o desafiar las olas y los vientos fatídicos del cabo de Hor-
nos. La recompensa apenas valía la pena, porque Ch ile no ofrecía,
como otras regiones del continente, la posibilidad de enriquecimien-
to exorbitante. Las minas de oro y plata se contaban con los dedos
de una mano y había que arra ncar sus peñascos con un esfuerzo
descomunal; tampoco daba el clima para prósperas plantaciones de
tabaco, café o algodón. El nuestro siempre fue un país medio p o-
bre; a lo más que el colono podía aspirar era a una existencia tran-
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quila dedicada a la agricultura.
Antes la ostentación era inaceptable, como he dicho, pero por de s-
gracia eso ha cambiado, al menos entre los santiaguinos. Se han
puesto tan pretenciosos, que van al automercado los domingos por
la mañana, llenan el carrito con los productos más caro s -caviar,
champaña, filete-, se pasean un buen rato para que otros admiren
sus compras, luego lo abandonan en un pasillo y salen discret a-
mente con las manos vacías. También he oído que un buen porcen-
taje de los teléfonos celulares son de madera; sólo sirven para jac-
tarse. Años atrás esto habría sido impensable; los únicos que vivían
en mansiones eran los árabes nuevos ricos y nadie en su sano ju i-
cio se habría puesto un abrigo de piel, aunque hiciera un frío polar.
El lado positivo de tanta modestia -falsa o auténtica- era, por s u-
puesto, la sencillez. Nada de celebraciones de quinceañe ras con
cisnes teñidos de rosa, nada de bodas imperiales con tortas de cua-
tro pisos, nada de fiestas con orquesta para perritos falderos, como
en otras capitales de nuestro exuberante continente. La sobriedad
nacional fue un rasgo notable, que desapareció con el capitalismo a
ultranza impuesto en las últimas dos décadas, cuando ser rico y pa-
recerlo se puso de moda, pero espero que pronto volvamos a lo co-
nocido. El carácter de los pueblos es tenaz.
Ricardo Lagos, el actual presidente de la República (princi pios del
año 2002), vive con su familia en una casa alquilada en un barrio
sin pretensiones. Cuando lo visitan dignatarios de otras naciones se
quedan pasmados ante las r educidas dimensiones de la casa y el
asombro aumenta al ver al dignatario preparar los tragos y a la
primera dama ayudando a servir la mesa. Aunque la derecha no
perdona que Lagos no sea «gente como ellos», admira su sencillez.
Esta pareja es un típico exponente de la clase media de antigua ce-
pa, formada en escuelas y universidades estatales gratuitas, la icas
y humanistas. Los Lagos son chilenos criados en los valores de
igualdad y justicia social, a quienes la obsesión materialista de hoy
parece no haber rozado. Es de suponer que el ejemplo servirá para
terminar de una vez por todas con los carri tos abandonados en el
automercado y los teléfonos de madera.
Se me ocurre que esa sobriedad, tan arraigada en mi familia, así
como la tendencia a disimular la alegría o el bienestar, provenía de
la vergüenza que sentíamos al ver la miseria que nos rodea ba. Nos
parecía que tener más que otros no sólo era una injusti cia divina,
sino también una especie de pecado personal. Debía mos hacer pe-
nitencia y caridad para compensar. La penitencia era comer a diario
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frijoles, lentejas o garbanzos y pasar frío en invier no. La caridad
era una actividad familiar, que correspondía casi e xclusivamente a
las mujeres. Desde muy pequeñas las niñas íbamos de la mano con
las madres o las tías, a repartir ropa y comida entre los pobres. Esa
costumbre terminó hace como cincuenta años, pero ayudar al pr ó-
jimo sigue siendo una obligación que los chilenos asumen con al e-
gría, como c orresponde en un país donde no faltan ocasiones de
ejercerla. En Chile la pobreza y la solidaridad van de la mano.
No hay duda que existe una tremenda disparidad entre ricos y po-
bres, tal como ocurre en casi toda América Latina. El pue blo chile-
no, por pobre que sea, está más o menos bien educado, se mantie-
ne informado y conoce sus derechos, aunque no siem pre pueda
hacerlos valer. Sin embargo, la pobreza asoma su fea cabeza a ca-
da rato, sobre todo en tiempos de crisis. Para ilustrar la generos i-
dad nacional, nada mejor que unos párrafos de una carta de mi
madre desde Chile, con ocasión de las inundaciones del invierno de
2002, que sumergieron medio país en un océano de agua sucia y
barro.
“Ha llovido varios días seguidos. De repente amaina y es una lluvia
finita que sigue mojándonos y justo cuando el Ministerio del Interior
dice que ya viene mejor tiempo, cae otro chubasco como tempe s-
tad y le vuela el sombrero. Ha sido otra dura prueba para la pobla-
ción. Hemos visto la verdadera cara de la mise ria en Chile, la p o-
breza disfrazada de clase media baja, la que más sufre, porque tie-
ne esperanzas. Esa gente trabaja una vida entera para obtener una
vivienda decente y las empresas la esta fan: pintan las c asas muy
lindas por fuera, pero no les hacen desagües y con la lluvia no sólo
se inundan, sino que empiezan a deshacerse como miga de pan. Lo
único que distrae del desastre es el campeonato mundial de fútbol.
Iván Zamorano, nuestro ídolo futbolístico, donó una tonelada de
alimento y pasa los días en las poblaciones anegadas entreteniendo
a los niños y repartien do pelotas. No te puedes imaginar las esc e-
nas de dolor; siempre son los de menos recursos los que sufren las
peores inclemencias. El futuro se ve negro, po rque el temporal ha
sumergido los campos de verduras bajo el agua y el viento ha vola-
do plantaciones enteras de frutales. En Magallanes mueren las ove-
jas por miles, atrapadas en la nieve a merced de los lobos. Por s u-
puesto, la solidaridad de los chilenos se manifiesta en todas partes.
Hombres, mujeres y adolescentes con el agua hasta las rodillas y
cubiertos de lodo, cuidan niños, reparten ropa, apuntalan poblacio-
nes enteras que el agua arrastra hacia las quebradas. En la Plaza
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Italia se ha instalado una enorme carpa; pasan los automóviles y
sin detenerse lanzan paquetes de frazadas y alimentos a los brazos
de los estudiantes que esperan. La Estación Mapocho está converti-
da en un enorme refugio de damnificados, con su esce nario donde
los artistas de Santiago, los grupos de rock y hasta la orquesta sin-
fónica amenizan, obligando a bailar a la gente entumida de fr ío,
que así olvida por unos instantes su desgracia. Ésta es una lección
de humildad muy grande. El presidente, acompañado por su mujer
y los ministros, recorre los refugios y ofrecen consuelo. Lo mejor es
que la ministra de Defensa, Michelle Bachelet, hija de un asesinado
por la dictadura, sacó al ejér cito a trabajar por los damnificados y
anda encaramada a un carro de guerra con el comandante en jefe a
su lado, ayudando día y noche. ¡En fin! Cada uno hace lo que pu e-
de. La cuestión será ver qué hacen los bancos, que son un escá n-
dalo de corrupción en este país.”
Tal como ante el éxito ajeno el chileno se irrita, igualmente es
magnífico ante la desgracia; entonces pone de lado su mez quindad
y se convierte de súbito en la persona más solidaria y generosa de
este mundo. Hay varias maratones anuales por tele visión destina-
das a la caridad y todos, especia lmente los más humildes, se la n-
zan en una verdadera competencia a ver quién da más. Ocasiones
de apelar a la compasión pública no faltan en una nac ión perma-
nentemente remecida por fatalidades que descalabran los cimientos
de la vida, diluvios que arrastran pueblos enteros, olas descomuna-
les que ponen barcos al medio de las pla zas. Estamos hechos a la
idea de que la vida es incierta, siempre aguard amos que nos caiga
encima otro infortunio. Mi marido -quien mide un metro ochenta y
es de rodillas poco flexibles- no podía entender por qué guardo las
copas y los platos en las re pisas más bajas de la cocina, donde él
sólo alcanza acostado de espalda en el suelo, hasta que el terremo-
to de 1988 en San Francisco destruyó la vajilla de los vecinos, pero
la nuestra quedó intacta.
No todo es golpearse el pecho con sentimiento de culpa y hacer ca-
ridad para compensar la injusticia económica. Nada de eso. Nuestra
seriedad se compensa ampliamente con la glotonería; en Chile la
existencia transcurre en to rno a la mesa. La mayor par te de los
empresarios que conozco están con diabetes, porque las reuniones
de negocios son con desayuno, almue rzo o cena. Na die firma un
papel sin tomarse por lo menos un café con galletitas o un trago.
Si bien es cierto que comíamos legumbres a diario, el menú ca m-
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biaba los domingos. Un típico almuerzo dominical en casa de mi
abuelo empezaba con contundentes empanadas, unos pasteles de
carne con cebolla, capaces de provocar acidez al más sano; luego
se servía cazuela, una sopa levantamuertos de carne, maíz, papa y
verduras; enseguida un suculento chupe de mariscos, cuyo delici o-
so aroma llenaba la casa, y para terminar una c olección de postres
irresistibles, entre los cuales no podía faltar la tarta de manjar
blanco o dulce de leche, antigua receta de la tía Cuper tina, todo
acompañado con litros de nuestro fatídico pisco sour, y varias bote-
llas de buen vino tinto envejecido por años en el sótano de la casa.
Al salir nos d aban una cucharada de leche de magnesia. Esto se
multiplicaba por cinco cuando se celebraba el cumpleaños de un
adulto; los niños no merecíamos tal deferencia. Nunca oí mencionar
la palabra colesterol. Mis padres, que tienen más de ochenta años,
consumen noventa huevos, un litro de crema, medio kilo de ma n-
tequilla y dos de queso a la sema na. Están sanos y fre scos como
chiquillos.
Aquella reunión familiar no sólo era buena ocasión para co mer y
beber con gula, sino también para pelear con saña. Al segundo va-
so de pisco sour los gritos y los insultos entre mis parientes se oían
por todo el barrio. Después partía cada cual por su lado jurando no
volver a hablarse, pero al domingo siguiente nadie se atrevía a fa l-
tar, mi abuelo no lo habría perdonado.
Entiendo que esta perniciosa costumbre se ha mantenido en Chile,
a pesar de lo mucho que se ha evolucionado en otros aspectos.
Siempre me espa ntaron esas reuniones obligatorias, pero resulta
que ahora, en la madurez de mi existencia, las he reproducido en
California. Mi fin de semana ideal es tener la casa llena de gen te,
cocinar para un regimiento y acabar el día di scutiendo a voz en
cuello.
Las peleas entre parientes se mantenían en privado. La pri vacidad
es un l ujo de las clases pudientes, porque la mayor par te de los
chilenos no la tiene. Las familias de la clase media para abajo viven
en promiscuidad, en muchos hogares duermen varias personas en
la misma cama. En caso que exista más de una ha bitación, los ta-
biques divisorios son tan delgados, que se oyen hasta los suspiros
en la pieza de al lado. Para hacer el amor hay que esconderse en
sitios inverosímiles: baños públicos, debajo de los pue ntes, en el
zoológico, etc. En vista de que la solución al problema habitaci onal
puede demorar veinte años, con suerte, se me ocurre que el G o-
bierno tiene la obligación de proporcionar moteles gratuitos para
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parejas desesperadas, así se evitarían muchos problemas mentales.
Cada familia cuenta con algún tarambana, pero la consigna siempre
es cerrar filas en torno a la oveja negra y evitar el escán dalo. Des-
de la cuna los chilenos aprendemos que «la ropa sucia se lava en
casa» y no se habla de los parientes alcohólicos, los que se ende u-
dan, los que apalean a su mujer o han pasado por la cárcel. Todo
se esconde, desde la tía cleptómana hasta el primo que seduce vie-
jecitas para quitarles sus míseros ahorros y, espe cialmente, aquel
que canta en un cabaret vestido de Liza Mine lli, porque en Chile
cualquier originalidad en materia de preferencia sexual es imperdo-
nable. Ha costado una batalla que se discuta públicamente el i m-
pacto del sida, porque nadie desea admitir las causas. Tampoco se
legisla sobre el aborto, uno de los problemas de salud más serios
del país, con la esperanza de que, si no se toca el tema, desapare-
cerá como por encanto.
Mi madre tiene una cinta grabada con una lista de sabrosas ané c-
dotas y escándalos familiares, pero no me deja oírla, porque teme
que yo divulgue su contenido. Me ha prometido que a su muerte,
cuando ella esté definitivamente a salvo de la venganza apocalípt i-
ca de sus parientes, heredaré esa grabación. Crecí ro deada de se-
cretos, misterios, cuchicheos, prohibiciones, asuntos que no debían
mencionarse jamás. Tengo una deuda de gratitud con aquellos i n-
numerables esqueletos ocultos en el armario, por que plantaron en
mí las semillas de la literatura. En cada historia que escribo intento
exorcizar a alguno de ellos.
En mi familia no se propagaban chismes, en eso éramos algo dif e-
rentes al Homo chilensis común y corriente, porque el deporte n a-
cional es hablar a espaldas de la persona que acaba de salir de la
pieza. En esto también nos diferenciamos de nuestros ído los, los
ingleses, quienes tienen por norma no hacer comentarios person a-
les. (Conozco a un ex sold ado del ejército británico, casado, padre
de cuatro hijos y abuelo de varios nietos, que decidió cambiar de
sexo. De la noche a la mañana apareció vestido de señora y absolu-
tamente nadie en su pueblo de la campiña inglesa, donde había v i-
vido por cuarenta años, hizo ni la menor observación.) Entre noso-
tros hablar mal del prójimo tiene incluso un nombre: «pelar», cuya
etimología seguramente proviene de pelar pollos, o arrancarle las
plumas al ausente. Tanto es así, que nadie quiere ser el primero en
irse, por eso las despedidas se eternizan en la puerta. En nuestra
familia, en cambio, la norma de no hablar mal de otros, impuesta
por mi abuelo, llegaba al extremo de que él nunca le dijo a mi m a-
dre las razones por las cuales se oponía a su matrimonio con el
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hombre que habría de convertirse en mi padre. Rehusó repetir los
rumores que circulaban sobre su conducta y su carácter, porque no
contaba con pruebas y, an tes de manchar el nombre del prete n-
diente con una calumnia, prefirió arriesgar el futuro de su hija,
quien acabó desposándose en total ignorancia con un novio que no
la merecía. Con los años me he librado de este rasgo familiar; no
tengo escrúpulos en re petir chismes, hablar a espaldas de los d e-
más y divulgar secretos ajenos en mis libros; por eso la mit ad de
mis parientes no me habla.
Esto de que la familia no le hable a uno es cosa corriente. El gran
novelista José Donoso se vio obligado por la presión fami liar a eli-
minar un capítulo de sus memorias sobre una extraordi naria bis-
abuela, quien al enviud ar abrió una casa de juego clan destino,
atendida por atractivas muchachas. La mancha en el apellido impi-
dió que su hijo llegara a presidente, según dicen, y un siglo más
tarde todavía sus descendientes procuran ocultarla. Lamento que
esa bisabuela no fuera de mi tribu. De haberlo sido, me habría e n-
cargado de explotar su historia con justificado orgullo. ¡Cuántas no-
velas sabrosas se pueden escribir con una bisabuela como ésa!
SOBRE VICIOS Y VIRTUDES
En mi familia casi todos los hombres estudiaron leyes, aunque nin-
guno que yo me acuerde se recibió de abogado. Al chileno le gustan
las leyes, mientras más complicadas, mejor. Nada nos fascina tanto
como el papeleo y los trámites. Cuando alguna gestión resulta sen-
cilla, sospechamos de inmedi ato que es ilegal. (Yo, por ejemplo,
siempre he dudado de que mi matrim onio con Willie sea válido,
porque se llevó a cabo en menos de cinco minutos mediante un par
de firmas en un libro. En Chile eso habría tomado varias semanas
de burocracia.) El chileno es le galista, no hay mejor negocio en el
país que tener una notaría: queremos todo en papel sellado con va-
rias copias y muchos timbres. Tan legalistas somos, que el general
Pinochet no quiso pasar a la historia como usurpador del poder, s i-
no como legíti mo presidente, para lo cual tuvo que cambiar la
Constitución. Por una de esas ironías tan abundantes en la historia,
después se vio atrapado en las leyes que él mismo había creado
para perpetuarse en el cargo. Según su Constit ución, ejercería el
cargo por ocho años más -ya llevaba varios en el poder - hasta
1988, cuando debía consultar al pueblo para que decidiera si él
continuaba o si se convocaba a una elección. Perdió el plebiscito y