Friday, May 11, 2007

 

 

 

 

EDITADO POR “EDICIONES LA CUEVA”

 

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MI PAÍS INVENTADO – ISABEL ALLENDE

 

El primer recuerdo que Isabel Allende tiene de Chile es el de una casa

 

que nunca conoció: la “casa grande y vieja” de la calle Cueto, donde

 

nació su madre. Esta casa, evocada por su abuelo con tanta frecuencia

 

que Isabel cree haber vivido allí, se convierte en la protagonista de su

 

primera novela La Casa de los Espíritus. Dicha obra vuelve a aparecer

 

al comienzo de las fascinantes y seductoras memo rias, Mi País I n-

 

ventado, que ahora nos ofrece esta talentosa escritora.

 

Los asiduos lectores de Allende reconocerán inmediatamente a los

 

miembros de esta familia chilena -abuelos, bisabuelos, tías, tíos y

 

amigos-, personajes de carácter mítico que pueblan este magnífi-

 

co libro. A su vez, es un retrato inolvida ble de la idiosincrasia del

 

pueblo chileno, su historia violenta y su espíritu indomable. Au n-

 

que Isabel afir ma haber sido una extranj era en su pro pio país -

 

“Nunca encajé en ningún sitio, ni en mi familia, ni en mi clase social

 

ni en la religión que se me confirió”-lleva consigo hasta hoy la marca

 

de la política, y la magia de su tierra natal. En Mi País Inventado ex-

 

plora el papel de la memoria y la nostalgia que le ayudaron a dar forma

 

a su vida y a sus libros. Dos acontecimientos vitales alteran la peripa-

 

tética narrativa de este libro: el golpe militar y la violenta muer te de

 

su tío, Salvador Allende Gos sens el 11 de septiembre de 1973 que la

 

condujeron a exiliarse y a conv ertirse en escritora, y el ataque terro-

 

rista del 11 de septiembre del 2001, en los Es tados Unidos, que suscita

 

en ella un sentimiento de lealtad a su segunda patria. Mi País In-

 

ventado , cuya estructura sigue el funcionamiento de la memoria, re-

 

corre de acá para allá la distancia temporal en la que se ac umulan

 

las vidas pasadas y presentes de la autora. Esta obra se dirige al

 

inmigrante, ya que refleja su experiencia y su lucha por mantener una

 

vida interior coh erente en un mundo lleno de contradicciones.

 

Nacida en el Perú, Isabel Allende se crió en Chile. Sus libros, La Casa

 

de los Espíritus, De Amor y de Sombra, Eva Luna, Cuentos de Eva

 

Luna, El Plan Infinito, Paula, Afrodita y, más recientemente Hija

 

de la Fortuna, Retrato en Sepia y La Ciudad de las bestias, e n-

 

cabezan la lista de bestsellers en varios países del mundo ent e-

 

ro.

 

…Por una razón u otra, yo soy un triste

 

desterrado. De alguna manera o de otra, yo

 

viajo con nuestro territorio y siguen viviendo

 

conmigo, allá lejos, las esencias longitudinales

 

de mi patria.

 

PABLO NERUDA, 1972

 

 

 

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UNAS PALABRAS PARA COMENZAR

 

Nací en medio de la humareda y mortandad de la Segun da Guerra

 

Mundial y la mayor parte de mi juventud transcurrió esperando que

 

el planeta vol ara en pedazos cuando alguien apretara dis -

 

traídamente un botón y se disp araran las bombas atómicas. Nadie

 

esperaba vivir muy largo; andábamos apurados tragándonos cada

 

momento antes de que nos sorprendiera el apocalipsis, de modo

 

que no había tiempo para examinar el propio ombligo y tomar n o-

 

tas, como se usa ahora. Además crecí en Santiago de Chile, donde

 

cualquier tendencia natural hacia la autocontemplación es cerc ena-

 

da en capullo. El refrán que define el estilo de vida de esa ciudad

 

es: «Camarón que se duerme se lo lleva la corriente». En otras cul-

 

turas más sofisticadas, como la de Buenos Aires o Nueva York, la

 

visita al psicólogo era una actividad normal; abstenerse se conside-

 

raba evidencia de incultura o simpleza mental. En Chile, sin embar-

 

go, sólo los locos peligrosos lo hacían, y sólo en una camisa de

 

fuerza; pero eso cambió en los años setenta, jun to con la llegada

 

de la revolución sexual. Tal vez exista una conexión… En mi familia

 

nadie recurrió jamás a terapia, a pesar de que varios de nosotros

 

éramos clásicos casos de estudio, porque la idea de confiar asuntos

 

íntimos a un desconocido, a quien ade más se le pagaba para que

 

escuchara, era absurda; para eso estaban los curas y las tías. Ten-

 

go poco entrenamiento para la reflexión, pero en las últimas sema-

 

nas me he sorprendido pensando en mi pasado con una frecuencia

 

que sólo puede explicarse como signo de senilidad prematura.

 

Dos sucesos recientes han desen cadenado esta epidemia de r e-

 

cuerdos. El primero fue una observación casual de mi nieto Aleja n-

 

dro, quien me sorprendió escrutando el mapa de mis arrugas frente

 

al espejo y dijo compasivo: «No te preocupes, vieja, vas a vivir por

 

lo menos tres años más». Decidí entonces que había llegado la hora

 

de echar otra mirada a mi vida, para averi guar cómo deseo condu-

 

cir esos tres años que tan generosamente me han sido adjudicados.

 

El otro acontecimiento fue una pregunta de un desconocido durante

 

una conferencia de escritores de viajes, que me tocó i naugurar.

 

Debo aclarar que no pertenezco a ese extraño grupo de personas

 

que viaja a lugares remotos, sobrevive a la bacteria y luego publica

 

libros para convencer a los incautos de que sigan sus pasos. Viajar

 

es un esf uerzo desproporcionado, y más aún a lugares donde no

 

hay servicio de habitaciones. Mis vacaciones ideales son en una silla

 

 

 

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bajo un quitasol en mi patio, leyendo libros sobre aventureros vi a-

 

jes que jamás haría a menos que fuera escapando de algo. Vengo

 

del llamado Tercer Mundo (¿cuál es el segundo?) y tuve que atrapar

 

un marido para vivir legalmente en el primero; no tengo intención

 

de regresar al subdesarrollo sin una buena razón. Sin embargo, y

 

muy a pesar mío, he deambulado por cinco continentes y ade más

 

me ha tocado ser autoexiliada e inmigrante. Algo sé de viajes y por

 

eso me pidieron que hablara en aquella conferencia. Al terminar mi

 

breve discurso, se levantó una mano entre el público y un joven me

 

preguntó qué papel jug aba la nostalgia en mis no velas. Por un

 

momento quedé muda. Nostalgia… según el diccionario es «la pena

 

de verse ausente de la patria, la melancolía provocada por el r e-

 

cuerdo de una dicha perdida». La pregunta me cortó el aire, porque

 

hasta ese instante no me había dado cuenta d e que escribo como

 

un ejercicio constante de añoranza. He sido forastera durante casi

 

toda mi vida, condición que acepto porque no me queda alternat i-

 

va. Varias veces me he visto forzada a partir, rompiendo ataduras y

 

dejando todo atrás, para comenzar de nuevo en otra parte; he sido

 

peregrina por más caminos de los que puedo recordar. De tanto

 

despedirme se me secaron las raíces y debí generar otras que, a

 

falta de un lugar geográfico donde afin carse, lo han hecho en la

 

memoria; pero, ¡cuidado!, la memoria es un lab erinto donde ace-

 

chan minotauros.

 

Si me hubieran preguntado hace poco de dónde soy, habría replica-

 

do, sin pensarlo mucho, que de ninguna parte, o latinoamericana, o

 

tal vez chilena de corazón. Hoy, sin embargo, digo que soy amer i-

 

cana, no sólo por que así lo atestigua mi pasapor te, o porque esa

 

palabra incluye a América de norte a sur, o por que mi marido, mi

 

hijo, mis nietos, la mayoría de mis amigos, mis libros y mi casa es-

 

tán en el norte de California, sino también porque no hace mucho

 

un atentado terrorista destruyó las torres gemelas del World Trade

 

Center y desde ese instante algunas cosas han cambiado. No se

 

puede permanecer neutral en una crisis. Esta tragedia me ha co n-

 

frontado con mi sentido de iden tidad; me doy cuenta que hoy soy

 

una más dentro de la variopinta población norteamericana, tanto

 

como antes fui chilena. Ya no me siento alienada en Estados Un i-

 

dos. Al ver el colapso de las torres tuve la sensación de haber vivi-

 

do esa pesadilla en forma casi idéntica. Por una e scalofriante coin-

 

cidencia -karma histórico- los aviones secuestrados en Estados Uni-

 

dos se estrellaron contra sus objetivos un martes 11 de septiembre,

 

exactamente el mismo día de la semana y del mes -y casi a la

 

misma hora de la mañana- en que ocurrió el golpe militar de Chile,

 

 

 

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en 1973. Aquél fue un acto terrorista orquestado por la CIA contra

 

una democracia. Las imágenes de los edificios ardiendo, del humo,

 

las llamas y el pánico, son similares en ambos escenarios. Ese leja-

 

no martes de 1973 mi vida se partió, nada volvió a ser como antes,

 

perdí a mi país. El martes fatídico de 2001 fue también un momen-

 

to decisivo, nada volverá a ser como antes y yo gané un país.

 

Esas dos preguntas, la de mi nieto y la del desconocido en la confe-

 

rencia, dieron origen a este libro, que no sé todavía hacia dónde

 

va; por el mome nto divago, como siempre divagan los recuerdos,

 

pero le ruego que me acompañe un poco más.

 

Escribo estas páginas en un altillo enclavado en un cerro empinado,

 

vigilada por un centenar de robles t orcidos, mirando la bahía de

 

San Francisco, pero yo vengo de otra parte. La nostal gia es mi vi-

 

cio. Nostalgia es un sentimiento melancólico y un poco cursi, como

 

la ternura; resulta casi imposible atacar el tema sin caer en el sen-

 

timentalismo, pero voy a intentarlo. Si resbalo y caigo en la cursile-

 

ría, tenga usted la certeza de que me pondré de pie unas líneas

 

más adelante. A mi edad -soy tan antigua como la penicilina sinté-

 

tica- una empieza a recordar cosas que se habían borrado por m e-

 

dio siglo. No pensé e n mi infancia ni en mi adolescencia durante

 

décadas; en realidad tan poco me importaban aquellos períodos del

 

remoto pasado en que al ver los ál bumes de fotografías de mi ma-

 

dre no reconocía a nadie, excepto una perra bulldog con el nombre

 

improbable de Pelvina López-Pun, y la única razón por la cual se me

 

quedó grabada es porque nos parecíamos de manera notable. Exis-

 

te una fotografía de ambas, cuando yo tenía pocos meses de edad,

 

en la cual mi madre debió indicar con una flecha quién era quién.

 

Seguramente mi mala memoria se debe a que esos tiempos no fue-

 

ron particularmente dichosos, pero supongo que así le sucede a la

 

mayor parte de los mortales. La infancia feliz es un mito; para

 

comprenderlo basta echar una mirada a los cuentos infantiles, en

 

los cuales el lobo se come a la abuelita, luego viene un leñador y

 

abre al pobre animal de arriba abajo con su cuchillo, extrae a la

 

vieja viva y entera, rellena la barriga con piedras y enseguida cose

 

la piel con hilo y aguja, induciendo tal sed en el lobo, que éste sale

 

corriendo a tomar agua al río, donde se ahoga con el peso de las

 

piedras. ¿Por qué no lo eliminó de manera más simple y huma na?,

 

pienso yo. Seguramente porque nada es simple ni humano en la ni-

 

ñez. En esos tiempos no existía el término «abuso in fantil», se su-

 

ponía que la mejor forma de criar chiquillos era con la correa en

 

una mano y la cruz en la otra, tal como se daba por sen tado el de-

 

 

 

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recho del hombre a sacudir a su mujer si la sopa llega ba fría a su

 

mesa. Antes de que los psicólogos y las a utoridades intervinieran

 

en el asunto, nadie dudaba de los efectos benéficos de una buena

 

paliza. No me pegaban como a mis hermanos, pero igual vivía con

 

miedo, como todos los demás niños a mi alrededor.

 

En mi caso la infelicidad natural de la infancia s e agravaba por un

 

montón de complejos tan enmarañados, que ya no puedo ni siquie-

 

ra enumerarlos, pero por suerte no me dejaron heridas que el

 

tiempo no haya curado. Una vez oí decir a una famosa escritora

 

afroamericana que desde niña se había sentido extraña en su fami-

 

lia y en su pueblo; agregó que eso experimentan casi todos los e s-

 

critores, aunque no se muevan nunca de su ciudad natal. Es cond i-

 

ción inherente a este trabajo, aseguró; sin el de sasosiego de sen-

 

tirse diferente no habría necesidad de escribir. La escritura, al fin y

 

al cabo, es un intento de comprender las cir cunstancias propias y

 

aclarar la confusión de la existencia, inquie tudes que no atormen-

 

tan a la gente normal, s ólo a los inconfor mistas crónicos, muchos

 

de los cuales terminan convertidos en escritores después de haber

 

fracasado en otros oficios. Esta teoría me quitó un peso de encima:

 

no soy un monstruo, hay otros como yo.

 

Nunca calcé en parte alguna, ni en la familia, la clase social o la re-

 

ligión que me tocaron en suerte; no pertenecí a las pandi llas que

 

andaban en bicicleta por la calle; los primos no me in cluían en sus

 

juegos; era la chiquilla menos popular del colegio y después fui por

 

mucho tiempo la que menos bailaba en las fies tas, más por tímida

 

que por fea, prefiero suponer. Me encerraba en el orgullo, fingiendo

 

que no me importaba, pero habría vendido el alma al diablo por ser

 

del grupo, en caso que Satanás se hubiera presentado con tan

 

atractiva propuesta. La raíz de mi problema siempre ha sido la

 

misma: incapacidad para aceptar lo que a otros les parece natural y

 

una tendencia irresistible a emitir opiniones que nadie desea oír, lo

 

cual ha espantado a más de algún potencial pretendiente. (No d e-

 

seo presumir, nunca fueron muchos.) Más tarde, durante mis años

 

de periodista, la curiosidad y el atrevimiento tuvieron algunas ven-

 

tajas. Por primera vez entonces fui parte de una comunidad, tenía

 

patente de corso para hacer preguntas indiscretas y divulgar mis

 

ideas, pero eso terminó bruscamente con el golpe militar de 1973,

 

que desencadenó fuerzas incontrolables. De la noche a la mañana

 

me convertí en extranjera en mi propia tierra, hasta que finalmente

 

debí partir, porque no podía vivir y criar a mis hijos en un país don-

 

de imperaba el temor y donde no había lugar para disidentes como

 

yo. En ese tiempo la c uriosidad y el atrevimiento estaban prohib i-

 

 

 

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dos por decreto. Fuera de Chile aguardé durante años que se reins-

 

taurara la democracia para retomar, pero cuando eso sucedió no lo

 

hice, porque estaba casada con un norteameric ano, viviendo cerca

 

de San Francisco. No he vuelto a residir en Chile, donde en realidad

 

he pasado menos de la mitad de mi vida, aunque lo visito con fr e-

 

cuencia; pero para responder a la pregunta de aquel des conocido

 

sobre la nostalgia, debo referirme casi excl usivamente a mis años

 

allí. Y para hacerlo debo mencionar a mi familia, porque patria y

 

tribu se confunden en mi mente.

 

PAÍS DE ESENCIAS LONGITUDINALES

 

Empecemos por el principio, por Chile, esa tierra remota que pocos

 

pueden ubicar en el mapa porque es lo más lejos que se puede ir

 

sin caerse del planeta. «¿Por qué no vendemos Chile y compramos

 

algo más cerca de P arís…?», preguntaba uno de nuestros escr ito-

 

res. Nadie pasa casualmente por esos lados, por muy perdido que

 

ande, aunque muchos visitantes dec iden quedarse para siempre,

 

enamorados de la tierra y la gente. Es el fin de todos los caminos,

 

una lanza al sur del sur de América, cuatro mil trescie ntos kilóme-

 

tros de cerros, valles, lagos y mar. Así la describe Neruda en su ar-

 

diente poesía:

 

Noche, nieve y arena hacen la forma

 

de mi delgada patria,

 

todo el silencio está en su larga línea,

 

toda la espuma sale de su barba marina,

 

todo el carbón la llena

 

de misteriosos besos.

 

Este esbelto territorio es como una isla, separada del resto del con-

 

tinente al norte por el desierto de Atacama, el más seco del mundo,

 

según les gusta decir a sus habitantes, aunque debe ser falso, po r-

 

que en primavera una parte d e ese cascote lunar suele arroparse

 

con un manto de flores, como una prodigiosa pintura de Monet; al

 

este por la cordillera de los Andes, fo rmidable macizo de roca y

 

nieves eternas; al oeste por las abruptas costas del océano Pacíf i-

 

co; abajo por la solitaria Antártida. Este país de topografía dramáti-

 

ca y climas diversos, salpicado de caprichosos obstáculos y sacud i-

 

do por los suspiros de centenares de volcanes, que existe como un

 

milagro geológico entre las alturas de la cordillera y las profundida-

 

des del mar, está unido de punta a rabo por el empecinado sent i-

 

 

 

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miento de nación de sus habitantes.

 

Los chilenos seguimos conectados a la tierra, como los cam pesinos

 

que antes fuimos. La mayoría de nosotros sueña con te ner un pe-

 

dazo de tierra, aunque sea para plantar cuatro apolilladas lechugas.

 

El diario más impo rtante, El Mercurio, publica un suplemento s e-

 

manal de agricultura que informa a la población en general sobre el

 

último bicho insignificante que ha aparecido en las papas, o la pr o-

 

ducción de leche que se obtiene con determinado forraje. Los lecto-

 

res, que viven en el asfalto y el cemento, lo leen apasionadamente,

 

aunque jamás hayan visto a una vaca viva.

 

A grandes rasgos se puede decir que cuatro climas muy dis tintos

 

existen a lo largo de este mi espigado Chile. El país está dividido en

 

provincias de nombres hermosos, a los cuales los militares, que po-

 

siblemente tenían cierta dificultad en memorizar los, agregaron un

 

número. Me niego a usarlos, porque no es po sible que una nación

 

de poetas tenga el mapa salpicado de núme ros, como un delirio

 

aritmético. Hablemos de las cuatro grandes r egiones, empezando

 

por el norte grande, inhóspito y rudo, vi gilado por altas montañas,

 

que ocupa una cuarta parte del territorio y esconde en sus entrañas

 

un tesoro inagotable de minerales.

 

Fui al norte en la infancia y no lo he olvidado, a pesar de que ha

 

transcurrido medio siglo desde entonces. Más tarde en mi vida me

 

tocó atravesar un par de veces el desierto de Atacama y, aun que

 

siempre la experiencia es extraordinaria, los recuerdos más persis-

 

tentes son los de esa primera vez. En mi memoria , Antofagasta,

 

que en lengua quechua quiere decir «pueblo del salar gran de», no

 

es la ciudad moderna de hoy, sino un puerto anticuado y pobretón,

 

con olor a yodo, salpicado de botes pesqueros, gaviotas y pelíca-

 

nos. Antofagasta surgió en el siglo XIX como un espe jismo en el

 

desierto, gracias a la industria del salitre, que fue uno de los princi-

 

pales productos de exportación del país durante va rias décadas.

 

Más tarde, cuando se inventó el nitrato sintético, el puerto no pe r-

 

dió su importancia, porque ahora exporta cobre, pero las compañ í-

 

as salitreras fueron cerrándose una a una y la pampa quedó se m-

 

brada de pueblos fantasmas. Aquellas dos pa labras, «pueblo fan-

 

tasma», echaron a volar mi imaginación en aquel primer viaje.

 

Recuerdo que mi familia y yo subimos, cargados de bultos, a un

 

tren que iba a paso de tortuga por el inclemente desierto de At a-

 

cama hacia Bolivia. Sol, piedras calcinadas, kilómetros y kilómetros

 

de espectral soledad, de vez en cuando un cementerio abandonado,

 

unos edificios en ruinas de adobe o de madera. Hacía un calor seco

 

al que ni las moscas sobrevivían. La sed era inextinguible; tom á-

 

 

 

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bamos agua por galones, chupábamos naranjas y nos defendíamos

 

a duras penas del p olvo, que se introdu cía por cada re squicio. Se

 

nos partían los labios hasta sangrar, nos dolían los oídos, est ába-

 

mos deshidratados. Por la noche caía un frío duro como cristal,

 

mientras la luna alumbraba el paisaje con un resplandor azul. M u-

 

chos años más tarde visité Chuquicamata, la mayor mina de cobre

 

a tajo abierto del mundo, un inmen so anfiteatro donde millares de

 

hombres del color de la tierra, como hormigas, arrancan el mineral

 

de las piedras. El tren ascendió a más de cuatro mil metros de altu-

 

ra y la temperatura descendió hasta el punto que el agua se helaba

 

en los vasos. Pasamos por el salar de Uyuni, un blanco mar donde

 

reina un silencio puro y no vuelan pájaros, y otros salares donde

 

vimos elegantes flamencos. Parecían brochazos de pintura entre los

 

cristales formados, como piedras preciosas, en la sal.

 

El llamado norte chico, que algunos no consideran propiamente una

 

región, divide el norte seco de la fértil zona central. Aquí está el va-

 

lle de Elqui, uno de los centros espirituales de la Ti erra que, según

 

dicen, es mágico. Las fuerzas misteriosas de Elqui atraen peregr i-

 

nos que acuden a conectarse con la energía cósmica del universo y

 

muchos se quedan a vivir en comunida des esotéricas. Meditación,

 

religiones orientales, gurús de diversos pelajes, de todo hay en E l-

 

qui; es como un rincón de Califor nia. Allí también se hace nuestro

 

pisco, un licor de uva de moscatel, translúcido, virtuoso y sereno

 

como la fuerza angélica que emana de esa tierra. Es la materia

 

prima del pisco sour, nues tra dulce y traicionera bebida nacional,

 

que se toma con confianza, pero al segundo vaso suelta una patada

 

capaz de voltear al más valiente. El nombre de este licor se lo

 

usurpamos sin contemplaciones a la ciudad de Pisco, en Perú. Si

 

cualquier vino con burbuja s suele llamarse champaña, aunque el

 

auténtico sólo sea de Champagne, en Francia, supo ngo que tam-

 

bién nuestro pisco puede apropiarse de un nombre ajeno. En el

 

norte chico se cons truyó La Silla, uno de los observatorios astr o-

 

nómicos más importantes del mundo, porque el aire es tan límpido,

 

que ninguna estrella -ni muerta ni por nacer- escapa al ojo del g i-

 

gantesco telescopio. A propósito de esto, me contó alguien que ha

 

trabajado allí por tres décadas que los más célebres astrónomos del

 

mundo esperan durante años su turno para escudriñar el univer so.

 

Le comenté que debía ser estupendo trabajar con científicos que

 

tienen los ojos siempre puestos en el infinito y viven despegados de

 

las miserias terrenales; pero me informó que es todo lo co ntrario:

 

los astrónomos son tan mezquinos como los poetas. Dice que p e-

 

lean por la mermelada del desayuno. La condición humana es so r-

 

 

 

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prendente.

 

El valle central es la zona más próspera del país, tierra de uva y

 

manzanas, donde se aglomeran las industrias y un tercio de la p o-

 

blación, que vive en la capital. Santiago fue fundado en este lugar

 

por Pedro de Valdivia en 1541, porque después de caminar durante

 

meses por las sequedades del norte, le pareció que había alcanzado

 

el jardín del Edén. En Chile todo está centralizado en la capital, a

 

pesar de los esfuerzos de diversos gobiernos, que durante medio

 

siglo han tratado de dar poder a las provincias. Parece que lo que

 

no sucede en Santiago no tenga importancia, aunque la vida en el

 

resto del país es mil veces más agradable y tranquila.

 

La zona sur empieza en Puerto Montt, a cuarenta grados de latitud

 

sur, una región encantada de bosques, lagos, ríos y volca nes. Llu-

 

via y más lluvia alimenta la enmarañada vegetación de la selva fría,

 

donde crecen nuestros árboles nativos, de mil años de antigüedad y

 

hoy amenazados por la indu stria maderera. Hacia el sur el viajero

 

recorre pampas azotadas por vientos incle mentes; luego el país se

 

desgrana en un rosario de islas despobladas y brumas lechosas, un

 

laberinto de fiordos, islotes, canales, agua por todas partes. La ú l-

 

tima ciudad continental es Punta Arenas, mordida por todos los

 

vientos, áspera y orgullosa, de cara a los páramos y los ventisqu e-

 

ros.

 

Chile posee un trozo del ignoto continente antártico, un mundo de

 

hielo y soledad, de infinita blancura, donde nacen las fábulas y p e-

 

recen los hombres; en el polo sur hemos plantado nuestra bandera.

 

Por mucho tiempo nadie le atribuyó valor a la Antártida, pero ahora

 

sabemos cuántas riquezas minerales esconde, ade más de ser un

 

paraíso de fa una marina, así es que no hay país que no le haya

 

puesto el ojo encima. Un crucero permite vis itarla con relativa co-

 

modidad en verano, pero cuesta caro y por el momento sólo hacen

 

el viaje los turistas ricos y los ecólogos pobres, pero determinados.

 

En 1888 nos adjudicamos la misteriosa Isla de Pascua, «el ombligo

 

del mundo», o Rapanui, como se llama en el idioma pascuence. Es-

 

tá perdida en la inmensidad del océano Pacífico, a dos mil quinie n-

 

tas millas de distancia del Chile continental, más o menos a seis

 

horas en avión desde Valparaíso o Tahití. No es toy segura de por

 

qué nos pertenece. En esos tiempos bastaba que un capitán de

 

barco plantara una bandera para apoderarse legalmente de una ta-

 

jada del planeta, aunque sus habitantes, en este caso de apacible

 

raza polinésica, no estuvieran de acuerdo. Así lo hacían las naci o-

 

nes europeas; Chile no podía quedarse atrás.

 

 

 

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Para los pascuences el contacto con Sudamérica fue fatal. A media-

 

dos del siglo XIX la mayor parte de la población mascu lina fue lle-

 

vada al Perú a trabajar como esclavos en las guaneras, mientras

 

Chile se encogía de hombros ante la suerte de aquellos olvidados

 

ciudadanos. Fue tal el maltrato que recibió esa pobre gente, que en

 

Europa se levantó una protesta internacional y, después de una lar-

 

ga lucha diplomática, los últimos quince sobre vivientes fueron de-

 

vueltos a sus familias. Iban infectados de vi ruela y en poco tiempo

 

la enfermedad exterminó al ochenta por ciento de los pascue nces

 

que quedaban en la isla.

 

El destino de los demás no fue mucho mejor. Las ovejas se comie-

 

ron la vegetación, convirtiendo el terreno en un pelado cascote de

 

lava, y la desidia de las autoridades -en este caso, la marina chile-

 

na- sumió a los habitantes en la miseria. En las últimas dos déc a-

 

das el turismo y el interés del mundo científico han rescatado a Ra-

 

panui.

 

Diseminados por la isla, hay monumentales estatuas de piedra vol-

 

cánica, algunas de más de veinte toneladas de peso. Estos moais

 

han intrigado a los expertos por siglos. Tallarlos en las laderas de

 

los volcanes y luego arrastrarlos por un terreno irre gular, erguirlos

 

en una plataforma a menudo inaccesible y colo carles encima un

 

sombrero de piedra roja, fue tarea de t itanes. ¿Cómo lo hicieron?

 

No hay rastros de una civilización avanza da que expliquen sem e-

 

jante proeza.

 

Dos razas diferentes pobla ron la isla y, según la leyenda, una de

 

ellas, los arikis, poseía poderes mentales superiores, mediante los

 

cuales hacía levitar a los moais y los trasladaba flotando sin esfuer-

 

zo físico hasta sus empinados altares. Es una lástima que esa técni-

 

ca se haya perdido. En 1940, el antropólogo noruego Thor Heye r-

 

dahl fabricó una balsa, llamada Kon Tiki, con la que navegó desde

 

Sudamérica hasta Isla de Pascua, para probar que existió contacto

 

entre los incas y los pascuences.

 

Fui a Isla de Pascua en el verano de 1974, cuando sólo ha bía un

 

vuelo semanal y el turismo casi no existía. Enamorada del lugar,

 

me quedé tres semanas más de lo planeado y así coincidí con el es-

 

treno de la televisión y una visita del general Pinochet, quien enca-

 

bezaba la junta militar que había reemplazado a la democracia unos

 

meses antes. La televisión fue recibida con más entusiasmo que el

 

flamante dictador. La estadía del general fue de lo más pintoresca,

 

pero no es ésta la oportunidad de entrar en detalles. Baste decir

 

que una nube traviesa se colocaba estratégi camente encima de su

 

 

 

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cabeza cada vez que quiso hablar en pú blico, empapándolo como

 

un estropajo. Llevaba el propósito de entregar títulos de propiedad

 

a los pascuences, pero nadie se in teresó demasiado por recibirlos,

 

ya que desde tiempos muy antiguos cada uno sabía qué pertenecía

 

a quién y temían, con razón, que ese papelito del gobierno sólo sir-

 

viera para complicarles la existencia.

 

Chile también posee la isla de Juan Fernández, donde en 1704 fue

 

abandonado el marinero escocés Alexander Selkirk, quien inspiró la

 

novela de D aniel Defoe Robinson Crusoe. Sel kirk vivió en la isla

 

más de cuatro años, sin un loro amaestrado y sin la compañía de

 

un nativo llamado Viernes, como en el li bro, hasta que lo rescató

 

otro capitán y lo llevó de vuelta a Ingla terra, donde su destino no

 

fue mucho mejor que digamos. El turista emp ecinado, después de

 

un agitado vuelo en avioneta o una interminable trav esía en bote,

 

puede visitar la cueva donde el escocés sobrevivió comiendo hie r-

 

bas y pescado.

 

La lejanía nos da a los chilenos una mentalidad insular y la por -

 

tentosa belleza de la tierra nos hace engreí dos. Nos creemos el

 

centro del mundo -consideramos que Greenwich debiera estar en

 

Santiago- y damos la espalda a América Latina, siempre comparán-

 

donos con Europa. Somos autorreferentes, el resto del universo só-

 

lo existe para consumir nuestros vinos y producir equipos de fútbol

 

a los cuales podamos ganar.

 

Al visitante le aconsejo no poner en duda las maravillas que oiga

 

sobre el país, su vino y sus mujeres, porque al extranjero no se le

 

permite criticar, para eso hay más de quince millones de nativos

 

que lo hacen todo el tiempo. Si Marco Polo hubiera des embarcado

 

en nuestras costas después de treinta años de aventu ras por Asia,

 

lo primero que le habrían dicho es que nuestras empanadas son

 

mucho más sabrosas que toda la cocina del Ce leste Imperio. (¡Ah!

 

Ésta es otra característica nuestra: opinamos sin fundamento, pero

 

en un tono de tal certeza, que nadie lo pone en duda.) Confieso que

 

también padezco de ese escalofriante chovinismo. La primera vez

 

que visité San Francisco y tuve ante mis ojos los suaves cer ros do-

 

rados, la majestad de los bosques y el espejo verde de la bahía, mi

 

único comentario fue que se pa recía a la costa chilena. Después

 

comprobé que la fruta más dulce, los vinos más delicados y el pes-

 

cado más fino son importados de Chile, naturalmente.

 

Para ver a mi país con el corazón hay que leer a Pablo Neru da, el

 

poeta nacional que inmortalizó en sus versos los soberbios paisajes,

 

los aromas y amaneceres, la lluvia tenaz y la pobreza digna, el e s-

 

 

 

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toicismo y la hospitalidad. Ése es el país de mis nostalgias, el que

 

invoco en mis soledades, el que aparece como telón de fondo en

 

tantas de mis historias, el que se me aparece en sueños. Hay otras

 

caras de Chile, por supuesto: una materialista y arrogante, cara de

 

tigre, que vive contándose las rayas y peinándose los bigotes; otra

 

deprimida, cruzada por las brutales cicatri ces del pasado; una que

 

se le presenta sonriente a turistas y banqueros; aquella que espera

 

resignada el próximo cataclismo geológico o político. Chile da para

 

todo.

 

DULCE DE LECHE, ORGANILLOS Y GITANAS

 

Mi familia es de Santiago, pero eso no explica todos mis traumas,

 

hay lugares peores bajo el sol. Allí me crié, pero ahora apenas lo

 

reconozco y me pierdo en las calles. La capital fue fundada por so l-

 

dados a golpes de espada y pala, con el trazado clásico de las ci u-

 

dades españolas de antaño: una plaza de armas al centro, de don-

 

de salían calles paralelas y perpendiculares. De eso queda apenas

 

el recuerdo. Santiago se ha desparramado como un pulpo demente,

 

extendiendo sus tentáculos a nsiosos en todas direc ciones; hoy al-

 

berga cinco millones y medio de personas que so breviven como

 

mejor pueden. Sería una ciudad bonita, porque es limpia y no le

 

faltan parques, si no tuviera encima un sombrero pardo de pol u-

 

ción, que en invierno mata i nfantes en las cunas, ancianos en los

 

asilos y pájaros en el aire. Los santiaguinos se han acostumbrado a

 

seguir el índice diario del smog tal como llevan la cuenta de la bolsa

 

de valores y el resultado del fútbol. En los días en que el índice se

 

encumbra demasiado, la circulación de vehículos se restringe según

 

el número de la licencia, los niños no hacen deportes en la escuela

 

y el resto de los ciudadanos pro cura respirar lo menos posible. La

 

primera lluvia del año lava la mugre de la atmósfera y cae como

 

ácido sobre la ciudad; si usted anda sin paraguas sentirá como si le

 

echaran jugo de limón

 

en los ojos; pero no se preocupe, nadie se ha quedado ciego por

 

eso todavía. No todos los días son así, a veces amanece despe jado

 

y se puede apreciar el espectáculo magnífico de las monta ñas ne-

 

vadas.

 

Hay ciudades, como Caracas o el D.F. en México, donde pobres y

 

ricos se mezclan, pero en Santiago los límites son claros. La distan-

 

cia entre las mansiones de los ricos en los faldeos cordilleranos, con

 

guardias en la puerta y cuatro garajes, y las casuchas de las pobla-

 

 

 

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ciones proletarias, donde v iven quince personas hacinadas en dos

 

habitaciones sin baño, es astronómica. Siempre que voy a Santiago

 

me llama la atención que una parte de la ciudad sea en blanco y

 

negro y la otra en tecnicolor. En el centro y en las poblaciones de

 

obreros todo parece gris, los po cos árboles que existen e stán ex-

 

haustos, los muros deslavados, la gente cansada; hasta los perros

 

que vagan entre los tarros de basura son unos quiltros pulguient os

 

de color indefinido. En los sectores de la clase media hay árboles

 

frondosos y las casas son modestas, pero bien tenidas. En los b a-

 

rrios de los ricos sólo se aprecia la vegetación: las mansiones se

 

ocultan tras infranqueables paredes, nadie anda por las calles y los

 

perros son mastines que sólo sueltan de noche para cuidar las pr o-

 

piedades.

 

Largo, seco y caliente es el verano en la capital. Un polvillo amar i-

 

llento cubre la ciudad en esos meses; el sol derrite el asfalto y afec-

 

ta al humor de los santiaguinos, por eso quien puede procura esca-

 

par. Cuando yo era niña, mi familia partía por dos meses a la playa,

 

un verdadero safari en el automóvil de mi abuelo, cargado con una

 

tonelada de bultos sobre la parrilla y tres chiquillos completamente

 

mareados dentro. Entonces los caminos eran pésimos y debíamos

 

culebrear cerro arriba y cerro aba jo con un esfuerzo descomunal

 

para el vehículo. Siempre había que cambiar por lo menos uno o

 

dos neumáticos, faena que re quería descargar todos los bultos. Mi

 

abuelo llevaba sobre las rodillas un pistolón de aquellos que se usa-

 

ban antaño para los duelos, porque creía que en la cuesta de Cura-

 

caví, llamada apro piadamente de La Sepultura, solían apostarse

 

unos bandidos. Si los había, no creo que fueran sino unos atorra n-

 

tes que habrían escapado al primer tiro al aire, pero, por si acaso,

 

pasábamos la cuesta rezando, método infalible contra los asaltos,

 

puesto que nunca vimos a los siniestros bandoleros.

 

Nada de eso existe hoy. A los balnearios se llega en menos de dos

 

horas por rutas espléndidas. Hasta hace poco los únicos caminos

 

malos eran los que conducían a los sitios donde veranean los ricos,

 

que luchaban por preservar sus playas exclusivas. Les horrorizaba

 

ver llegar a la chusma en b uses los fines de semana, con sus hij os

 

morenos, sandías, pollos asados y radios con música popular; por

 

eso mantenían el camino de tierra en el peor estado posible. Tal

 

como dijo un senador de derecha: «Cuando la d emocracia se pone

 

democrática, no sirve». Eso ha cambiado. El país está c onectado

 

por una larga arteria, la carretera Panamericana, que se une con la

 

Austral, y por una extensa red de caminos pavimentados y muy se-

 

guros. Nada de guerrilleros buscando a quien secuestrar, o ban das

 

 

 

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de traficantes de drogas defendiendo su territorio, o policías corrup-

 

tos a la pesca de s oborno, como en otros países latinoame ricanos

 

algo más interesantes que el nuestro. Es mucho más pro bable que

 

te asalten en pleno centro de la ci udad que en un sen dero despo-

 

blado en el campo.

 

Apenas uno sale de Santiago, el paisaje se toma bucólico: potreros

 

bordeados de álamos, cerros y viñedos. Al visitante le reco miendo

 

detenerse a comprar fruta y verduras en los puestos a lo largo de la

 

carretera, o desviarse un poco y entrar en los villorrios en busca de

 

la casa donde flamea un trapo blanco, allí se ofrecen pan amasado,

 

miel y huevos color de oro.

 

Por la ruta de la costa hay playas, pueblos pintorescos y caletas con

 

redes y botes, donde se encuentran los fabulosos te soros de nues-

 

tra cocina: primero el congrio, rey del mar, con su chaleco de e s-

 

camas enjoyadas; luego la corvina, de suculenta carne blanca,

 

acompañada de un cortejo de cien otros peces más modestos, pero

 

igualmente sabrosos; enseguida el coro de nuestros mariscos: cen-

 

tollas, ostras, choros, ostiones, abalones, langostinos, erizos y mu-

 

chos otros, incluso algunos de aspecto tan sospechoso que ningún

 

extranjero se atreve a probarlos, como el erizo o el pi coroco, yodo

 

y sal, pura esencia marina. Son tan buenos nuestros pescados, que

 

no es necesario saber de cocina para prepararlos. Coloque un lecho

 

de cebolla picada en una fuente de barro o Pyrex, ponga encima su

 

flamante pez bañado en jugo de limón, con unas cuantas cuchar a-

 

das de mantequilla, salp icado de sal y pimienta; métalo al horno

 

caliente hasta que la carne se cocine, pero no demasiado, para que

 

no se le seque; sírvalo con uno de nuestros vinos blancos bien fríos,

 

en compañía de sus mejores amigos.

 

Cada año en diciembre partíamos con mi abuelo a comprar los p a-

 

vos de Navidad, que los campesinos criaban para esas fechas. Pue-

 

do ver a ese viejo arrastrando su pierna coja, a las ca rreras en un

 

potrero tratando de dar caza al pájaro en cuestión. Debía calcular el

 

salto para caerle encima, apla starlo contra el suelo y sujetarlo,

 

mientras uno de nosotros procuraba atarle las patas con un cordel.

 

Luego debía darle una propina al campesino para que matara al pa-

 

vo lejos de la vista de los niños, que de otro modo se habrían n e-

 

gado a probarlo una vez guisado. Resulta muy difícil retorcer el co-

 

gote a una criatura con la cual se ha establecido una relación pe r-

 

sonal, como pudimos comprobar aquella vez que mi abuelo llevó

 

una cabra para engordarla en el patio de la casa y asarla el día de

 

 

 

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su cumpleaños. La cabra murió de vieja. Además resultó que no era

 

hembra, sino macho, y apenas le salieron cuernos nos atacaba a

 

traición.

 

El Santiago de mi infancia tenía pretensiones de gran ciudad, pero

 

alma de aldea. Todo se sabía. ¿Faltó alguien a misa el domingo? La

 

noticia circulaba de prisa y antes del miércoles el p árroco tocaba la

 

puerta del pecador para averiguar sus razones. Los hombres and a-

 

ban tiesos de gomina, almidón y vanidad; las mujeres, con alfileres

 

en el sombrero y guantes de cabritilla; la elegancia era requisito in-

 

dispensable para ir al centro o al cine, que todavía se llamaba «bió-

 

grafo». Pocas casas tenían refrigerador -en eso la de mi abuelo era

 

muy moderna- y a diario pa saba un jorobado repartiendo bl oques

 

de hielo y sal gruesa para las neveras. Nuestro refrigerador, que

 

duró cuarenta años sin ser reparado jamás, poseía un ruidoso mo-

 

tor de submarino que de vez en cuando estremecía la casa con ata-

 

ques de tos. La cocinera sacaba con una escoba los cadáveres elec-

 

trocutados de los gatitos, que se metían debajo buscando calor. En

 

el fondo ése era un buen método profiláctico, porque en el tejado

 

nacían docenas de gatos y sin los corrie ntazos del refrigerador nos

 

habrían invadido por completo.

 

En nuestra casa, como en todo hogar chileno, había anima les. Los

 

perros se adquirían de diferentes maneras: se her edaban, se reci-

 

bían de regalo, se encontraban por allí atropellados, pero aún vivos,

 

o seguían al niño a la s alida de la escuela y luego no había forma

 

de echarlos. Siempre ha sido así y espero que no cambie. No c o-

 

nozco a ningún chileno normal que haya com prado uno; los únicos

 

que lo hacen son unos fanáticos del Ken nel Club, pero en realidad

 

nadie los toma en serio. La mayoría de nuestros perros nacion ales

 

se llaman Negro, aunque sean de otro color, y los gatos se llaman

 

genéricamente Micifú o Cucho; sin embargo, las mascotas de mi

 

familia recibían tradicionalmente nombres bíblicos: Barrabás, Sal o-

 

mé, Caín, excepto un p erro de dudoso linaje que se llamó Sara m-

 

pión, porque apareció durante una epidemia de esa enfermedad. En

 

las ciudades y pueblos de mi país corretean levas de canes sin due-

 

ño, que no constituyen jaurías hambrientas y desoladas, como las

 

que se ven en otras partes del mundo, sino comunid ades organiza-

 

das. Son animales mansos, satisfechos de su posición social, un po-

 

co somnolientos. Una vez leí un estudio cuyo autor sostenía que, si

 

todas las razas existentes de perros se mezclaran libremente, en

 

pocas generaciones habría un solo un tipo: un animal fuerte y astu-

 

to, de tamaño mediano, pelo corto y duro, hocico en punta y cola

 

voluntariosa, es decir, el típico quiltro chileno. Supongo que lleg a-

 

 

 

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remos a eso.

 

Cuando también se fundan en una sola todas las razas humanas, el

 

resultado será una gente más bien baja, de color indefinido, ada p-

 

table, resistente y resignada a los avatares de la existencia, como

 

nosotros, los chilenos.

 

En esos tiempos el pan se iba a buscar dos veces al día a la pan a-

 

dería de la esquina y se traía a la casa envuelto en un paño blanco.

 

El olor de ese pan recién salido del horno y aún tibio es uno de los

 

recuerdos más pertinaces de la niñez. La leche era una crema e s-

 

pumosa que se vendía a granel. Una campanita colgada al cuello

 

del caballo y el aroma de establo que invadía la calle anunciaban la

 

llegada del carretón de la leche. Las empleadas se pon ían en fila

 

con sus tiestos y compr aban por tazas, que el le chero medía me-

 

tiendo su brazo peludo hasta la axila en los grandes tarros, siempre

 

cubiertos de moscas. Algunas veces se com praban varios litros de

 

más, para hacer manjar blanco -o dulce de leche-, que duraba va-

 

rios meses almacenado en la penumbra fría del sótano, donde tam-

 

bién se guardaba el vino, embote llado en casa. Comenzaban por

 

hacer una fogata en el patio con l eña y carbón. Encima se colgaba

 

de un trípode una olla de hierro negra por el uso, donde se echaban

 

los ingredientes, en proporción de cuatro tazas de leche por una de

 

azúcar, se aromatizaba con dos palitos de vainilla y la cá scara de

 

un limón, se hervía pacientemente durante horas, revolviendo de

 

vez en cuando con una larguísima cuchara de madera. Los niños

 

mirábamos de lejos, esperando que terminara el proceso y se e n-

 

friara el dulce, para raspar la olla. No nos permitían acercarnos y

 

cada vez nos repetían la triste historia de aquel niño goloso que se

 

cayó dentro de la olla y, tal como nos explicaban, «se deshizo en el

 

dulce hirviendo y no pudieron encontrar ni los huesos». Cuando se

 

inventó la leche pasteurizada en botellas, las amas de casa se at a-

 

viaban con sus galas de domingo para fotografiarse, como en las

 

películas de Hollywood, junto al camión pintado de blanco que re-

 

emplazó al inmundo carretón. Hoy no sólo hay leche en tera, des-

 

cremada y con sabores, también se compra el manjar blanco enva-

 

sado; ya nadie lo hace en casa.

 

En verano pasaban por el barrio humildes chiquillos con ca nastos

 

de moras y sacos de membrillos para hacer dulce; también apar e-

 

cía el musculoso Gervasio Lonquimay, quien estiraba los resortes

 

metálicos de los catres y lavaba la lana de los colchones, una faena

 

que podía durar tres o cuatro días, porque la lana se secaba al sol y

 

luego había que escarmenarla a mano antes de volver a colocarla

 

en los forros. De Gervasio Lonquimay se murmuraba que había es-

 

 

 

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tado preso por degollar a un rival, rumor que le oto rgaba un aura

 

de indudable prestigio. Las empleadas le ofrecían horchata para la

 

sed y toallas para el sudor.

 

Un organillero, siempre el mismo, recorría las calles, hasta que uno

 

de mis tíos le compró el organillo y salió tocando la musiquita y r e-

 

partiendo papelillos de la buena suerte con un loro patético, ante el

 

horror de mi abuelo y del resto de la familia. Entiendo que mi tío

 

pretendía seducir así a una pr ima, pero el plan no dio el resultado

 

esperado: la muchacha se casó a las carreras y escapó lo más lejos

 

posible. Finalmente mi tío regaló el instr umento musical y el loro

 

quedó en la casa. Tenía mal genio, y al primer de scuido podía

 

arrancar un dedo de un picotazo a quien se aproximara, pero a mi

 

abuelo le hacía gracia porque maldecía como un corsario. Aquel pa-

 

jarraco vivió veinte años con él y quién sabe cuántos más había vi-

 

vido antes; era un Matusalén emplumado. También pasaban las gi-

 

tanas por el barrio, embaucando a los incautos con su castellano

 

enrevesado y esos ojos irresistibles que habían visto tanto mundo,

 

siempre de a dos o tres, con media docena de criaturas moquille n-

 

tas colgadas de sus faldas. Les teníamos terror, porque decían que

 

robaban niños pequeños, los encerraban en jaulas para que creci e-

 

ran deformes y luego los vendían como fenómenos a los ci rcos.

 

Echaban mal de ojo si se les negaba una limosna. Se les atribuían

 

mágicos poderes: podían hacer desaparecer joyas sin tocarlas y

 

desatar epidemias de piojos, verrugas, calvicie y dientes podridos.

 

Así y todo, no resistíamos la tentación de que nos leyeran el dest i-

 

no en la palma de las manos. A mí siempre me decían lo mismo: un

 

hombre moreno de bigotes me llev aría muy lejos. Como no re -

 

cuerdo a ningún enamorado con esas característ icas, supongo que

 

se referían a mi padrastro, quien tenía bigote de foca y me llevó

 

por muchos países en sus peregrinajes de diplomático.

 

UNA ANTIGUA CASA ENCANTADA

 

Mi primer recuerdo de Chile es una casa que no conocí. Ella fue la

 

protagonista de mi primera novela, La casa de los espíritus, donde

 

aparece como la mansión que alberga a la estirpe de los Trueba.

 

Esa familia ficticia se parece en forma alarmante a la de mi madre;

 

yo no podría haber inventado pe rsonajes como aquéllos. Además

 

no era necesario, con una familia como la mía no se requiere im a-

 

ginación. La idea de la «gran casa de la esquina», que figura en el

 

libro, surgió de la antigua residencia de la calle Cueto, donde nació

 

mi madre, tantas veces evocada por mi abue lo, que me parece

 

 

 

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haber vivido en ella. Ya no quedan casas así en Santiago, han sido

 

devoradas por el progreso y el crecimiento demográfico, pero toda-

 

vía existen en las provincias. Puedo verla: vasta y somnolienta, de-

 

crépita por el uso y el abuso, de techos altos y ventanas angostas,

 

con tres patios, el primero de naranjos y jazmines, donde cantaba

 

una fuente; el segundo con un huerto enmalezado y el tercero, un

 

desorden de artesas de lavado, perre ras, gallineros e insalubres

 

cuartos de empleadas, como celdas de una mazmorra. Para ir al

 

baño por la noche había que salir de excursión con una lámpara,

 

desafiando las corrientes de aire y las arañas, haciendo oídos so r-

 

dos al crujir de las maderas y las carreras de los ratones. La cas o-

 

na, con entrada por dos calles, era de un piso con mansarda y a l-

 

bergaba una tribu de bisabu elos, tías solteronas, primos, criadas,

 

parientes pobres y huéspedes que se instalaban para siempre s in

 

que nadie se atreviera a echarlos, porque en Chile los «allegados»

 

están protegidos por un sagra do código de hospital idad. Había

 

también uno que otro fantasma de dudosa autenticidad, de los que

 

no faltan en mi familia. Hay quienes aseguran que las ánim as pe-

 

naban entre esas paredes, pero uno de mis viejos parientes me

 

confesó que de niño se disfrazaba con un vetusto uniforme militar

 

para asustar a la tía Cupertina. La pobre solterona nunca dudó que

 

aquel visitante noctámbulo fuera el espíritu de don José Miguel Ca-

 

rrera, uno de los padres de la patria, quien acudía a pedirle plata

 

para decir misas por la salvación de su aguerrida alma.

 

Mis tíos maternos, los Barros, fueron doce hermanos bastan te ex-

 

céntricos, pero ninguno loco de atar. Al casarse algunos se qued a-

 

ban con sus cónyuges y sus hijos en la casa de la calle Cueto. Así lo

 

hizo mi abuela Isabel, casada con mi abuelo Agustín. La pareja no

 

sólo vivió en aquel gallinero de estrafalarios parientes, sino que a la

 

muerte de los bisabuelos compró la casa y allí criaron a sus cuatro

 

hijos durante varios años. Mi abuelo la m odernizó, pero su mujer

 

sufría de asma por la humedad de los cuartos; ad emás el vecinda-

 

rio se llenó de pobres y la «gente bien» empezó a emigrar en masa

 

hacia el este de la ciudad. Doblegado por la presión social, constru-

 

yó una casa moderna en el barrio de Providencia, que entonces

 

quedaba extramuros, pero se suponía que iba a prosperar. El hom-

 

bre tenía buen ojo, porque a los pocos años Providencia se convirtió

 

en la zona residencial más elegante de la capital, aunque dejó de

 

serlo hace mucho, cuando la clase media empezó a trepar por las

 

laderas de los cerros y los ricos de verdad se fueron cordillera arr i-

 

ba, donde anidan los cón dores. En la actualidad Prov idencia es un

 

 

 

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caos de tráfico, comercio, oficinas y restaurantes, donde sólo viven

 

los más ancianos en antiguos edificios de apartamentos, pero e n-

 

tonces lindaba con los campos donde las familias pudientes tenían

 

chacras de veraneo, donde el aire era límpido y la existencia, bucó-

 

lica. De esta casa hablaré un poco más adelante; por el momento

 

volvamos a mi familia.

 

Chile es un país moderno de quince millones de habitantes, pero

 

con resabios de mentalidad tribal. Esto no ha cambiado mucho, a

 

pesar de la expl osión demográfica, sobre todo en las provincias,

 

donde cada familia sigue encerrada en su círculo, grande o pequ e-

 

ño. Estamos divididos en clanes, que comparten un interés o una

 

ideología. Sus miembros se parecen, se visten de mane ra similar,

 

piensan y actúan como clones y, por supuesto, se protegen unos a

 

otros, excluyendo a los demás. Por ejemplo, el clan de los agricu l-

 

tores (me refiero a los dueños de tierra, no a los humildes camp e-

 

sinos), los médicos, los políticos (no impor ta cuál sea su partido),

 

los empresarios, los militares, los camio neros y, en fin, todos los

 

demás. Por encima de los clanes está la familia, inviolable y sagr a-

 

da, nadie escapa a sus deberes con ella. Por ejemplo, el tío Ramón

 

suele llamarme por teléfono a California, donde vivo, para comuni-

 

carme que murió un tío en tercer grado, a quien no conocí, y dejó a

 

una hija en mala situación. La joven quiere estudiar enfermería, pe-

 

ro no tiene medios para hacerlo. Al tío Ramón, como el miembro de

 

más edad del clan, le corresponde ponerse en contacto con cua l-

 

quiera que tenga lazos de sangre con el difunto, desde los parientes

 

cercanos hasta los más remotos, para financiar los estudios de la

 

futura enfermera. Negarse sería un acto vil, que sería recordado

 

por varias ge neraciones. Dada la importancia que para nosotros

 

tiene la familia, he escogido a la mía como hilo conductor para este

 

libro, de modo que si me explayo en algunos de sus miembros es

 

seguramente porque hay una razón, aunque a veces ésta sea sólo

 

mi deseo de no perder esos lazos de sangre que me unen también

 

a mi tierra. Mis parientes servirán para ilustrar ciertos vicios y vi r-

 

tudes del carácter de los chilenos. Como método científico puede

 

ser objetable, pero desde el punto de vista literario tiene algunas

 

ventajas.

 

Mi abuelo, quien provenía de una familia pequeña y arruinada por

 

la muerte prematura del padre, se enamoró de una muchacha con

 

fama de bella, ll amada Rosa Barros, pero la chica murió misteri o-

 

samente antes de la boda. Quedan de ella sólo un par de fotografí-

 

 

 

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as color sepia, desteñidas por la bruma del tiempo, en las cuales

 

apenas se distinguen sus rasgos. Años después mi abuelo se casó

 

con Isabel, hermana menor de Rosa. En esos tiempos todo el mun-

 

do dentro de una clase social se conocía en Santiago , de manera

 

que los matrimonios, aunque no eran arreglados como en la I ndia,

 

siempre eran asuntos de familia. A mi abuelo le pareció lógico que

 

si había sido aceptado entre los Barros como novio de una de las

 

hijas, no había razón para que no lo fuera de otra.

 

En su juventud mi abuelo Agustín era delgado, de nariz agui leña,

 

vestido de negro con un traje arreglado de su difunto padre, s o-

 

lemne y orgulloso. Pertenecía a una antigua familia de origen caste-

 

llano-vasco, pero a diferencia de sus parientes, era po bre. Sus pa-

 

rientes no daban que hablar, excepto el tío Jorge, buen mozo y ele-

 

gante como un príncipe, con un futuro brillante a sus pies, codici a-

 

do por varias de las señoritas en edad de casarse, quien tuvo la de-

 

bilidad de enamorarse de una mujer «de medio pelo», como llaman

 

en Chile a la esforzada clase media baja. En otro país tal vez habrí-

 

an podido amarse sin tragedia, pero en el ambiente en que les tocó

 

vivir estaban condenados al ostracismo. Ella adoró al tío Jorge d u-

 

rante cincuenta años, pero usaba una estola de zorros apolillados,

 

se pintaba el cabello color zanaho ria, fumaba con desenfado y t o-

 

maba cerveza directo de la bote lla, razones sobradas para que mi

 

bisabuela Ester le declarara la guerra y prohibiera a su hijo me n-

 

cionarla en su presencia. Él obedeció calladamente, pero al día s i-

 

guiente de la muerte de su madre, se casó con su amada, quien

 

para entonces era una mujer madura y enferma de los pulmones,

 

aunque siempre encantadora. Se amaron en la miseria sin que n a-

 

da pudiera separarlos: dos días después de que él se despachara de

 

un ataque al corazón, a ella la encontraron muerta en la cama, en-

 

vuelta en la vieja bata de su marido.

 

Debo decir unas palabras sobre la bisabuela Ester, porque creo que

 

su poderosa influencia es la explicación de algunos aspectos del ca-

 

rácter de su descendencia y, de alguna manera, representa a la

 

matriarca intransigente, tan común entonces y ahora. La figura ma-

 

terna tiene proporciones mitológicas en nuestro país, así es que no

 

me extraña la actitud sumisa del tío J orge. La madre judía y la

 

mamma italiana son diletantes comparadas con las chilenas. Acabo

 

de descubrir por casualidad que el marido de doña Ester tenía mala

 

cabeza para los negocios y perdió las tierras y la fortuna que había

 

heredado; parece que los acreedores eran sus propios hermanos. Al

 

verse arruinado, se fue a la casa del campo y se destrozó el pecho

 

 

 

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de un escopetazo. Digo que acabo de saber este hecho, porque la

 

familia lo ocultó por cien años y todavía se menciona sólo en sus u-

 

rros; el suicidio era considerado un pecado particularmente dele z-

 

nable, porque el cuerpo no podía enterrarse en la tierra consagrada

 

de un cementerio católico. Para evitar la vergüenza, sus parientes

 

vistieron el cadáver con chaqueta de levita y so mbrero de copa, lo

 

sentaron en un coche con caballos y se lo llevaron a Santiago, don-

 

de pudieron darle cristiana sepultura gracias a que todo el mu ndo,

 

incluso el cura, hizo la vista gorda.

 

Este hecho dividió a la familia entre los descendientes directos, que

 

aseguran que lo del suicidio es calumnia, y los descendientes de los

 

hermanos del muerto, quienes finalmente se quedaron con sus bie-

 

nes. En cualquier caso, la viuda se sumió en la depresión y la p o-

 

breza. Había sido una mujer alegre y bonita, virtuosa del piano, pe-

 

ro a la muerte de su marido se vistió de luto riguroso, le puso llave

 

al piano y desde ese día en adelante sólo salía de su casa para asis-

 

tir a misa diaria. Con el tiempo la artritis y la gordura la co nvirtie-

 

ron en una monstruosa estatua atrapada entre cuatro paredes. Una

 

vez por semana el párroco le llevaba la comunión a la casa. Esa

 

viuda sombría inculcó a sus hijos la idea de que el mundo es un va-

 

lle de lágrimas y aquí estamos sólo para sufrir. Presa en su sillón de

 

inválida, juzgaba las v idas ajenas; nada escapab a a sus ojitos de

 

halcón y su lengua de profeta. Para la filmación de la película de La

 

casa de los espíritus debieron trasl adar, desde Inglaterra hasta el

 

estudio en Copenhague, a una actriz del tamaño de una ballena pa-

 

ra ese papel, después de quitar varios asientos del avión para con-

 

tener su inverosímil corpulencia. Aparece apenas un instante en la

 

pantalla, pero produce una impresión memorable.

 

Al contrario de doña Ester y su descendencia, gente solemne y se-

 

ria, mis tíos matern os eran alegres, exuberan tes, derrochadores,

 

enamoradizos, buenos para apostar a los caballos, tocar música y

 

bailar la polca. (Esto de bailar es poco usual entre los chilenos, que

 

en general carecen de sentido del ritmo. Uno de los grandes descu-

 

brimientos que hice en Venezuela, d onde fui a vivir en 1975, es el

 

poder terapéutico del baile. Apenas se juntan tres venezolanos, uno

 

tamborea o toca la guitarra y los otros dos bailan; no hay pena que

 

resista ese tratamiento. Nuestras fiestas, en cambio, se par ecen a

 

los funerales: los hombres se arrinconan para hablar de negocios y

 

las mujeres se aburren. Sólo bailan los jóvenes, seducidos por la

 

música norteamericana, pero apenas se casan se ponen solemnes,

 

como sus padres.) La mayor parte de las anéc dotas y personajes

 

 

 

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de mis libros se basan en la original familia Barros. Las mujeres

 

eran delicadas, espirituales y d ivertidas. Los varones eran altos,

 

guapos y siempre dispuestos para una p elea a puñetes; también

 

eran «chineros», como llamaban a los aficionados a los burdeles, y

 

más de uno acabó con alguna enfermedad misteriosa. Imagino que

 

la cultura del prostíbulo es importante en Chile, porque aparece una

 

y otra vez en la literatura, como si nuestros autores vivieran obs e-

 

sionados con ello. A pesar de que no me considero una experta en

 

el tema, no me libré de crear a una prostituta con corazón de oro,

 

Tránsito Soto, en mi primera novela.

 

Tengo una centenaria tía abuela que aspira a la santidad y cuyo

 

único deseo es entrar al convento, pero ninguna congrega ción, ni

 

siquiera las Hermanitas de la Caridad, la tolera más de un par s e-

 

manas, así es que la fam ilia ha tenido que hacerse car go de ella.

 

Créame, no hay nada tan insoportable como un santo, no se lo de-

 

seo ni a mi peor enemigo. En los almuerzos dominicales en casa de

 

mi abuelo, mis tíos hacían planes para asesinarla, pero siempre l o-

 

graba escapar ilesa y aún está viva. En su juventud esta dama usa-

 

ba un hábito de su invención, cantaba a todas horas himnos religio-

 

sos con voz angélica y al menor des cuido se escapaba para ir a la

 

calle Maipú a catequizar a gritos a las niñas de vida alegre, que la

 

recibían con una lluvia de verdu ras podridas. En la misma calle el

 

tío Jaime, primo de mi madre, se ganaba el dinero para sus est u-

 

dios de medicina aporreando un acordeón en las «casas de mala

 

vida». Amanecía cantando a todo pulmón una canción llamada «Yo

 

quiero una mujer desnuda», lo cual causaba tal escándalo que salí-

 

an las beatas a protestar.

 

En esos tiempos la lista negra de la Iglesia católica incluía libros

 

como El conde de Montecristo; imagine el espanto que puede haber

 

causado el d eseo por una mujer desnuda vociferado por mi tío.

 

Jaime llegó a ser el pediatra más célebre y querido del país, el polí-

 

tico más pintoresco -capaz de recitar sus discursos en verso rimado

 

en el Senado- y sin duda el más radical de mis parientes, comunis-

 

ta a la izquierda de Mao, cuando Mao todavía e staba en pañales.

 

Hoy es un anciano hermoso y lúcido, que usa calcetines color rojo

 

encendido como símbolo de sus ideas políticas. Otro de mis parien-

 

tes se quitaba los pantalones en la calle para dárselos a los pobres

 

y su fotografía en calzoncillos, pero con sombrero, chaqueta y co r-

 

bata, solía aparecer en los periódi cos. Tenía tan alta idea de sí

 

mismo, que en su testamento dejó instrucciones para ser enterrado

 

de pie, así podría mirar a Dios directo a los ojos cuando tocara la

 

puerta del cielo.

 

 

 

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Nací en Lima, donde mi padre era uno de los secretarios de la e m-

 

bajada. La razón por la cual me crié en casa de mi abuelo en Sa n-

 

tiago es que el matrimonio de mis padres fue un desastre desde el

 

principio. Un día, cuando yo tenía alrededor de cuatro años, mi p a-

 

dre salió a comprar cigarrillos y no regresó más. La verdad es que

 

no fue a comprar cigarrillos, como siempre se dijo, sino que partió

 

de parranda disfrazado de india peruan a, con polleras multicolores

 

y una peluca de trenzas largas. Dejó a mi madre en Lima, con un

 

montón de cuentas impagas y tres niños, el menor recién nacido.

 

Supongo que ese primer abandono hizo alguna muesca en mi ps i-

 

que, porque en mis libros hay tantas cr iaturas abandonadas, que

 

podría fundar un orfelinato; los padres de mis personajes están

 

muertos, desaparecidos o son tan auto ritarios y distantes, que es

 

como si existieran en otro planeta. Al encontrarse sin marido y a la

 

deriva en un país extranjero, mi madre debió vencer el monumen-

 

tal orgullo en que había sido criada y regresar al hogar de mi abue-

 

lo. Mis primeros años en Lima están borrados por la niebla del olv i-

 

do; todos los recuerdos de mi infancia están ligados a Chile.

 

Crecí en una familia patriarcal en la cual mi abuelo era como Dios:

 

infalible, omnipresente y todopoderoso. Su casa en el barrio de

 

Providencia no era ni sombra de la mansión de mis bisabuelos en la

 

calle Cueto, pero durante mis primeros años fue mi universo. No

 

hace mucho fue a Santi ago un periodista japonés con la intención

 

de fotografiar la supuesta «gran casa de la esqu ina» que aparece

 

en mi primera novela. Fue inútil explicar le que era ficción. Al cabo

 

de tan largo viaje, el pobre hombre se llevó un tremendo chasco,

 

porque Santiago ha sido demolido y vuelto a construir varias veces

 

desde entonces. Nada dura en esta ciudad. La casa que construyó

 

mi abuelo ahora es una discoteca de mala muerte, un deprimente

 

engendro de plástico negro y luces psicodélicas. La residencia de la

 

calle Cueto, que fuera de mis bisabuelos, desapareció hace muchos

 

años y en su sitio se alzan unas torres modernas para inquilinos de

 

bajos ingresos, irreconocibles entre tantas docenas de edificios s i-

 

milares.

 

Permítame un comentario sobre aquella demolición, como capricho

 

sentimental. Un día las máquinas del progreso llegaron con la m i-

 

sión de pulverizar la casona de mis antepasados y durante semanas

 

los implacables dinosaurios de hierro aplanaron el suelo con sus pa-

 

tas dentadas. Cuando por fin se asentó la polvareda de beduinos,

 

los pasantes pudieron comprobar asombrados que en ese desca m-

 

 

 

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pado todavía se erguían intactas varias palme ras. Solitarias, des-

 

nudas, con sus melenas mustias y un aire de humildes cenicientas,

 

esperaban su fin; pero, en vez del temi do verdugo, aparecieron

 

unos trabajadores sudorosos y, como dili gentes hormigas, cavaron

 

trincheras alrededor de cada árbol, hasta desprenderlo del suelo.

 

Los esbeltos árboles aferraban puñados de tierra seca con sus de l-

 

gadas raíces. Las grúas se llevaron las palmeras heridas hasta unos

 

hoyos, que los jardineros habían preparado en otro lugar, y allí las

 

plantaron. Los troncos g imieron sordamente, las hojas se cayeron

 

en hilachas amarillas y por un tiempo parecía que nada podría sa l-

 

varlas de tanta agonía, pero son criaturas tenaces. Una lenta rebe-

 

lión subterránea fue extendiendo la vida, los tentáculos vegetales

 

se abrieron paso, mezclando los restos de tierra de la calle Cueto

 

con el nuevo suelo. En una primavera inevitable amanecieron las

 

palmeras agitando sus pelucas y contorneando la cintura, vivas y

 

renovadas, a pesar de todo. La imagen de esos árboles de la casa

 

de mis ant epasados me viene con frecuencia a la mente cuando

 

pienso en mi destino de desterrada. Mi suerte es andar de un sitio

 

para otro y adaptarme a nu evos suelos. Creo que lo logro porque

 

tengo puñados de mi tierra en las raíces y siempre los llevo conmi-

 

go. En todo caso, el periodista japonés que fue al fin del mundo a

 

fotografiar una mansión de novela regresó a su patria con las m a-

 

nos vacías.

 

La casa de mi abuelo era igual a las de mis tíos y a la de cual quier

 

otra familia de un medio similar. Los chilenos no se caracterizan por

 

la originalidad: por dentro sus casas son todas más o menos igu a-

 

les. Me dicen que ahora los ricos contratan decoradores y compran

 

hasta las llaves de los b años en el extranjero, pero en aquellos

 

tiempos nadie había oído hablar de decoración interior. En el salón,

 

barrido por inexplicables corrientes de aire, había cortinajes de fe l-

 

pa color sangre de toro, lámparas de lágrimas, un desafinado piano

 

de cola y un gran reloj de bulto, negro como un ataúd, que marc a-

 

ba las horas con campanazos fúnebres. También había dos horren-

 

das figuras de porcelana francesa de unas damiselas con pelucas

 

empolvadas y unos caballeros de tacones altos. Mis tíos las usaban

 

para afinar los reflejos: se las lanzaban por la cabeza unos a otros,

 

con la vana esperanza de que cayeran al suelo y se hicieran ped a-

 

zos. La casa estaba habitada por humanos excéntricos, mascotas

 

medio salvajes y algunos fantasmas amigos de mi abuela, quienes

 

la habían seguido desde la mansión de la calle Cueto y que, incluso

 

después de su muerte, siguieron rondándonos.

 

 

 

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Mi abuelo Agustín era un hombre sólido y fuerte como un guerrero,

 

a pesar de que nació con una pi erna más corta que la otra. Nunca

 

se le pasó por la mente consultar a un médico por ese asunto, pr e-

 

fería a un «componedor». Se trataba de un ciego que arreglaba las

 

patas de los caballos accidentados en el Club Hípico y sabía más de

 

huesos que cualquier traumatólogo. Con el tiempo la cojera de mi

 

abuelo empeoró, le dio artritis y se le deformó la c olumna verte-

 

bral, de modo que cada movimiento era un suplicio, pero nunca lo

 

oí quejarse de sus dolores o sus problemas, aunque como cualquier

 

chileno que se respete, se quejaba de todo lo demás. Aguantaba el

 

tormento de su pobre esqueleto con puñados de aspirinas y largos

 

tragos de agua. Después supe que no era agua inocente, sino gine-

 

bra, que bebía como un pirata, sin que le afectara la conducta o la

 

salud. Vivió casi un siglo sin perder ni un solo tornillo de su cerebro.

 

El dolor no lo disculpaba de sus deb eres de caballerosidad y hasta

 

el fin de sus días, cuando era sólo un atado de huesos y pellejo, se

 

levantaba trabajosamente de su silla para saludar y despedi r a las

 

señoras.

 

Sobre mi mesa de trabajo tengo su fotografía. Parece un campesino

 

vasco. Está de perfil, con una boina negra en la ca beza, que acen-

 

túa su nariz de águila y la expresión firme de su rostro marcado de

 

caminos. Envejeció a rmado por la inteli gencia y reforzado por la

 

experiencia. Murió con una mata de pelo blanco y su mirada azul

 

tan perspicaz como en la juventud. ¡Qué difícil es morirse!, me dijo

 

un día, cuando ya estaba muy cansado del dolor de huesos. Habla-

 

ba en proverbios, sabía cientos de cuentos populares y recitaba de

 

memoria largos poemas. Este hombre formidable me dio el don de

 

la disciplina y el amor por el lenguaje, sin los cuales hoy no podría

 

dedicarme a la escritura. También me enseñó a observar la natura-

 

leza y amar el paisaje d e Chile. Decía que, tal como los romanos

 

viven entre estatuas y fuentes sin percatarse de ellas, los chilenos

 

vivimos en el país más deslumbrante del planeta sin apreciarlo. No

 

percibimos la quieta presencia de las montañas nevadas, los volc a-

 

nes dormidos y los cerros inacabables que nos cobijan en mon u-

 

mental abrazo; no nos sorprende la espumante furia del Pacífico es-

 

trellándose en las costas, ni los quietos lagos del sur y sus son oras

 

cascadas; no veneramos como peregrinos la milenaria naturale za

 

de nuestro bosque nativo, los paisajes lunares del norte, los fecu n-

 

dos ríos araucanos, o los glaciares azules donde el tiempo se ha tri-

 

zado.

 

Estamos hablando de los años cuarenta y cincuenta… ¡cuánto he

 

vivido, Dios mío! Envejecer es un proceso paulatino y sola pado. A

 

 

 

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veces se me olvida el paso del tiempo, porque por dentro aún no he

 

cumplido los treinta; pero inevitablemente mis nie tos me confron-

 

tan con la dura verdad cuando me preguntan si en «mi época»

 

había electricidad. Estos mismos nietos so stienen que hay un pue-

 

blo dentro de mi cabeza donde los personajes de mis libros viven

 

sus historias. Cuando les cuento anécdotas de Chile creen que me

 

refiero a ese pueblo inventado.

 

UN PASTEL DE MILHOJAS

 

¿Quiénes somos los chilenos? Me resulta difícil definirnos por escri-

 

to, pero de una sola mirada puedo distinguir a un compatrio ta a

 

cincuenta metros de distancia. Además me los encuentro en todas

 

partes. En un templo sagrado de Nepal, en la selva del Amazonas,

 

en un carnaval de Nueva O rleans, sobre los hielos radiantes de Is-

 

landia, donde usted quiera, allí hay algún chileno con su inconfu n-

 

dible manera de caminar y su acento cantad ito. Aunque a lo largo

 

de nuestro delgado país estamos separados por miles de kilóm e-

 

tros, somos tenazmente parecidos; compartimos el mismo idioma y

 

costumbres similares. Las únicas excepciones son la clase alta, que

 

desciende sin muchas distracciones de eu ropeos, y los indígenas,

 

aymaras y algunos quechuas en el nor te, y mapuches en el sur,

 

que luchan por mantener sus identidades en un mundo donde hay

 

cada vez menos espacio para ellos.

 

Crecí con el cuento de que en Chile no hay problemas racia les. No

 

me explico cómo nos atrevemos a repetir semejante fal sedad. No

 

hablamos de racismo, sino de «sistema de clases» (nos gustan los

 

eufemismos), pero son prácticamente la misma cosa. No sólo hay

 

racismo y/o clasismo, sino que están enraizados como muelas.

 

Quien sostenga que es cosa del pasado se equivoca de medio a

 

medio, como acabo de comprobar en mi última visita, cu ando me

 

enteré que uno de los alumnos más brillantes de la Escuela de Le-

 

yes de la Universidad de Chile fue rechazado en un destacado bufe-

 

te de abogados, porque «no calzaba con el perfil corporativo». En

 

otra palabras, era mestizo y tenía un apellido mapuche. A los clien-

 

tes de la firma no les daría confianza ser representados por él;

 

tampoco aceptarían que saliera con al guna de sus hijas. Tal como

 

ocurre en el resto de América Lati na, nuestra clase alta es relat i-

 

vamente blanca y mientras más se desciende en la empinada esca-

 

la social, más acentuados son los rasgos indígenas. Sin embargo, a

 

falta de otras referencias, la mayoría de los chilenos nos cons ide-

 

ramos blancos; fue una sorpresa para mí descubrir que en Estados

 

 

 

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Unidos soy «persona de color». (En una ocasión, en la cual debí lle-

 

nar un formulario de inmigración, me abrí la blusa para mostrarle

 

mi color a un funcionario afroamericano, quien pretendía colocarme

 

en la última categoría racial de su lista: «Otra». Al hombre no le

 

pareció divertido.)

 

Aunque no quedan muchos indios puros -más o menos un diez por

 

ciento de la población - su sangre corre por las venas de nuestro

 

pueblo mestizo. Los mapuches son por lo general de baja estatura,

 

piernas cortas, tronco largo, piel morena, pelo y ojos os curos, pó-

 

mulos marcados. Sienten una desconfianza atá vica -y justificada-

 

contra los no indios, a quienes llaman «huincas», que no significa

 

«blancos», sino «ladrones de tierra». Estos i ndios, divididos en va-

 

rias tribus, contribuyeron fuertemente a forjar el carácter nacional,

 

aunque antes nadie que se respetara admitía ni la menor asociación

 

con ellos; tenían fama de borrachos, perezosos y ladrones. No es

 

ésa la opinión de don Alonso de Ercilla y Zúñiga, notable soldado y

 

escritor español, quien estuvo en Chile a mediados del siglo XVI y

 

escribió La Araucana, un largo poema épico sobre la conquista e s-

 

pañola y la feroz resistencia de los indígenas. En el prólogo se dir i-

 

ge al rey, su señor, diciendo de los araucanos que: «… con puro

 

valor y porfiada dete rminación hayan redimido y sustentado su l i-

 

bertad, derramando en sacrificio de ella tanta sangre, así suya c o-

 

mo de españoles, que con verdad se puede decir, haber pocos luga-

 

res que no estén de ella teñidos, y poblados de huesos … Y es ta n-

 

ta la falta de gente, por la mucha que ha muerto en esta demanda,

 

que para hacer más cuerpo y henchir los escuadrones vienen tam -

 

bién las mujeres a la guerra, y peleando algunas veces como varo-

 

nes, se entregan con grande ánimo a la muerte».

 

En los últimos años algunas tribus mapuches se han sublevado y el

 

país no puede ignorarlos por más tiempo. En realidad los indios e s-

 

tán de moda. No faltan intelectuales y ecologistas que andan bu s-

 

cando algún antepasado con lanza para engalanar su árbol gene a-

 

lógico; un heroico indígena en el árbol familiar viste mucho más

 

que un enclenque marqués de amarillentos enc ajes, debilitado por

 

la vida cortesana. Confieso que he intentado adqui rir un apellido

 

mapuche para ufanarme de un bisabuelo cacique, tal como antes se

 

compraban títulos de nobleza europea, pero hasta ahora no me ha

 

resultado. Sospecho que así obtuvo mi padre su escudo de armas:

 

tres perros famélicos en un campo azul, según recuerdo. El escudo

 

en cuestión permaneció escondido en el sótano y jamás se mencio-

 

naba, porque los títulos de nobleza fueron abolidos al declararse la

 

independencia de España y no hay nada tan ridículo en Chile como

 

 

 

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tratar de pasar por noble. Cuando trabajaba en las Naciones Unidas

 

tuve por jefe a un conde italiano de verdad, quien debió cambiar

 

sus tarjetas de visita ante las carcajadas que provocaban sus bl a-

 

sones.

 

Los jefes indígenas se ganaban el puesto con proezas sobre hum a-

 

nas de fuerza y valor. Se echaban un tronco de aquellos bosques

 

inmaculados a la espalda y quien aguantara su peso por más horas

 

se convertía en toqui. Como si eso no fuera suficiente, recitaban sin

 

pausa ni respiro un discurso improvisado, porque además de probar

 

su capacidad física, debían convencer con la coherencia y belleza de

 

sus palabras. Tal vez de allí nos viene el vicio a ntiguo de la po e-

 

sía… La autoridad del triunfador no volvía a cuesti onarse hasta el

 

próximo torneo. Ninguna tortura inventada por los ingeniosos co n-

 

quistadores españoles, por espantosa que fuera, lograba desmorali-

 

zar a aquellos héroes oscu ros, que morían sin un quejido empal a-

 

dos en una lanza, descuartizados por cuatro caballos, o quemados

 

lentamente sobre un brasero. Nuestros indios no pertenecían a una

 

cultura espléndida, como los aztecas, mayas o incas; eran hoscos,

 

primitivos, irascibles y poco num erosos, pero tan corajudos, que

 

estuvieron en pie de guerra durante trescie ntos años, primero co-

 

ntra los colonizadores españoles y luego contra la república. Fueron

 

pacificados en 1880 y no se oyó hablar mucho de ellos por más de

 

un siglo, pero ahora los mapuches -«gente de la tierra»- han vuelto

 

a la lucha para defender las pocas tierras que les quedan, ame -

 

nazadas por la construcción de una represa en el río Bío Bío.

 

Las manifestaciones artísticas y culturales de nuestros indios son

 

tan sobrias como todo lo demás producido en el país. Tiñen sus t e-

 

jidos en tonos vegetales: marrón, negro, gris, blanco; sus instru-

 

mentos musicales son lúgubres como canto de ballenas; sus danzas

 

son pesadas, monótonas y tan tenaces, que a la larga hacen llover;

 

su artesanía es hermosa, pero no p osee la exuberancia y variedad

 

de las de México, Perú o Guatemala.

 

Los aymaras, «hijos del sol», muy diferentes a los mapuches, son

 

los mismos de Bolivia, que van y vienen ignorando las fron teras,

 

porque esa región ha sido suya desd e siempre. Son de ca rácter

 

afable y, aunque mantienen sus costumbres, su lengua y sus

 

creencias, se han integrado a la cultura de los blancos, sobre todo

 

en lo que se refiere al comercio. En eso difieren de algunos gru pos

 

de indígenas quechuas en las zon as más aisladas de la si erra pe-

 

ruana, para los cuales el gobierno es el enemigo, igual que en tiem-

 

pos de la colonia; la guerra de independencia y la creación de la

 

República del Perú no han modificado su existencia.

 

 

 

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Los desafortunados indios de Tierra del Fuego, en el extremo sur de

 

Chile, perecieron a bala y de epidemias hace mucho; de aquellas

 

tribus sólo queda un puñado de alacalufes. A los ca zadores les pa-

 

gaban una recompensa por cada par de orejas que traían como

 

prueba de haber matado un indio; así los colonos desalojaron la re-

 

gión. Eran unos gigantes que vivían casi desnu dos en un territorio

 

de hielos inclementes, donde sólo las focas pu eden sentirse cómo-

 

das.

 

A Chile no trajeron sangre africana, que nos hubiera dado ritmo y

 

color; tampoco llegó, como a Argentina, una fuerte inmigración ita-

 

liana, que p odría habernos hecho extrovertidos, vanido sos y al e-

 

gres; ni siquiera llegaron suficientes asiáticos, como al Perú, que

 

habrían compensado nuestra s olemnidad y condimentado nuestra

 

cocina; pero estoy segura de que si de los cuatro puntos cardinales

 

hubieran convergido entusiastas aventureros a poblar nuestro país,

 

las orgullosas familias castellano -vascas se las habrían arreglado

 

para mezclarse lo menos posible, salvo que fueran europeos del

 

norte. Hay que decirlo: nuestra política de inmigración ha sido

 

abiertamente racista. Por mucho tiempo no se aceptaban asiáticos,

 

negros ni muy tostados. A un presidente del siglo XIX se le ocurrió

 

traer alemanes de la Selva Negra y asignarles tierras en el sur, que

 

por supuesto no eran suyas, pertenecían a los mapuches, pero na-

 

die se fijó en aquel detalle, salvo los legítimos propietarios. La idea

 

era que la sangre teutónica mejoraría a nuestro pueblo mestizo, in-

 

culcándole espíritu de trabajo, disciplina, puntual idad y organiz a-

 

ción. La piel cetrina y el pelo tieso de los indios eran mal vistos;

 

unos cuantos genes germanos no nos vendrían mal, pensaban las

 

autoridades de entonces. Se esperaba que los inmigrantes se casa-

 

ran con chilenos y de la mezcla saliéramos ga nando los humildes

 

nativos, lo cual ocurrió en Valdivia y Osorno, provincias que hoy

 

pueden hacer alarde de hombres altos, mujeres pechugonas, niños

 

de ojos azules y el más auténtico strudel de manzana. El prejuicio

 

del color todavía es tan fuerte, que b asta que una mujer tenga el

 

pelo amarillo, aunque vaya acompañado por una cara de iguana,

 

para que se vuelvan a mirarla en la calle. A mí me descoloraron el

 

cabello desde la más tierna infancia con un líquido de fragancia dul-

 

zona llamado Bayrum; no hay ot ra explicación para el mila gro de

 

que las mechas negras con que nací se transformaran antes de seis

 

meses en angelicales rizos de oro. Con mis hermanos no fue nec e-

 

sario recurrir a tales extremos porque uno era crespo y el otro r u-

 

bio. En todo caso, los emi grantes de la Selva Negra han sido muy

 

 

 

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influyentes en Chile y, según la opinión de m uchos, rescataron el

 

sur de la barbarie y lo convirtieron en el paraíso espléndido que hoy

 

es.

 

Después de la Segunda Guerra Mundial llegó una oleada di ferente

 

de alemanes a refugiarse en Chile, donde existía tanta simpatía por

 

ellos, que nuestro gobierno no se unió a los Aliados hasta última

 

hora, cuando fue imposible permanecer neutral. Durante la guerra

 

el partido nazi chileno desf ilaba con uniformes pardos, banderas

 

con esvásticas y el brazo en alto. Mi abuela corría al lado lanzándo-

 

les tomates. Esta dama era una excepción, porque en Chile la gente

 

era tan antisemita, que la palabra «ju dío» era una grosería; tengo

 

amigos a los cuales les lavaban la boca con agua y jabón si se atre-

 

vían a pronunciarla. Para referirse a ellos se decía «israelitas» o

 

«hebreos», y casi siempre en un susurro. Todavía existe la mist e-

 

riosa colonia Dignidad, un campamento nazi completamente cerra-

 

do, como si fuera una nación independiente, que ni ngún gobierno

 

ha logrado desmantelar porque se supone que cuenta con la sol a-

 

pada protección de las Fuerzas Armadas. En tiempos de la dictadu-

 

ra (3 -1989) fue un centro de tortura usado por los servicios de

 

inteligencia. En la actualidad su jefe se encuentra prófugo de la jus-

 

ticia, acusado de violación de menores y otros delitos. Los camp e-

 

sinos de los alrededores, sin embargo, les tienen simpatía a estos

 

supuestos nazis, porque mantienen un excelente hospital, que p o-

 

nen al servicio de la población. A la entrada de la colonia hay un

 

restaurante alemán, donde se ofrece la mejor pastelería de la zona,

 

servido por unos e xtraños hombres rubios llenos de tics faciales,

 

que responden con monosílabos y tienen ojos de lagarto. Esto no lo

 

he comprobado, me lo contaron.

 

Durante el siglo XIX llegaron ingleses en buen número y con -

 

trolaron el transporte marítimo y de ferrocarriles, así como el c o-

 

mercio de importación y exportación. Algunos de sus descendientes

 

de tercera o cuarta generación, que jamás pisaron Inglaterra, pero

 

la llamaban home, tenían a mucha honra hablar cas tellano con

 

acento y enterarse de las noticias por periód icos atrasados que ve-

 

nían de allá. Mi abuelo, quien tuvo muchos negocios con compañías

 

que criaban ovejas en la Patagonia para la industria textil británica,

 

contaba que nunca firmó un contrato; la palabra dicha y un apretón

 

de manos eran más que suficientes. Los ingleses -«gringos», como

 

llamamos genéricamente a cualquiera de pelo rubio o cuya lengua

 

materna sea el inglés- crearon colegios, clubes y nos enseñaron va-

 

rios juegos de lo más aburridos, incluyendo el bridge.

 

 

 

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A los chilenos nos gustan los alemanes por las salchichas, la cer -

 

veza y el casco prusiano, además del paso de ganso que nuestros

 

militares adoptaron para desfilar; pero en realidad procuramos imi-

 

tar a los ingleses. Los admiramos tanto, que nos creemos los ingle-

 

ses de América Latina, tal como consideramos que los in gleses son

 

los chilenos de Europa. En la ridícula guerra de las Malvinas (2)

 

en vez de apoyar a los argent inos, que son nuestros vecinos, apo-

 

yamos a los británicos, a partir de lo cual la primera ministra, Ma r-

 

garet Thatcher, se convirtió en amiga del alma del siniestro general

 

Pinochet. América Latina nunca nos perdonará semejante mal paso.

 

Sin duda tenemos algunas cosas en común con los hijos de la rubia

 

Albión: individualismo, buenos modales, sentido del fair play, cl a-

 

sismo, austeridad y mala dentadura. (La austeridad británica no in-

 

cluye, claro está, a la rea leza, que es al espíritu inglés lo que Las

 

Vegas es al desierto de Mojave.) Nos fascina la excentricidad de la

 

cual los británicos suelen hacer alarde, pero no somos capaces de

 

imitarla, porque tenemos demasiado temor al ridículo; en cambio

 

intentamos copiarles su aparente autocontrol. Digo ap arente, por-

 

que en ciertas circunstancias, como por ejemplo un partido de fú t-

 

bol, los ingleses y los chilenos por igual pierden la cabeza y son ca-

 

paces de descuartizar a sus contrincantes. Del mismo modo, a p e-

 

sar de su fama de ecuánimes, ambos pueden ser de una cr ueldad

 

feroz. Las atrocidades cometidas por los ingleses a lo largo de su

 

historia equivalen a las que c ometen los chilenos apenas cuentan

 

con un buen pretexto e impunidad. Nuestra historia está salpicada

 

de muestras de barbarie. No en vano el lema de la patria es «por la

 

razón o la fuerza», una frase que siempre me ha parecido parti -

 

cularmente estúpida. Durante los nueve meses de la revol ución de

 

1891 murieron más chilenos que durante los cuatro años de la gue-

 

rra contra Perú y Bolivia (‡9 -1883), muchos d e ellos balea dos

 

por la espalda o torturados, otros lanzados al mar con piedras at a-

 

das a los tobillos. El método de hacer desaparecer a los ene migos

 

ideológicos, que tanto aplicaron las diversas dictaduras latinoameri-

 

canas durante los años setenta y ochenta del siglo XX, ya se practi-

 

caba en Chile casi un siglo antes. Esto no quita que nuestra dem o-

 

cracia fuera la más sólida y antigua del continente.

 

Nos sentíamos orgullosos de la eficacia de nuestras instituciones,

 

de nuestros incorruptibles «carabineros», de la seriedad de los jue-

 

ces y de que ni ngún presidente se enriqueció en el poder; al co n-

 

trario, a menudo salía del Palacio de la Moneda más pobre de lo

 

que entraba. A partir de 1973 no vo lvimos a jactamos de esas c o-

 

 

 

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sas.

 

Además de ingleses, alemanes, ára bes, judíos, españoles e itali a-

 

nos, arribaron a nuestras orillas inmigrantes de Europa Cen tral,

 

científicos, inventores, académicos, algunos verdaderos ge nios, a

 

quienes llamamos sin distinción de clases «yugoslavos».

 

Después de la guerra civil en Españ a, llegaron refugiados esca -

 

pando de la derrota. En 1939 el poeta Pablo Neruda, por encar go

 

del gobierno chileno, fletó un barco, el Winnipeg, que zarpó de Mar-

 

sella con un cargamento de intelectuales, escritores, artistas, médi-

 

cos, ingenieros, finos artesanos. Las familias pudientes de Santiago

 

acudieron a Valparaíso a recibir el barco para ofrecer hospitalidad a

 

los viajeros. Mi abuelo fue uno de ellos; en su m esa siempre hubo

 

un puesto para los amigos españoles que llegaran de improviso. Yo

 

aún no había nacido, pero me crié oyendo los cuentos de la guerra

 

civil y las canciones salpicadas de palabrotas de aquellos apasion a-

 

dos anarquistas y republicanos. Esa gente sacudió la modorra colo-

 

nial del país con sus ideas, sus artes y oficios, sus sufrimientos y

 

pasiones, sus extravagancias. Uno de aquellos refugiados, un cata-

 

lán amigo de mi familia, me llevó un día a ver una linotipia. Era un

 

joven enjuto, nervioso, con perfil de ave furibunda, que no comía

 

verduras porque las consideraba alimento de burros y v ivía obse-

 

sionado con la idea de regresar a España cuando m uriera Franco,

 

sin sospechar que el hombre viviría cuarenta años más. Era tip ó-

 

grafo de oficio y olía a una mezcla de ajo y tinta. Desde el último

 

rincón de la mesa, yo lo veía comer sin apetito y despotricar contra

 

Franco, las monarquías y los curas, sin que jamás sus ojos se vo l-

 

vieran en mi dirección, porque detestaba por igual a los niños y a

 

los perros. Sorpresivamente, un día de invierno el catalán anunció

 

que me llevaría de paseo, se e nvolvió en su larga bufanda y part i-

 

mos en silencio. Llegamos a un edificio gris, cruzamos una puerta

 

metálica y avanzamos por pasillos donde se ap ilaban enormes ro-

 

llos de papel. Un ruido ensordecedor estremecía las par edes. En-

 

tonces lo vi transformarse, su paso se hizo liviano, le brillaban los

 

ojos, sonreía. Por primera vez me tocó. Tomándome de la mano me

 

condujo ante una máquina prodigiosa, una especie de loco motora

 

negra, con todos sus mecanismos a la vista, destripada y rabiosa.

 

Tocó sus clavijas y con un est ruendo de guerra cayeron las matr i-

 

ces formando las líneas de un texto.

 

-Un maldito relojero alemán, emigrado a Estados Unidos, patentó

 

esta maravilla en 1884 -me gritó al oído-. Se llama linotipia, line of

 

types. Antes había que componer el texto colo cando los tipos a

 

 

 

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mano, letra por letra.

 

-¿Por qué maldito? -pregunté también a gritos.

 

-Porque doce años antes mi padre inventó la misma máqui na y la

 

puso a funcionar en su patio, pero a nadie le importó un bledo -

 

replicó.

 

El tipógrafo nunca regresó a España , se quedó manejando la m á-

 

quina de palabras, se casó, le cayeron hijos del cielo, aprendió a

 

comer verduras y adoptó varias generaciones de perros callejeros.

 

Me dejó para siempre el recuerdo de la linotipia y el gusto por el

 

olor de tinta y papel.

 

En la sociedad donde nací, allá por los años cuarenta, existían fron-

 

teras infranqueables entre las clases sociales. Esas fronteras hoy

 

son más sutiles, pero allí están, eternas como la gran mura lla de

 

China. Ascender en la e scala social antes era imposible, baj ar era

 

más frecuente, a veces bastaba cambiarse de barrio o casarse mal,

 

como se decía no de quien lo hacía con un villano o una desalmada,

 

sino por debajo de su clase. El dinero pesaba poco. Tal como no se

 

descendía de clase por empobrecerse, tampo co se subía por ama-

 

sar una fortuna, como pudieron comprobar árabes y judíos que, por

 

mucho que se enriquecieran, no eran aceptados en los círculos e x-

 

clusivos de la «gente bien». Con este término se designaban a sí

 

mismos quienes se encontraban en la parte superior de la pirámide

 

social (dando por sentado, supon go, que los demás eran «gente

 

mala»).

 

Los extranjeros rara vez se dan cuenta de cómo funciona este ch o-

 

cante sistema de clases, porque en todos los medios el trato es

 

amable y familiar. El peor epíteto contra los militares que se toma-

 

ron el gobierno en los años s etenta era «rotos alzados». Opinaban

 

mis tías que no había nada más kitsch que ser pinoche tista; no lo

 

decían como crítica a la dictadura, con la cual esta ban plenamente

 

de acuerdo, sino por clasismo. Ahora pocos se atreven a emplear la

 

palabra «roto» en público, porque cae pési mo, pero la mayoría la

 

tiene en la punta de la lengua. Nuestra sociedad es como un pastel

 

milhojas, cada ser humano en su lu gar y su clase, marcado por su

 

nacimiento. La gente se presentaba -y todavía es así en la clase al-

 

ta- con sus dos apellidos, para establecer su identidad y proceden-

 

cia.

 

Los chilenos tenemos el ojo bien entrenado para determinar la clase

 

a la cual pertenece una persona por el aspecto físico, el color de la

 

piel, los manerismos y, especialmente, por la forma de hablar. En

 

otros países el acento varía de un lugar a otro, en Chile cambia se-

 

 

 

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gún el estrato social. No rmalmente también podemos adivinar de

 

inmediato la subclase; subclases hay como treinta, según los distin-

 

tos niveles de chabacanería, arribismo, cursilería, plata recién a d-

 

quirida, etc. Se sabe, por ejemplo, dónde perten ece una persona

 

según el balneario donde veranea.

 

El proceso de clasificación automática que ponemos en práctica los

 

chilenos al conocernos tiene un nombre: «ubicarse» y equivale a lo

 

que hacen los perros cuando se huelen el trasero mutuamente.

 

Desde 1973, año del golpe militar que cambió muchas cosas en el

 

país, el «ubicarse» se complicó un poco, porque también hay que

 

adivinar en los primeros tres minutos de conversación si el interl o-

 

cutor estuvo a favor o en contra de la dictadura. En la actualidad

 

muy pocos se confie san a favor, pero de todos modos convi ene

 

averiguar cuál es la posición política de cada quien antes de emi tir

 

alguna opinión contundente. Lo mismo ocurre entre los chilenos

 

que viven en el extranjero, donde la pregunta de rigor es cuándo

 

salió del país; si fue antes de 1973 quiere decir que es de derecha y

 

escapó del socialismo de Salvador Allende; si salió e ntre 1973 y

 

1978 seguro es refugiado político; pero después de esa fecha puede

 

ser «exiliado económico», como se califican a los que emigraron en

 

busca de oportunidades de trabajo. Sin embargo, es más difícil de-

 

terminarlo entre los que se quedaron en Chi le, en parte porque se

 

acostumbraron a callar sus opiniones.

 

SIRENAS MIRANDO AL MAR

 

Al compatriota que regresa nadie le pregunta dónde estuvo ni qué

 

vio; al extranjero que llega de visita le informamos de inmedia to

 

que nuestras mujeres son las más bellas del mundo, nuestra ba n-

 

dera ganó un misterioso concurso internacional y nuestro cli ma es

 

idílico. Juzgue usted: la bandera es casi igual a la de Texas y lo más

 

notable de nuestro clima es que mie ntras hay sequía en el norte,

 

seguro que hay inundac iones en el sur. Y cua ndo digo inundacio-

 

nes, me refiero a diluvios bíblicos que dejan un saldo de centenares

 

de muertos, millares de damnificados y la econo mía en ruina, pero

 

sirven para reactivar el mecanismo de la so lidaridad, que suele

 

atascarse en tiempos normales.

 

A los chilenos nos encanta el estado de emergencia. En Santiago la

 

temperatura es peor que en Madrid, en verano nos morimos de c a-

 

lor y en invierno de frío, pero nadie tiene aire acondicionado o una

 

calefacción decente, po rque no pueden pagarlos y además seria

 

admitir que el clima no es tan bueno como dicen. Cuando el aire se

 

 

 

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pone demasiado agradable, es signo s eguro de que va a temblar.

 

Contamos más de seiscientos volcanes, algunos donde todavía se

 

mantiene tibia la lava de antiguas erupciones; otros de poéticos

 

nombres mapuches: Pirepillán, el demonio de las nieves; Petrohué,

 

lugar de brumas. De vez en cuando estos gigantes dormidos se s a-

 

cuden en sueños con un largo bramido, en tonces el mundo parece

 

como si se fuera a acab ar. Dicen los ex pertos en terremotos que

 

tarde o temprano Chile desaparecerá sepultado en lava o arrastra-

 

do al fondo del mar por una ola de esas que suelen levantarse f u-

 

riosas en el Pacífico, pero espero que esto no desaliente a los turis-

 

tas potenciales, porque la posibilidad de que ocurra justamente du-

 

rante su visita es bastante remota.

 

Lo de la hermosura femenina requiere comentario aparte. Es un

 

conmovedor piropo a nivel nacional. La verdad es que nunca he o í-

 

do en el extranjero que las chilenas sean ta n espectaculares como

 

mis amables compatriotas aseguran. No son mejores que las ven e-

 

zolanas, que ganan todos los co ncursos internacionales de belleza,

 

o las brasileras, que pavonean sus curvas de mulata en las playas,

 

por mencionar sólo un par de nuestras rivales; pero según la mito-

 

logía popular, desde tiempos inmemoriales los marineros desertan

 

de los buques, atrapados por las sirenas de cabello largo que espe-

 

ran oteando el mar en nuestras playas. Esta monumental lisonja de

 

nuestros hombres es tan halagado ra, que por ella las mujeres e s-

 

tamos dispuestas a perdonarles muchas cosas. ¿Cómo negarles a l-

 

go si nos hallan li ndas? Si algo de ver dad hay en esto, tal vez la

 

atracción consiste en una mezcla de fortaleza y coquetería que p o-

 

cos hombres pueden resistir, s egún dicen, aunque no ha sido en

 

absoluto mi caso. Me cuentan los amigos que el juego amoroso de

 

miradas, de subentendidos, de dar rienda y luego aplicar los frenos,

 

es lo que los enamora, pero supongo que eso no se inventó en Chi-

 

le, lo importamos de Andalucía.

 

Trabajé por varios años en una revista femenina por donde pasaron

 

las modelos más solicitadas y las candidatas al concur so de Miss

 

Chile. Las modelos eran por lo general tan anoréxi cas, que perma-

 

necían la mayor parte del tiempo inmóviles y con la vista fija, como

 

tortugas, lo cual resultaba muy atrayente, porque cualquier hombre

 

que se les pusiera por delante podía ima ginar que estaban emb o-

 

badas mirándolo a él. Estas bellezas parecían turistas; por sus v e-

 

nas corría sin excepción sangre eu ropea: eran altas, delgadas, de

 

piel y cabello claros. Así no es la chilena típica, la que se ve por la

 

calle, mujer mestiza, morena y más bien baja, aunque debo admitir

 

que las nuevas generacio nes han crecido. Los jóvenes de hoy me

 

 

 

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parecen altísimos (claro que yo mido un metro cincuenta…).

 

Casi todos los personajes femeninos de mis novelas están inspir a-

 

dos en las chilenas, que conozco bien, porque trabajé con ellas y

 

para ellas durante varios años. Más que las señoritas de la clase al-

 

ta, con sus piernas largas y sus melenas rubias, me impresionan las

 

mujeres del pueblo, maduras, fuertes, trabajadoras, terrenales. En

 

la juventud son amantes apasionadas y después son el pilar de su

 

familia, buenas madres y buenas compañeras de hombres que a

 

menudo no las merecen. Bajo sus alas albergan a los hijos propios

 

y ajenos, amigos, parientes, allegados. Viven cansadas y al servicio

 

de los demás, siempre postergándose, las últimas entre los últimos,

 

trabajan sin tregua y envejecen prematuramente, pero no pierden

 

la capacidad de reírse de sí mismas, el romanticismo para desear

 

que su compañero sea otro y una llamita de rebeldía en el corazón.

 

La mayoría tiene vocación de mártir: son las primeras en levantarse

 

a servir a la familia y las últimas en acostarse; les enorgullece sufrir

 

y sacrificarse. ¡Con qué gusto suspiran y lloran contándose mutua-

 

mente los abusos del marido y los hijos!

 

Las chilenas se visten con sencillez, casi siempre de panta lones,

 

llevan el cabello suelto y usan muy poco maquillaje. En la playa o

 

en una fiesta andan todas iguales, parecen clones. Me he puesto a

 

hojear revistas antiguas, desde finales de los sesenta hasta hoy, y

 

veo que en este sentido han cambiado muy poco en cuarenta años;

 

creo que la única diferencia es el volumen del peinado. A ninguna le

 

falta un «vestidito negro», sinónimo de el egancia, que con pocas

 

variaciones las acompaña desde la pubertad hasta el ataúd.

 

Una de las razones por las cuales no vivo en Chile es porque no

 

tendría qué ponerme. Mi ropero contiene suficientes velos , plumas

 

y brillos como para ataviar al elenco completo de El lago de los ci s-

 

nes; además me he pintado el pelo de cada color al alcance de la

 

química y jamás he salido del baño sin maquillaje en los ojos. Hacer

 

dieta permanentemente es un símbolo de estatus entre nosotras, a

 

pesar de que en varias en cuestas los hombres e ntrevistados usan

 

términos como «blandita, curvilínea, que tenga donde ag arrarse»,

 

para describir cómo prefieren a las mujeres. No les creemos: lo d i-

 

cen para consolar nos… Por eso nos cu brimos las protuberancias

 

con chalecos largos o blusones almidonados, al contrario de las c a-

 

ribeñas, que lucen con orgullo su abundancia pectoral con escotes y

 

la posterior forrada en spandex fluorescente. Mientras más plata

 

tiene una mujer, menos come: la clase alta se distingue por la fl a-

 

cura. En todo caso, la belleza es una cue stión de actitud. Recuerdo

 

una señora que tenía la nariz de Cyrano de Bergerac. En vista de su

 

 

 

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poco éxito en Santiago, se fue a París y al poco tiempo salió fot o-

 

grafiada en ocho páginas a color en la más sofisticada revista de

 

moda, con un turbante en la cabeza y… ¡de perfil! Desde entonces

 

aquella dama a una nariz pegada pasó a la posteridad como símbo-

 

lo de la tan cacareada belleza de la mujer chilena.

 

Algunos frívolos opinan que Chile es un matriarcado, engañados tal

 

vez por la tremenda personalidad de las mujeres, que parecen ll e-

 

var la voz cantante en la sociedad. Son libres y organizadas, ma n-

 

tienen su nombre de soltera al casarse, compiten mano a mano en

 

el campo del trabajo y no sólo manejan sus familias, sino que con

 

frecuencia también las mantienen. Son más intere santes que la

 

mayoría de los hombres, pero eso no quita que vivan en un patriar-

 

cado sin atenuantes. En principio el trabajo o el intelecto de una

 

mujer no se respeta; nosotras debemos hacer el doble de esfuerzo

 

que cualquier hombre para obtener la mitad de reconocimiento. ¡Ni

 

qué decir en el campo de la literatura! Pero no vamos a hablar de

 

eso, porque me sube la presión. Los hombres tienen el poder ec o-

 

nómico y político, que se pasan de uno a otro, como una carrera de

 

postas, mientras las mujeres, salvo excepciones, quedan margin a-

 

das. Chile es un país machista: es tanta la testosterona flotando en

 

el aire, que es un milagro que a las mujeres no les salgan pelos en

 

la cara.

 

En México el machismo se vocifera hasta en las rancheras, pero en-

 

tre nosotros es más disimulado, aunque no por eso menos perjud i-

 

cial. Los sociólogos han trazado las causas hasta la conquista, pero

 

como éste es un pr oblema mundial, las raíces deb en ser mucho

 

más antiguas. No es justo culpar de todo a los españoles. De todos

 

modos repetiré lo que he leído por ahí. Los in dios araucanos eran

 

polígamos y trataban a las mujeres con bas tante rudeza; solían

 

abandonarlas con los niños y partir en gru po en busca de otros te-

 

rrenos de caza, donde formaban nuevas parejas y tenían más hijos,

 

que luego también dejaban atrás. Las madres se hacían cargo de

 

las crías como podían, costumbre que en cierta forma perdura en la

 

psique de nuestro pueblo; las chi lenas tienden a aceptar -aunque

 

no a perdonar- el abandono del hombre, porque les parece un mal

 

endémico, propio de la n aturaleza masculina. Por su parte, la m a-

 

yoría de los conquista dores españoles no trajeron a sus mujeres,

 

sino que se aparearon con las india s, a quienes valoraban mucho

 

menos que a un caba llo. De esas uniones desiguales nacían hijas

 

humilladas que a su vez serían violadas, e hijos que temían y admi-

 

raban al padre soldado, irascible, veleidoso, poseedor de todos los

 

 

 

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derechos, incluso el de la vida y la muerte. Al crecer se identific a-

 

ban con él, jamás con la raza vencida de la madre.

 

Algunos conquistadores llegaron a tener treinta concubinas, sin

 

contar las mujeres que violaban y abandonaban en pocos minutos.

 

La Inquisición se encarnizaba contra los mapuches por sus costum-

 

bres polígamas, pero hacía la vista gorda ante los serrallos de ind i-

 

as cautivas que acompañaban a los españoles, porque la multiplica-

 

ción de mestizos significaba súbditos para la corona española y a l-

 

mas para la religión cristiana. De aquellos abrazos violentos provie-

 

ne nuestro pueblo y hasta el día de hoy los hombres actúan como si

 

estuvieran sobre su caballo mirando al mundo desde arriba, man -

 

dando, conquistando. Como teoría no está mal, ¿verdad?

 

Las chilenas son cómplices del machismo: educan a sus hijas para

 

servir y a sus hijos para ser servidos. Mientras por una parte luchan

 

por sus derechos y trabajan sin descanso, por otra atienden al m a-

 

rido y a los hijos varones, secundadas por sus hi jas, a quienes les

 

inculcan desde pequeñas sus obligaciones. Las chicas modernas se

 

rebelan, por supuesto, pero apenas se enamo ran repiten el esque-

 

ma aprendido, confundiendo amor con servicio. Me entristece ver a

 

esas muchachas espléndidas sirviendo a los novios c omo si éstos

 

fueran inválidos. No sólo les ponen la comida en el plato, ta mbién

 

se ofrecen para cortarles la carne. Me dan lástima porque yo era

 

igual. Hace poco hubo un personaje cómico de la televisión que tu-

 

vo un gran éxito: un hombre vestido de mujer que imitaba a la e s-

 

posa modelo. La pobre El vira -así se llamaba- planchaba camisas,

 

cocinaba platos complicadísimos, hacía las tareas de los niños, e n-

 

ceraba el piso a mano y, además, volaba a arreglarse antes de que

 

llegara su hombre, para que no la hallara fea. No descansaba jamás

 

y era culpable de todo. Incluso corría una maratón por la calle pe r-

 

siguiendo el autobús donde iba el marido, para entregarle el mal e-

 

tín que él había dejado atrás. El programa hacía reír a gritos a los

 

hombres, pero las mujeres se molestaban tanto , que al final lo su-

 

primieron: no les gustaba verse retratadas con tal fidelidad por la

 

inefable Elvira.

 

Mi marido americano, que corre con la mitad de las labores domés-

 

ticas en nuestra casa, se escandaliza con el machismo chi leno.

 

Cuando un hombre lava el plato que ha usado para comer, conside-

 

ra que «está ayudando» a su mujer o su madre, y espera ser cel e-

 

brado por ello. Entre nuestras amist ades chilenas siempre hay una

 

mujer que lleva el desayuno en bandeja a la cama a los muchachos

 

adolescentes, les lava la ropa y les tiende la cama. Si no hay una

 

«nana», lo hace la madre o la hermana, cosa que ja más ocurriría

 

 

 

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en Estados Unidos. A Willie también le espanta la institución de la

 

empleada doméstica. Prefiero no contarle que en décadas anteri o-

 

res los deberes de estas mujeres solían ser bastante íntimos, au n-

 

que de eso jamás se hablaba: las madres hacían la vista ciega,

 

mientras los padres se ufanaban de las proezas del joven en la pie-

 

za de servicio. Es «hijo de tigre», decían, recordan do sus propias

 

experiencias. La idea general era que, al desahogarse con la criada,

 

el muchacho no se propasaba con alguna niña de su medio social y,

 

en todo caso, estaba más seguro con ella que con una pro stituta.

 

En los campos existía una versión criolla del «derecho de pernada»,

 

que en tiempos feudales permitía al señor violar a las novias antes

 

de su primera noche de casadas. Entre nosotros la cosa no era tan

 

organizada: el patrón se acos taba con quien y cuando le daba la

 

gana. Así sembraron sus tie rras de bastardos; exis ten regiones

 

donde prácticamente todo el mundo lleva el mismo apellido. (Uno

 

de mis antepasados reza ba de rodillas de spués de cada violación:

 

«Señor, no fornico por gusto o por vicio, sino por dar hijos a tu ser-

 

vicio…».) Hoy las «nanas» se han emancipad o tanto, que las p a-

 

tronas prefieren contratar inmigrantes ilegales del Perú, a quienes

 

todavía pueden maltratar como antes hacían con las chilenas.

 

En materia de educación y salud, las mujeres están a la par o por

 

encima de los hombres, pero no así en lo que se refiere a oportuni-

 

dades y poder político. Lo normal en el campo laboral es que ellas

 

hagan el trabajo pesado y ellos manden. Pocas ocupan los puestos

 

más altos del Gobierno, la industria, la empresa privada o la públi-

 

ca: topan con una lápida que les impide alcanzar la cima. Cuando

 

alguna alcanza un nivel alto, digamos ministra en el Gobierno o ge-

 

rente de un banco, es motivo de asombro y admiración. En los ú l-

 

timos diez años, sin embargo, la opinión pública tiene una perce p-

 

ción positiva de las mujeres como líderes políticos, las ve como una

 

alternativa viable, porque han de mostrado ser más honestas, ef i-

 

cientes y trabajadores que los hombres. ¡Vaya descubrimiento!

 

Cuando ellas se organizan logran ejercer gran influencia, pero pare-

 

cen no tener conciencia de su propia fuerza. Se dio el caso, durante

 

el gobierno de Salvador Allende, que las mujeres de la derecha s a-

 

lieron a golpear cacerolas protestando por el desabastecimiento y a

 

lanzar plumas de gallina en la Escuela Militar, llamando a los solda-

 

dos a la subversión. Así contribuyeron a provocar el golpe militar.

 

Años después, otras mujeres fueron las primeras en salir a la calle

 

para denunciar la represión de los militares, enfrentando chorros de

 

agua, palos y balas. Formaron un grupo poderoso llamado Mujeres

 

por la Vida, que desempeñó un papel fundamental en el derroc a-

 

 

 

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miento de la dictadura, pero después de la elección deci dieron di-

 

solver el movimiento. Una vez más cedieron su poder a los var o-

 

nes.

 

Debo aclarar que las chilenas, tan poco agresivas para pelear por el

 

poder político, son verdaderas guerreras en lo que se refiere al

 

amor. Enamoradas son muy peligrosas. Y, hay que decirlo, se en a-

 

moran muchísimo. Según las estadísticas, el cincuenta y ocho por

 

ciento de las casadas son infieles. Se me ocur re que a menudo las

 

parejas se cruzan: mientras el hombre seduce a la esposa de su

 

mejor amigo, su propia mujer retoza en el mismo motel con el

 

buen amigo. En tiempos de la colonia, cuando Chile dependía del

 

virreinato de Lima, llegó un cura dominico del P erú, enviado por la

 

Inquisición, para acusar a unas señoras de la sociedad de practicar

 

sexo oral con sus maridos (¿cómo lo averiguó?). El juicio no llegó a

 

ninguna parte, porque las damas en cuestión no se dejaron apab u-

 

llar. Esa noche mandaron a los maridos, quienes mal que mal tam-

 

bién habían participado en el pecado, aunque a ellos nadie los ju z-

 

gaba, a disuadir al inquisidor. Éstos lo sorprendieron en un callejón

 

oscuro y sin más trámite lo caparon, como a un nov illo. El pobre

 

dominico volvió a Lima sin testículos y el asunto no volvió a me n-

 

cionarse.

 

Sin llegar a tales extremos, tengo un amigo que no podía li brarse

 

de una amante apasionada y finalmente un día la dejó durmiendo

 

siesta y salió escapando. Había empacado unas cuan tas pertenen-

 

cias en una mochila y corría por la calle detrás de un taxi, cuando

 

sintió que un oso le caía encima por las espaldas, lanzándolo de

 

bruces al suelo, donde quedó aplastado como una cucaracha: era la

 

amante, quien había salido en su persecución completamente de s-

 

nuda y dando alaridos. De las casas del barrio asomaron curiosos a

 

gozar del espectáculo. Los hombres obser vaban divertidos, pero

 

apenas otras mujeres comprendieron de qué se trataba ayudaron

 

en la tarea de sujetar a mi escurridizo amigo. Por último lo llevaron

 

en vilo entre varias de vuelta a la cama que había abandonado d u-

 

rante la siesta.

 

Puedo dar como trescientos ejemplos más, pero supongo que con

 

éste basta.

 

A DIOS ROGANDO

 

Lo que acabo de contar sobre aquellas damas de la época colo nial,

 

que desafiaron a la Inquisición, es uno de esos momentos exce p-

 

cionales en nuestra historia, porque en realidad el poder de la Igle-

 

 

 

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sia católica es incuestionable y ahora, con el auge de los movimien-

 

tos fundamentalistas católicos, como el Opus Dei y los Legionarios

 

de Cristo, es mucho peor.

 

Los chilenos son religiosos, aunque su práctica tiene mucho más de

 

fetichismo y superstición que de inquietud mística o conocimien to

 

teológico. Nadie se dice ateo, ni los comunistas de pura cepa, po r-

 

que ese término se considera un insulto, se prefiere la palabra ag-

 

nóstico. Por lo general, hasta los más incrédulos se convierten en el

 

lecho de muerte, ya que arriesgan mucho si no lo hacen y una con-

 

fesión a última hora no le hace mal a nadie. Esta compulsión espiri-

 

tual proviene de la tierra misma: un pueblo que vive entre mont a-

 

ñas, lógicamente vuelve los ojos al cielo. Las manifestaciones de fe

 

son impresionantes. Convocados por la Iglesia salen millares y m i-

 

llares de jóvenes en largas procesiones, con velas y flores, alaba n-

 

do a la Vi rgen María o pidiendo por la paz a voz en cuello, con el

 

mismo entusiasmo con que en otros países chillan en los conciertos

 

de rock. El rosario en familia y el mes de María solían tener un éxito

 

rotundo, pero ahora las telenovelas han ganado más adeptos.

 

Por supuesto, nunca faltaron esotéricos en mi familia. Uno de mis

 

tíos ha pasado setenta años de su vida predicando el encuentro con

 

la nada; tiene muchos seguidores. Si en mi juventud yo le hubiera

 

hecho caso, hoy no e staría estudiando budismo y tra tando infruc-

 

tuosamente de pararme de cab eza en la clase de yoga. Aquella

 

centenaria tía demente, disfrazada de monja, quien intentaba rege-

 

nerar a las prostitutas de la calle Maipú, no le lleg aba a los talones

 

en materia de santidad a una hermana de mi abuela a la que le sa-

 

lieron alas. No eran alas con plumas áureas, como las de los áng e-

 

les renacentistas, que hubieran llamado la atención, sino discretos

 

muñoncitos en los hombros, erróneamente diagnos ticados por los

 

médicos como deformación en los huesos. A veces, según por dón-

 

de le diera la luz, p odíamos verle la aureola como un plato de luz

 

flotando encima de su cabeza. He contado su historia en los Cue n-

 

tos de Eva Luna y no es el caso repetirla; baste decir que, en co n-

 

traste con la tendencia generalizada a quejarse por todo, caracte-

 

rística de los chilenos, ella andaba siem pre contenta, aunque tuvo

 

un trágico destino. En otra persona esa actitud de injustificada fel i-

 

cidad habría sido imperdonable, pero en aquella mujer transparente

 

se toleraba de lo más bien. Siem pre he tenido su fotografía sobre

 

mi mesa de trabajo, para reconocerla cuando entra disimuladamen-

 

te en las páginas de un libro o se me aparece en algún rincón de la

 

casa.

 

 

 

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En Chile abundan santos de variados pelajes, lo cual no es raro,

 

porque es el país más católico del mundo, más que Irlanda y cie r-

 

tamente mucho más que el Vaticano. Hace algunos años tuvimos

 

una doncella, muy parecida de facha a la estatua de San Sebastián

 

el Mártir, quien realizaba notables curaciones. Le cayeron encima la

 

prensa, la televisión y multitudes de peregrinos, que no la dejaban

 

en paz a ninguna hora. Al ser examinada de cerca resultó ser un

 

travesti, pero eso no le restó prestigio ni puso fin a los prod igios,

 

por el contrario. Cada tanto despertamos con el anuncio de que

 

otro santo o un nuevo Mesías ha hecho su aparición, lo cual sie m-

 

pre atrae esperanzadas multitudes. Me tocó hacer un reportaje en

 

los años setenta, cuando trabajaba de periodista, sobre el caso de

 

una muchacha a la cual se le atribuían profecías y el don de sanar

 

animales y arreglar motores descom puestos sin tocarlos. La choza

 

humilde donde vivía se llenaba de campesinos que acudían a diario,

 

siempre a la misma hora, a presenciar aquellos discretos milagros.

 

Aseguraban que una in visible lluvia de piedras se estr ellaba sobre

 

el techo de la choza con una sonajera de fin de mundo, la tierra

 

temblaba y la chica caía en trance. Tuve oportunidad de asistir a un

 

par de estos eventos y comprobé el trance, durante el cual la santa

 

adquiría la descomunal fuerza física de u n gladiador, pero no r e-

 

cuerdo que cayeran peñascos del cielo ni que se sacudiera el suelo.

 

Es posible que, tal como explicó un predicador evangélico del lugar,

 

eso no sucediera debido a mi presencia: yo era una descreída capaz

 

de arruinar hasta el más leg ítimo milagro. En todo caso, el asunto

 

salió en los periódicos y el interés popular por la santa fue subiendo

 

de tono, hasta que llegó el ejército y le puso fin a su manera. La

 

historia me sirvió diez años más tarde para incluirla en una de mis

 

novelas.

 

Los católicos son mayoría en el país, aunque cada vez hay más

 

evangélicos y pentecostales, que irritan a todo el mundo porque se

 

entienden directamente con Dios, mientras que los demás deben

 

pasar por la burocracia sacerdotal. Los mormones, que también son

 

muchos y muy poderosos, ayudan a sus adeptos como una verd a-

 

dera agencia de empleo, tal como antes hacían los miembros del

 

partido radical. El resto son judíos, unos pocos musulmanes y, e n-

 

tre los de mi generación, espiritualistas de la Nueva Era, un cóctel

 

de ecología, cristianismo, prácticas budistas, unos cuantos ritos r e-

 

cientemente rescatados de las reservas indígenas y el acompañ a-

 

miento habitual de gurús, astrólogos, psíquicos y otros guías del

 

alma.

 

Desde que se privatizó el sistema de salud y los med icamentos son

 

 

 

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un negocio inmoral, la medicina folklórica y oriental, las machis o

 

meicas, los chamanes indígenas, el herbario autóctono y las cur a-

 

ciones milagrosas han reemplazado en parte a la medicina tradicio-

 

nal, con iguales resultados. La mitad de mis amigos está en manos

 

de algún psíquico que les dirige el destino y los mantiene sanos la-

 

vándoles el aura, imponiéndoles las manos o conduciéndolos en

 

viajes astrales. La última vez que estuve en Chile me hipnotizó un

 

amigo, que está estudiando para curan dero, y me hizo retr oceder

 

varias encarnaciones. No resultó fácil regresar al presente, por que

 

mi amigo todavía no había concluido el curso, pero el expe rimento

 

valió la pena, porque descubrí que en vidas anteriores no fui Gengis

 

Khan, como cree mi madre.

 

No he logrado sacudirme por completo la religión y ante cualquier

 

apuro lo primero que se me ocurre es rezar, por si aca so, como

 

hacen todos los chilenos, incluso los ateos, perdón, agnósticos. D i-

 

gamos que necesito un taxi; la experiencia me ha demostra do que

 

basta un padrenuestro para hacerlo aparecer.

 

Hubo una época, entre la infancia y los quince años, en la cual ali-

 

menté la fantasía de ser monja, para disimular el hecho de que s e-

 

guramente jamás conseguiría un marido, idea que no he descar -

 

tado; aún me asalta la tentación de terminar mis días en la pobre -

 

za, el silencio y la soledad en una o rden benedictina o en un m o-

 

nasterio budista. Las sutilezas teológicas no i mportan, lo que me

 

gusta es el estilo de vida. A pesar de mi invencible friv olidad, la

 

existencia monástica me parece atrayente. A los quince años me

 

alejé para siempre de la Iglesia y adquirí horror por las reli giones

 

en general y las monoteístas en particular. No estoy sola en este

 

predicamento, muchas mujeres de mi edad, guerrilleras de la libe-

 

ración femenina, tampoco se sienten cómodas en las religiones pa-

 

triarcales -¿hay alguna que no lo sea? - y han debido inventar sus

 

propios cultos, aunque en Chile siempre tienen un tinte cristiano.

 

Por animista que alguien se declare, siempre ha brá una cruz en su

 

casa o la llevará colgada al pecho. Mi religión, por si a alguien le in-

 

teresa, se reduce a una pregunta simple: «¿Qué es lo más gen ero-

 

so que se puede hacer en ese caso?». Si la pregunta no se aplica,

 

tengo otra: «¿Qué pensaría mi abuelo de e sto?». Lo cual no quita

 

que a la hora de una necesidad, me persigne.

 

Solía yo decir que Chile es un país fundamentalista, pero después

 

de comprobar los excesos del Talibán, debo moderar mi juicio. Tal

 

vez no somos fundamentalistas, pero poco nos falta. H emos tenido

 

la suerte, eso sí, de que a diferencia de lo que ocurre en otros pa í-

 

 

 

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ses latinoamericanos, la Iglesia católica -con pocas lamentables ex-

 

cepciones- ha estado casi siempre del lado de los pobres, lo cual le

 

ha ganado inmenso respeto y simpatía. En tiempos de la dictadura

 

muchos curas y monjas asumieron la tarea de ayudar a las víctimas

 

de la represión y lo pagaron caro. Como dijo Pinochet en 1979, «los

 

únicos que andan llorando por restaurar la democracia en Chile son

 

los políticos y uno o dos sacerdotes». (Ésa era la época en que, se-

 

gún los generales, Chile gozaba de una «democracia totalitaria».)

 

Las iglesias se llenan los domingos y el Papa es venerado, aunque

 

casi nadie le hace caso en el tema de los anticonceptivos, porque se

 

parte de la base que un anciano célibe, que no necesi ta ganarse la

 

vida, no puede ser un experto en ese delicado asunto. La religión es

 

colorida y ritualista. No tenemos carnavales, pero en cambio ten e-

 

mos procesiones. Cada santo se distingue por su especialidad, c o-

 

mo los dioses del Olimpo: para devolver la vista a los ciegos, para

 

castigar maridos infieles, para encontrar novio, para protección de

 

conductores de vehículos; pero el más popular es sin duda el Padre

 

Hurtado, que no es santo todavía, pero todos esperamos que pron-

 

to lo sea, aunque el Vaticano no se caracteriza por la celeridad en

 

sus decisiones. Este extraordi nario sacerdote fundó una obra ll a-

 

mada El Hogar de Cri sto, que hoy es una empresa multimillonaria

 

dedicada por entero a ayudar a los pobres. El Padre Hurtado es tan

 

milagroso, que rara vez le he pedido algo que no se haya cumplido,

 

mediante el pago de una justa suma a sus obras de caridad o de

 

algún sacrificio importante.

 

Debo ser una de las pocas personas vivas que han leí do los tres

 

tomos completos de la eterna epopeya La Araucana, en verso rima-

 

do y español antiguo. No lo hice por curiosidad ni por presumir de

 

culta, sino por cumplir una promesa al Padre Hurtado. Sostenía es-

 

te hombre de claro corazón que la crisis moral se produce cuando

 

los mismos católicos que viven en la opulencia van a misa mientras

 

niegan a sus trabajadores un salario digno. Estas palabras debieran

 

grabarse en los billetes de mil pesos, para no olvidarlas nunca.

 

Existen también varias representaciones de la Virgen María, que

 

son rivales entre sí; los fieles de la Virgen del Carmen, pa trona de

 

las Fuerzas Armadas, consideran inferiores a la Virgen de Lourdes o

 

a La Tirana, sentimiento que se paga con iguales finezas por los

 

devotos de éstas. A propósito de e sta última, vale la pena mencio-

 

nar que en verano se celebra su fiesta en un san tuario cerca de la

 

ciudad de Iquique, en el norte, donde los gru pos de devotos bailan

 

en su honor. Se parece un poco a la idea del carnaval brasilero, pe-

 

ro guardando las proporciones porque, como ya he dicho antes, en

 

 

 

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Chile no somos gente extrovertida. Las escuelas de baile se prep a-

 

ran todo el año ensayando las co reografías y fabricando el vestua-

 

rio, y el día señalado danzan ante La Tirana disfrazados, por ejem-

 

plo, de Batman. Las muchachas se ponen escotes reveladores, mi-

 

nifaldas que apenas les tapan el tra sero y botas con tacones altos.

 

No es raro, por lo tanto, que la Iglesia no propicie estas demostr a-

 

ciones de fe popular.

 

Por si el numeroso y variopinto santoral no bastara, además co n-

 

tamos con una sabrosa tradición oral de espíritus malignos, inter-

 

venciones del demonio, muertos que se levantan de las tumbas. Mi

 

abuelo juraba que se le apareció el diablo en un autobús y que lo

 

reconoció porque tenía patas verdes de macho cabrio.

 

En Chiloé, un c onjunto de islas en el sur del país, frente a Puer to

 

Montt, se cuentan historias de hechiceras y monstruos malé ficos;

 

de la Pincoya, una hermosa doncella que sale del agua para atrapar

 

a los hombres incautos; del Caleuche, un barco encanta do que se

 

lleva a los difuntos. En las noches de luna llena brillan luces ind i-

 

cando los sitios donde hay tesoros escondidos. Se dice que en Ch i-

 

loé existió por mucho tiempo un gobierno de brujos, llamado la Re-

 

cta Provincia, que se reunía en cuevas por las noches. Los guardia-

 

nes de esas cuevas eran los «imbunches», pavorosas criaturas que

 

se alimentan de sangre, a quienes los brujos les han quebrado los

 

huesos y cosido los párpados y el ano. La imaginación chilena para

 

la crueldad nunca deja de espantarme…

 

Chiloé tiene una cultura diferente a la del resto del país y la gente

 

está tan orgullosa de su aislamiento, que se opone a la cons -

 

trucción de un puente para unir la isla grande a Puerto Montt. Es un

 

lugar tan extraordinario, que todos los chilenos y los turistas deb i-

 

eran visitarlo al menos una vez, aun a riesgo de quedarse para

 

siempre. Los chilotes viven como hace cien años, dedicados a la

 

agricultura, la pesca artesanal y la industria del salmón. La cons -

 

trucción es íntegra de madera, y en el corazón de cada casa h ay

 

siempre una gran estufa a leña encendida día y noche para coci nar

 

y dar calor a la familia, los amigos y enemigos reunidos a su alr e-

 

dedor. El olor de esas viviendas en invierno es un recuerdo imb o-

 

rrable: leña perfumada y ardie nte, lana mojada, sopa en el calde-

 

ro… Los chilotes fueron los últimos en plegarse a la república cuan-

 

do Chile declaró su independencia de España y en 1826 pretendi e-

 

ron unirse a la corona de Inglaterra. Dicen que la Recta Pr ovincia,

 

atribuida a los brujos, fue en realidad un gobi erno paralelo, en

 

tiempos en que los habitantes se negaban a aceptar la autoridad de

 

 

 

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la república chilena.

 

Mi abuela Isabel no creía en brujas, pero no me extrañaría que a l-

 

guna vez intentara volar en escoba, porque pasó su existencia

 

practicando fenómenos paranormales y tratando de comunicarse

 

con el Más Allá, actividad que en aquella época la Iglesia cató lica

 

veía con muy malos ojos. De algún m odo la buena señora se las

 

arregló para atraer misteriosas fuerzas que mov ían la mesa en sus

 

sesiones de espiritismo. Esa mesa está hoy en mi casa, después de

 

haber dado la vuelta al mundo varias veces, siguiendo a mi padras-

 

tro en su carrera diplomática, y de haberse perdido durante los

 

años del exilio. Mi madre la recuperó mediante un golpe de astucia

 

y me la envió por avión a California. Habría sido más barato ma n-

 

dar un elefante, porque se trata de un pesado mueble español de

 

madera tallada, con una pata formidable al centro, formada por

 

cuatro leones feroces. Se necesitan tres hom bres para levantarla.

 

No sé cuál era el truco de mi abuela para hacerla bailar por la pieza

 

rozándola levemente con su dedo índice. Esta señora convenció a

 

su descendencia que después de su muerte vendría de visita cua n-

 

do la llamaran y supongo que ha mantenido su promesa. No pr e-

 

sumo que su fantasma, o cualquier otro, me acompañe a diario -

 

supongo que tendrá asuntos más importantes que atender -, pero

 

me gusta la idea de que esté dispuesto a acudir en caso de neces i-

 

dad imperiosa.

 

Esa buena mujer sostenía que todos poseemos poderes psíquicos ,

 

pero como no los practicamos, se atrofian -como los músculos- y

 

finalmente desaparecen. Debo aclarar que sus experimentos parap-

 

sicológicos nunca fueron una actividad macabra, nada de piezas os-

 

curas, candelabros mortuorios ni música de órgano, como en Tra n-

 

silvania. La telepatía, la capacidad de mover objetos sin tocarlos, la

 

clarividencia o la comunicación con las almas del Más Allá sucedían

 

a cualquier hora del día y del modo más casual. Por ejemplo, mi

 

abuela no confiaba en los teléfonos, que en Chile fu eron un desas-

 

tre hasta que se inventó el celular, y en cambio usaba telepatía pa-

 

ra dictar recetas de tar ta de manzana a las tres hermanas Morla,

 

sus compinches de la Hermandad Blanca, quienes vivían al otro l a-

 

do de la ciudad. Nunca pudieron comprobar si el método funcionaba

 

porque las cuatro eran pés imas cocineras. La Hermandad Blanca

 

estaba formada por esas excéntricas señoras y mi abuelo, quien no

 

creía en nada de eso, pero insistía en aco mpañar a su mujer para

 

protegerla en caso de peligro. El hombre era escéptico por natura-

 

leza y nunca aceptó la posibilidad de que las almas de los muertos

 

 

 

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movieran la mesa, pero cuando su mujer sugirió que tal vez no

 

eran ánimas, sino extraterrestres, él abrazó la idea con entusiasmo,

 

porque le pareció una explicación más científica.

 

Nada de extraño hay en todo esto. Medio Chile se guía por el

 

horóscopo, por adivinas o mediante los vagos pronósticos del I

 

Chin, y la otra mitad se cuelga cristales al cuello o estudia fengshui.

 

En el consultorio sentimental de la televi sión resuelven los proble-

 

mas con las cartas del Tarot. La mayor parte de los anti guos revo-

 

lucionarios de la izquierda militante ahora están dedicados a prácti-

 

cas espirituales. (Entre la guerrilla y el esoterismo hay un paso dia-

 

léctico que no logro precisar.) Las sesiones de mi abuela me par e-

 

cen más razonables que las mandas a los santos, las compras de

 

indulgencias para ganar el cielo, o las peregrinaciones de las beatas

 

locales en buses atestados de gente. Muchas veces oí decir que mi

 

abuela movía el az ucarero sin tocarlo, sólo mediante su fuerza

 

mental. Dudo si alguna vez vi esta proeza o si, de tanto oírla, he

 

terminado por convencerme de que es cierta. No recuerdo el azuca-

 

rero, pero me parece que había una cam panilla de pl ata con un

 

príncipe afeminado encima, que se usa ba en el comedor para ll a-

 

mar al servicio entre plato y plato. No sé si he soñado el episodio,

 

si lo he inventado o si en realidad sucedió: veo la campanilla desl i-

 

zándose sobre el mantel silenciosamente, como si el príncipe hubie-

 

ra cobrado vida propia, dar una vuelta olímpica, ante el estupor de

 

los comensales, y regresar junto a mi abuela, en la cabecera de la

 

mesa. Esto me ocurre con muchos eventos y anécdotas de mi exis-

 

tencia, que me parece haber vivido, pero que al ponerlos por esc ri-

 

to y confrontarlos con la lógica, resultan algo improb ables, pero el

 

problema no me inquieta. ¿Qué importa si en realidad sucedieron o

 

si los he imaginado? De todos modos, la vida es sueño.

 

No heredé los poderes psíquicos de mi abuela, pero ella me abrió la

 

mente a los misterios del mundo. Acepto que cualquier cosa es p o-

 

sible. Ella sostenía que existen múltiples dimensiones de la realidad

 

y no es prudente co nfiar sólo en la razón y en nuestros limitados

 

sentidos para entender la vida; existen otras herr amientas de per-

 

cepción, como el instinto, la imaginación, los sueños, las emocio-

 

nes, la intuición. Me introdujo al realismo mágico mucho antes que

 

el llamado boom de la literatura latinoamericana lo pusiera de m o-

 

da. Esto me ha servido en mi trabajo, porqu e enfrento cada libro

 

con el mismo criterio con que ella conducía sus sesiones: llamando

 

a los espíritus con delicadeza, para que me cuenten sus vidas. Los

 

personajes literarios, como los aparecidos de mi abuela, son seres

 

 

 

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frágiles y asustadizos; deben ser tratados con prudencia, para que

 

se sientan cómodos en las páginas.

 

Aparecidos, mesas que se mueven solas, santos milagrosos y di a-

 

blos con las patas verdes en el transporte colectivo, hacen la vida y

 

la muerte más interesantes. Las almas en pena no recono cen fron-

 

teras. Tengo un amigo en Chile que se despierta en las noches con

 

la visita de unos africanos altos y flacos, vestidos con túnicas y a r-

 

mados de lanzas, que sólo él puede ver. Su mujer, que duerme a

 

su lado, nunca ha visto a los africanos, sólo a d os señoras inglesas

 

del siglo XIX que atraviesan las puertas. Y otra amiga mía, en cuya

 

casa de Santiago se caían misteriosamente las lámparas y se vo l-

 

caban las sillas, descubrió que la causa eran los huesos de un ge ó-

 

grafo danés, que desenterraron en el patio, junto a sus mapas y su

 

libreta de notas. ¿Cómo llegó tan lejos el po bre muerto? Nunca lo

 

sabremos, pero el hecho es que con rezarle varias novenas y decir-

 

le unas cuantas misas el infeliz geógrafo se fue. Parece que en vida

 

era calvinista o luterano y no le gustaron los ritos papistas.

 

Mi abuela sostenía que el espacio está lleno de presencias, los

 

muertos y los vivos, todos mezclados. Es una idea estupen da, por

 

eso mi marido y yo hemos construido en el norte de Ca lifornia una

 

casa grande, de techos a ltos, vigas y arcos, que invite a los fa n-

 

tasmas de varias épocas y latitudes, especialmente a los del sur. En

 

un intento de imitar la casona de mis bisabuelos, la hemos deterio-

 

rado mediante la esforzada y dispendiosa labor d e atacar las puer-

 

tas a martillazos, manchar los muros con pintura, oxidar los hierros

 

con ácido y pisotear las matas del jar dín. El resultado es bastante

 

convincente; creo que más de un ánima distraída puede instalarse

 

entre nosotros, engañada por el aspe cto de la propiedad. Durante

 

el proceso de echarle siglos encima, los vecinos observaban desde

 

la calle con la boca abierta, sin entender para qué construimos una

 

casa nueva si queríamos una vieja. La razón es que en California no

 

se da el estilo colo nial chileno y, en todo caso, nada es realmente

 

antiguo. No olvidemos que antes de 1849, San Francisco no existía,

 

en su lugar había una aldea llamada Yerba Buena, poblada por un

 

puñado de mexicanos y mormones, donde los únicos vis itantes

 

eran traficantes de pieles. Fue la fiebre del oro la que atrajo mult i-

 

tudes. Una casa con la apariencia de la nuestra es una imposibil i-

 

dad histórica por estos lados.

 

EL PAISAJE DE LA INFANCIA

 

Es muy difícil determinar cómo es una familia chilena típica, pero

 

 

 

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puedo decir, sin temor a equivocarme, que la mía no lo era. Ta m-

 

poco yo fui una típica señorita, de acuerdo a los cánones del medio

 

en que me crié; escapé enjabonada, como quien dice. Describiré un

 

poco mi juventud, a ver si en el proceso ilumino algunos aspectos

 

de la sociedad de mi país, que en ese tiempo era bastante más i n-

 

tolerante que ahora, lo cual es mucho decir. La Segunda Guerra

 

Mundial fue un cataclismo que sacudió al mun do y cambió todo,

 

desde la geopolítica y la ciencia, hasta las costumbres, la cultura y

 

el arte. Nuevas ideas barrieron sin con templaciones aquellas que

 

sostuvieron la sociedad durante los siglos anteriores, pero las inno-

 

vaciones demoraban mucho en navegar por dos océanos o cruzar el

 

muro infranqueable de la cordillera de los Andes. Todo lleg aba a

 

Chile con varios años de retraso.

 

Mi abuela clarividente murió súbitamente de leucemia. No luchó por

 

vivir, se abandonó a la muerte con entusiasmo porque sentía una

 

gran curiosidad por ver el cielo. Durante su existen cia en este

 

mundo tuvo la suerte de ser amada y protegida por su marido,

 

quien aguantó de buen talante sus e xtravagancias, de otro modo

 

tal vez hubiera terminado recluida en un asilo para orates.

 

He leído algunas cartas que dejó de su puño y letra, donde aparece

 

como una mujer melancól ica, con una fascinación morbosa por la

 

muerte; sin embargo la recuerdo como un ser luminoso, irónico y

 

pleno de gusto por la vida. Su ausencia se sintió como un viento de

 

catástrofe, la casa entró en duelo y yo aprendí a tener miedo. T e-

 

mía al diablo que s e aparecía en los espejos, a los fan tasmas que

 

deambulaban por los rincones, a los ratones en el sótano, a que se

 

muriera mi madre y yo fuera a dar a un orfelinato, a que apareciera

 

mi padre -ese hombre cuyo nombre no se podía pronunciar - y me

 

llevara lejos, a cometer pecados e irme al infierno, a las gitanas y

 

los cucos con los cuales me amenazaba la niñera; en fin, la lista era

 

interminable, existían razones de sobra para vivir aterrada.

 

Mi abuelo, furioso al verse abandonado por el gran amor de su v i-

 

da, se vistió de negro de pies a cabeza, pintó los muebles del mi s-

 

mo color y prohibió fiestas, música, flores y postres. Pasaba el día

 

en la oficina, almorzaba en el centro, cenaba en el club de la Unión

 

y los fines de semana jugaba al golf y a la pelota vasca o se iba a

 

las montañas a esquiar. Era uno de los que iniciaron ese deporte en

 

los tiempos en que subir a las canchas era una odisea equivalente a

 

escalar el Everest; nunca imaginó que un día Chile sería la meca de

 

los deportes de invierno, donde se entrenan los equipos olímpicos

 

del mundo entero. Sólo lo veíamos un minu to por la mañana muy

 

 

 

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temprano; sin embargo, fue definitivo en mi formación. Antes de

 

irnos al colegio, mis hermanos y yo pasábamos a saludarlo; nos re-

 

cibía en su habitación de muebles fú nebres, olorosa a un jabón i n-

 

glés marca Lifebuoy. Jamás nos hizo un cariño -lo consideraba mal-

 

sano-, pero una palabra suya de aprobación valía cualquier esfuer-

 

zo. Más tarde, como a los si ete años, cuando empecé a leer el pe-

 

riódico y a hacer preguntas, notó mi presencia y entonces se inició

 

una relación que habría de prolongarse mucho después de su muer-

 

te, porque hasta hoy llevo las huellas de su mano en mi carácter y

 

me alimento de las anécdotas que me contó.

 

Mi infancia no fue alegre, pero sí interesante. No me aburría gracias

 

a los libros de mi tío Pablo, quien entonces estaba todavía soltero y

 

vivía con n osotros. Era un lector impenitente; sus volúmenes se

 

apilaban en el suelo, cubier tos de polvo y telara ñas. Robaba libros

 

de las librerías y de sus am igos sin cargo de conciencia, porque

 

consideraba que todo material impreso -menos el suyo- era patri-

 

monio de la humanidad. Me permi tía leerlos po rque se propuso

 

traspasarme su vicio de la lectura a cualquier costo: me regaló una

 

muñeca cuando terminé de leer La guerra y la paz, un libro gordo

 

con letra minúscula. No había censura en esa casa, pero mi abuelo

 

no permitía las luces encendidas en mi habitación pasadas las nue-

 

ve de la noche, por eso mi tío Pablo me regaló una linterna. Los

 

mejores recuerdos de esos años son los libros que leí bajo las s á-

 

banas con mi linterna. Los niños chil enos leíamos las novelas de

 

Emilio Salgari y Julio Verne, el Tesoro de la Juventud y colecciones

 

de novelitas edificantes, que promovían la obediencia y la pureza

 

como virtudes máximas; también la revista El Peneca, que se publi-

 

caba los miércoles de cada semana. Desde el martes yo la esperaba

 

en la puerta, para impedir que cayera en manos de mis hermanos

 

antes que en las mías. Eso lo devoraba como aperitivo, luego me

 

zampaba platos más suculentos, como Ana Karenina y Los Misera-

 

bles. De postre saboreaba cuentos de hadas. Esos libros es -

 

tupendos me permitieron escapar de la re alidad más bien sórdi da

 

de aquella casa en duelo, donde los niños, como los gatos, éramos

 

un estorbo.

 

Mi madre, convertida en joven soltera, gracias a que pudo anu lar

 

su matrimonio, y viviendo a la sombra de su padre, contaba con al-

 

gunos admiradores, calculo que una o dos docenas. Además de be-

 

lla, tenía ese aspecto etéreo y vulnerable de algunas muchachas de

 

antes, completamente perdido en estos tiempos en que las féminas

 

levantan pesas. Su fragilidad resultaba muy atrayente, porque has-

 

ta el más enclenque de los hombres se sentía fuert e a su lado. Era

 

 

 

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una de esas mujeres a quienes dan ganas de proteger, exactamen-

 

te lo contrario de mí, que soy un tanque en plena marcha. En vez

 

de vestirse de negro y llorar por el aban dono de su frívolo marido,

 

como se esperaba de ella, procuraba diverti rse en la medida a su

 

alcance, que era mínima, porque entonces las damas no podían ir a

 

un salón de té solas, mucho menos al cine. La censura clasificaba

 

las películas de algún interés como «no recomendables para señori-

 

tas», lo cual significaba que sólo podían verlas en compañía de un

 

hombre de la familia, quien se responsabilizaba por el daño moral

 

que el espectáculo pudiera provocar en la sensible psique femenina.

 

Se han preservado algunas fotografías de esos años en las que mi

 

madre aparece como una hermana menor de la actriz Ava Gardner.

 

Poseía una belleza sin artificios: la piel luminosa, la risa fácil, fac -

 

ciones clásicas y una gran elegancia natural, razones sobradas para

 

que las malas lenguas no la dejaran en paz. Si sus platóni cos pre-

 

tendientes espantaban a la mojigata sociedad santiaguina, imagine

 

usted el escándalo que se armó cuando se supo de sus amores con

 

un hombre casado, padre de cuatro hijos y sobrino de un obispo.

 

Entre muchos candidatos, mi madre escogió al más feo de todos.

 

Ramón Huidobro parecía un sapo verde, pero con el beso de amor

 

se transformó en príncipe, como en el cuento, y ahora puedo jurar

 

que es guapo. Relaciones clandestinas habían exis tido siempre, en

 

eso los chilenos somos expertos, pero de clan destino ese romance

 

nada tenía y pronto fue un secreto a voces. Ante la imposibilidad de

 

disuadir a su hija o de impedir el escándalo, mi abuelo decidió salir-

 

le al paso y trajo al amante a vivir bajo su techo, des afiando a la

 

sociedad entera y a la Iglesia. El obispo en persona vino a poner las

 

cosas en su sitio, pero mi abuelo lo condujo de un ala amablemente

 

hacia la puerta, con el argumento de que con sus pecados corría él

 

y con los de su hija también. Con el tiempo ese amante habría de

 

convertirse en mi padrastro, el incompa rable tío Ramón, amigo,

 

confidente, mi único y verdadero padre; pero cuando llegó a vivir a

 

nuestra casa lo consideré mi enemigo y me propuse hacerle la vida

 

imposible.

 

Cincuenta años más tarde él asegura que esto no es cierto, que

 

jamás le declaré la guerra; pero lo dice de puro noble, para aliviar-

 

me la conciencia, porque recuerdo muy bien mis planes de darle

 

una muerte lenta y dolorosa.

 

Chile es posiblemente el único país de la galaxia donde no existe el

 

divorcio, porque nadie se atreve a desafiar a los c uras, a pesar de

 

que el setenta y uno por ciento de la población lo reclama desde

 

hace mucho tiempo. Ningún parlamentario, ni si quiera los que se

 

 

 

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han separado de sus esposas y juntado con una serie de otras mu-

 

jeres en rápida sucesión, enfrenta a los curas . El resultado es que

 

la ley de divorcio duerme año tras año en el archivo de asuntos

 

pendientes y cuando finalmente se apruebe tendrá tantas cortap i-

 

sas y condiciones, que será más convenien te asesinar al cónyuge

 

que divorciarse. Mi mejor amiga, cansada de esperar que saliera su

 

nulidad matrimonial, consultaba a diario los obituarios de la prensa

 

con la esperanza de ver en ellos el nombre de su marido. Nunca se

 

atrevió a rezar para que el hombre recibiera la muerte que merecía,

 

pero si se lo hubiera pedido buenamente al Padre Hurtado, sin duda

 

éste la hubiera complacido. Los resquicios legales han servido por

 

más de cien años a millares de parejas para anular sus matrim o-

 

nios. Así lo hicieron mis padres. Bastaron la volu ntad de mi abuelo

 

y sus co nexiones, para que mi padre desapareciera por obra de

 

magia y mi madre fuera declarada soltera con tres hijos ilegítimos,

 

que nuestra ley llama «putativos». Mi padre firmó los papeles sin

 

chistar, una vez que le aseguraron que no tendría que mantener a

 

sus chiquillos. La nulidad consiste en que una serie de testigos fa l-

 

sos jura en vano frente a un juez, quien finge creer que lo que le

 

cuentan es cierto. Para obtener una n ulidad se necesita por lo me-

 

nos un abogado, para quien el tiempo es oro, porque gana por

 

hora, de modo que no le conviene abreviar los trámites. El úni co

 

requisito para que el abogado «saque» la nulidad es que la pareja

 

se ponga de acuerdo, porque si uno de los dos se niega a participar

 

en el engaño, como hizo la primera mujer de mi padras tro, no hay

 

caso. El resultado es que hombres y mujeres se juntan y se sep a-

 

ran sin papeles de ning una clase, como ha hecho la casi totalidad

 

de la gente que conozco. Mientras escribo estas reflexiones, en el

 

tercer milenio, la ley de divorcio aún sigue pendiente, a pesar de

 

que el presidente de la República anuló su primer matrimonio y se

 

volvió a casar. Al paso que vamos mi madre y el tío Ramón, que ya

 

están en los ochenta y han vivido juntos bastante más de medio si-

 

glo, morirán sin poder legalizar su situación. Ya no les importa a

 

ninguno de los dos y aunque pudieran, no se casarían; prefieren ser

 

recordados como amantes de leyenda.

 

El tío Ramón trabajaba en el Ministerio de Relaciones Exteriores,

 

como mi padre, y al poco tiempo de instalarse bajo el techo pro -

 

tector de mi abuelo en calidad de yerno ilegítimo, fue enviado en

 

una misión diplomática a Bol ivia. Eran los comienzos de los años

 

cincuenta. Mi madre y nosotros, sus hijos, partimos tras él.

 

Antes de comenzar a viajar, yo estaba convencida de que todas las

 

 

 

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familias eran como la mía, que Chile era el centro del universo y

 

que el resto de la humanidad tenía nuestro aspecto y hablaba ca s-

 

tellano como primera lengua; el inglés y el francés eran asignaci o-

 

nes escolares, como la geometría. Apenas cruzamos la frontera tu-

 

ve la primera sospecha de la vastedad del mun do y me di cuenta

 

que nadie, absolutamente nadie, sabía cuán especial era mi familia.

 

Aprendí rápido lo que se siente al ser rechazada. Desde el momento

 

en que dejamos Chile y comenza mos a ir de un país a otro, me

 

convertí en la niña nueva en el barrio, la extranjera en el colegio, la

 

rara que se vestía diferente y ni siquiera podía hablar como los de-

 

más. No veía las horas de regresar a mi terreno conocido en Sa n-

 

tiago, pero cuando finalmente eso ocurrió, v arios años más tarde,

 

tampoco me avine allí, porque había estado afuera demasiado

 

tiempo. Ser extranjera, como lo he sido casi siempre, significa que

 

debo esforzarme mucho más que los nativos, lo cual me ha mante-

 

nido alerta y me ha obligado a desarrollar f lexibilidad para adap-

 

tarme a diversos ambientes. Esta condición tiene algunas ventajas

 

para alguien que se gana la vida observando: nada me parece n a-

 

tural, casi todo me sorprende. Hago preguntas absurdas, pero a

 

veces las hago a la gente adecuada y así con sigo temas para mis

 

novelas.

 

Francamente, una de las características de Willie que más me

 

atraen es su actitud desafiante y confiada. No duda de sí mismo o

 

de sus circunstancias. Siempre ha vivido en el mismo país, sabe

 

comprar por catálogo, votar por corr eo, abrir un frasco de aspi rina

 

y dónde llamar cuando se inunda la cocina. Envidio su seguridad; él

 

se siente totalmente a gusto en su cuerpo, en su lengua, en su pa-

 

ís, en su vida. Hay cierta frescura e inocencia en la ge nte que ha

 

permanecido siempre en el mismo lugar y cuenta con testigos de su

 

paso por el mundo. En cambio aquellos de nosotros que nos hemos

 

ido muchas veces desarrollamos por necesidad un cuero duro. C o-

 

mo carecemos de raíces y de testi gos del pasado, debemos confiar

 

en la memoria para dar continuidad a nuestras vidas; pero la m e-

 

moria es siempre borrosa, no podemos fiarnos en ella.

 

Los acontecimientos de mi pasado no tienen contornos precisos, es-

 

tán esfumados, como si mi vida hubiera sido sólo una sucesión de

 

ilusiones, de imágenes fug aces, de asuntos que no comprendo o

 

que comprendo a m edias. No tengo certezas de ninguna clase.

 

Tampoco logro sentir a Chile c omo un lugar geográfico con ciertas

 

características precisas, un sitio definible y real. Lo veo como se

 

ven los caminos del campo al atardecer, cuando las sombras de los

 

álamos engañan la vista y el paisaje parece sólo un sueño.

 

 

 

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GENTE SOBERBIA Y SERIA

 

Una amiga mía dice que nosotros, los chilenos, somos pobres, pero

 

delicados de los pies. Se refiere, por supuesto, a nuestra inj ustifi-

 

cada susceptibilidad, siempre a flor de piel, a nuestro orgullo s o-

 

lemne, nuestra tendencia a converti rnos en tontos gra ves apenas

 

nos dan la oportunidad. ¿De dónde nos vienen esas características?

 

Supongo que un poco es atribuible a la madre patria, España, que

 

nos legó una mezcla de pasión y severidad; otro tanto se lo deb e-

 

mos a la sangre de los sufridos araucanos, y del resto p odemos

 

culpar a la suerte.

 

Tengo algo de sangre francesa, por parte de mi padre, y sin duda

 

algo de indígena, basta verme p ara adivinarlo, pero mis orígenes

 

son principalmente castellano-vascos. Los fundadores de familias

 

como la mía intentaron e stablecer dinastías y para eso algunos de

 

ellos se atribuyeron un pasado aristocrático, aunque en realidad

 

eran labriegos y aventurer os españoles, llegados hace algunos s i-

 

glos al rabo de América con una mano por delante y otra por d e-

 

trás. De sangre azul, lo que se dice, nada. Eran ambiciosos y traba-

 

jadores, se apoderaron de las tierras más fértiles en las cercanías

 

de Santiago y se abo caron a la tarea de convertirse en notables.

 

Como inmigraron antes y se enriquecieron rápido, pudieron darse el

 

lujo de mirar para abajo a los que llegaron después. Se casaban

 

entre ellos y, como buenos católicos, producían copiosa descenden-

 

cia. Los hijos normales se destinaban a la tierra, los ministerios y a

 

la jerarquía eclesiástica, pero jamás al comercio, que era para otra

 

clase de gente; los menos favoreci dos intelectualmente iban a pa-

 

rar a la Marina. A menudo sobraba algún hijo para presidente de la

 

República. Tenemos estirpes de presidentes, como si el cargo fuera

 

hereditario, porque los chilenos votan por un nombre conocido. La

 

familia Errázuriz, por ejemplo, tuvo tres presidentes, treinta y ta n-

 

tos senadores y no sé cuántos diputados, además de v arios jerar-

 

cas de la Iglesia. Las hijas virtuosas de familias «conocidas» se c a-

 

saban con sus primos o se convertían en beatas de dudosos mil a-

 

gros; de las hijas descarriadas se encargaban las monjas. Era gente

 

conservadora, devota, honorable, soberbia y avara, pero en general

 

de bondadosa disposición, no tanto por temper amento, sino por

 

hacer méritos para ganar el cielo. Se vivía en el temor de Dios.

 

Me crié convencida de que cada privilegio trae como consecuencia

 

natural una larga lista de responsabilidades. Esa clase social chilena

 

mantenía cierta distancia con sus semejantes, porque había sido

 

 

 

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colocada en la Tierra p ara dar ejemplo, pesada carga que asumía

 

con devoción cristiana. Debo aclarar, sin embargo, que a pesar de

 

sus orígenes y apellidos, la rama de la familia de mi abuelo no fo r-

 

maba parte de esa oligarquía, gozaba de un buen pasar, pero care-

 

cía de fortuna o de tierras.

 

Una de las características de los chilenos en general y de los de s-

 

cendientes de castellanos y vascos en particular, es la sobri edad,

 

que contrasta con el temperamento exuberante, tan común en el

 

resto de América Latina. Crecí entre tías millonarias, primas de mi

 

abuelo y mi madre, vestidas con rop ones negros hasta los talones,

 

quienes hacían alarde de «virar» los ternos de sus ma ridos, engo-

 

rroso proceso que consistía en descoser el traje, planchar los peda-

 

zos y volver a unirlos por el revés para darles nue va vida. Era fácil

 

distinguir a las víctimas, porque llevaban el bolsillo superior de la

 

chaqueta a la derecha, en vez de a la izquierda. El resultado era

 

siempre patético, p ero el esfuerzo de mostraba cuán ahorrativa y

 

hacendosa era la buena s eñora. Eso de ser hacendosa es fund a-

 

mental en mi país, donde la pereza es privilegio masculino. A los

 

hombres se les perdona, igual com o se tolera en ellos el alcoholi s-

 

mo, porque se supone que son in evitables características biológi-

 

cas: el que nace así, nace así… No es el caso de las mujeres, se

 

entiende. Las chilenas, incluso las de fortuna, no se pintan las uñas,

 

porque eso indicaría que no trabajan con las manos y uno de los

 

peores epítetos es ser tachada de holgazana. Antaño, al subir a un

 

autobús, se veía a todas las mujeres tejiendo; pero eso ya no es

 

así, porque ahora llegan toneladas de ropa de segunda mano de Es-

 

tados Unidos y basura de poliéster de Taiwán, de modo que el tej i-

 

do pasó a la historia.

 

Se ha especulado que nuestra tan ponderada sobriedad es herencia

 

de agotados conquistadores españoles, que llegaban medio mue r-

 

tos de hambre y sed, impulsados más por desespera ción que por

 

codicia. Esos valientes capitanes -los últimos en el reparto del botín

 

de la Conquista- debían cruzar la cordillera de los Andes por pasos

 

traicioneros, o atravesar el desierto de Atacama bajo un sol de lava

 

ardiente, o desafiar las olas y los vientos fatídicos del cabo de Hor-

 

nos. La recompensa apenas valía la pena, porque Ch ile no ofrecía,

 

como otras regiones del continente, la posibilidad de enriquecimien-

 

to exorbitante. Las minas de oro y plata se contaban con los dedos

 

de una mano y había que arra ncar sus peñascos con un esfuerzo

 

descomunal; tampoco daba el clima para prósperas plantaciones de

 

tabaco, café o algodón. El nuestro siempre fue un país medio p o-

 

bre; a lo más que el colono podía aspirar era a una existencia tran-

 

 

 

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quila dedicada a la agricultura.

 

Antes la ostentación era inaceptable, como he dicho, pero por de s-

 

gracia eso ha cambiado, al menos entre los santiaguinos. Se han

 

puesto tan pretenciosos, que van al automercado los domingos por

 

la mañana, llenan el carrito con los productos más caro s -caviar,

 

champaña, filete-, se pasean un buen rato para que otros admiren

 

sus compras, luego lo abandonan en un pasillo y salen discret a-

 

mente con las manos vacías. También he oído que un buen porcen-

 

taje de los teléfonos celulares son de madera; sólo sirven para jac-

 

tarse. Años atrás esto habría sido impensable; los únicos que vivían

 

en mansiones eran los árabes nuevos ricos y nadie en su sano ju i-

 

cio se habría puesto un abrigo de piel, aunque hiciera un frío polar.

 

El lado positivo de tanta modestia -falsa o auténtica- era, por s u-

 

puesto, la sencillez. Nada de celebraciones de quinceañe ras con

 

cisnes teñidos de rosa, nada de bodas imperiales con tortas de cua-

 

tro pisos, nada de fiestas con orquesta para perritos falderos, como

 

en otras capitales de nuestro exuberante continente. La sobriedad

 

nacional fue un rasgo notable, que desapareció con el capitalismo a

 

ultranza impuesto en las últimas dos décadas, cuando ser rico y pa-

 

recerlo se puso de moda, pero espero que pronto volvamos a lo co-

 

nocido. El carácter de los pueblos es tenaz.

 

Ricardo Lagos, el actual presidente de la República (princi pios del

 

año 2002), vive con su familia en una casa alquilada en un barrio

 

sin pretensiones. Cuando lo visitan dignatarios de otras naciones se

 

quedan pasmados ante las r educidas dimensiones de la casa y el

 

asombro aumenta al ver al dignatario preparar los tragos y a la

 

primera dama ayudando a servir la mesa. Aunque la derecha no

 

perdona que Lagos no sea «gente como ellos», admira su sencillez.

 

Esta pareja es un típico exponente de la clase media de antigua ce-

 

pa, formada en escuelas y universidades estatales gratuitas, la icas

 

y humanistas. Los Lagos son chilenos criados en los valores de

 

igualdad y justicia social, a quienes la obsesión materialista de hoy

 

parece no haber rozado. Es de suponer que el ejemplo servirá para

 

terminar de una vez por todas con los carri tos abandonados en el

 

automercado y los teléfonos de madera.

 

Se me ocurre que esa sobriedad, tan arraigada en mi familia, así

 

como la tendencia a disimular la alegría o el bienestar, provenía de

 

la vergüenza que sentíamos al ver la miseria que nos rodea ba. Nos

 

parecía que tener más que otros no sólo era una injusti cia divina,

 

sino también una especie de pecado personal. Debía mos hacer pe-

 

nitencia y caridad para compensar. La penitencia era comer a diario

 

 

 

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frijoles, lentejas o garbanzos y pasar frío en invier no. La caridad

 

era una actividad familiar, que correspondía casi e xclusivamente a

 

las mujeres. Desde muy pequeñas las niñas íbamos de la mano con

 

las madres o las tías, a repartir ropa y comida entre los pobres. Esa

 

costumbre terminó hace como cincuenta años, pero ayudar al pr ó-

 

jimo sigue siendo una obligación que los chilenos asumen con al e-

 

gría, como c orresponde en un país donde no faltan ocasiones de

 

ejercerla. En Chile la pobreza y la solidaridad van de la mano.

 

No hay duda que existe una tremenda disparidad entre ricos y po-

 

bres, tal como ocurre en casi toda América Latina. El pue blo chile-

 

no, por pobre que sea, está más o menos bien educado, se mantie-

 

ne informado y conoce sus derechos, aunque no siem pre pueda

 

hacerlos valer. Sin embargo, la pobreza asoma su fea cabeza a ca-

 

da rato, sobre todo en tiempos de crisis. Para ilustrar la generos i-

 

dad nacional, nada mejor que unos párrafos de una carta de mi

 

madre desde Chile, con ocasión de las inundaciones del invierno de

 

2002, que sumergieron medio país en un océano de agua sucia y

 

barro.

 

“Ha llovido varios días seguidos. De repente amaina y es una lluvia

 

finita que sigue mojándonos y justo cuando el Ministerio del Interior

 

dice que ya viene mejor tiempo, cae otro chubasco como tempe s-

 

tad y le vuela el sombrero. Ha sido otra dura prueba para la pobla-

 

ción. Hemos visto la verdadera cara de la mise ria en Chile, la p o-

 

breza disfrazada de clase media baja, la que más sufre, porque tie-

 

ne esperanzas. Esa gente trabaja una vida entera para obtener una

 

vivienda decente y las empresas la esta fan: pintan las c asas muy

 

lindas por fuera, pero no les hacen desagües y con la lluvia no sólo

 

se inundan, sino que empiezan a deshacerse como miga de pan. Lo

 

único que distrae del desastre es el campeonato mundial de fútbol.

 

Iván Zamorano, nuestro ídolo futbolístico, donó una tonelada de

 

alimento y pasa los días en las poblaciones anegadas entreteniendo

 

a los niños y repartien do pelotas. No te puedes imaginar las esc e-

 

nas de dolor; siempre son los de menos recursos los que sufren las

 

peores inclemencias. El futuro se ve negro, po rque el temporal ha

 

sumergido los campos de verduras bajo el agua y el viento ha vola-

 

do plantaciones enteras de frutales. En Magallanes mueren las ove-

 

jas por miles, atrapadas en la nieve a merced de los lobos. Por s u-

 

puesto, la solidaridad de los chilenos se manifiesta en todas partes.

 

Hombres, mujeres y adolescentes con el agua hasta las rodillas y

 

cubiertos de lodo, cuidan niños, reparten ropa, apuntalan poblacio-

 

nes enteras que el agua arrastra hacia las quebradas. En la Plaza

 

 

 

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Italia se ha instalado una enorme carpa; pasan los automóviles y

 

sin detenerse lanzan paquetes de frazadas y alimentos a los brazos

 

de los estudiantes que esperan. La Estación Mapocho está converti-

 

da en un enorme refugio de damnificados, con su esce nario donde

 

los artistas de Santiago, los grupos de rock y hasta la orquesta sin-

 

fónica amenizan, obligando a bailar a la gente entumida de fr ío,

 

que así olvida por unos instantes su desgracia. Ésta es una lección

 

de humildad muy grande. El presidente, acompañado por su mujer

 

y los ministros, recorre los refugios y ofrecen consuelo. Lo mejor es

 

que la ministra de Defensa, Michelle Bachelet, hija de un asesinado

 

por la dictadura, sacó al ejér cito a trabajar por los damnificados y

 

anda encaramada a un carro de guerra con el comandante en jefe a

 

su lado, ayudando día y noche. ¡En fin! Cada uno hace lo que pu e-

 

de. La cuestión será ver qué hacen los bancos, que son un escá n-

 

dalo de corrupción en este país.”

 

Tal como ante el éxito ajeno el chileno se irrita, igualmente es

 

magnífico ante la desgracia; entonces pone de lado su mez quindad

 

y se convierte de súbito en la persona más solidaria y generosa de

 

este mundo. Hay varias maratones anuales por tele visión destina-

 

das a la caridad y todos, especia lmente los más humildes, se la n-

 

zan en una verdadera competencia a ver quién da más. Ocasiones

 

de apelar a la compasión pública no faltan en una nac ión perma-

 

nentemente remecida por fatalidades que descalabran los cimientos

 

de la vida, diluvios que arrastran pueblos enteros, olas descomuna-

 

les que ponen barcos al medio de las pla zas. Estamos hechos a la

 

idea de que la vida es incierta, siempre aguard amos que nos caiga

 

encima otro infortunio. Mi marido -quien mide un metro ochenta y

 

es de rodillas poco flexibles- no podía entender por qué guardo las

 

copas y los platos en las re pisas más bajas de la cocina, donde él

 

sólo alcanza acostado de espalda en el suelo, hasta que el terremo-

 

to de 1988 en San Francisco destruyó la vajilla de los vecinos, pero

 

la nuestra quedó intacta.

 

No todo es golpearse el pecho con sentimiento de culpa y hacer ca-

 

ridad para compensar la injusticia económica. Nada de eso. Nuestra

 

seriedad se compensa ampliamente con la glotonería; en Chile la

 

existencia transcurre en to rno a la mesa. La mayor par te de los

 

empresarios que conozco están con diabetes, porque las reuniones

 

de negocios son con desayuno, almue rzo o cena. Na die firma un

 

papel sin tomarse por lo menos un café con galletitas o un trago.

 

Si bien es cierto que comíamos legumbres a diario, el menú ca m-

 

 

 

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biaba los domingos. Un típico almuerzo dominical en casa de mi

 

abuelo empezaba con contundentes empanadas, unos pasteles de

 

carne con cebolla, capaces de provocar acidez al más sano; luego

 

se servía cazuela, una sopa levantamuertos de carne, maíz, papa y

 

verduras; enseguida un suculento chupe de mariscos, cuyo delici o-

 

so aroma llenaba la casa, y para terminar una c olección de postres

 

irresistibles, entre los cuales no podía faltar la tarta de manjar

 

blanco o dulce de leche, antigua receta de la tía Cuper tina, todo

 

acompañado con litros de nuestro fatídico pisco sour, y varias bote-

 

llas de buen vino tinto envejecido por años en el sótano de la casa.

 

Al salir nos d aban una cucharada de leche de magnesia. Esto se

 

multiplicaba por cinco cuando se celebraba el cumpleaños de un

 

adulto; los niños no merecíamos tal deferencia. Nunca oí mencionar

 

la palabra colesterol. Mis padres, que tienen más de ochenta años,

 

consumen noventa huevos, un litro de crema, medio kilo de ma n-

 

tequilla y dos de queso a la sema na. Están sanos y fre scos como

 

chiquillos.

 

Aquella reunión familiar no sólo era buena ocasión para co mer y

 

beber con gula, sino también para pelear con saña. Al segundo va-

 

so de pisco sour los gritos y los insultos entre mis parientes se oían

 

por todo el barrio. Después partía cada cual por su lado jurando no

 

volver a hablarse, pero al domingo siguiente nadie se atrevía a fa l-

 

tar, mi abuelo no lo habría perdonado.

 

Entiendo que esta perniciosa costumbre se ha mantenido en Chile,

 

a pesar de lo mucho que se ha evolucionado en otros aspectos.

 

Siempre me espa ntaron esas reuniones obligatorias, pero resulta

 

que ahora, en la madurez de mi existencia, las he reproducido en

 

California. Mi fin de semana ideal es tener la casa llena de gen te,

 

cocinar para un regimiento y acabar el día di scutiendo a voz en

 

cuello.

 

Las peleas entre parientes se mantenían en privado. La pri vacidad

 

es un l ujo de las clases pudientes, porque la mayor par te de los

 

chilenos no la tiene. Las familias de la clase media para abajo viven

 

en promiscuidad, en muchos hogares duermen varias personas en

 

la misma cama. En caso que exista más de una ha bitación, los ta-

 

biques divisorios son tan delgados, que se oyen hasta los suspiros

 

en la pieza de al lado. Para hacer el amor hay que esconderse en

 

sitios inverosímiles: baños públicos, debajo de los pue ntes, en el

 

zoológico, etc. En vista de que la solución al problema habitaci onal

 

puede demorar veinte años, con suerte, se me ocurre que el G o-

 

bierno tiene la obligación de proporcionar moteles gratuitos para

 

 

 

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parejas desesperadas, así se evitarían muchos problemas mentales.

 

Cada familia cuenta con algún tarambana, pero la consigna siempre

 

es cerrar filas en torno a la oveja negra y evitar el escán dalo. Des-

 

de la cuna los chilenos aprendemos que «la ropa sucia se lava en

 

casa» y no se habla de los parientes alcohólicos, los que se ende u-

 

dan, los que apalean a su mujer o han pasado por la cárcel. Todo

 

se esconde, desde la tía cleptómana hasta el primo que seduce vie-

 

jecitas para quitarles sus míseros ahorros y, espe cialmente, aquel

 

que canta en un cabaret vestido de Liza Mine lli, porque en Chile

 

cualquier originalidad en materia de preferencia sexual es imperdo-

 

nable. Ha costado una batalla que se discuta públicamente el i m-

 

pacto del sida, porque nadie desea admitir las causas. Tampoco se

 

legisla sobre el aborto, uno de los problemas de salud más serios

 

del país, con la esperanza de que, si no se toca el tema, desapare-

 

cerá como por encanto.

 

Mi madre tiene una cinta grabada con una lista de sabrosas ané c-

 

dotas y escándalos familiares, pero no me deja oírla, porque teme

 

que yo divulgue su contenido. Me ha prometido que a su muerte,

 

cuando ella esté definitivamente a salvo de la venganza apocalípt i-

 

ca de sus parientes, heredaré esa grabación. Crecí ro deada de se-

 

cretos, misterios, cuchicheos, prohibiciones, asuntos que no debían

 

mencionarse jamás. Tengo una deuda de gratitud con aquellos i n-

 

numerables esqueletos ocultos en el armario, por que plantaron en

 

mí las semillas de la literatura. En cada historia que escribo intento

 

exorcizar a alguno de ellos.

 

En mi familia no se propagaban chismes, en eso éramos algo dif e-

 

rentes al Homo chilensis común y corriente, porque el deporte n a-

 

cional es hablar a espaldas de la persona que acaba de salir de la

 

pieza. En esto también nos diferenciamos de nuestros ído los, los

 

ingleses, quienes tienen por norma no hacer comentarios person a-

 

les. (Conozco a un ex sold ado del ejército británico, casado, padre

 

de cuatro hijos y abuelo de varios nietos, que decidió cambiar de

 

sexo. De la noche a la mañana apareció vestido de señora y absolu-

 

tamente nadie en su pueblo de la campiña inglesa, donde había v i-

 

vido por cuarenta años, hizo ni la menor observación.) Entre noso-

 

tros hablar mal del prójimo tiene incluso un nombre: «pelar», cuya

 

etimología seguramente proviene de pelar pollos, o arrancarle las

 

plumas al ausente. Tanto es así, que nadie quiere ser el primero en

 

irse, por eso las despedidas se eternizan en la puerta. En nuestra

 

familia, en cambio, la norma de no hablar mal de otros, impuesta

 

por mi abuelo, llegaba al extremo de que él nunca le dijo a mi m a-

 

dre las razones por las cuales se oponía a su matrimonio con el

 

 

 

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hombre que habría de convertirse en mi padre. Rehusó repetir los

 

rumores que circulaban sobre su conducta y su carácter, porque no

 

contaba con pruebas y, an tes de manchar el nombre del prete n-

 

diente con una calumnia, prefirió arriesgar el futuro de su hija,

 

quien acabó desposándose en total ignorancia con un novio que no

 

la merecía. Con los años me he librado de este rasgo familiar; no

 

tengo escrúpulos en re petir chismes, hablar a espaldas de los d e-

 

más y divulgar secretos ajenos en mis libros; por eso la mit ad de

 

mis parientes no me habla.

 

Esto de que la familia no le hable a uno es cosa corriente. El gran

 

novelista José Donoso se vio obligado por la presión fami liar a eli-

 

minar un capítulo de sus memorias sobre una extraordi naria bis-

 

abuela, quien al enviud ar abrió una casa de juego clan destino,

 

atendida por atractivas muchachas. La mancha en el apellido impi-

 

dió que su hijo llegara a presidente, según dicen, y un siglo más

 

tarde todavía sus descendientes procuran ocultarla. Lamento que

 

esa bisabuela no fuera de mi tribu. De haberlo sido, me habría e n-

 

cargado de explotar su historia con justificado orgullo. ¡Cuántas no-

 

velas sabrosas se pueden escribir con una bisabuela como ésa!

 

SOBRE VICIOS Y VIRTUDES

 

En mi familia casi todos los hombres estudiaron leyes, aunque nin-

 

guno que yo me acuerde se recibió de abogado. Al chileno le gustan

 

las leyes, mientras más complicadas, mejor. Nada nos fascina tanto

 

como el papeleo y los trámites. Cuando alguna gestión resulta sen-

 

cilla, sospechamos de inmedi ato que es ilegal. (Yo, por ejemplo,

 

siempre he dudado de que mi matrim onio con Willie sea válido,

 

porque se llevó a cabo en menos de cinco minutos mediante un par

 

de firmas en un libro. En Chile eso habría tomado varias semanas

 

de burocracia.) El chileno es le galista, no hay mejor negocio en el

 

país que tener una notaría: queremos todo en papel sellado con va-

 

rias copias y muchos timbres. Tan legalistas somos, que el general

 

Pinochet no quiso pasar a la historia como usurpador del poder, s i-

 

no como legíti mo presidente, para lo cual tuvo que cambiar la

 

Constitución. Por una de esas ironías tan abundantes en la historia,

 

después se vio atrapado en las leyes que él mismo había creado

 

para perpetuarse en el cargo. Según su Constit ución, ejercería el

 

cargo por ocho años más -ya llevaba varios en el poder - hasta

 

1988, cuando debía consultar al pueblo para que decidiera si él

 

continuaba o si se convocaba a una elección. Perdió el plebiscito y

 

 

 

Posted by fulcanellii at 11:08:28 | Permalink | No Comments »

al año siguiente perdió la elección y debió entregar la banda pres i-

 

dencial a su opositor, el candidato democrático. Es difícil explicar en

 

el extranjero la forma en que terminó la dictadura, que contaba con

 

el apoyo incondicional de las Fuerzas Armadas, la derecha y un sec-

 

tor numeroso de la población. Los partidos políticos estaban su s-

 

pendidos, no había Congreso y la prensa estaba censurada. Tal co-

 

mo sostuvo muchas veces el general, «no se movía una hoja en el

 

país sin su consentimiento».

 

¿Cómo, entonces, pudo ser derrotado por una votación democrát i-

 

ca? Esto sólo puede suceder en un país como Chile. Del mismo mo-

 

do, mediante un resquicio de la ley, ahora se intenta juzgarlo junto

 

a otros militares acusados de violación a los derechos humanos, a

 

pesar de que la Corte Suprema fue designada por él y que una am-

 

plia ley de amnistía los protege por actos ilegales cometidos duran-

 

te los años de su gobierno. Resulta que hay centenares de personas

 

que fueron detenidas, a quienes los militares niegan haber matado,

 

pero como no han aparecido se consideran secuestradas. En esos

 

casos el delito no prescribe, por lo que los culpables no pueden pa-

 

rapetarse tras la amnistía.

 

El amor por los reglamentos, por inoperantes que sean, en cuentra

 

sus mejores exponentes en la inmensa burocracia de nuestra sufri-

 

da patria. Esa burocracia es el paraíso del «chilenito del montón» o

 

el hombre de gris. En ella puede vegetar a gus to, a salvo por com-

 

pleto de las trampas de la imaginación, perfectamente seguro en su

 

puesto hasta el día de su jubilación, siempre que no cometa la i m-

 

prudencia de tratar de cambiar las cosas, tal com o asegura el so-

 

ciólogo y escritor Pablo Huneeus (quien, dicho sea de paso, es uno

 

de los pocos excéntricos chilenos que no está emparentado con mi

 

familia). El funcionario público debe comprender desde su primer

 

día en la oficina que cualquier amago de in iciativa será el fin de su

 

carrera, porque no está allí para hacer mérito, sino para alcanzar

 

dignamente su nivel de incompetencia. El propósito de mover pape-

 

les con sellos y timbres de un lado a otro no es resolver problemas,

 

sino atascar soluciones. Si los problemas se resolvieran, la burocra-

 

cia perdería poder y mucha gente honesta se quedaría sin empleo;

 

en cambio, si empeoran, el Estado aumenta el presupuesto, contra-

 

ta más gente y así disminuye el índice de cesantía y todos que dan

 

contentos. El funcionario abusa de su pizca de poder, partien do de

 

la base que el público es su enemigo, sentimiento que es plen a-

 

mente correspondido. Fue una sorpresa comprobar que en Estados

 

Unidos basta t ener una licencia de conducir para moverse por el

 

país y la mayorí a de los trámites se hace por correo. En Chile el

 

 

 

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empleado de turno le exigirá al solicitante prueba de que nació, no

 

está preso, pagó sus impuestos, se registró para votar y sigue vivo,

 

porque aunque patalee para probar que no se ha muerto, igual d e-

 

be presentar un «certificado de supervivencia». Cómo será el pr o-

 

blema, que el gobierno ha creado una oficina para combatir la b u-

 

rocracia. Ahora los ciudadanos pueden recla mar por el mal trato y

 

acusar a los funcionarios ineptos… en papel sellado con tres copias,

 

por supuesto. Para cruzar recien temente la frontera con Argentina

 

en un bus de turismo tuvimos que esperar una hora y media mie n-

 

tras nos revisaban los docu mentos. Atravesar el antiguo muro de

 

Berlín era más fácil.

 

Kafka era chileno.

 

Creo que esta obsesión nuestra por la legalidad es una especie de

 

seguro contra la agresión que llevamos por dentro; sin el garro te

 

de la ley, andaríamos a palos unos con otros. La experiencia nos ha

 

enseñado que cuando perdemos los estribos somos capa ces de

 

cualquier barbaridad, por eso pr ocuramos ser cautelosos, parap e-

 

tándonos detrás de un fajo de papeles con sellos. Evitamos en lo

 

posible el enfrentamiento, buscamos consenso y a la primera opor-

 

tunidad que se presente sometemos la decisión a voto. Nos encanta

 

votar. Si se juntan unos cuantos mocosos en el patio de la escuela

 

a jugar al fútbol, lo primero que hacen es escribir un reglamento y

 

votar por un presidente, un vocal y un tesorero. Esto no significa

 

que seamos tolerantes, ni mucho menos: nos aferramos a nuestras

 

ideas como maniáticos (soy un caso típico). La intolerancia se ve en

 

todas partes, en la religión, la política, la cultura. Cualquiera que se

 

atreva a disentir es apabullado con insultos o con el ridículo, en ca-

 

so que no se pueda hacer callar con métodos más drásticos.

 

En las costumbres somos conservadores y tradicionales, preferimos

 

lo malo conocido que lo bueno por conocer, pero en todo lo demás

 

andamos siempre a la caza de las novedades. Conside ramos que

 

todo lo proveniente del extranjero es natura lmente mejor que lo

 

nuestro y debemos probarlo, desde la última perilla electrónica has-

 

ta los sistemas económicos o políticos. Pasamos buena parte del si-

 

glo XX experimentando diversas formas de revolución, hemos osci-

 

lado entre el marxismo y el capitalism o salvaje, pasando por cada

 

una de las tonalidades intermedias. La esperanza de que un cambio

 

de gobierno pueda mejorar nuestra suerte es como la esperanza de

 

ganarse la lotería, no tiene fundamento racional. En el fondo sab e-

 

mos bien que la vida no es fácil. El nuestro es un país de terrem o-

 

tos, cómo no vamos a ser fatalistas. Dadas las circunstancias, no

 

 

 

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nos queda más remedio que ser también un poco estoicos, pero no

 

hay necesidad de serlo con dignidad, podemos quejarnos a gusto.

 

En el caso de mi familia, creo que éramos tan espartanos como es-

 

toicos. Según predicaba mi abuelo, la vida fácil produ ce cáncer, en

 

cambio la i ncomodidad es saludable; recomenda ba duchas frías,

 

comida difícil de masticar, colchones apelotonados, asientos de ter-

 

cera clase en los trenes y zapatones pesados. Su teoría de la inco-

 

modidad saludable fue reforzada por v arios colegios británicos,

 

donde el destino me colocó durante la mayor parte de mi infancia.

 

Si una sobrevive a este tipo de educación, después agradece aun

 

los más insignificantes placeres; soy de la clase de personas que

 

murmuran una silenciosa plegaria cuando sale agua caliente por la

 

llave. Espero que la existencia sea pro blemática y cuando no hay

 

angustia o dolor por varios días, me preocupo, porque seguro signi-

 

fica que el cielo está preparándome una desgracia mayor. Sin e m-

 

bargo, no soy completamente neurótica, al contrario; en realidad,

 

da gusto estar conmigo. No necesito mucho para ser feliz, por lo

 

general basta un chorrito de agua caliente por la llave.

 

Se ha dicho mucho que somos envidiosos, que nos molesta el triun-

 

fo ajeno. Es cierto, pero la explicación no es envidia sino sentido

 

común: el éxito es anormal. El ser humano está biológi camente

 

constituido para el fracaso, prueba de ello es que tiene piernas y no

 

ruedas, codos en lugar de alas y metabolismo en vez de baterías.

 

¿Para qué soñar con el éxito si podemos vegetar tranquilamente en

 

nuestros fracasos? ¿Para qué hacer hoy lo que se puede hacer m a-

 

ñana? ¿O hacerlo bien si se puede hacer a medias? Detestamos que

 

un compatriota surja por encima de los demás, salvo cuando lo

 

hace en otro país, en cuyo caso el afor tunado se convierte en una

 

especie de héroe nacional. El triunfador local, sin embargo, cae pé-

 

simo; pronto hay tácito acuerdo para bajarle los humos. A este otro

 

deporte lo llamamos «chaqueteo»: coger al prójimo por la chaqueta

 

y tirar hacia abajo. A pe sar del «chaqueteo» y de la mediocridad

 

ambiental, de vez en cuando alguien logra asomar la cabeza por

 

encima del agua. Nuestro pueblo ha producido ho mbres y mujeres

 

excepcionales: dos premios Nobel, Pablo Neruda y Gabriela Mistral,

 

los cantau tores Víctor Jara y Violeta Parra, el pianista Claudio

 

Arrau, el pintor Roberto Matta, el novelista José Donoso, por me n-

 

cionar sólo algunos que recuerdo.

 

A los chilenos nos complacen los funerales, porque el muerto ya no

 

puede hacernos competencia ni «pelarnos» por las espaldas. No só-

 

lo vamos en masa a los entierros, donde hay que es tar de pie por

 

 

 

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horas oyendo por lo menos quince discursos, sino que también c e-

 

lebramos los aniversarios del finado. Otra de nues tras entretencio-

 

nes es contar y oír cuentos, mientras más maca bros y tristes, me-

 

jor; en eso, y en el gusto por el trago, nos parecemos a los irlande-

 

ses. Somos adictos a las telenovelas, porque las de sgracias de sus

 

protagonistas nos ofrecen una buena discul pa para llorar por las

 

penas propias. Me crié oyendo dramáticos seriales de radio en la

 

cocina, a pesar de que mi abuelo había prohibido el radio, porque lo

 

consideraba un instrumento diabólico que propaga chismes y vulga-

 

ridades. Los niños y las empleadas padecíamos con el interminable

 

serial El derecho de nacer, que duró varios años, según recuerdo.

 

Las vidas de los personajes de la telenovela son mucho más impor-

 

tantes que las de nuestra familia, a pes ar de que el argumento no

 

siempre es fácil de seguir. Por ejemplo: el galán seduce a una m u-

 

jer y la deja en estado interesante; luego se casa por venganza con

 

una chica coja y también la deja «esperando guagua», como dec i-

 

mos en Chile, pero enseguida sale escapando a Italia a juntarse con

 

su primera esposa. Creo que esto se llama tr igamia. Entretanto la

 

coja se opera la pierna, va a la peluquería, hereda una fortuna, se

 

convierte en ejecutiva de una gran empresa y atrae a nuevos pr e-

 

tendientes. Cuando el galán regresa de Italia y ve aquella hembra

 

rica y con dos piernas del mismo largo, se arrepiente de su felonía.

 

Y entonces comienzan los problemas del libretista para desenredar

 

aquel moño de vieja en que se ha con vertido la historia. Debe

 

hacer un aborto a la primera seducida, para que no queden bastar-

 

dos dando vueltas por el canal de televisión, y matar a la infortuna-

 

da italiana, para que el galán -que se supone que es el bueno de la

 

teleserie- quede oportu namente viudo. Esto permite a la ex coja

 

casarse de blanco, a pesar de que luce una tremenda barriga, y de-

 

ntro de un tiempo mí nimo dará a luz un varoncito, por supuesto.

 

Nadie trabaja, viven de sus pasiones, y las mujeres andan con pes-

 

tañas postizas y vestidas de cóctel desde la mañana. A lo largo de

 

esta tragedia casi todos acaban hospitalizados; hay partos, acc i-

 

dentes, violaciones, drogados, jóvenes que escapan de la casa o de

 

la cárcel, ciegos, locos, ricos que se vuelven pobres y pobres que se

 

hacen ricos. Se sufre mucho. Al día sigu iente de un capítulo part i-

 

cularmente dramático los teléfonos de todo el país están ocupados

 

con los pormenores; mis amigas me llaman a cobro revertido desde

 

Santiago a California para comentarlo. Lo único que puede competir

 

con el capítulo final de una t elenovela es una visita del Papa, pero

 

eso ha ocurrido una sola vez en nuestra historia y es muy probable

 

que no se repita.

 

 

 

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Además de los funerales, los cuentos morbosos y las teleno velas,

 

contamos con los crímenes, que siempre son un tema in teresante

 

de conversación. Nos fascinan los psicópatas y asesinos; si son de

 

la clase alta, mucho m ejor. «Tenemos mala memoria para los cr í-

 

menes del Estado, pero nunca o lvidamos los pecadi llos del prój i-

 

mo», comentó un célebre periodista. Uno de los asesinatos más so-

 

nados de la historia fue cometido por un tal señor Barceló, quien

 

mató a su mujer, después de haberla trata do pésimo durante los

 

años de vida en común, y enseguida ale gó que había sido un acc i-

 

dente. Estaba abrazándola, dijo, y se le escapó un balazo que le

 

perforó la cabeza. No pudo explicar por qué tenía en la mano una

 

pistola cargada apuntándole a la nuca, ante lo cual su suegra inició

 

una cruzada para vengar a su infor tunada hija; no la culpo, yo

 

habría hecho lo mismo. Esta dama pe rtenecía a la más distinguida

 

sociedad de Santiago y estaba acostumbrada a salirse con la suya:

 

publicó un libro denuncian do al yerno y después que é ste fuera

 

condenado a muerte, se ins taló en la oficina del presidente de la

 

República para impedir que lo indultara. Lo fusilaron. Fue el primero

 

y uno de los pocos reos de clase alta en ser ejecutados, porque ese

 

castigo se reservaba para quienes carecían de conexiones y buenos

 

abogados. Hoy la pena de muerte ha sido eliminada, como en todo

 

país decente.

 

También crecí con las anécdotas familiares contadas por mis abu e-

 

los, mis tíos y mi madre, muy útiles a la hora de escribir novelas.

 

¿Cuánto hay de verdad en ellas? No importa. A la hora de recordar,

 

nadie quiere la constatación de los hechos, basta la leyenda, como

 

la triste historia de aquel ap arecido en una sesión de espiritismo

 

que indicó a mi abuela la ubicación de un tesoro escondido debajo

 

de la escalera. Por un error en los planos de la propiedad y no por

 

maldad del espíritu, el tesoro nunca se encon tró, a pesar de que

 

demolieron media casa. He procurado averiguar cómo y cuándo su-

 

cedieron estos lamentables hechos, pero a nadie en mi familia le

 

interesa la documentación y si hago muchas preguntas mis parie n-

 

tes se ofenden.

 

No quiero dar la impresión de que tenem os sólo defectos, también

 

contamos con algunas virtudes. A ver, déjeme pensar en alguna…

 

Por ejemplo, somos un pueblo con alma de poeta. No es culpa

 

nuestra, sino del paisaje. Nadie que nace y vive en una naturaleza

 

como la nuestra puede abstenerse de h acer versos. En Chile usted

 

levanta una piedra y en vez de una lagartija sale un poeta o un

 

cantautor popular. Los admiramos, los respetamos y les soport a-

 

 

 

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mos sus manías. Antiguamente en las concentraciones políticas el

 

pueblo recitaba a voz en cuello los versos de Pablo Neruda, que to-

 

dos sabíamos de memoria. Preferíamos sus versos de amor, porque

 

tenemos debilidad por el romance. También nos conmueve la de s-

 

gracia: despecho, nostalgia, desengaño, duelo; nuestras tardes son

 

largas, supongo que a eso se debe la preferencia por los temas me-

 

lancólicos. Si a uno le falla la po esía, siempre quedan otras formas

 

de arte. Todas las mujeres que conozco escriben, pintan, esculpen

 

o hacen diversas artesanías en sus minutos de ocio, que son muy

 

pocos. El arte ha reempla zado al tejido. Me han regalado tantos

 

cuadros y cerámicas que ya no me cabe el automóvil en el garaje.

 

De nuestro carácter puedo agregar que somos cariñosos, an damos

 

repartiendo besos a diestra y siniestra. Los adultos nos saludamos

 

con un beso sincero e n la mejilla derecha; los niños besan a los

 

grandes al llegar y al despedirse, además por respeto les dicen tío y

 

tía, como en la China, incluso a las maestras de la escuela. La gen-

 

te mayor es besada sin compasión, aun contra su voluntad. Las

 

mujeres lo hacen entre ellas, aunque se detesten, y besan a cuanto

 

varón se ponga a su alcance, sin que la edad, la clase social o la

 

higiene logren disuadirlas. Sólo los machos en etapa repr oductora,

 

digamos entre catorce y setenta años de edad, no se besan unos a

 

otros, salvo padres e hijos, pero se palmotean y se abrazan que da

 

gusto. El cariño tiene muchas otras manifestaciones, desde abrir las

 

puertas de la casa para re cibir a quien se presente de improviso,

 

hasta compartir lo que uno tenga. No se le ocurra alab ar algo que

 

otra persona lleva puesto, porque seguro se lo saca para regalárse-

 

lo. Si sobra comida en la mesa, lo del icado es entregárselo a los

 

huéspedes para que se lo lleven, tal como no se llega de visita a

 

una casa con las manos vacías.

 

Lo primero que se dice de los chilenos es que somos hospi talarios:

 

a la primera insinuación abrimos los brazos y las puertas de nue s-

 

tras casas. He oído contar a menudo a los extranjeros de visita que

 

si piden ayuda para ub icar una dirección, el inter pelado los acom-

 

pañará personalmente y, si los ve muy perdidos, es capaz de inv i-

 

tarlos a su casa para ofrecerles comida y hasta una cama en caso

 

de apuro. Confieso, sin embargo, que mi fami lia no era particular-

 

mente amistosa. Uno de mis tíos no permitía que nadie resp irara

 

cerca de él y mi abuelo arremetía a bastonazos contra el teléfono,

 

porque consideraba una falta de respeto que lo llamaran sin su

 

consentimiento. Vivía enojado con el cartero porque le traía corres-

 

pondencia que no había solicitado y no abría cartas que no tuvieran

 

el remitente a la vista. Mis p arientes se sentían superiores al resto

 

 

 

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de la humanidad, aunque las razones para ello me parecen nebulo-

 

sas. De acuerdo a la escuela de pen samiento de mi abuelo, sólo

 

podíamos confiar en nuestros parien tes cercanos, e l resto de la

 

humanidad era sospechoso. El hom bre era católico ferviente, pero

 

enemigo de la confesión, porque sospechaba de los curas y sost e-

 

nía que podía entenderse directamente con Dios para el perdón de

 

sus pecados. Lo mismo se aplicaba para su mujer y sus hijos. A pe-

 

sar de este inexplicable complejo de superioridad, en nuestra casa

 

siempre se recibió bien a las vis itas, por viles que fueran. En ese

 

sentido los chilenos somos como los árabes del desierto: el huésped

 

es sagrado y la amistad, una vez declarada, se convierte en vínculo

 

indisoluble.

 

No se puede entrar a una vivienda, rica o pobre, sin aceptar algo de

 

comer o beber, aunque sea sólo un «tecito». Ésta es otra tradición

 

nacional. Como el café siempre fue escaso y caro -hasta el Nescafé

 

era un lujo- bebíamos más té que la población completa de Asia,

 

pero en mi último viaje compr obé maravillada que por fin entró la

 

cultura del café y ahora cualquiera dis puesto a pagarlo encuentra

 

espressos y cappuccinos como en Italia. De paso debo agregar, pa-

 

ra tranquilidad de los turistas potenciales, que también contamos

 

con baños públicos impecables y agua embotellada en todas partes;

 

ya no es inevitable caer con colitis al primer trago de agua, como

 

era antes. En cierta forma lo lamento, porque los que nos c riamos

 

con agua chilena estamos inmunizados contra todas las bacterias

 

conocidas y por conocer; puedo beber agua del Ganges sin efectos

 

visibles en mi salud, en cambio mi marido se lava los dientes fuera

 

de Estados Unidos y coge un t ifus. En Chile no somos refinados

 

respecto al té, cualquier infusión oscura con un poco de azúcar nos

 

parece deliciosa. Además existe una infinidad de yerbas locales, a

 

las cuales se les atribuyen propiedades curativas, y en caso de ver-

 

dadera miseria tenemos la «agüita perra», simple agua caliente en

 

una taza desportillada. Lo primero que ofrecemos al visitante es un

 

«tecito», un «agüita» o un «vinito». En Chile hablamos en diminuti-

 

vo, como c orresponde a nuestro afán de pasar desapercibidos y

 

nuestro horror de pr esumir, aunque sea de palabra. Luego ofre -

 

cemos lo que hay para comer «a la suerte de la olla», lo cual puede

 

significar que la dueña de casa le quitará el pan de la boca a sus

 

hijos para darlo a la visita, quien tiene la obligación de aceptarlo. Si

 

se trata de una in vitación formal, se puede esperar un ba nquete

 

pantagruélico; el propósito es dejar a los comensa les con indiges-

 

tión por varios días. Por supuesto, las mujeres hacen siempre el

 

trabajo pesado. Ahora existe la moda de que los hombres cocinen,

 

 

 

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una verdadera desgracia, porque mientras ellos se llevan la gloria,

 

a la mujer le toca lavar el cerro de ollas y platos sucios que dejan

 

apilados. La cocina típica es sencilla, porque la tierra y el mar son

 

generosos; no existen frutas ni ma riscos más sabr osos que los

 

nuestros, esto se lo puedo jurar. Mientras más difícil es obtener los

 

ingredientes, más elaborada y picante es la comida, como ocurre

 

en India o en México, don de hay trescientas maneras de preparar

 

arroz. Nosotros tenemos una sola y nos parece más que suf iciente.

 

La creatividad que no necesitamos para inventar platos originales la

 

empleamos en los nombres, que pueden inducir al extranjero a las

 

peores sospechas: locos apanados, queso de cabeza, prieta de san-

 

gre, sesos fritos, dedos de dama, brazo de reina, suspiros de mon-

 

ja, niñitos envueltos, calzones rotos, cola de mono, etc.

 

Somos gente con sentido del humor y nos gusta reírnos, aunque en

 

el fondo preferimos la seriedad. Del presidente Jorge Alessan dri

 

(8 -1964), un solterón neurótico, que sólo beb ía agua mineral,

 

no permitía que se fumara en su presencia y andaba invierno y ve-

 

rano con abrigo y bufanda, la gente decía con admiración: «¡Qué

 

triste está don Jorge!». Eso nos tranquilizaba, porque era signo de

 

que estábamos en buenas manos: las de un hombre serio, o mejor

 

aún, las de un viejo depresivo que no perdía su tiem po con alegría

 

inútil. Esto no quita que la desgracia nos parezca divertida; afin a-

 

mos el sentido del humor cuando las cosas andan mal y como

 

siempre nos parece que andan mal, nos r eímos a menudo. Así

 

compensamos un poco nuestra vocación de quejar nos por todo. La

 

popularidad de un personaje se mide por los chistes que provoca;

 

dicen que el presidente Salvador Allende inventaba chistes sobre él

 

mismo -algunos bastante subidos de colo r- y los echaba a rodar.

 

Durante muchos años mantuve una columna en una revista y un

 

programa de televisión con preten siones humorísticas, que fueron

 

tolerados porque no había mu cha competencia, ya que en Chile

 

hasta los payasos son melancólicos. Años más tarde, cuando empe-

 

cé a publicar una c olumna similar para un periódico en Venezuela,

 

cayó pésimo y me eché un montón de enemigos encima, porque el

 

humor de los venezolanos es más directo y menos cruel.

 

Mi familia se distingue por las bromas pesadas, pero carece de refi-

 

namiento en materia de humor; los únicos chistes que entiende son

 

los cuentos alemanes de don Otto. Veamos uno: una señorita muy

 

elegante suelta una i nvoluntaria ventosidad y para disimular hace

 

ruido con los zapatos, entonces don Otto le dice (con acento al e-

 

mán): «Romperás un zapato, romperás el otro, pero nunca harás el

 

 

 

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ruido que hiciste con el poto». Al escribir esto, lloro de risa. He tra-

 

tado de contárselo a mi marido, pero la rima es intraduc ible y ade-

 

más en California un chiste racista no tiene la menor gracia. Me crié

 

con chistes de gallegos, judíos y turcos. Nuestro humor es negro,

 

no dejamos pasar ocasión de burlarnos de los demás, sea quien

 

sea: sordomudos, retardados, epilépticos, gente de color, hom o-

 

sexuales, curas, «rotos», etc. Tenemos chistes de todas las religio-

 

nes y razas.

 

Oí por primera vez la expresión politically correct a los cuarenta y

 

cinco años y no he logrado explicar a mis amigos o mis parientes

 

en Chile lo que eso significa. Una vez quise conseguir en California

 

un perro de esos que adiestran para los ciegos pero que son de s-

 

cartados porque no pasan las duras pruebas del entrenamiento. En

 

mi solicitud tuve la mala idea de me ncionar que quería uno de los

 

canes «rechazados» y a vuelta de correo recibí una seca nota in-

 

formándome que no se usa el término «rechazado», se dice que el

 

animal «ha cambiado de carrera». ¡Vaya uno a explicar eso en Chi-

 

le!

 

Mi matrimonio mixto con un gringo americano no ha sido del todo

 

malo; nos avenimos, aunque la mayor parte del tiempo ninguno de

 

los dos tiene idea de qué habla el otro, porque siempre estamos

 

dispuestos a darnos mutuamente el beneficio de la duda. El mayor

 

inconveniente es que no co mpartimos el sentido del humor; Willie

 

no puede creer que en castellano suelo ser graciosa y por mi parte

 

nunca sé de qué diablos se ríe él. Lo único que nos divierte al un í-

 

sono son los discursos improvisados del presiden te George W.

 

Bush.

 

DONDE NACE LA NOSTALGIA

 

He dicho a menudo que mi nostalgia empieza con el golpe mili tar

 

de 1973, cuando m i país cambió tanto, que ya no puedo re -

 

conocerlo, pero en realidad debe haber comenzado mucho antes. Mi

 

infancia y mi adolescencia estuvieron marcadas por viajes y despe-

 

didas. No alcanzaba a echar raíces en un lugar, cuando había que

 

hacer las maletas y partir a otro.

 

Tenía nueve años cuando dejé la casa de mi infancia y me despedí,

 

con mucha tristeza, de mi inolvidable abuelo. Para que me entretu-

 

viera durante el viaje a Bolivia, el tío Ramón me regaló un mapa del

 

mundo y las obras completas de Shakespear e traducidas al esp a-

 

ñol, que me tragué apurada, releí algunas ve ces y aún conservo.

 

 

 

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Me fascinaban esas historias de maridos celosos que asesinan a sus

 

esposas por un pañuelo, reyes a quienes sus enemigos les destilan

 

veneno en las orejas, amantes que se suicidan por inadecuadas

 

comunicaciones. (¡Qué distinta habría sido la suerte de Romeo y

 

Julieta si hubieran contado con un teléfono!) Shakespeare me inició

 

en las historias de sangre y pasión, camino peligroso para los auto-

 

res a quienes nos toca vivir en la era minimalista. El día en que nos

 

embarcamos en el puerto de Valparaíso, rumbo a la provincia de

 

Antofagasta, donde tomaríamos un tren a La Paz, mi madre me dio

 

un cuaderno con instrucciones de iniciar un diario de viajes. Desde

 

entonces he escrito casi todos los días; es el hábito más arraigado

 

que tengo. A medida que avanzaba el tren, cambiaba el paisaje y

 

algo se desgarraba dentro de mí. Por un lado sentía curiosidad por

 

las novedades que desfilaban ante mis ojos y por otro una tristeza

 

insuperable, que se iba cristalizando en mi interior. En los pueblitos

 

bolivianos donde el tren se detenía comprábamos maíz en coronta,

 

pan amasado, papas negras que parecían podridas y deliciosos dul-

 

ces que las indias bolivianas, con sus faldas mul ticolores de lana y

 

sus sombreros de hongo negros, como los de los banqueros ingl e-

 

ses, nos ofrecían. Yo anotaba en mi cuaderno con una tenacidad de

 

notario, como si ya entonces presintiera que sólo la escritura podría

 

anclarme a la realidad. Por la ven tana el mundo se veía difuso por

 

el polvo en los vidrios y deformado por la prisa del viaje.

 

Esos días me sacudieron la imaginación. Oí cuentos de espí ritus y

 

demonios que rondan los pueblos abandonados, de mo mias sus-

 

traídas de tumbas pr ofanadas, de cerros de cráneos h umanos, al-

 

gunos de más de cincuenta mil años de antigüedad, expuestos en

 

un museo. En la clase de historia del c olegio había aprendido que

 

por esas desolaciones anduvieron durante meses los primeros e s-

 

pañoles que llegaron a Chile desde el Perú en el siglo XVI. Imagina-

 

ba a ese puñado de guerreros con las armadu ras al rojo, los caba-

 

llos exhaustos y los ojos alucinados, seguidos por mil indios caut i-

 

vos cargando víveres y armas. Fue una proeza de incalculable cora-

 

je y de loca a mbición. Mi madre nos leyó unas páginas sobre los

 

desaparecidos indios atacameños y otras sobre los quechuas y a y-

 

maras, con quienes conviviríamos en Bolivia. Aunque no podía adi-

 

vinarlo, en ese viaje comenzó mi destino de vagabunda. El diario

 

todavía existe, mi hijo lo man tiene escondido y se ni ega a mo s-

 

trármelo porque sabe que yo lo destruiría.

 

Me he arrepentido de muchas cosas escritas en mi juventud: po e-

 

mas e spantosos, cuentos trágicos, notas de suicidio, cartas de

 

amor impartidas a infortunados amantes y sobre todo aquel diario

 

 

 

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cursi. (Cuidado aspirantes a escritores: no todo lo que se escribe

 

vale la pena preservar para beneficio de generaciones futuras.) Al

 

darme aquel cuaderno, mi madre tuvo la intu ición de que habrían

 

de perderse mis raíces chilenas y que, a falta de tie rra donde plan-

 

tarlas, debería hacerlo en el papel. A partir de ese instante he escri-

 

to siempre. Mantenía correspondencia con mi abuelo, mi tío Pablo y

 

con los padres de algunas amigas, unos pacientes señores a qui e-

 

nes relataba mis impresiones de La Paz, sus montaña s moradas,

 

sus indios hermét icos y su aire tan del gado, que los pulmones

 

siempre están a punto de ll enarse de espuma y la mente de aluc i-

 

naciones. No escribía a niños de mi edad, sólo a los adultos, porque

 

ellos me contestaban.

 

En mi infancia y juventud v iví en Bolivia y el Líbano, si guiendo el

 

destino diplomático del «hombre moreno de bigotes» que tanto me

 

anunciaron las gitanas. Aprendí algo de francés e inglés; también a

 

ingerir comida de aspecto sospechoso sin hacer preguntas. Mi edu-

 

cación fue caótica, por decir lo menos, pero compensé las treme n-

 

das lagunas de información leyendo todo lo que caía en mis manos

 

con una voracidad de piraña. Viajé en barcos, aviones, trenes y au-

 

tomóviles, siempre escribiendo car tas en las cuales comparaba lo

 

que veía con mi única y eterna referencia: Chile. No me sep araba

 

de mi linterna, de la cual me serví para leer aun en las más adver-

 

sas condiciones ni de mi cuaderno de anotar la vida.

 

Luego de pasar dos años en La Paz, partimos co n camas y petacas

 

rumbo al Líbano. Los años en Beirut fueron de aislamiento para mí,

 

encerrada en la casa y en el colegio. ¡Cómo echaba de menos a

 

Chile! A una edad en que las muchachas bailaban rock’n'roll, yo leía

 

y escribía cartas. Vine a enterarme de la existencia de Elvis Presley

 

cuando ya estaba gordo. Me vestía con un severo traje gris para

 

molestar a mi madre, quien siempre fue coqueta y elegante, mien-

 

tras soñaba despierta con príncipes caí dos de las estrellas que me

 

rescataban de una existencia vulgar. Durante los recreos e n el co-

 

legio me parapetaba detrás de un libro en el último rincón del patio,

 

para esconder mi timidez.

 

La aventura del Líbano terminó bruscamente en 1958, cuando de s-

 

embarcaron los marines norteamericanos de la Sexta Flota para in-

 

tervenir en los violentos hechos políticos que poco después desg a-

 

rraron a ese país. La guerra civil había comenzado meses antes, se

 

oían balazos y gritos, había co nfusión en las calles y miedo en el

 

aire. La ciudad estaba dividida en sectores religio sos, que se e n-

 

frentaban con rencores acumulados por siglos, mientras el ejército

 

 

 

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intentaba mantener el orden. Uno a uno cerra ron sus puertas los

 

colegios, menos el mío, porque nuestra flemá tica directora decidió

 

que la guerra no era de su incumbencia, puesto que no participaba

 

Gran Bretaña. Por desgracia esta inte resante situación duró poco:

 

el tío Ramón, atemorizado ante el cariz que tomaba la revuelta,

 

mandó a mi madre con el perro a España y a los niños de vuelta a

 

Chile. Más tarde mi madre y él fueron destinados a Turquía, y noso-

 

tros nos quedamos en Santiago, mis hermanos internos en un cole-

 

gio y yo con mi abuelo.

 

Llegué a Santiago a los quince años, desorientada porque lle vaba

 

varios años viviendo en el extranjero y me había desconec tado de

 

mis antiguas amistades y de los prim os. Además tenía un extraño

 

acento, lo cual es un problema en Chile, donde la gente se «ubica»

 

en su clase social por la fo rma de hablar. Santiago de los años s e-

 

senta me parecía bastante provinci ano, comparado, por ejemplo,

 

con el esplendor de Beirut, que se jactaba de ser el París del Orien-

 

te Medio, pero eso no significaba que el ritmo fue ra tranquilo, ni

 

mucho menos, ya entonces los santiaguinos an daban con los ne r-

 

vios de punta. La vida era incómoda y difícil, la burocracia abruma-

 

dora, los horarios muy largos, pero yo llegué decidida a adoptar esa

 

ciudad en mi corazón. Estaba cansa da de despedirme de lugares y

 

personas, deseaba plantar raíces y no salir más.

 

Creo que me enamoré del país por las historias que me contaba mi

 

abuelo y la forma en que juntos recorrimos el sur. Me enseñó histo-

 

ria y geografía, me mostró mapas, me obligó a leer autores naci o-

 

nales, corregía mi gram ática y mi or tografía. Carecía de paciencia

 

como maestro, pero le sobraba severidad; mis errores lo ponían ro-

 

jo de rabia, pero sí quedaba contento con mis tareas, me premiaba

 

con un trozo de queso Camembert, que dej aba madurar en su a r-

 

mario; al abrir la puer ta el olor a botas podridas de soldado inu n-

 

daba el barrio.

 

Mi abuelo y yo nos aveníamos bien, porque a los dos nos gustaba

 

estar callados. Podíamos pasar horas lado a lado, leyendo o miran-

 

do caer la lluvia en la ventana, sin sentir la necesidad de hablar por

 

hablar. Creo que nos teníamos mutua simpatía y respeto. Escribo

 

esta palabra -respeto- con cierta vacilación, porque mi abu elo era

 

autoritario y machista, estaba acostumbrado a tratar a las mujeres

 

como delicadas flores, pero la idea del respeto intelectual por ellas

 

no se le pasaba por la mente. Yo era una mocosa hosca y rebelde

 

de quince años, que discutía con él de igual a igual. Eso picaba su

 

curiosidad. Sonreía divertido cuando yo alegaba en defensa de mi

 

 

 

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derecho a tener la misma liber tad y educación que mis hermanos,

 

pero al menos me escuchaba. Vale la pena mencionar que la prime-

 

ra vez que oyó la palabra «machista» fue de mis labios. No sabía su

 

significado y cuando se lo expliqué casi se muere de risa; la idea de

 

que la autoridad masculina, tan natural como el aire que se respira,

 

tuviera un nombre, le pareció un chiste muy ingenioso. Cuando

 

empecé a cuestionar aquella autoridad, dejó de hacerle gracia, pero

 

creo que entendía y tal vez admiraba mi deseo de ser como él,

 

fuerte e independiente, y no una víctima de las circunstancias, c o-

 

mo mi madre.

 

Casi conseguí ser como mi abuelo, pero la naturaleza me traicionó:

 

me salieron senos -apenas un par de ciruelas sobre las costillas - y

 

mi plan se fue al diablo. La explosión de las hormo nas fue un de-

 

sastre para mí. En cuestión de semanas me convertí en una chiqui-

 

lla acomplejada, con la cabeza caliente de sueños románticos, cuya

 

principal preocupación era atraer al sexo opues to, tarea nada fácil,

 

porque carecía del más mínimo encanto y andaba casi siempre f u-

 

riosa. No podía disimular mi desprecio por la may oría de los m u-

 

chachos que conocía, porque me parecía evidente que yo era más

 

lista. (Me costó varios años aprender a hacerme la tonta para que

 

los hombres se sintieran superiores. ¡Hay que ver cuánto trabajo

 

requiere eso!) Pasé esos años desgarrada entre las ideas feministas

 

que bullían en mi mente, sin que lograra expresarlas de una mane-

 

ra articulada, porque todavía nadie había oído hablar de algo así en

 

mi medio, y el deseo de ser como las demás muchachas de mi

 

edad, de ser aceptada, deseada, conquistada, protegida.

 

A mi pobre abuelo le tocó lidiar con la adolescente más desgraciada

 

de la historia de la humanidad. Nada que el pobre viejo dijera podía

 

consolarme. No es que dijera mucho. A veces mascullaba que para

 

ser mujer yo no estaba mal, pero eso no cambiaba el hecho de que

 

él prefería que yo fuera hombre, en cuyo caso me habría enseñado

 

a usar sus herramientas. Al menos consiguió deshacerse de mi tra-

 

je gris mediante el método simple de quemarlo en el patio. Armé

 

un escándalo, pero en el fondo me sentí agradecida, aunque estaba

 

segura de que con aquel mama rracho gris o sin él ningún hombre

 

me miraría jamás. Sin embar go, pocos días más tarde s ucedió un

 

milagro: se me declaró el pri mer muchacho, Miguel Frías. Estaba

 

tan desesperada, que me aferré a él como un cangrejo y no lo solté

 

más. Cinco años más tarde nos casamos, tuvimos dos hijos y per-

 

manecimos juntos durante veinticinco años. Pero no debo adela n-

 

tarme…

 

 

 

 

 

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Para entonces mi abuelo había abandonado el luto y se había vuelto

 

a casar con una matrona de aspecto imperial por cuyas venas c o-

 

rría sangre de aquellos colonos alemanes llegados de la Selva N e-

 

gra a poblar el sur durante el siglo XIX. Por comparación, nosotros

 

parecíamos salvajes y nos comportábamos como tales. La segunda

 

esposa de mi abuelo era una valkiria imponente, alta, blanca y r u-

 

bia, dotada de proa oronda y popa memorable. Debió soportar que

 

su marido murmurara dormido el nombre de su pri mera mujer y

 

lidiar con su familia política, que nunca la aceptó del todo y en m u-

 

chas ocasiones le hizo la vida imposible. Lamen to que así fuera,

 

porque sin ella la vejez del patriarca habría sido muy solitaria. Era

 

excelente dueña de casa y cocinera; también era mandona, laborio-

 

sa, ahorrativa e incapaz de entender el tor cido sentido del humor

 

de nuestra familia. Bajo su reinado se des terraron de la cocina los

 

eternos frijoles, lentejas y garbanzos; ella preparaba delicados pla-

 

tos que sus hijastros tapaban con salsa picante antes de probarlos.

 

También bordaba primorosas toallas que ellos solían emplear para

 

quitarse el barro de los zapatos. Imagino que los almuerzos dom i-

 

nicales con esos bárbaros deben haber sido un insufrible tormento

 

para ella, pero los mantuvo en vigencia durante décadas para d e-

 

mostrarnos que, hici éramos lo que hiciéramos, jamás podríamos

 

vencerla. En aquella lucha de voluntades, ella ganó de lejos.

 

Esta digna dama no participaba en la complicidad entre mi abuelo y

 

yo, pero nos acompañaba por las noches, cuando escu chábamos

 

una radionovela de terror con la luz apagada, ella te jiendo de me-

 

moria, indiferente, él y yo muertos de miedo y de risa. El viejo se

 

había reconciliado con los medios de comunicación y tenía un radio

 

antediluviano que él mismo debía compo ner día por medio. Con

 

ayuda de un «maestro» había instalado una antena y también unos

 

cables conectados a una parrilla metálica, con la intención de captar

 

comunicaciones de los extraterrestres, en vista de que mi abuela ya

 

no estaba a mano para convocarlos en sus sesiones.

 

En Chile existe la institución del «maestro», como llamamos a cual-

 

quier tipo (nunca una mujer) que tenga en su poder un alicate y un

 

alambre. Si se trata de alguien especialmente primiti vo, lo llama-

 

mos cariñosamente «maestro chasquilla», de otro modo es «maes-

 

tro» a secas, título honorífico equivalente a «licen ciado». Con un

 

alicate y un alambre el hombrecito pu ede componer desde un sen-

 

cillo lavamanos hasta la turbina de un avión; su creatividad y auda-

 

cia son ilimitadas. Durante la mayor parte de su larga v ida mi

 

abuelo rara vez necesitó acudir a uno de estos especialistas, porque

 

 

 

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no sólo era capaz de arreglar cualquier despe rfecto, sino que tam-

 

bién fabricaba sus propias herramientas; pero en la vejez, cuando

 

ya no podía agacharse o levantar peso, contaba con un «maestro»,

 

quien solía visitarlo para trabajar juntos entre sorbo y sorbo de g i-

 

nebra. En Estados Unidos, donde la mano de obra es cara, la mitad

 

de la población masculina tiene un garaje lleno de herramientas y

 

aprende desde joven a leer los manuales de instrucciones. Mi mari-

 

do, de profesión abogado, posee una pistola que dispara clavos,

 

una máquina para cortar rocas y otra que vomita cemento por una

 

manguera.

 

Mi abuelo era una excepción entre los chilenos, porque ninguno de

 

la clase media para arriba sabe descifrar un manual y tampoco se

 

ensucia las manos con grasa de motor: para eso están los «maes -

 

tros», que pueden improvisar las más ingeniosas soluciones con los

 

más modestos recursos y con el mínimo de aspavientos. Co nocí a

 

uno que se cayó del noveno piso tratando de componer una vent a-

 

na y salió milagrosamente ileso. Subió en el ascensor, sobándose

 

las contusiones, a pedir disculpas porque se le había roto el mart i-

 

llo. La idea de usar un cinturón de seguridad o cobrar una indemni-

 

zación jamás se le pasó por la mente.

 

Había una casita al fondo del jardín de mi abuelo, que seguramente

 

hicieron para una empleada, donde me instalaron. Por primera vez

 

en mi vida tuve privacidad y silencio, un lujo al cual me hice adicta.

 

Estudiaba de día y por las noches leía novelas de cien cia ficción,

 

que alquilaba en ediciones de bo lsillo por unos centa vos en el

 

quiosco de la esquina. Como todos los adolescentes chilenos de en-

 

tonces, andaba con La Montaña Mágica y El lobo E stepario bajo el

 

brazo para impresionar; no me acuerdo haberlos leído. (Chile es

 

posiblemente el único país donde Thomas Mann y Herman Hesse

 

han sido eternos best sellers, aunque no puedo imaginar qué tene-

 

mos en común con Narciso y Goldmunda, por ejem plo.) En la b i-

 

blioteca de mi abuelo tropecé con una colección de novelas rusas y

 

las obras completas de Henri Troyat, quien escri bió largas sagas

 

familiares sobre la vida en Rusia antes y durante la Revolución. Re-

 

leí esos libros muchas veces, y años después nombré a mi hijo N i-

 

colás por un personaje de Troyat, un joven campesino, radiante

 

como un sol matinal, quien se enamora de la esposa de su amo y

 

sacrifica su vida por ella. Es una historia tan romántica que incluso

 

ahora, cuando me acuerdo, me dan ganas de llorar. Así eran mis

 

libros favoritos y todavía lo son: personajes apasionados, causas

 

nobles, atrevidos actos de valor, idealismo, aventura y, en lo pos i-

 

ble, lugares lejanos con pésimo clima, como Siberia o algún desier-

 

 

 

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to africano, es decir, sitios donde no pienso ir jamás de visita. Las

 

islas tropicales, tan placenteras en las vaca ciones, son un desastre

 

en la literatura.

 

También le escribía a diario a mi ma dre a Turquía. Las car tas de-

 

moraban dos meses en llegar, pero eso nunca fue problema para

 

nosotras, que somos viciosas del género epistolar: nos he mos es-

 

crito casi a diario durante cuarenta y cinco años con la promesa

 

mutua de que a la muerte de cualquiera de las dos, la otra romperá

 

la montaña de cartas acumuladas. Sin esa garantía no podríamos

 

escribir con libertad; no quiero pensar en la tr agedia que sería si

 

esas cartas, donde hablamos pestes de los parientes y del resto del

 

mundo, cayeran en manos indiscretas.

 

Recuerdo esos inviernos de la adolescencia, cuando la lluvia anega-

 

ba el patio y se metía bajo la puerta de mi casita, cuando el viento

 

amenazaba con robarse el techo y los truenos y relám pagos sacu-

 

dían el mundo. Si hubiera podido quedarme all í encerrada leyendo

 

durante todo el invierno, mi vida habría sido per fecta, pero tenía

 

que ir a clases. Odiaba esperar el bus, e xhausta y ansiosa, sin sa-

 

ber si me contaría entre los afortunados que lo grarían abordarlo, o

 

sería uno de los derrotados que se quedaban abajo y debían espe-

 

rar el próximo. La ciudad se había extendido y era difícil trasladarse

 

de un punto a otro; subirse a un autobús («micro») equivalía a una

 

acción suicida. Después de espe rar horas junto a una veintena de

 

ciudadanos tan desesperados como uno, a veces bajo la lluvia y con

 

los pies en un charco de lodo, había que saltar como una liebre

 

cuando el vehículo se aproximaba, tosiendo y echando humo por el

 

tubo de escape, para colgarse de la pisadera o de la ropa de otros

 

pasajeros, que habían logrado poner los pies en la puerta. Esto ha

 

cambiado, lógicamente. Han pasado cuarenta años y Santiago es

 

una ciudad completamente diferente a la de entonces. Hoy las m i-

 

cros son rápidas, modernas y numerosas. El único inconveniente es

 

que los chóferes compiten por llegar los primeros a la parada y

 

atrapar el máximo de pasajeros, de modo que vuelan por las calles

 

aplastando lo que se ponga por delante. Detestan a los escolares

 

porque pagan menos y a los ancianos porque demoran mucho en

 

subir y bajar, así es que hacen lo pos ible por impedir que se acer -

 

quen a su vehículo. Quien desee conocer el temperamento chile no

 

debe usar el transporte colectivo en Santiago y viajar por el país en

 

bus, la experiencia es muy instructiva. A las micros su ben cantan-

 

tes ciegos y vendedores de agujas, calendarios, estam pas de san-

 

tos y flores, también magos, malabaristas, ladrones, locos y me n-

 

digos. En g eneral los chilenos andan malhumorados y no cruzan

 

 

 

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miradas en la calle, pero en las micros se establece una solidaridad

 

humana como había en los r efugios antiaéreos en Londres durante

 

la Segunda Guerra Mundial.

 

Una palabra más sobre el tráfico: los chilenos, tan tímidos y am a-

 

bles en persona, se convierten en salvajes cuando tienen un volan-

 

te entre las manos: corren a ver quién llega primero a la próxima

 

luz roja, culebrean cambiándose de canal sin señalizar, se insultan

 

a gritos o con gestos. La may oría de nuestros insultos terminan en

 

«on», de modo que suenan como fra ncés. Una mano colocada c o-

 

mo para pedir limosna es una alusión directa al tamaño de los geni-

 

tales del enemigo; vale la pena saberlo para no cometer la impr u-

 

dencia de depositar una moneda en ella.

 

Con mi abuelo hice algunos viajes inolvidables a la costa, la monta-

 

ña y el desierto. Me llevó un par de veces a las estancias ovejeras

 

en la Patagonia argentina, verdaderas odiseas en tren, jeep, carr e-

 

ta con bueyes y a lomo de caballo. Viajábamos hacia el sur, rec o-

 

rriendo los magníficos bosques de árboles nativos, donde siempre

 

llueve; navegábamos por las ag uas inmaculadas de los lagos que,

 

como espejos, reflejaban los volcanes nevados; atravesábamos la

 

empinada cordillera de los Andes por rutas escondidas usadas por

 

contrabandistas. Al otro lado nos recogían arrieros argentinos, unos

 

hombres rudos y silenciosos, de manos hábiles y rostros cuarteados

 

como el cuero de sus botas. Acam pábamos bajo las estrellas e n-

 

vueltos en pesadas mantas de Castilla, con las monturas por almo-

 

hada. Los arrieros mataban un corderito y lo asaban al palo; lo c o-

 

míamos regado con mate, un té verde y amargo servido en una ca-

 

labaza, que pasaba de mano en mano, todos chupando de la misma

 

boquilla metálica. Habría sido una de scortesía poner cara de asco

 

ante la boquilla empapada de saliva y tabaco mascado. Mi abuelo

 

no creía en gérmenes por la misma razón que no creía en fanta s-

 

mas: nunca los había vis to. Al amanecer nos lavábamos con agua

 

escarchada y un pode roso jabón amarillo, fabricado con grasa de

 

oveja y soda cáustica. Esos viajes me dejaron una recuerdo tan in-

 

deleble, que treinta y cinco años más tarde pude describir la exp e-

 

riencia y el paisaje sin vacilar, al contar la fuga de mis protagon is-

 

tas en mi segunda novela, De Amor y de Sombra.

 

CONFUSOS AÑOS DE JUVENTUD

 

En mi infancia y juventud percibía a mi madre como una vícti ma y

 

decidí muy temprano que no quería seguir sus pasos. Me parecía

 

 

 

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que haber nacido mujer era una evidente mala suerte; mucho más

 

fácil resultaba ser hombre. Eso me llevó a convertirme en feminista

 

mucho antes de haber oído la palabra. El deseo de ser independien-

 

te y de que nadie me mande es tan antiguo, que no recuerdo ni un

 

solo momento sin que guiara mis decisiones. Al mirar hacia el p a-

 

sado, comprendo que a mi madre le tocó un destino difícil y en rea-

 

lidad lo enfrentó con gran valor, pero entonces la juzgué débil, por-

 

que dependía de los hombres a su al rededor, como su padre y su

 

hermano Pablo, quienes controlaban el dinero y daban las órdenes.

 

Las únicas veces que le hacían caso era cuando estaba enferma, de

 

manera que lo e staba a menudo. Después se juntó con el tío R a-

 

món, hombre de magníficas cualidades, pero tan machista como mi

 

abuelo, mis tíos y el resto de los chilenos en general.

 

Me sentía asfixiada, presa en un sistema rígido, tal como lo est á-

 

bamos todos, especialmente las mujeres que me rodeaban. No se

 

podía dar un paso fuera de las normas, debía comportarme como

 

los demás, fundirme en el anonimato o enfrentar el ridículo. Se s u-

 

ponía que yo debía graduarme de la secundaria, mantener a mi no-

 

vio con las riendas cortas, casarme antes de los veinticin co -

 

después ya no había caso- y tener hijos rápidamente para que n a-

 

die pensara que usaba anticonceptivos. A propósito de eso, debo

 

aclarar que ya se había inventado la famosa píldora responsable de

 

la revolución sexual, pero en Chile se hablaba de ella en susurros;

 

la Iglesia la había prohibido y sólo se conseguía mediante un médi-

 

co amigo de pensamiento liberal, siempre que se pudiera exhibir un

 

certificado de matrimonio. Las solteras estaban fritas, porque pocos

 

hombres chilenos tienen la cortesía de usar un condón. En las guías

 

turísticas deberían recomendar a las v isitantes que lleven siempre

 

uno en la cartera, porque no les faltarán oportunidades de usarlo.

 

Para el chileno la seducción de cualquier mujer en edad reproducto-

 

ra es una tarea que cumple a conciencia. Aunque por lo general mis

 

compatriotas bailan pésimo, hablan muy bonito; fueron los prim e-

 

ros en descubrir que el punto G está en las orejas femeninas y bus-

 

carlo más abajo es una pérdida de tiempo. Una de las experiencias

 

más terapéuticas para cualquier mujer deprimida es pasar delante

 

de una construcción y comprobar cómo se d etiene el trabajo y de

 

los andamios se descuelgan varios obreros a lisonjea rla. Esta acti-

 

vidad ha alcanzado nivel de arte y existe un concurso anual p ara

 

premiar los mejores piropos según su categoría: clásicos, creativos,

 

eróticos, cómicos y poéticos.

 

Me enseñaron desde niña a ser discreta y fingir virtud. Digo fingir,

 

porque aquello que se hace para callarlo no importa, mientras no se

 

 

 

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sepa. En Chile sufrimos de una form a particular de hipocresía: nos

 

escandalizamos ante cualquier tropiezo del pró jimo, mientras c o-

 

metemos pecados bárbaros en privado. La fran queza nos choca un

 

poco, somos disimulados, preferimos hablar con eufemismos

 

(amamantar es «darle papa a la guagua»; tortura es «apremios ile-

 

gítimos»). Hacemos alarde de ser muy eman cipados, pero sopor-

 

tamos estoicamente el silencio en torno a los temas que se conside-

 

ran tabú y no se discuten, desde la corrup ción (que llamamos «en-

 

riquecimiento ilícito») hasta la censura del cine, por mencionar sólo

 

dos. Antes no se p odía exhibir El violinista Sobre el Tejado; ahora

 

no muestran La Última Tentación de Cristo, porque los curas se

 

oponen y los fundamentalistas catól icos pueden poner una bomba

 

en el cine. Dieron El Último Tango en París cuando Marlon Brando

 

ya estaba convertido en un viejo obeso y la margar ina había pasa-

 

do de moda. El tabú más fuerte, sobre todo para las mujeres, sigue

 

siendo el tabú sexual.

 

Algunas familias emancipadas mandaban a sus hijas a la univers i-

 

dad, pero no era el caso de la mía. Mi familia se consi deraba inte-

 

lectual, pero en realidad éramos unos bárbaros medievales. Se es-

 

peraba que mis hermanos fueran profesionales -en lo posible abo-

 

gados, médicos o ingenieros, las d emás ocupaciones eran de s e-

 

gundo orden-, pero que yo me conformara con un trabajo más bien

 

decorativo, hasta que el matrimonio y la mater nidad me absorbie-

 

ran por completo. En esos años las mujeres profesionales provenían

 

en su mayoría de la clase media, que es la firme columna verte bral

 

del país. Eso ha cambiado y hoy el nivel de educación de las muj e-

 

res es incluso superior al de los hombres.

 

Yo no era mala estudiante, pero como ya tenía novio a nadie se le

 

ocurrió que podía obtener una profesión y a mí tam poco. Terminé

 

la secundaria a los dieciséis años, tan confundida e inmadura que

 

no supe cuál era el paso siguiente, aunque siempre tuve claro que

 

debía trabajar, porque no hay feminismo que valga sin independen-

 

cia económica. Como decía mi abuelo: quien paga la cuenta es

 

quien manda. Me empleé como secreta ria en una organización de

 

las Naciones Unidas, donde copiaba estadísticas forestales en gran-

 

des hojas cuadriculadas. En los ratos de ocio no bordaba mi ajuar,

 

sino que leía novelas de autores latinoamericanos y peleaba a brazo

 

partido con cuanto varón se cruzaba en mi camino, empezando por

 

mi abuelo y el buen tío Ramón. Mi rebelión contra el sistema p a-

 

triarcal se exacerbó al salir al mercado de trabajo y comprobar las

 

desventajas de ser mujer.

 

 

 

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¿Y qué hay de la escritura? Supongo que secretamente deseaba

 

dedicarme a la literatura, pero jamás me atreví a poner en palabras

 

tan pretencioso proyecto, porque habría desatado una avalancha de

 

carcajadas a mi alred edor. Nadie tenía interés en lo que pudiera

 

decir, mucho menos escribir. No conocía autoras notables, fuera de

 

dos o tres solteronas inglesas del siglo XIX y la poeta nacional, Ga-

 

briela Mistral, pero ella parecía hombre. Los escritores eran caballe-

 

ros maduros, solemnes, remotos y en su mayoría muertos. Pers o-

 

nalmente no conocía a ninguno, salvo ese tío mío que rec orría el

 

barrio tocando el organillo, que había publicado un libro sobre sus

 

experiencias místicas en India. En el sótano se amontonaban ce n-

 

tenares de ejemplares de aquella gruesa novela, seguramente

 

comprados por mi ab uelo para reti rarlos de circulación, que mis

 

hermanos y yo usamos durante la infancia para construir fuertes.

 

No, definitivamente la literatura no era un camino razonable en un

 

país como Chile, donde el desprecio intelectual por las mujeres aún

 

era absoluto. Mediante una guerra sin cuartel, las mujeres hemos

 

logrado ganar el respeto de nuestros trogloditas en ciertas áreas,

 

pero, apenas nos descuidamos, el machismo levanta de nuevo su

 

peluda cabeza.

 

Me gané la vida como secretaria por un tiempo, me casé con Mi-

 

guel, el novio de siempre, y de inmediato quedé embarazada de mi

 

primera hija, Paula. A pesar de mis teorías feministas, fui una típica

 

esposa chilena, abnegada y servicial como una geisha, de esas que

 

infantilizan al marido con pr emeditación y alevo sía. Baste decir,

 

como ejemplo, que tenía tres trabajos, manejaba la casa, me hacía

 

cargo de los niños y corría como atleta el día en tero para cumplir

 

con el cúmulo de responsabilidades que me había echado encima,

 

incluyendo una visita diaria a mi abuelo, pero por la noche espera-

 

ba a mi marido con la aceituna de su martini entre los dientes y le

 

preparaba la ropa que se pondría en la mañana siguiente. En mis

 

ratos libres le lustraba los zapatos y le cortaba el pelo y las uñas,

 

como una Elvira cualquiera.

 

Pronto conseguí un traslado dentro de la oficina y empecé a trab a-

 

jar en el departamento de información, donde debía redac tar in-

 

formes y mantenerme en contacto con la prensa, lo cual era más

 

entretenido que contar árboles. Debo admitir que no elegí el peri o-

 

dismo, andaba distraída y éste me atrapó de un zarpazo; fue amor

 

a primera vista, una pasión súbita que d eterminó buena parte de

 

mi existencia. En esa época se inauguró la telev isión en Chile, con

 

dos canales en blanco y negro que dependían de las un iversidades.

 

 

 

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Era televisión de la Edad de Piedra, imposible más primitiva, y por

 

lo mismo pude poner un pie dentro, aunque las únicas pantallas

 

que había visto eran las del cine. Me vi lanzada a una carrera en el

 

periodismo, aunque no había hecho los estu dios regulares en la

 

universidad. En ese tiempo todavía era un oficio que se aprendía en

 

la calle y había cierta tol erancia para los espontáneos como yo.

 

Aquí viene al caso explicar que en Chile las mujeres forman la m a-

 

yoría entre los periodistas y son más prep aradas, visibles y valien-

 

tes que sus colegas masculinos, aun que casi siempre les toca tr a-

 

bajar bajo las órdenes de un hombre. Mi abuelo recibió la noticia

 

indignado; consideraba que ésa era una ocupación de truhanes,

 

nadie en su sano juicio hablaría con la prensa y ninguna persona

 

decente optaría por un oficio cuya materia prima eran los chismes.

 

Secretamente, sin embargo, creo que veía mis programas de tel e-

 

visión porque a veces se le salía algún comentario revelador.

 

En esos añ os crecieron en forma alarmante los cordones de po -

 

breza en torno a la capital, con sus paredes de cartón, sus techos

 

de lata y sus habitantes en harapos. Se veían claramente en el c a-

 

mino del aeropuerto, dando muy mala impresión a los visitan tes;

 

por mucho tiempo la solución fue p oner murallas para ocul tarlos.

 

Como decía un político de entonces: «Si hay miseria, que no se no-

 

te». En la actualidad aún quedan poblaciones marg inales, a pesar

 

del esfuerzo sostenido de los gobiernos por reubicar a los poblado-

 

res en barrios más decentes, pero nada como lo que había antes.

 

Emigrantes llegados del campo o de las provincias más abandon a-

 

das acudían en masa en busca de trabajo y, al en contrarse desam-

 

parados, levantaban sus casuchas de congoja.

 

A pesar del hostigamiento de los carabineros, estas poblaciones ca-

 

llampas crecían y se organizaban; una vez que la gente se to maba

 

un terreno era imposible sacarla o impedir que continuaran llega n-

 

do. Los ranchos se alineaban a lo largo de callecitas sin pavimentar,

 

que en verano levantaban una polvareda y en invier no se convertí-

 

an en un lodazal. Centenares de n iños descalzos correteaban entre

 

las viviendas, mientras los padres partían a diario a la ciudad en

 

busca de trabajo por el día para «parar la olla», térm ino vago que

 

significa cualquier cosa, desde unos billetes humildes hasta un hue-

 

so para hacer sopa. Visité a veces estas poblaciones, primero con

 

sacerdotes amigos, tratando de llevar ayuda, y poco después,

 

cuando el feminismo y las inquietudes políticas me obligaron a salir

 

del cascarón, las frecuentaba para aprender. Como periodista pude

 

hacer reportajes y entrevis tas que me sirvieron para comprender

 

 

 

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mejor nuestra mentalidad chilena.

 

Entre los problemas más agudos ligados a la falta de esperanza, es-

 

taban el alcoholismo y la violencia doméstica. Muchas veces me to-

 

có ver mujeres con la cara aporreada. Mi compasión caía en el v a-

 

cío, porque siempre ten ían una disculpa para el agre sor: «estaba

 

borracho», «se enojó», «se puso celoso», «si me pega, es porque

 

me quiere», «¿qué habré hecho para pr ovocarlo…?». Me aseguran

 

que esto no ha cambiado mucho, a pesar de las campañas de pr e-

 

vención. En la letra de un tango muy popular el varón espera que la

 

mina le prepare su mate y luego «le fajó treinta y cinco puñal a-

 

das». Ahora los carabineros están entrena dos para irrumpir en las

 

casas sin esperar que les abran gentil mente la puerta o que ap a-

 

rezca un cadáver con treinta y cinco puñaladas colgando en la ven-

 

tana; pero falta mucho por hacer.

 

¡Ni qué decir cómo les pegan a los niños! A cada rato aparece en la

 

prensa algún caso espantoso de niños torturados o muertos a go l-

 

pes por sus padres. Según el Banco Interamericano de Desa rrollo,

 

América Latina es una de las regiones más violentas del mundo, la

 

segunda después de África. La violencia en la socie dad empieza en

 

los hogares; no se puede eliminar el crimen en las calles si no se

 

ataca el maltrato doméstico, ya que los niños golpeados se convier-

 

ten a menudo en adultos violentos. En la actualidad se habla de es-

 

to, se denuncia en la prensa, existen refugios, programas de ed u-

 

cación y protección policial para las víctimas, pero en esos años era

 

un tema tabú.

 

En las poblaciones había conciencia de clase, orgullo de per tenecer

 

al proletariado, lo cual me resultó sorprendent e en una sociedad

 

tan arribista como la chilena. Luego descubrí que el arribismo era

 

propio de la clase media; los pobres ni siquiera se lo planteaban,

 

estaban demasiado ocupados procura ndo sobrevivir. En los años

 

siguientes estas comunidades adquirieron educación política, se or-

 

ganizaron y se convirtieron en terreno fértil para los partidos de iz-

 

quierda. Diez años más tarde, en 1970, fueron determinantes en la

 

elección de Salvador Allende, y por lo mismo habrían de sufrir la

 

mayor represión durante la dictadura militar.

 

Tomé el periodismo muy en serio, a pesar de que mis colegas de

 

aquella época creen que yo inventaba los reportajes. No los in -

 

ventaba, sólo exageraba un poco. Me quedaron varias manías: to-

 

davía ando a la caza de noticias y de historias, siempre con un lápiz

 

y una libreta en la cartera para anotar lo que me llama la atención.

 

Lo aprendido entonces me sirve ahora en la literatura: trabajar bajo

 

presión, conducir una entrevista, realizar una investigación, usar el

 

 

 

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lenguaje en forma eficiente. No olvido que el libro no es un fin en sí

 

mismo. Igual que un periódico o una re vista, es sólo un m edio de

 

comunicación, por eso procuro atra par al lector por el cuello y no

 

soltarlo hasta el final. No siem pre lo logro, por supuesto, el lector

 

suele ser evasivo.

 

¿Quién es ese lector? Cuando los norteamericanos detuvieron en

 

Panamá al general Noriega, quien había caído en desgracia, hall a-

 

ron dos libros en su poder: la Biblia y La casa de los espíritus. N a-

 

die sabe para quién escribe. Cada libro es un me nsaje lanzado en

 

una botella al mar con la esperanza de que arribe a otra orilla. Me

 

siento muy agradecida cuando alguien lo e ncuentra y lo lee, sobre

 

todo alguien como Noriega.

 

Entretanto el tío Ramón había sido nombrado representante de Chi-

 

le ante las Naciones Unidas en Ginebra. Las cartas entre mi madre

 

y yo demoraban menos que a Turquía y de vez en cuando era posi-

 

ble hablar por teléfono. Cuando nuestra hija Paula tenía año y m e-

 

dio, mi marido consiguió una beca para estudiar ingeniería en Bé l-

 

gica. En el mapa aparecía Bruselas muy cerca de Ginebra y no qui-

 

se perder la oportunidad de visitar a mis pa dres. Ignorando la pro-

 

mesa que había hecho de plantar raíces y no viajar al extra njero

 

por ningún motivo, hicimos las maletas y partimos a Europa. Fue

 

una excelente decisión, entre otras ra zones, porque pude estudiar

 

radio y televisión y afinar mi francés, que no usaba desde los tiem-

 

pos del Líbano. Durante ese año descubrí el Movimiento de Libera-

 

ción Femenina y comprendí que yo no era la única bruja en este

 

mundo; éramos muchas.

 

En Europa poca gente había oído hablar de Chile; el país se puso de

 

moda cuatro años después, con la elección de Salvador Allende.

 

Volvió a estarlo con el golpe militar de 1973, la secuela de violacio-

 

nes a los derechos humanos y finalmente el arresto del ex dictador

 

en Londres en 1998. Cada vez que nuestro país ha hecho noticia ha

 

sido por mayúsculos eventos pol íticos, salvo cuando aparece br e-

 

vemente en la prensa con ocasión de un t erremoto. Si me pregun-

 

taban mi nacionalidad, debía da r largas explicaciones y dibujar un

 

mapa para demostrar que Chile no queda ba en el centro de Asia,

 

sino en el sur de América. A menudo lo confundían con China, po r-

 

que el nombre sonaba parecido. Los belgas, acostumbrados a la

 

idea de las colonias en África, solían sorprenderse de que mi marido

 

pareciera inglés y yo no fuera negra; alguna vez me preguntaron

 

por qué no usaba el traje típi co, que tal vez imaginaban como los

 

vestidos de Carmen Miranda en las p elículas de Hollywood: falda a

 

lunares y un canasto con piñas en la cabeza.

 

 

 

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Recorrimos Europa desde los países escandi navos hasta el sur de

 

España en un destartalado Volkswagen, durmiendo en carpa y al i-

 

mentándonos de salchichas, carne de caballo y papas fritas. Fue un

 

año de turismo frenético.

 

Regresamos a Chile en 1966 con nuestra hija Paula, quien a los tres

 

años hablaba con la corrección de un académico y se había conver-

 

tido en experta en catedrales, y con Nicolás en mi vientre. Por con-

 

traste con Europa, donde se veían por todas partes hippies melenu-

 

dos, se gestaban revoluciones estudiantiles y se celebraba la libera-

 

ción sexual, Chile era muy aburrido. Una vez más me sentí foraste-

 

ra, pero reanudé mi promesa de plantar raíces y no volver a m o-

 

verme de allí.

 

Apenas nació Nicolás volví a trabajar, esta v ez en una revis ta fe-

 

menina llamada Paula, que acababa de salir al mercado. Era la úni-

 

ca que promovía la causa del feminismo y exponía temas que j a-

 

más se habían ventilado hasta entonces, como divorcio, antico n-

 

ceptivos, violencia doméstica, adulterio, abort o, drogas, prostit u-

 

ción. Considerando que en ese tiempo no se podía pronunciar la pa-

 

labra cromosoma sin sonrojarse, éramos de una audacia suicida.

 

Chile es un país mojigato, pudoroso y lleno de escrúpulos respecto

 

a la sensualidad, incluso tenemos una expresión criolla para definir

 

esta actitud: somos «cartuchos». Existe una doble moral. Se tolera

 

la promiscuidad en los hombres, pero las muje res deben fingir que

 

el sexo no les interesa, sólo el amor y el romance, aunque en la

 

práctica gozan de la misma l ibertad que los hombres, sino ¿con

 

quién lo harían ellos? Las muchachas jamás deben aparecer colabo-

 

rando abiertamente con el macho en el proceso de sedu cción, de-

 

ben hacerlo con disimulo. Se supone que si son «difíciles», el pr e-

 

tendiente se mantiene interesado y las respeta, de lo contrario hay

 

epítetos muy poco elegantes para calificarlas. Ésta es una manife s-

 

tación más de nuestra hipocresía, otro de nuestros rituales para

 

salvar las apariencias, porque en realidad hay tanto adulterio, e m-

 

barazos de adolescentes, hijos fuera del matrimonio y abortos c o-

 

mo en cualquier otro país. Tengo una amiga, que es médica ginecó-

 

loga y se ha especializado en atender adole scentes solteras emba-

 

razadas, que asegura que esto rara vez ocurre entre muchachas

 

universitarias. Sucede en las familias de menos ingresos, donde los

 

padres ponen énfasis en educar y dar oportunidades a los hijos v a-

 

rones, mucho más que a las hijas. Esas niñas no tienen planes, su

 

futuro es gris, carecen de educación y de autoestima; algunas te r-

 

 

 

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minan preñadas por pura ignorancia. Se sorprenden al descubrir su

 

estado, porque han cumplido al pie de la letra la advertencia de «no

 

acostarse» con nadie. Lo que ocurre de pie detrás de una puerta no

 

cuenta.

 

Han pasado más de treinta años desde que la revista Paula t omó

 

por asalto a la pudibunda sociedad chilena y nadie puede negar que

 

tuvo el efecto de un huracán. Cada uno de los contro versiales re-

 

portajes de la revista colocaba a mi abuelo al borde de un paro car-

 

díaco; discutíamos a gritos, pero al día siguiente yo volvía a visitar-

 

lo y él me recibía como si nada hubiera sucedido. En sus comienzos

 

el feminismo, que hoy damos por sentado, era una extravagancia,

 

y la mayoría de las chilenas preguntaban para qué lo querían, si de

 

todos modos ellas eran reinas en sus cas as y les parecía n atural

 

que afuera los hombres mandaran, como lo había establecido Dios

 

y la naturaleza. Costaba una batalla con vencerlas de que no eran

 

reinas en ninguna parte. No había muchas feministas visibles, a lo

 

más media docena. ¡Mejor ni acordarme de cuánta agresión sopor-

 

tamos! Me di cuenta que esperar que te respeten por ser feminista

 

es como esperar que el toro no te embista porque eres vegetariana.

 

También regresé a la televi sión, esta vez con un programa de

 

humor, con el cual adquirí cierta visibilidad, como le ocurre a cua l-

 

quiera que aparece regu larmente en una pantalla. Pronto se me

 

abrieron todas las puertas, la gente me saludaba en la calle y por

 

primera vez en mi vida me sentí a gusto en un lugar.

 

EL DISCRETO ENCANTO DE LA BURGUESÍA

 

A menudo me pregunto en qué consiste exactamente la nostal gia.

 

En mi caso no es tanto el deseo de vivir en Chile como el de rec u-

 

perar la seguridad con que allí me muevo. Ése es mi terre no. Cada

 

pueblo tiene sus co stumbres, manías, complejos. Co nozco la idio-

 

sincrasia del mío como la palma de mis manos, nada me sorprende,

 

puedo anticipar las reacciones de los demás, en tiendo lo que signi-

 

fican los gestos, los silencios, las frases de cortesía, las reacciones

 

ambiguas. Sólo allí me siento cómoda socialme nte, a pesar de que

 

rara vez actúo como se espera de mí, porque sé comportarme y ra-

 

ra vez me fallan los buenos modales.

 

Cuando a los cuarenta y cinco años y recién divorciada emigré a Es-

 

tados Unidos, obedeciendo al llamado de mi corazón impulsivo, lo

 

primero que me sorprendió fue la actitud infalible mente optimista

 

de los norteamericanos, tan diferente a la de la gente del sur del

 

continente, que siempre espera que suceda lo peor. Y sucede, por

 

 

 

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supuesto. En Estados Unidos la Constitución garantiza el derecho a

 

buscar la felicidad, lo cual sería una pre sunción bochornosa en

 

cualquier otro sitio. Este pueblo también cree tener derecho a estar

 

siempre entretenido y si cualquiera de estos derechos le falla, se

 

siente frustrado. El resto del mundo, en cambio, c uenta con que la

 

vida es por lo general dura y aburrida, de modo que celebra mucho

 

los chispazos de alegría y las diversiones, por modestas que sean,

 

cuando éstas se presentan.

 

En Chile es casi una descortesía proclamarse demasiado satisfecho,

 

porque puede irritar a los menos afortunados, por eso para nos o-

 

tros la respuesta correcta a la pregunta de «¿cómo es tás?» es

 

«más o menos». Eso da pie para simpatizar con la situa ción del

 

otro. Por ejemplo, si el interlocutor cuenta que acaba de serle diag-

 

nosticada una enfermedad fatal, sería de pésimo gusto refregarle lo

 

bien que a uno le va, ¿verdad? Pero si el otro aca ba de desposar a

 

una rica heredera, uno tiene libertad para con fesar su propia dicha

 

sin temor a herir a nadie. Ésa es la idea del «más o menos», que

 

suele confundir un poco a los extranjeros de visita: da tiempo para

 

tantear el terreno y no meter la pata.

 

Dicen los sociólogos que el cuarenta por ciento de los chilenos sufre

 

de depresión, sobre todo las mujeres, que tienen que aguantar a

 

los hombres. Se debe tener en cuenta también que -tal como dije

 

antes- en nuestro país p asan desgracias mayúsculas y hay mucha

 

gente pobre, por lo tanto no es elegante mencionar la propia buena

 

suerte. Tuve un pariente que ganó dos veces el núme ro mayor de

 

la lotería, pero siempre decía que estaba «más o menos», para no

 

ofender. De paso vale la pena contar cómo su cedió ese portento.

 

Era un hombre muy católico y como tal nunca quiso oír hablar de

 

anticonceptivos. Al nacer el séptimo hijo, fue a la iglesia, se arro di-

 

lló ante el altar y, desesperado, habló mano a mano con su Cre a-

 

dor: «Señor, si me has mandado siete niños, bien podrías ayuda r-

 

me a alimentarlos…», explicó y enseguida sacó del bolsillo una la r-

 

ga lista de gastos, que había preparado cuidadosamente. Dios es-

 

cuchó con paciencia los argumentos de su leal servidor y acto se-

 

guido le reveló en un sueño el número mayor de la lotería. Los m i-

 

llones sirvieron por varios años, pero la inflación, que en aquella

 

época era un mal endémico en Chile, redujo el capital en la misma

 

medida en que aumentaba la familia. Cuando nació el último de sus

 

hijos, el número once, el hombre volvió a la iglesia a alegar su s i-

 

tuación y de nuevo Dios se ablandó enviándole otro sueño revel a-

 

dor. La tercera vez no le resultó.

 

En mi familia la felicidad era irrelevante. Mis abuelos, como la i n-

 

 

 

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mensa mayoría de los chilenos, se habrían quedado con la boca

 

abierta al saber que hay gente dispuesta a gastar dinero en terapia

 

para sobreponerse a la de sdicha. Para ellos la vida era difícil y lo

 

demás son tonterías. La satisfacción se encontraba en actuar bien,

 

en la familia, el honor, el espíritu de servicio, el es tudio y la propia

 

fortaleza. La alegría estaba presente de muchas m aneras en nues-

 

tras vidas y supongo que el amor no sería la menos impor tante;

 

pero tampoco hablábamos de eso, nos habría mos muerto de ve r-

 

güenza antes de pronunciar esa palabra. Los sentimientos fluían si-

 

lenciosamente. Al contrario de la mayoría de los chilenos, nosotros

 

teníamos el mínimo de contacto físico y nadie mimaba a los niños.

 

La costumbre moderna de encomiar todo lo que hacen los chiquillos

 

como si fuera una tremenda gracia no se usaba entonces; tampoco

 

existía ansiedad por criarlos sin traumas. Menos mal, porque si yo

 

hubiera crecido protegida y feliz, ¿de qué diab los escribiría ahora?

 

Por eso he procurado hacerles la infancia lo más difícil posible a mis

 

nietos, para que lleguen a ser adultos creativos. Sus padres no

 

aprecian para nada mis esfuerzos.

 

La apariencia física se ignoraba en mi familia; mi madre asegu ra

 

que no s upo que era bonita hasta después de cumplir cuaren ta

 

años, porque eso nunca se mencionó. Se puede decir que en esto

 

éramos originales, porque en Chile las apariencias son fun -

 

damentales. Lo primero que intercambian dos mujeres al encon -

 

trarse es un comentario sobre la ropa, el peinado o la dieta. Lo úni-

 

co que comentan los hombres sobre las mujeres -a espaldas de

 

ellas, claro- es cómo se ven, y en general lo hacen en térmi nos

 

muy peyorativos, sin sospechar que ellas les pagan con la misma

 

moneda. Las cosas que he oído decir a mis amigas sobre los ho m-

 

bres harían sonrojar a una piedra. En mi familia también era de mal

 

gusto hablar de religión y, sobre todo, de dinero, en cambio de e n-

 

fermedades era casi de lo único que se hablaba; es el tema más

 

socorrido de los chilenos. Nos especializamos en intercambiar r e-

 

medios y consejos médicos, allí todos recetan. Desconfiamos de los

 

médicos, porque es obvio que la salud aje na no les conviene, por

 

eso acudimos a ellos sólo cuando todo lo demás nos falla, despu és

 

de haber probado cuanto remedio ami gos y conocidos nos rec o-

 

miendan. Digamos que usted se desma ya en la puerta del aut o-

 

mercado. En cualquier otro país llaman una ambulancia, menos en

 

Chile, donde lo levantan entre varios v oluntarios, lo llevan en vilo

 

detrás del mesón, le echan agua fría en la cara y aguardiente por el

 

gaznate, para que se espabile; luego lo obligan a tragar unas píldo-

 

 

 

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ras que alguna señora saca de su cartera, porque «a una amiga

 

suelen darle ataques y ese reme dio es estupendo». Habrá u n coro

 

de expertos que diagnosticarán su estado en lenguaje clínico, po r-

 

que todo ciudadano con dos dedos de frente sabe mucho de med i-

 

cina. Uno de los expertos dirá, por ejemplo, que usted ha sufrido

 

una obturación de una válvula en el cerebro, pero habrá o tro que

 

sospeche una doble torsión de los pulmones y un tercero que diga

 

que se le reventó el páncreas. En pocos minutos habrá un griterío

 

en torno a usted, mientras llega alguien que ha ido a la farmacia a

 

comprar penicilina para inyectarle por si acaso. Mire, si usted es ex-

 

tranjero, le aconsejo que no se desmaye en un automercado chil e-

 

no, puede ser una experiencia mortal.

 

Es tanta nuestra facilidad para recetar, que durante un crucero en

 

barco comercial por el sur, cuyo destino era visitar la mara villosa

 

laguna de San Rafael, nos dieron somníferos con el pos tre. A la

 

hora de la cena el capitán notificó a los pasajeros que debíamos

 

navegar por un trecho particularmente agitado, luego su mujer pa-

 

só entre las mesas repartiendo unas pastillas sueltas, cuyo nombre

 

nadie se atrevió a preguntar. Las tomamos obedientemente y vein-

 

te minutos más tarde todos los pasajeros roncába mos a pierna

 

suelta, como en el cuento de la Bella Durmiente. Mi marido dijo que

 

en Estados Unidos les habrían metido juicio al capitán y a su señora

 

por anestesiar a los pasajeros. En Chile estábamos muy agradec i-

 

dos.

 

Antiguamente el tema de rigor, apenas se juntaban dos o más per-

 

sonas, era la política; si había dos chilenos en una pieza, se guro

 

había tres part idos políticos. Entiendo que en una época tuvimos

 

más de una docena de minipartidos socialistas; hasta la derecha,

 

que es monolítica en el resto del mundo, entre nosotros estaba d i-

 

vidida. Sin embargo, ahora la política no nos apasiona; sólo nos re-

 

ferimos a ella para quejamos del gobierno, una de las actividades

 

nacionales favoritas. Ya no votamos religiosamente, como en los

 

tiempos cuando acudían ciudadanos moribundos en camilla a cu m-

 

plir con su deber cívico; tampoco se dan, como antes, lo s casos de

 

mujeres que parían en el momento de votar. Los jóvenes no se ins-

 

criben en los registros electorales, un 84,3 por ciento piensa que

 

los partidos políticos no repr esentan sus intereses y un número

 

mayor se manifiesta satisfecho de no par ticipar para nada en la

 

conducción del país. Éste es un fenóme no del mundo occidental,

 

según parece. Los jóvenes no tienen interés en fosiliz ados esque-

 

mas políticos que se arrastran desde el siglo XIX; están preocupa-

 

 

 

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dos de pasarlo bien y prolongar la adolescencia lo más posible, di-

 

gamos hasta los cuarenta o cin cuenta años. No seamos injustos,

 

también hay un porcentaje militante de la ecología, la ciencia y la

 

tecnología; incluso se sabe de algunos que hacen labor social a tra-

 

vés de iglesias.

 

Los temas que han reemplazado a la política en la masa chilena son

 

el dinero, que siempre falta, y el fútbol, que sirve de consuelo. Has-

 

ta el último analfabeto conoce los nombres de to dos los jugadores

 

que han pasado por nuestra historia, y tiene su propia opinión s o-

 

bre cada uno de ellos. Este d eporte es tan im portante que en las

 

calles penan las ánimas cuando hay un partido, porque la población

 

entera se encuentra en estado catatónico frente al televisor. El fút-

 

bol es de las pocas actividades humanas en que se prueba la relati-

 

vidad del tiempo: se puede congelar al arquero en el aire por medio

 

minuto, repetir la misma escena varias veces en cámara lenta o de

 

atrás para adelante y, gracias al cambio de hora entre continentes,

 

ver en Santiago un partido entre húngaros y alemanes antes de

 

que lo jueguen.

 

En nuestra casa, como en el resto del país, no se dialogaba; las

 

reuniones consistían en una serie de monólogos simultáneos, sin

 

que nadie escuchara a nadie, puro barullo y estática, como una

 

transmisión de radio en onda corta. Na da importaba, porque tam-

 

poco había interés por averiguar qué pensaban los demás, sólo en

 

repetir el propio cuento. En la vejez mi abuelo se negó a poner se

 

un aparato auditivo, porque consideraba que lo único bueno de su

 

mucha edad era no tener que escuch ar las tonterías que dice la

 

gente. Tal como expresó elocuentemente el general César Mendoza

 

en 1983: «Estamos abusando de la expresión diálogo. Hay casos en

 

que no es necesario el diálogo. Es más necesario un monólogo,

 

porque un diálogo es una simple conversación entre dos personas».

 

Mi familia habría estado plenamente de acuerdo con él.

 

Los chilenos tenemos tendencia a hablar en falsete. Mary Graham,

 

una inglesa que visitó el país en 1822, comentó en su libro Diario

 

de mi residencia en Chile que la gente era encantadora, pero tenía

 

un tono desagradable de voz, sobre todo las mujeres. Nos trag a-

 

mos la mitad de las palabras, asp iramos la «s» y cambiamos las

 

vocales, de manera que «¿cómo estás, pues?» se convierte en

 

«com tai puh» y la palabra «señor» puede ser «iñol».

 

Existen al menos tres idiomas oficiales: el educado, que se usa en

 

los medios de comunicación, en asuntos oficiales y que hablan a l-

 

gunos miembros de la clase alta cuando no están en confianza; el

 

 

 

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coloquial, que usa el pu eblo, y el dialecto ind escifrable y siempre

 

cambiante de los jóvenes. El extranjero de visita no debe desespe-

 

rar, porque aunque no entienda ni una pala bra, verá que la gente

 

se desvive por ayudarlo. Además hablamos baj ito y suspiramos

 

mucho. Cuando viví en Venezuela, donde hom bres y mujeres son

 

muy seguros de sí mismos y del terreno que pisan, era fácil disti n-

 

guir a mis compatriotas por su manera de caminar como si fueran

 

espías de incógnito y su invariable tono de pedir disculpas. Yo p a-

 

saba a diario a la panadería de unos portugueses a tomar mi prime-

 

ra taza de café de la m añana, donde siempre había una apurada

 

multitud de clientes luchando por acercarse al mesón. Los venez o-

 

lanos gritaban desde la puerta «¡Un marroncito, vale!» y más tem-

 

prano que tarde el vaso de papel con el c afé con leche les llegaba,

 

pasando de mano en mano. Los chilenos, que en aquella época

 

éramos muchos, porque Venezuela fue de los pocos países latino a-

 

mericanos que recibían refugiados e inmigrantes, levantábamos un

 

tembloroso dedo índice y suplicábamos con un hilo de voz: «Por fa-

 

vorcito, ¿me da un cafecito, señor?». Podíamos esperar en vano la

 

mañana entera. Los venezolanos se burlaban de nuestros modales

 

de mequetrefe, y a su vez a los chilenos nos espantaba la rudeza

 

de ellos. A quienes vivimos en ese país por varios años nos cambió

 

el carácter y, entre otras cosas, aprendimos a pedir el café a gritos.

 

Habiendo aclarado algunos puntos sobre el carácter y las costum -

 

bres de los chilenos, se entienden las dudas de mi madre: yo no

 

tenía por dónde salir como soy. Nada poseo del decoro, la modestia

 

o el pesimismo de mis parientes; nada de su miedo al qué dirán, al

 

derroche y a Dios; no hablo ni escribo en diminutivo, soy más bien

 

grandilocuente, y me gusta llamar la atención. Es decir, así soy

 

ahora, después de mucho vivir. En mi infancia fui un bicho raro, en

 

la adolescencia un roedor tímido -mi sobrenombre fue por muchos

 

años «laucha», como llamamos a los insignificantes ratones domés-

 

ticos- y en la juventud fui de todo, desde iracunda feminista hasta

 

hippie coronada de flores. Lo más grave es que cuento secretos

 

propios y ajenos. Total, un desastre. Si viviera en Chile nadie me

 

hablaría. Eso sí, soy hosp italaria. Al menos esa virtud lograron i n-

 

culcarme en la infancia. Toque us ted a mi puerta a cualquie r hora

 

del día o la noche y yo, aunque recién me haya quebrado el fémur,

 

saldré corriendo a abrirle y a ofrecerle el primer «tecito». En todo lo

 

demás soy la antítesis de la dama que mis padres, con grandes s a-

 

crificios, trataron de hacer de mí. No es culpa de ellos, simplemente

 

me faltó materia prima y además se me torció el destino.

 

 

 

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Si me hubiera quedado en mi patria, como siempre quise, ca sada

 

con uno de mis primos en segundo grado, en el caso improbable de

 

que alguno me lo hubiera propuesto, tal vez h oy llevaría con digni-

 

dad la sangre de mis antepasados, y tal vez el escudo de los perros

 

pulguientos adquirido por mi padre estaría colgado en lugar de

 

honor en mi casa. Debo agregar que, por muy rebelde que haya si-

 

do en mi vida, mantengo los estrictos mod ales de cortesía que me

 

inculcaron a sangre y fuego, como corresponde a una persona «de-

 

cente». Ser decente era fundamental en mi familia. Esa palabra

 

abarcaba mucho más de lo que serí a posible explicar en estas pá -

 

ginas, pero puedo decir que sin dudas los buenos modales consti-

 

tuían un alto porcentaje de la supuesta decencia.

 

Me he ido por las ramas y debo retomar el hilo, si es que hay algún

 

hilo en este divagar. Así es la nostalgia: un lento baile cir cular. Los

 

recuerdos no se organizan cronológicament e, son como el humo,

 

tan cambiantes y efímeros, que si no se escriben desaparecen en el

 

olvido. Intento organizar estas páginas por temas o por épocas, pe-

 

ro me resulta casi un artificio, puesto que la me moria va y viene,

 

como una interminable cinta de Moebius.

 

UN SOPLO DE HISTORIA.

 

 como de nostalgia estamos hablando, le suplico un poco de p a-

 

ciencia, porque no puedo separar el tema de Chile de mi pro pia vi-

 

da. Mi destino está hecho de pasiones, sorpresas, éxitos y pérd i-

 

das; no es fácil contarlo en dos o tres frases. En todas las vidas

 

humanas supongo que hay momentos en los cuales cambia la suer-

 

te o se tuerce el rumbo y hay que partir en otra dirección. En la mía

 

esto ha ocurrido varias veces, pero tal vez uno de los eventos más

 

definitivos fue el golpe militar de 1973. Si no fuera por este aconte-

 

cimiento, seguramente yo nunca hubiera emigrado de Chile, no se-

 

ria escritora y no estaría casada con un americano viviendo en Cali-

 

fornia; tampoco me acompañaría esta larga nostalgia y hoy no e s-

 

taría escribiendo estas páginas. Esto me conduce inevitablemente

 

al tema de la política. Para entender cómo ocurrió el golpe militar,

 

debo referirme brevemente a nues tra historia política, desde los

 

comienzos hasta el general Augusto Pinochet, quien hoy es un

 

abuelo senil en arresto domiciliario, pero cuya importancia es impo-

 

sible ignorar. No faltan historiadores que lo consideran la figura po-

 

lítica más singular del siglo, aunque esto no es necesariamente un

 

juicio favorable.

 

 

 

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En Chile el péndulo político ha oscilado de u n extremo a otro,

 

hemos probado cuanto sistema de gobierno existe y hemos sufrido

 

las consecuencias; no es raro, por lo tanto, que tengamos más e n-

 

sayistas e historiadores por metro cuadrado que cualquiera otra na-

 

ción del mundo. Nos estudiamos a perpetuidad; tenemos el vicio de

 

analizar nuestra realidad como si fuera un permanente problema

 

que requiere urgentes soluciones. Los cabezones que se queman

 

las pestañas estudiándonos son unos latosos herméticos a qui enes

 

no se les entiende ni una palabra de lo que dicen; así es que nadie

 

les hace mucho caso, pero eso no los desanima, por el contrario,

 

cada año publican centenares de tratados académi cos, todos muy

 

pesimistas. Entre nosotros el pesimismo es de buen tono, se sup o-

 

ne que sólo los tontos andan contentos. Somos una nación en vías

 

de desarrollo, la más estable, segura y prós pera de América Latina

 

y una de las más organizadas, pero nos m olesta mucho cuando al-

 

guien opina que «el país está de lo más bien». Quien se atreva a

 

decirlo será tachado de ignorante que no lee los diarios.

 

Desde su independencia en 1810, Chile ha sido manejado por la

 

clase social con poder económico. Antes eran dueños de tierras,

 

hoy son empresarios, industriales, banqueros. Antes pertenecían a

 

una pequeña oligarquía de scendiente de europeos, compuesta por

 

un puñado de familias; hoy la clase dirigente es más exten sa, son

 

unos cuantos miles de personas, que tienen el sartén por el mango.

 

Durante los primeros cien años de la república, los presidentes y los

 

políticos salían de la clase alta, pero después la clase m edia tam-

 

bién participó en el gobierno. Pocos, sin embar go, provenían de la

 

clase obrera. Los presidentes con conciencia social fueron hombres

 

conmovidos por la desigualdad, la injusticia y la miseria del pueblo,

 

aunque no las sufrieron personalmente. En la actualidad, el pres i-

 

dente y la mayoría de los políti cos, excepto varios de derecha, no

 

forman parte del grupo económico que controla realmente el país.

 

Se da en este momento la paradoja de que gobierna una coalición

 

de partidos de centro y de izquierda (Concertación), con un pres i-

 

dente socialista, pero la economía es neocapitalista.

 

La oligarquía conservadora manejó al país con mentalidad feudal

 

hasta 1920. Una excepción fue el presidente liberal José Manuel

 

Balmaceda en 1891, quien intuyó las necesidades del pueblo e i n-

 

tentó llevar a cabo algunas reformas que herían los intereses de los

 

patrones, a pesar de que él mismo provenía de una familia podero-

 

sa, dueña de un inmenso latifundio. El Parla mento conservador le

 

hizo una feroz oposición, se produjo una crisis social y política, se

 

 

 

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sublevó la Marina para apoyar al Par lamento y se desató una

 

cruenta guerra civil, que terminó con el triunfo del Parlamento y el

 

suicidio de Balmaceda. Sin embargo, ya se habían plantado las s e-

 

millas de las ideas sociales y en los años siguientes aparecieron los

 

partidos radical y comunista.

 

En 1920 fue elegido por primera vez un caudillo que predi caba jus-

 

ticia social, Arturo Alessandri Palma, apodado «el León», perten e-

 

ciente a la clase media, s egunda generación de inmigrantes italia-

 

nos. Aunque su familia no era rica, su ascendencia europea, su cul-

 

tura y educación lo colocaban nat uralmente en la clase dirigente.

 

Promulgó leyes sociales y en su gobierno los tra bajadores se orga-

 

nizaron y tuvieron acceso a los partidos políticos. Alessandri propu-

 

so modificar la Constitución para establecer una verdadera d emo-

 

cracia, pero las fuerzas conservadoras de oposición lo impidieron, a

 

pesar de que la mayoría de los chilenos, sobre todo la clase media,

 

lo apoyaba. El Parlamento (¡otra vez el Parlamento!) le hizo difícil

 

gobernar, le exigió que abandonara el cargo y se fuera exiliado a

 

Europa. Sucesivas juntas militares intentaron gobernar, pero el país

 

perdió el rumbo y el clamor p opular exigió el regreso de l León,

 

quien terminó su período promulgando una nueva Constitución.

 

Las Fuerzas Armadas, que se sentían marginadas del poder y creían

 

que el país les debía mucho, dadas sus victorias en las guerras del

 

siglo XIX, instalaron por la fuerza en la presidenci a al general Car-

 

los Ibáñez del Campo. Rápidamente Ibáñez tomó medidas dictat o-

 

riales, a las que los chilenos ha sta ese momento habían sido aj e-

 

nos, y esto produjo una oposición civil tan formidable, que se para-

 

lizó el país y el general tuvo que renunciar. S e inició entonces un

 

período que podemos calificar de sana demo cracia. Se form aron

 

alianzas de partidos y subió la izquierda al poder con el presidente

 

Pedro Aguirre Cerda, del Frente Popular, en el cual participaban el

 

partido comunista y el radical. Después de Pedro Aguirre Cerda, el

 

derrocado Ibáñez se unió a las fuerzas de izquierda y se sucedieron

 

tres consecutivos presidentes radicales. (A pesar de que entonces

 

yo era una mocosa, me acuerdo que, cuando Ibáñez fue elegido pa-

 

ra gobernar por segunda v ez, en mi familia hubo duelo. Desde mi

 

rincón bajo el piano oía los pronósticos apocalípticos de mi abuelo y

 

mis tíos; pasé noches sin dormir, convencida de que las huestes del

 

enemigo arrasarían nuestra casa. Nada de eso sucedió. El gen eral

 

había aprendido la lección anterior y se mantuvo dentro de la ley.)

 

Durante veinte años hubo gobiernos de centro -izquierda hasta

 

1958, cuando triunfó la derecha con Jorge Alessandri, hijo del León

 

y completamente diferente a su padre. El León era populista, de

 

 

 

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ideas avanzadas para su tiempo y una tremenda personalidad; su

 

hijo era conservador y proyectaba una imagen más bien pusilán i-

 

me.

 

Mientras en la mayoría de los otros países latinoamericanos se s u-

 

cedían las revoluciones y los caudillos se apoderaban del gobierno a

 

balazos, en Chile se consolidaba una democracia ejemplar. En la

 

primera mitad del siglo XX los avances sociales se cristalizaron. La

 

educación estatal, gratuita y obligatoria, la salud pública al alcance

 

de todos y uno de los sistemas más avan zados de seguridad social

 

del continente, permitió el fortalecimiento de una vasta clase media

 

educada y politizada, así como un proletariado con co nciencia de

 

clase. Se formaron sindicatos, centrales de obreros, de emple ados,

 

de estudiantes. Las mujeres obtuvieron el voto y los procesos elec-

 

torales se perfeccionaron. (Una elección en Chile es tan civilizada

 

como la hora del té en el hotel Savoy de Londres. Los ciudadanos

 

se ponen en «la colita» para votar, sin que jamás se produzca ni el

 

menor alterca do, aunque los ánimos políticos estén caldeados.

 

Hombres y mujeres votan en locales s eparados, custodiados por

 

soldados, para evitar disturbios o cohecho. No se vende alcohol

 

desde el día anterior y el comercio y las oficinas permanecen cerra-

 

dos; ese día no se trabaja.)

 

La inquietud por la justicia social alcanzó también a la Igle sia cató-

 

lica, de enorme influencia en Chile, que sobre la base de las nuevas

 

encíclicas hizo grandes esfuerzos por apoyar los cam bios que se

 

habían producido en el p aís. Entretanto en el mundo se afirmaban

 

dos sistemas políticos opuestos: capitalismo y so cialismo. Para

 

hacer frente al marxismo, nació en Europa la de mocracia cristiana,

 

partido de centro, con un mensaje humanis ta y c omunitario. En

 

Chile, donde prometía una «revolución en liber tad», la democracia

 

cristiana arrasó en la elección de 1964, derrotando a la derecha

 

conservadora y a los partidos de izquierda. El triunfo abrumador de

 

Eduardo Frei Montalva, con una mayoría demócrata cristiana en el

 

Parlamento, marcó un hito; el país había cambiado, se suponía que

 

la derecha pasaba a la his toria, que la izquierda jamás tendría su

 

oportunidad y que la democracia cristiana gobernaría por los siglos

 

de los siglos, pero el plan no resultó y en pocos años el partido per-

 

dió apoyo popular; la derecha no fue pulverizada, como se había

 

pronosticado, y la izquierda, repuesta de la derrota, se org anizó.

 

Las fuerzas estaban divididas en tres tercios: derecha, centro e i z-

 

quierda.

 

Al final del período de Frei Montalva el país estaba frenético. Habí a

 

 

 

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un deseo de revancha por parte de la derecha, que se sen tía ex-

 

propiada de sus bienes y temía perder definitivamente el poder que

 

siempre había ostentado, y un gran resentimiento por parte de las

 

clases bajas, que no se sinti eron representadas por la dem ocracia

 

cristiana. Cada tercio presentó su candidato: Jorge Alessandri por la

 

derecha, Radomiro Tomic por la democracia cristiana y Salvador

 

Allende por la izquierda.

 

Los partidos de izquierda se juntaron en una coalición llama da Uni-

 

dad Popular, que inclu ía al partido comunista. Estados Unidos se

 

alarmó, a pesar de que las encuestas daban como ganadora a la

 

derecha, y destinó varios m illones de dólares para combatir a

 

Allende. Las fuerzas políticas estaban r epartidas de tal modo, que

 

Allende, con su proyecto de «la vía chilena al socialismo» ganó por

 

estrecho margen, con treinta y ocho por ciento de los votos. Como

 

no obtuvo mayoría absoluta, el Congreso debía ratificar la elección.

 

Tradicionalmente se había designado al candidato con más votos.

 

Allende era el primer marxista en alcanzar la presidencia de un país

 

mediante votación democráti ca. Los ojos del mundo se volvieron

 

hacia Chile.

 

Salvador Allende Gossens era un médico carismático, que había s i-

 

do ministro de Salud en su juventud, senador por muchos años y el

 

eterno candidato presidencial de la izquierda. Él mis mo hacía el

 

chiste de que a su muerte escribirían en su epitafio: «Aquí yace el

 

próximo presidente de Chile». Era valiente, leal con sus amigos y

 

colaboradores, magnánimo con sus adver sarios. Lo tachaban de

 

vanidoso por su forma de vestirse, su gusto por la buena vida y por

 

las mujeres bellas, pero era muy serio respec to a sus convicciones

 

políticas; en ese aspecto nadie puede acu sarlo de frivolidad. Sus

 

enemigos preferían no enfrentarlo personalmente, porque tenía fa-

 

ma de manipular cualquier situación a su favor. Pretendía realizar

 

profundas reformas económicas den tro del marco de la Constit u-

 

ción, extender la reforma agraria iniciada por el gobierno anterior,

 

nacionalizar empresas privadas, bancos y las minas de cobre, que

 

estaban en manos de compañías no rteamericanas. Proponía llegar

 

al socialismo respetando todos los derechos y libertades de los ciu-

 

dadanos, un experimento que hasta entonces no se había intent a-

 

do.

 

La revolución cubana tenía ya diez años de existencia, a pesar de

 

los esfuerzos de Estados Unidos por destruirla, y había movimientos

 

guerrilleros de izquierda en muchos países latino americanos. El

 

héroe indiscutido de la juventud era el Che Gue vara, asesinado en

 

 

 

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Bolivia, cuyo rostro de santo con boina y ci garro se había converti-

 

do en símbolo de la lucha por la just icia. Eran los tiempos de la

 

guerra fría, cuando una paranoia irracional dividió el mundo en dos

 

ideologías y determinó la política exterior de la Unión Soviética y de

 

Estados Unidos durante varias décadas. Chile fue uno de los peones

 

sacrificados en aquel conflicto de titanes. La administración de

 

Nixon decidió intervenir directamente en el proceso electoral chil e-

 

no. Henri Kissinger, a cargo de la política exterior, quien admitía no

 

saber nada de América Latina, a la cual consideraba el patio trasero

 

de Estados Unidos, dijo que «no había razón para ver cómo un país

 

se volvía comunista por la irresponsabilidad de su propia gente, sin

 

hacer algo al respecto». (En Am érica Latina circula este chiste:

 

¿Sabe por qué en Estados Unidos no hay go lpes militares? Porque

 

no hay embajada norteamericana.) A Kissinger la vía demo crática

 

hacia el socialismo de Salvador Allende le parecía más peligr osa

 

que la revolución armada, porque podía contagiar al resto del co n-

 

tinente como una epidemia.

 

La CIA ideó un plan para evitar que Allende asumiera la pre -

 

sidencia. Primero intentó sobornar a algunos miembros del Con -

 

greso para que no lo designaran y llamaran a una segunda votación

 

en la cual habría sólo dos candidatos, Allende y un demócrata cris-

 

tiano apoyado por la derecha. Como lo del soborno no resultó, pla -

 

neó secuestrar al comandante en jefe de las Fuerzas Armadas, ge -

 

neral René Schneider, por un supuesto comando de i zquierda, que

 

en realidad era un grupo neofascista, con la idea de provocar el

 

caos y una intervención militar. El general murió baleado en la r e-

 

friega y el plan tuvo el efecto contrario: una oleada de horror sacu-

 

dió al país y el Congreso por unanimidad entregó a Salvador Allen-

 

de la presidencia. A pa rtir de ese momento la derecha y la CIA

 

complotaron para derrocar al gobierno de la Unidad Popular, aun a

 

costa de la destrucción de la economía y de la larga trayecto ria

 

democrática de Chile. Pusieron en acción el plan llamado «de-

 

sestabilización», que consistía en cortar los créditos internacionales

 

y una campaña de sabotaje para provocar la ruina económica y la

 

violencia social. Simultáneamente seducían con canto de sirenas a

 

los militares, que en última instanci a representaban la carta más

 

valiosa en el juego.

 

La derecha, que controla la prensa en Chile, organizó una campaña

 

de terror, que incluía afiches con soldados soviéticos arran cando

 

niños de los brazos de sus madres para llevarlos a los gulags. El día

 

de la elección, en 1970, cuando el triunfo de Allende fue evidente,

 

 

 

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salió el pueblo a celebrar; nunca se había visto una manifestación

 

popular de tal magnitud. La derecha había termi nado por creer su

 

propia propaganda del miedo y se atrincheró en sus casas, conven-

 

cida de que los «rotos» enardecidos iban a co meter toda suerte de

 

tropelías. La euforia del pueblo fue extraor dinaria -consignas, ban-

 

deras y abrazos-, pero no hubo excesos y al amanecer los manifes-

 

tantes se retiraron a sus hogares, roncos de tanto cantar. Al día si-

 

guiente había largas filas ante los bancos y las agencias de viajes

 

del barrio alto: mucha gente retiraba su dinero y compraba pasajes

 

para escapar al extranjero, convencida de que el país iba por el

 

mismo camino que Cuba.

 

Para dar un espaldarazo al gobierno socialista, Fidel Castro llegó de

 

visita, lo cual agravó el pánico de la oposición, sobre todo al ver el

 

recibimiento que se le daba al controvertido comandante. El pueblo

 

se juntó a lo largo del camino desde el aeropuer to hasta el centro

 

de Santiago, organizado por sindicatos, escuelas, uniones de profe-

 

sionales, partidos políticos, etc., con banderas, estandartes y ba n-

 

das de música, además de la inmensa masa anónima que fue a mi-

 

rar el espectáculo por curiosidad, con el mismo entusiasmo con que

 

años después le daría la bienvenida al Papa.

 

La visita del barbudo comandante cubano se extendió demasiado:

 

veintiocho largos días en los cuales recorrió el país de norte a sur

 

acompañado por Allende. Creo que todos dimos un suspiro de alivio

 

cuando partió; estábamos extenuados, pero no se puede negar que

 

su comitiva dejó el aire lleno de música y risa; los cubanos resulta-

 

ron encantadores. Veinte años más tarde me tocaría conocer a c u-

 

banos exiliados en Miami y comprobé que son tan simpátic os como

 

los de la isla. Los chi lenos, siempre tan serios y s olemnes, queda-

 

mos sacudidos: no sabíamos que la vida y la revolución pod ían to-

 

marse con tanta alegría.

 

La Unidad Popular era popular, pero no era unida. Los par tidos de

 

la coalición peleaban com o perros por cada morcilla de poder y

 

Allende no sólo tenía que enfrentar la oposición de la derecha, sino

 

también a los críticos e ntre sus filas, que exigían más velocidad y

 

radicalismo. Los trabajadores se tomaba fábri cas y fundos, cans a-

 

dos de esperar la nacionalización de las empresas privadas y la ex-

 

tensión de la reforma agraria. El sabotaje de la derecha, la inte r-

 

vención norteamericana y los errores del gobierno de Allende pr o-

 

vocaron una crisis económica, política y social muy grave. La i nfla-

 

ción llegó oficialmente a trescientos sesenta por ciento al año, aun-

 

que la oposición aseguraba que era más de mil por ciento, es decir,

 

una dueña de casa despertaba sin saber cuánto le costaría el pan

 

 

 

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del día. El gobierno fijó los precios de los productos básicos; indus-

 

triales y agricultores quebraron. Era tal la escasez, que la gente pa-

 

saba horas esperando para conseguir un pollo raquítico o una taza

 

de aceite, pero quienes podían pagar compraban lo que querían en

 

el mercado negro. Con su manera modesta de hablar y de compor-

 

tarse, los chilenos se referían a «la colita», aunque ésta tuviera tres

 

cuadras de largo, y solían pararse en ella sin saber qué vendían,

 

por pura costumbre. Pronto hubo psicosis de desabastecimiento y

 

apenas se juntaban más de tres personas, se colocaban automáti-

 

camente en fila. Así adquirí cigarrillos, aunque nunca he fumado, y

 

así conseguí once tarros de cera incolora para lustrar zapatos y un

 

galón de extracto de soya, que no sospecho para qué se usa. Exis-

 

tían profesionales de las colas, que ganaban propina por guardar el

 

puesto; entiendo que mis hijos redondeaban su mesada de este

 

modo.

 

A pesar de los problemas y del clima de confrontación permanente,

 

el pueblo estaba entusiasmado porque sintió por primera vez que

 

tenía el destino en su s manos. Se produjo un verdadero renac i-

 

miento de las artes, el folkl ore, los movimientos populares y est u-

 

diantiles. Masas de voluntarios salieron a alfabetizar por los rinc o-

 

nes de Chile; se publicaban libros al precio de un periódico, para

 

que en cada casa hubiera una biblioteca. Por su parte la d erecha

 

económica, la clase alta y un sector de la clase media, en especial

 

las dueñas de casa, que sufrían el desabastecimiento y el desorden,

 

detestaban a Allende y temían que se perpetuara en el gobierno,

 

como Fidel Castro en Cuba.

 

Salvador Allende era primo de mi padre y fue la única persona de la

 

familia Allende que permaneció en contacto con mi madre después

 

que mi padre se fuera. Era muy amigo de mi padrastro, de modo

 

que tuve varias ocasiones de estar con é l durante su presidencia.

 

Aunque no colaboré con su gobie rno, esos tres años de la Unidad

 

Popular fueron seguramente los más interesantes de mi vida. Nun-

 

ca me he sentido tan viva, ni he vuelto a participar tanto en una

 

comunidad o en el acontecer de un país.

 

Desde la perspectiva actual, se puede decir que el marxismo ha

 

muerto como proyecto económico, pero creo que algunos de los

 

postulados de Salvador Allende siguen siendo atractivos, como la

 

búsqueda de justicia e igualdad. Se trataba de establecer un sis -

 

tema que diera a todos las mismas oportunidades y de crear «el

 

hombre nuevo», cuya motivación no sería la ganancia personal, s i-

 

no el bien común. Creíamos que es posible cambiar a la gente a

 

 

 

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punta de adoctrinamiento; nos negábamos a ver que en otros luga-

 

res, donde incluso se había tratado de imponer el sistema con m a-

 

no de hierro, los resultados eran muy dudosos. Todavía no se vi s-

 

lumbraba la debacle del mundo soviético. La premisa de que la n a-

 

turaleza humana es susceptible de un cambio tan radical ahora pa-

 

rece ingenua, pero entonces era la máxima aspiración de muchos

 

de nosotros. Esto prendió como una hoguera en Chile. Las caract e-

 

rísticas propias de los chilenos que ya he menciona do, como la so-

 

briedad, el horror de ostentar, de destacarse por encima de los

 

demás o llamar la atención, la generosidad, su ten dencia a transar

 

antes que confrontar, la mentalidad legalista, el respeto por la a u-

 

toridad, la resignación ante la burocracia, el gusto por la discusión

 

política, y muchas otras, encontraron su lugar perfe cto en el pr o-

 

yecto de la Unidad Popular. Incluso la moda fue afectada. Durante

 

esos tres años, en las revi stas femeninas las modelos aparecieron

 

vestidas con rudos textiles artesa nales y zapatones proletarios; se

 

usaban sacos de harina blan queados con cloro para hacer blusas.

 

Yo era responsable de la sección de decoración en la revista donde

 

trabajaba y mi desafió era fotografiar ambientes acoged ores y

 

agradables a un costo mínimo: lámparas hechas con tarros, alfo m-

 

bras de cañamazo, muebles de pino teñidos de oscuro y quemados

 

con soplete para que parecieran antiguos. Los llamábamos «mu e-

 

bles fraileros», y la idea era que cualquiera podía hacerlos en su

 

casa con cuatro tablas y un s errucho. Era la época de oro del ll a-

 

mado DFL2, que permitía adquirir viviendas de ciento cuarenta me-

 

tros cuadrados como máximo, a precio red ucido y con ventajas de

 

impuestos. La mayoría de las casas y apartamentos eran del tam a-

 

ño de un garaje para dos carros; la nuestra tenía noventa m etros

 

cuadrados y nos parecía un palacio. Mi madre, quien estaba a cargo

 

de la sección de cocina de la revista Paula, debía inventar recetas

 

baratas que no incluyeran productos escasos; teniendo en cuenta

 

que faltaba de t odo, su creatividad estaba un poco limitada. Una

 

artista peruana que llegó de visita durante ese tiempo preguntó ex-

 

trañada por qué las chilenas se vestían de leprosas, vivían en casi-

 

tas de perro y comían como faquires.

 

A pesar de los múltiples problemas que enfrentó la población d u-

 

rante ese tiempo, desde desabastecimiento hasta violencia política,

 

tres años más tarde la Unidad Popular aumentó sus votos en las

 

elecciones parlamentarias de marzo de 1973. Los esfuerzos por de-

 

rrocar al Gobierno con sabotaje y propaganda, no habían dado los

 

resultados esperados; entonces la oposición entró en la última eta-

 

 

 

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pa de la conspiración y provocó un golpe militar. Los chilenos no

 

teníamos idea de lo que eso significaba, porque habíamos gozado

 

de una larga y sólida democracia, y nos jactábamos de ser distintos

 

a otros países del continente, que lla mábamos despectivamente

 

«repúblicas bananeras», donde a cada rato un caudillo se apoder a-

 

ba del Gobierno a b alazos. No, eso jamás nos ocurriría, sostení a-

 

mos, porque en Chile hasta los soldados eran democráticos y nadie

 

se atrevería a violar nuestra Constitución. Era pura ignorancia, por-

 

que si hubiéramos revisado nuestra historia, conoceríamos mejor la

 

mentalidad militar.

 

Al hacer la investigación para mi novela Retrato en sepia, publicada

 

en 2000, me enteré de que en el siglo XIX nuestras Fuerzas Arma-

 

das tuvieron varias guerras, dando muestras de tanta cruel dad co-

 

mo coraje. Uno de los momentos más famosos de nuestra historia

 

fue la toma del morro de Arica (junio de 1880) durante la guerra

 

del Pacífico, contra Perú y Bolivia. El m orro es un alto promontorio

 

inexpugnable, doscientos metros de caída vert ical hacia el mar,

 

donde había numerosas tropas peruanas apertrechadas de artillería

 

pesada, defendidas por tres kilómetros de para peto de sacos de

 

arena y rodeadas de un campo minado. Los soldados chilenos se

 

lanzaron al ataque con cuchillos corvos entre los dientes y bayon e-

 

tas caladas. Muchos cayeron bajo las balas enemigas o volaron en

 

pedazos al pisar las minas, pero nada lo gró detener a los demás,

 

que llegaron hasta las fortificaciones y las treparon, enardecidos de

 

sangre. Destriparon a cuchillo y ba yoneta a los peruanos y se t o-

 

maron el morro en una increíble proeza que tardó sólo cincuenta y

 

cinco minutos; luego asesinaron a los vencidos, remataron a her i-

 

dos y saquearon la ciudad de Arica. Uno de los co mandantes pe-

 

ruanos se tiró al mar para no caer en manos de los chilenos. La f i-

 

gura del gallardo oficial lanzándose desde el acantilado montado en

 

su caballo negro con herraduras de oro es parte de la leyenda de

 

aquel episodio feroz. La guerra se decidió má s tarde con el triunfo

 

chileno en la batalla de Lima, que los peruanos recuerdan como una

 

masacre, a pesar de que los textos de historia de Chile aseguran

 

que nuestras tropas ocuparon la ciudad ordenadamente.

 

La historia la escriben los vencedores a su man era. Cada país pre-

 

senta a sus soldados bajo la luz más favorable, se ocultan los err o-

 

res, se matiza la maldad y después de la batalla ganada todos son

 

héroes. Como nos criamos con la idea de que las Fuerzas Armadas

 

chilenas estaban compuestas de obedientes soldados al mando de

 

irreprochables oficiales, nos llevamos una tremenda sorpresa el

 

 

 

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martes 11 de septiembre de 1973, cuando los vimos en acción. Fue

 

tanto el salvajismo, que se ha dicho que estaban dro gados, tal co-

 

mo se supone que los hombres que se tom aron el morro de Arica

 

estaban intoxicados con «chupilca del diablo», una mezcla explosi-

 

va de aguardiente y pólvora. Rodearon con tanques el Palacio de la

 

Moneda, sede del Gobierno y símbolo de nuestra democracia, y

 

luego lo bombardearon desde el aire. Allende murió dentro del pa-

 

lacio; la versión oficial es que se suicidó. Hubo centenares de muer-

 

tes y tantos miles de prisioneros, que los estadios deportivos y has-

 

ta algunas escuelas fueron convertidas en cá rceles, centros de tor-

 

tura y campos de concentración. Con el pretexto de librar al país de

 

una hipotética dictadura comunista que podría ocurrir en el futuro,

 

la democracia fue reemplazada por un régimen de terror que habría

 

de durar diecisiete años y dejar secuelas por un cuarto de siglo.

 

Recuerdo el miedo como un permanente sabor metálico en la boca.

 

PÓLVORA Y SANGRE

 

Para dar una idea de lo que fue el golpe militar, hay que imagi nar

 

lo que sentiría un norteamericano o un inglés si sus soldados ataca-

 

ran con armamento de guerra la Casa Blanca o el pal acio de Buc-

 

kingham, provocaran la muerte de millares de ciudadanos, entre

 

ellos el presidente de Estados Unidos o la reina y el primer ministro

 

británicos, declararan el Congreso o el Parlamento en receso indefi-

 

nido, destituyeran la Corte Suprema, suspendi eran las libertades

 

individuales y los partidos políticos, instauraran censura absoluta de

 

los medios de comunicación y se abocaran a la tarea de expu rgar

 

toda voz disidente. Ahora imagine que estos mismos soldados, p o-

 

seídos de fanatismo mesiánico, se ins talaran en el poder por largo

 

tiempo, dispuestos a eliminar de raíz a sus adversarios ideológicos.

 

Eso es lo que sucedió en Chile.

 

La aventura socialista terminó trágicamente. La junta militar, presi-

 

dida por el general Augusto Pinochet, aplicó la doctrina del capita-

 

lismo salvaje, como ha sido llamado el experimento neoliberal, pero

 

ignoró que para su funci onamiento equilibrado se requiere una

 

fuerza laboral en pleno uso de sus d erechos. Para destruir hasta la

 

última semilla de pensamiento izquierdista e im plantar un capita-

 

lismo despiadado, ejercieron una represión brutal.

 

Chile no fue un caso aislado, la larga noche de las dictaduras cubri-

 

ría buena parte del continente durante más de una década. En

 

1975 la mitad de los latinoamericanos vivíamos bajo algún tipo de

 

 

 

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gobierno represivo, muchos de ellos apoyados por Estados Unidos,

 

que tiene un bochornoso récord de derrocar gobiernos elegidos por

 

otros pueblos y apoyar tiranías que jamás serían toleradas en su

 

propio territorio, como Papa Doc en Hai tí, Trujillo en la República

 

Dominicana, Somoza en Nicaragua y tantas otras.

 

Me doy cuenta que al escribir estos hechos soy subjetiva. Debiera

 

contarlos desapasionadamente, pero seria traicionar mis convicci o-

 

nes y sentimientos. Este libro no intenta ser una cróni ca política o

 

histórica, sino una serie de recuerdos, que siempre son selectivos y

 

están teñidos por la propia experiencia e ideología.

 

La primera parte de mi vida terminó aquel 11 de septiembre de

 

1973. No me extenderé demasiado en esto, porque ya lo he con ta-

 

do en los últimos capítulos de mi primera novela y en mi memoria

 

Paula. La familia Allende, es decir, aquellos que no murieron, fu e-

 

ron presos o pasaron a la clandest inidad, partieron al exilio. Mis

 

hermanos, que estaban en el extranjero, no regre saron. Mis pa-

 

dres, que eran embajadores en Argentina, se queda ron en Buenos

 

Aires por un tiempo, hasta que fueron amenaza dos de muerte y

 

debieron escapar. La familia de mi madre, en cambio, era en su

 

mayoría enemiga acérrima de la Unidad Popular y muchos celebra-

 

ron con champaña el golpe militar. Mi abue lo detestaba el socialis-

 

mo y esperaba con ansia el término del gobierno de Allende, pero

 

nunca quiso que fuera a costa de la democracia. Estaba horrorizado

 

al ver en el poder a los militares, a quienes despreciaba, y me or-

 

denó que no me metiera en pro blemas; pero era imposible mante-

 

nerme al margen de lo que ocurría. El viejo llevaba meses o bser-

 

vándome y haciéndome preguntas capciosas, creo que sospechaba

 

que en cualquier momento su nieta se esfumaría. ¿Cuánto sabía de

 

lo que ocurría a su alrededor? Vivía aislado, casi no salía a la calle y

 

su contacto con la realidad era a través de la prensa, que ocultaba

 

y mentía. Tal vez la única que le contaba el otro lado de la medalla

 

era yo. Al prin cipio traté de ma ntenerlo informado, porque en mi

 

calidad de periodista tenía acceso a la red clandestina de rumores

 

que reemplazó las fuentes serias de información d urante ese tiem-

 

po, pero después dejé de darle malas noticias para no depr imirlo y

 

asustarlo. Empezaron a desa parecer amigos y conocidos, a veces

 

algunos regresaban después de semanas de ausencia, con ojos de

 

loco y huellas de tortura. Muchos buscaron refugio en otras par tes.

 

México, Alemania, Francia, Canadá, España y varios otros países los

 

recibieron al pri ncipio, pero después de un tiempo dejaron de

 

hacerlo, porque a la oleada de chilenos se sumaban millares de

 

otros exiliados latinoamericanos.

 

 

 

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En Chile, donde la amistad y la familia son muy importan tes, suce-

 

dió un fenómeno que sólo se explica por el efecto que tiene el mie-

 

do en el alma de la sociedad. La traición y las delaciones acabaron

 

con muchas vidas; bastaba una voz anónima por teléfono para que

 

los mal llamados servicios de i nteligencia le echaran el guante al

 

acusado y en muchos casos no volviera a saberse de su persona. La

 

gente se dividió entre los que apoyaban el g obierno militar y los

 

opositores; odio, desconfianza y miedo arruinaron la convivencia.

 

Hace más de una década que se instauró la democracia, pero esa

 

división todavía puede palparse, incluso en el seno de muchas fami-

 

lias. Los chilenos aprendieron a callar, a no oír y a no ver, porque

 

mientras pudieran ignorar los hechos, no se sentirían cómplices.

 

Conozco personas para quienes el gobierno de Allende represe nta-

 

ba lo más deleznable y peligroso que podía ocurrir. Para ellos, ge n-

 

te que se precia de conducir su vida de acuerdo a estrictos prece p-

 

tos cristianos, la necesidad de destruirlo fue tan imperiosa, que no

 

cuestionaron los métodos. Ni siquiera lo hicieron c uando un padre

 

desesperado, Sebastián Acevedo, se roció con gasolina y se prendió

 

fuego, inmolándose como un bonzo en la plaza de Concepción, c o-

 

mo protesta porque a sus hijos los estaban torturando. Se las arre-

 

glaron para ignorar las violaciones a los derechos humanos -o fingir

 

que lo hacían- durante muchos años y, ante mi sorpresa, todavía

 

suelo encontrar algunos que niegan lo ocurrido, a pesar de las ev i-

 

dencias. Puedo entenderlos, porque están aferrados a sus creencias

 

como yo lo estoy a las mías. La op inión que tienen del gobierno de

 

Allende es casi idéntica a la que tengo yo de la dic tadura de Pino-

 

chet, con la diferencia que en mi caso el fin no justifica los medios.

 

Los crímenes perpetrados en la sombra du rante esos años han ido

 

emergiendo inevitablemente. Ventilar la verdad es el comienzo de

 

la reconciliación, aunque las heridas tardarán mucho en cicatrizar,

 

porque los responsables de la represión no han admitido sus faltas

 

y no están dispuestos a pedir perdón. Las acciones del régimen mi-

 

litar quedarán impunes, pero no pueden ya ocultarse ni ignorarse.

 

Muchos piensan, sobre todo los jóvenes que se criaron sin espíritu

 

crítico ni diálogo político, que basta de escarbar el pasado, deb e-

 

mos mirar hacia adelante, pero las víctimas y sus familiares no

 

pueden olvidar. Tal vez debamos esperar que muera el último testi-

 

go de aquellos tiempos, antes de cerrar ese capítulo de nuestra his-

 

toria.

 

Los militares que se tomaron el poder no eran dechados de cultura.

 

Vista desde la distancia que dan los muchos años tra nscurridos

 

 

 

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desde entonces, las cosas que decían son para la risa, pero en

 

aquellos momentos resultaban más bien terroríficas. La exal tación

 

de la patria, de los «valores cristianos occidentales» y del militaris-

 

mo llegó a niveles ridículos. El país se m anejaba como un cuartel.

 

Por años yo había escrito una columna de humor en una revista y

 

conducido un programa liviano en televisión, pero en ese ambiente

 

no podía hacerlo, porque en realidad no había de qué reírse, salvo

 

de los gobernantes, lo cual podía co star la vida. Tal vez el único

 

resquicio de humor eran «los martes con Merino». Uno de los gene-

 

rales de la junta, el almirante José Toribio Merino, se reunía sem a-

 

nalmente con la prensa para opinar sobre diferentes temas. Los pe-

 

riodistas aguardaban con ans ias estas perlas de claridad mental y

 

sabiduría. Por ejemplo, respecto al cambio de la Constitución con

 

que se pretendía legalizar el asalto de los militares al poder en

 

1980, opinaba con la mayor seriedad que «la primera trascendencia

 

que le veo es que es trascendental». Y enseguida el almirante e x-

 

plicaba para que todos entendieran: «Ha habido dos criterios en la

 

elaboración de esta Constitución; el criterio político, diríamos plató-

 

nico-aristotélico en lo clásico grie go, y en la otra parte el criterio

 

absolutamente militar, que viene de Descartes, que llamaríamos

 

cartesiano. En el cartesianismo la Constitución se encuentra toda

 

aquella, aquel tipo de definiciones que son extraordinariamente po-

 

sitivas, que buscan la verdad sin alternativas, en que el uno má s

 

dos no puede ser más que tres, y que no hay otra alternativa sino

 

que el tres…». Poniéndose en el caso de que a estas alturas la

 

prensa hubiera perdido el hilo de su discurso, Merino aclaraba: «…

 

y la verdad cae en esa forma frente a la verdad aristo télica, o la

 

verdad clásica, digamos, que daba ciertos matices para la búsqueda

 

de ella; tiene una importancia enorme en un país como el nuestro,

 

que está buscando nuevos caminos, que está bu scando nuevas

 

formas de vivir…».

 

Este mismo almirante justificó la decisión del Gobierno de ponerlo a

 

cargo de la economía, diciendo que había estudiado economía como

 

hobby en cursos de la Enciclopedia Británica. Y con el mismo ca n-

 

dor decía que «la guerra es la profesión más linda que hay. ¿Y qué

 

es la guerra? La con tinuación de la paz, en la cual se realiza todo

 

aquello que la paz no permite, para llevar al hombre a la dialéctica

 

perfecta, que es la extinción del enemigo».

 

En 1980, cuando aparecían estas maravillas en la prensa, yo ya no

 

estaba en Chile. Permanecí un tiempo, pero cuando sentí que la re-

 

presión era como un lazo corredizo en torno a mi cuello, me fui. Vi

 

cambiar al país y a la gente. Traté de adaptarme y de no llamar la

 

 

 

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atención, como me pedía mi abuelo, pero era imposible, porque en

 

mi condición de periodista me enteraba de mucho.

 

Al principio el temor era algo vago y difícil de definir, como un mal

 

olor. Descalificaba los terribles rumores que circulaban, alegando

 

que no había pruebas, y cuando me enfrentaba a las pruebas, decía

 

que eran excepciones. Me creía a salvo porque «no participaba en

 

política», mientras amparaba fugitivos desesperados en mi casa o

 

los ayudaba a saltar el muro de una embajada en busca de asilo.

 

Suponía que si era arrestada podría explicar que lo hacía por razo-

 

nes humanitarias; estaba en la luna, evidenteme nte. Me cubrí de

 

ronchas de pies a cabeza, no podía dormir, bastaba el ruido de un

 

automóvil en la calle después del toque de queda para quedar tem-

 

blando por horas. Me tomó año y medio darme cuenta del riesgo

 

que corría y po r fin, en 1975, después de una semana particula r-

 

mente agitada y pe ligrosa, me fui a Venezuela, llevando conmigo

 

un puñado de tierra chilena de mi jardín. Un mes más tarde mi ma-

 

rido y mis hijos se reunieron conmigo en Caracas.

 

Supongo que sufro el mal de muchos chilenos que se fueron en esa

 

época: me siento culpable de haber abandonado mi país. Me he

 

preguntado mil veces qué habría sucedido si me hubiera quedado,

 

como tantos que dieron la batalla contra la dictadura desde dentro,

 

hasta que pudieron vence rla en 1989. Nadie puede responder esa

 

pregunta, pero de una cosa estoy segura: no seria escritora sin

 

haber pasado por la experiencia del exilio.

 

A partir del instante en que crucé la cordillera de los Andes, una

 

mañana lluviosa de invierno, comencé el pr oceso inconsciente de

 

inventar un país. He vuelto a volar sobre la cordillera muchas veces

 

y siempre me emociono, porque el recuerdo de aquella mañana me

 

asalta intacto al ver desde arriba el espectáculo so berbio de las

 

montañas. La infinita soledad de esas cumbres blancas, de esos

 

abismos vertiginosos, de ese cielo azul profundo, simboliza mi de s-

 

pedida de Chile. Nunca imaginé que estaría ausente por tanto tiem-

 

po. Como todos los chilenos -menos los militares- estaba convenci-

 

da de que, dada nuestra tradi ción, pronto los soldados regresarían

 

a sus barracas, habría otra elec ción y tendríamos un gobierno d e-

 

mocrático, como siempre habíamos tenido. Sin embargo, algo debo

 

haber intuido sobre el futuro, porque pasé mi primera noche en Ca-

 

racas llorando sin consuelo en una cama prestada. En el fondo pre-

 

sentía que algo había terminado para siempre y que mi vida ca m-

 

biaba violentamente de rumbo. La nostalgia se apoderó de mí de s-

 

de esa primera no che y no me soltó por muchos años, hasta que

 

cayó la dictadura y volví a pisar mi país. Entretanto vivía mirando

 

 

 

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hacia el sur, pendiente de las noticias, esperando el instante de

 

volver mien tras seleccionaba los recuerdos, cambiaba algunos

 

hechos, exageraba o ignoraba otros, afinaba las emociones y así

 

construía poco a poc o ese país imaginario donde he plantado mis

 

raíces.

 

Hay exilios que muerden y otros

 

son como el fuego que consume.

 

Hay dolores de patria muerta

 

que van subiendo desde abajo,

 

desde los pies y las raíces

 

y de pronto el hombre se ahoga,

 

ya no conoce las espigas,

 

ya se terminó la guitarra,

 

ya no hay aire para esa boca,

 

ya no puede vivir sin tierra

 

y entonces se cae de bruces,

 

no en la tierra, sino en la muerte.

 

 PABLO NERUDA, «Exilios»,

 

 de Cantos ceremoniales

 

Entre los cambios notables producidos por el sistema econó mico y

 

los valores que implantó la dictadura, se puso de moda la ostent a-

 

ción: si usted no es rico, debe endeudarse para parecerlo, aunque

 

ande con agujeros en los calcetines. El consumismo es la ideología

 

de hoy en Chile, como en la m ayor parte del mundo. La política

 

económica, los negociados y la corrupción, que alcan zó niveles

 

nunca antes vistos en el país, crearon una nueva cas ta de millona-

 

rios. Una de las cosas positivas que ocurrieron es que se trizó la

 

muralla que separaba a las clases sociales; los rancios apellidos de-

 

jaron de ser el único pasaporte para ser acepta do en sociedad. Los

 

que se consideraban aristócratas fueron barridos del mapa por jó-

 

venes empresarios y te cnócratas en sus motos cromadas y sus

 

Mercedes Benz y por algunos milit ares, que se enriquecieron en

 

puestos clave del Gobierno, la industria y la banca. Por primera vez

 

se veían hombres de uniforme en todas partes: ministerios, univer-

 

sidades, empresas, salones, clubes, etc.

 

La pregunta de rigor es por qué al menos un tercio de la po blación

 

apoyó a la dictadura, a pesar de que para la mayoría la vida no fue

 

fácil e incluso los adherentes al gobierno militar vi vían temerosos.

 

La represión fue general, aunque sin duda sufrieron mucho más los

 

 

 

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izquierdistas y los pobres. Todos se sentían vigilados, nadie podía

 

decir que estaba completamente a salvo de la garra del Estado. Es

 

cierto que la información estaba censurada y había un a maquinaria

 

de propaganda destinada a lavar los cerebros; cierto es también

 

que a la oposición le costó muchos años y sangre organizarse; pero

 

eso no explica la popularidad del dic tador. El porcentaje de la p o-

 

blación que lo aplaudía no lo hizo sólo por miedo; a los chilenos les

 

gusta el autoritarismo. Creyeron que los militares iban a «limpiar»

 

el país. «Se te rminó la delincuencia, no hay muros pintarrajeados

 

con graffiti, todo está limpio y gracias al toque de queda los mar i-

 

dos llegan temprano a la casa », me dijo una amiga. Para ella eso

 

compensaba la pér dida de los derechos ciudadanos, porque esa

 

pérdida no la tocaba directamente; tenía la suerte de que ninguno

 

de sus hijos ha bía sido despedido del trabajo sin indemn ización o

 

arrestado. Comprendo que la derecha, que históricamente no se ha

 

caracterizado por la defensa de la democracia y que durante esos

 

años se enriqueció como nunca antes, apoyara a la dictadura, pero

 

¿y los demás? Para esta pregunta no he encontrado respuesta s a-

 

tisfactoria, sólo conjeturas.

 

Pinochet representó al padre intransigente, capaz de imponer disci-

 

plina. Los tres años de la Unidad Popular fueron de ex -

 

perimentación, cambio y desorden; el país estaba cansado. La r e-

 

presión puso fin a la politiquería, y el ne oliberalismo obligó a los

 

chilenos a trabajar con la boca cerrada y ser productivos, para que

 

las empresas pudieran competir favorablemente en los mer cados

 

internacionales. Se privatizó casi todo, incluso la salud, la educ a-

 

ción y la seguridad social. La necesidad de sobrevivir impulsó la ini-

 

ciativa privada. Hoy Chile no sólo exporta más salmo nes que Alas-

 

ka, también ancas de rana, plumas de ganso y ajos ahumados, e n-

 

tre centenares de otros rubros no tradicionales. La prensa de Est a-

 

dos Unidos celebraba el triunfo del sistema económico y atribuía a

 

Pinochet el mérito de haber convertido a ese pobre país en la estre-

 

lla de Latinoamérica; pero los índices no mostraban la distribución

 

de la riqueza; nada se sabía de la pobreza y la i nseguridad en que

 

vivían varios millones de per sonas. No se mencionaban las ollas

 

comunes en las poblaciones, que alimentaban miles de familias -

 

llegaron a existir más de qui nientas sólo en Santiago - ni el hecho

 

de que la caridad privada y de las iglesias intentaba reemplazar la

 

labor social que co rresponde al Estado. No existía ningún foro

 

abierto para discutir las acci ones del Gobierno o de los empres a-

 

rios; así se entregaron impunemente a compañías privadas los ser-

 

vicios públicos y a empresas extranjeras los r ecursos naturales,

 

 

 

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como los bosques y l os mares, que han sido explotados con muy

 

poca conciencia ecológica. Se creó una sociedad inclemente en la

 

cual la ganancia es sagrada; si usted es pobre, es culpa suya y si se

 

queja, seguro es comunista. La libertad consiste en que hay m u-

 

chas marcas para escoger lo que se puede comprar a crédito.

 

Las cifras de crecimiento económico, que aplaudía el Wall Street

 

Journal, no significaban desarrollo, ya que el diez por cien to de la

 

población poseía la mitad de la riqueza y había cien per sonas que

 

ganaban más de lo que el E stado gastaba en todos sus servicios

 

sociales. Según el Banco Mundial, Chile es uno de los países con

 

peor distribución del ingreso, lado a lado con Kenia y Zimbabue. El

 

gerente de una corporación chilena gana lo mis mo o más que su

 

equivalente en Estados Unidos, mientras que un obrero chileno g a-

 

na aproximadamente quince veces menos que no norteamericano.

 

Aún hoy, al cabo de más de una década de democracia, la de s-

 

igualdad económica es pavorosa, porque el modelo econó mico no

 

ha cambiado. Los tres presidentes que han sucedido a Pinochet han

 

estado atados de manos, porque la d erecha controla la economía,

 

el Congreso y la prensa. Sin embargo, Chile se ha propuesto co n-

 

vertirse en un país desarrollado en el plazo de una d écada, lo cual

 

es muy posible, siempre que se redistribuya la riqueza en fo rma

 

más equilibrada.

 

¿Quién era realmente Pinochet, ese soldado que tanto marcó a Chi-

 

le con su revolución capitalista y dos décadas de repre sión? (Con-

 

jugo los verbos en pasado a pe sar de que aún está vivo, porque

 

permanece recluido y el país procura olvidar su existencia. Pertene-

 

ce al pasado, aunque su sombra siga penando.) ¿Por qué se le t e-

 

mía tanto? ¿Por qué se le admiraba? No lo con ocí personalmente y

 

no viví en Chile durante la mayor parte de su gobierno, de modo

 

que sólo puedo opinar por sus actos y lo que otros han escrito s o-

 

bre él. Supongo que para entenderlo conviene leer novelas como La

 

fiesta del chivo de Mario Vargas Llosa o El otoño del patriarca de

 

Gabriel García Márquez, porque tenía mucho en común con la figura

 

típica del caudillo latinoamericano, tan bien descrita por esos auto-

 

res. Era un hombre rudo, frío, resbaloso y autoritario, sin escrúp u-

 

los ni sentido de la leal tad, salvo al Ejército como institución, pero

 

no a sus compañeros de armas, a quienes hizo asesinar según su

 

conveniencia, como el general Carlos Prats y otros. Se creía escogi-

 

do por Dios y la historia para salvar a la patria. Le gustaban las

 

condecoraciones y la parafernalia militar; era un egomaníaco, inclu-

 

so creó una fundación con su nombre destinada a promover y pr e-

 

servar su imagen. Era astuto y desconfiado, tenía modales camp e-

 

 

 

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chanos y podía ser simpático. Admirado por unos, odiado por otros,

 

temido por todos, fue posiblemente el personaje de nuestra historia

 

que más poder ha tenido en sus manos y por más largo tiempo.

 

CHILE EN EL CORAZÓN

 

En Chile se evita hablar del pasado. Las generaciones más jó venes

 

creen que el mundo comenzó con ellos; lo sucedido antes no inte r-

 

esa. Entre los demás me parece que hay una especie de vergüenza

 

colectiva por lo oc urrido durante la dictadura, como debe haberse

 

sentido Alemania después de Hitler. Tanto jóvenes como viejos pro-

 

curan evitar el conflicto. Nadie desea embalarse en discusiones que

 

separen aún más a la gente. Por otra parte, la mayoría está dema-

 

siado ocupada tratando de terminar el mes con un sueldo que no

 

alcanza y cumpliendo calladamente para que no lo despidan del

 

trabajo, como para preocuparse por la política. Se supone que i n-

 

dagar mucho sobre el pasado puede «desestabilizar» la democracia

 

y provocar a los militares, te mor infundado, porque la democracia

 

se ha fortalecido en los úl timos años -desde 1989- y los militares

 

han perdido prestigio. Además ya no están los tiempos para golpes

 

militares. A pesar de sus múltiples pr oblemas -pobreza, desigual-

 

dad, crimen, drogas, guerrilla- América Latina ha optado por la de-

 

mocracia y por su parte Estados Unidos empieza a darse cuenta de

 

que su política de apoyar tiranías no resuelve ningún problema, só-

 

lo crea otros.

 

El golpe militar no surgió de la nada; las fuerzas que apoyaron a la

 

dictadura estaban allí, pero no las habíamos percibido. Algunos d e-

 

fectos de los chilenos que antes estaban bajo la superficie emergie-

 

ron en gloria y majestad durante ese período. No es posible que de

 

la noche a la mañana se organizara la represión en tan vasta escala

 

sin que la tendencia totalitaria existi era en un sector de la soci e-

 

dad; por lo visto no éramos tan democrá ticos como creíamos. Por

 

su parte el gobierno de Salvador Allende no era inocente como me

 

gusta imaginarlo; hubo ineptitud, corrupción, soberbia. En la vida

 

real héroes y villanos suelen confundirse, pero puedo asegurar que

 

en los gobiernos democráticos, incluyendo el de la Unidad Popular,

 

no hubo jamás la cru eldad que la nación ha sufrido cada vez que

 

intervienen los militares.

 

Como millares de otras familias chilenas, Miguel y yo nos fui mos

 

con nuestros dos hijos, porque no queríamos seguir vivien do en

 

una dictadura. Era el año 1975. El país que escogimos para emigrar

 

 

 

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fue Venezuela, porque era una de las últimas democra cias que

 

quedaban en América Latina, sacudida por golpes mili tares, y uno

 

de los pocos países donde podíamos conseguir visas y trabajo. Dice

 

Neruda:

 

¿Cómo puedo vivir tan lejos

 

de lo que amé, de lo que amo?

 

¿De las estaciones envueltas